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LA VUELTA AL ORIGEN, UN PASO DE LUIS REGUERO

Cabecera-Zambrano

 

Escribía María Zambrano «el exilio ha sido como mi patria o como un dimensión de una patria desconocida, pero que, una vez que se conoce, es irrenunciable» y es que el viaje forzoso es sin duda una pieza clave de la vida de la escritora malagueña. El periodista Luis Reguero nos cuenta cómo México, Cuba y finalmente Roma; cómo el dolor del exilio marcan la obra de María Zambrano. Dejamos aquí el comienzo del relato en abierto para todos nuestros lectores.


Una hilera de naranjos lleva hasta la tumba de María Zambrano. Está casi a la entrada, rodeada de panteones y nichos encalados, algunos sin nombre ni fechas. En la primera visita, a comienzos de enero, había colocados tres limones en la esquina de la lápida, en recuerdo a aquel limonero de su casa natal, en Vélez Málaga, donde descansan sus restos. Arriba, al comienzo de la lápida, se lee su epitafio, extraído del Cantar de los Cantares: Surge amica mea et veni.

En una segunda visita, en los primeros días de febrero, la tumba ha sufrido algunos cambios. Con motivo del homenaje por el 25 aniversario de su muerte, que se produjo el 6 de febrero de 1991 en Madrid, se ha dispuesto otra lápida, la de su hermana Araceli, que yace con María. Dos gatos merodean cerca de la tumba, buscando el sol y el silencio de un camposanto tranquilo, demasiado solitario. Dicen que siempre suele haber algún gato alrededor de la tumba. «El gato es la perfección de algo. Es el animal perfecto. En cada gato está íntegra la sabiduría de Egipto», dice la pensadora durante un monográfico televisivo emitido en 1986, tras su regreso del exilio, que se produjo el 20 de noviembre de 1984: «Nunca me fui de España», fueron sus primeras palabras.

«El exilio ha sido como mi patria o como una dimensión de una patria desconocida, pero que, una vez que se conoce, es irrenunciable», escribe María Zambrano en Las palabras del regreso (1995), un volumen que compila más de medio centenar de artículos publicados por la pensadora malagueña en distintos periódicos españoles y donde se asiste a una «multiplicidad de tiempos», como la define la editora de la obra, Mercedes Gómez Blesa, entre ellos el tiempo de los primeros meses del exilio o el tiempo del descubrimiento de Roma, una ciudad clave en la trayectoria vital e intelectual de la autora de La tumba de Antígona.

«El exilio ha sido como mi patria o como una dimensión de una patria desconocida, pero que, una vez que se conoce, es irrenunciable»

Viaje y exilio determinan la biografía de Zambrano desde su infancia. Se entrelazan y aparecen en todas las etapas de su existencia. Desde aquellos primeros años en los que su vida, quizá, hubiera sido otra de haber permanecido «en la Andalucía natal, dejada atrás tan pronto», en la ciudad de nacimiento, Vélez Málaga, en la casa con patio, pozo y limonero de la calle Mendrugo —hoy Federico Macía—, donde en recuerdo a los años de niñez de la primera mujer que recibió el Premio Cervantes en 1988, se lee en una placa vertical, de mármol: «La pasión central de la vida es el amor».

Incluso antes de aquel primer desplazamiento geográfico -de Vélez Málaga a Madrid y de la capital de España a Segovia, por traslado de su padre Blas J. Zambrano, profesor de lengua y literatura-, la pensadora recuerda un viaje previo, íntimo, iniciático, en los brazos del padre, como una revelación de su exilio posterior. Lo deja escrito, utilizando la tercera persona, en su obra Delirio y destino (1988):

«Y él la alzaba, la levantaba en alto y se encontraba al lado de su cabeza, que se atrevía a tocar y a fuerza de ser levantada y puesta a la altura de su frente y de atreverse a tocarla, debió de ir aprendiendo qué era eso; Padre. Y en aquellos viajes del suelo a tan alto, debió de aprender también la distancia, y el estar arriba, ver el suelo desde arriba, mirar desde lo alto hacia la cabeza de su padre, las cosas, las ramas, las paredes se movían, iban cambiando, y eso, atender a lo que cambia, ver el cambio y ver mientras nos movemos, es el comienzo de mirar de verdad; del mirar que es vida».

El viaje y especialmente el viaje forzoso, el del exilio, como problema filosófico, cruza de raíz toda la obra de María Zambrano, hacen de ella otra persona, que convierte esa vivencia trágica tras la Guerra Civil, que se prolonga durante más de 45 años, es decir, durante más de la mitad de su vida, en objeto permanente de estudio, análisis y  reflexión. «Todo su ser y su pensamiento brotan de esa herida trágica, de esa fractura irreparable, de ese drama de España, de esa historia sacrificial», asegura Francisco José Martín en El perfil del exilio (desde la atalaya de un centenario).

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A partir del exilio, como sostiene María Isabel Elizalde en su ensayo Significados de exilio en María Zambrano, elabora una crítica a la metafísica occidental surgida desde la unidad fijada por Aristóteles, en la definición de substancia y consecuentes implicaciones como parte de la razón occidental, «la razón en cualquiera de sus formas», que ha querido buscar lo sagrado y ha tenido como expresión los totalitarismos y el fascismo del pasado siglo XX.

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