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Argentinas que desaparecen

Fotografía de Dani Yako en la primera entrega de la serie.
Las minas de carbón en Rio Turbio, en Santa Cruz

(En la primera década del siglo XXI, la economía argentina cambió drásticamente y para siempre. Antiguos oficios y profesiones desaparecían y así los lugares donde se realizaban esos trabajos dejaban de tener sentido por sí mismos. Cada lunes, Martín Caparrós y el fotógrafo Dani Yako buscarán, entre otras cosas, la respuesta a la pregunta de qué queda de un lugar cuando la razón que todos tenían para ir allí ya no existe. «Argentinas que desaparecen», una nueva serie de Voces en Altaïr Magazine. Aquí debajo la introducción de Martín Caparrós al proyecto.)

Primero trabajaron; después, si acaso, los hombres empezaron a narrarlo. Y sus relatos fueron cambiando con los días.

Hubo tiempos en que el trabajo fue la condena que el hombre recibió por su soberbia: por su ambición desmesurada. El fulano se pasó de listo; para disciplinarlo –para ponerlo en su lugar– un tal Dios lo condenó a ganarse el pan con el sudor de su frente. Sólo así podía justificarse semejante castigo. Y así nos fue, durante siglos: trabajar era algo que quien podía despreciaba. Después, hace quinientos años, otros religiosos del mismo Dios imaginaron que, en realidad, la labor era una oportunidad que nos daba su Señor para vindicar nuestro paso por esta vida de pesares: de ahí en más, para muchos, el trabajo se volvió el espacio donde escribir sus propias vidas. Había sido condena; se volvió, por un tiempo, salvación.

En esos días empezaron a aparecer las máquinas, las fábricas, el hombre maquinita, los obreros: las nuevas formas de producir moldeaban el crecimiento de ciudades, el establecimiento de un sistema mundial, la formación de una clase que se definía por su relación con el trabajo y que, por ella, imaginó que merecía el poder. Mientras no lo conseguía intentó limitar su dependencia de esa carga que la determinaba: los obreros, entonces, luchaban para trabajar menos y, un par de veces, esas luchas desbordaron lo suficiente como para producir nuevos estados, ensayos desastrosos.

Parecen tiempos muy lejanos. Ahora aquel trabajo de los hombres maquinitas está por acabarse: las máquinas ya no necesitan fulanos a su vera. Y aparecen nuevas formas que, en algunos lugares, no aparecen. En la Argentina actual, sin ir más lejos, el trabajo se ha convertido en un bien raro: los trabajos perdidos, superados por el avance técnico o por el nuevo reparto global de los roles económicos, no son reemplazados por otros y hacen, sobre todo, falta.

El trabajo es un desaparecido del proceso democrático. Y se ha convertido en una aspiración: millones de argentinos desesperan por conseguir el privilegio de entregar, todos los días, ocho, diez o trece horas de sus vidas a cambio de una cantidad de plata apenas suficiente para pagarse lo más básico. El trabajo, ahora, se ha convertido en el objeto del deseo. No es poco: Dios, en su omnipotencia, sólo se había atrevido a justificarlo con aquella historia turbia de crimen y castigo.