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Hasta la cumbre, siempre

Por David Torres Bosque

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¿Tiene sentido escalar las grandes paredes alpinas de forma acelerada con el único propósito de batir un nuevo récord? Para Ueli Steck sí: esta era su forma de vida, su manera de sentir la escalada. Aunque él parecía restar importancia al éxito o al fracaso, a si rebajaba los tiempos o no, lo cierto es que siempre andaba pendiente del cronómetro —o mejor dicho de los cronómetros, ya que solía ir con dos—.

Es evidente que puede criticarse lo que hacemos, pues en el fondo no tiene ningún sentido. Pero lo que vives ahí arriba no lo puede vivir ningún otro, ni tampoco te lo puede quitar nadie. La vivencia, ese momento, es la mayor recompensa. Es algo que no puede explicarse y que nadie puede aprender de un libro, pues te pertenece únicamente a ti

Ueli empezó a escalar a la edad de 12 años a través de Fritz Morgenthaler, un amigo de su padre que lo llevó al Schrattenfluh (2.092 m) en Suiza. Fritz era escalador de la vieja escuela y le enseñó poco a poco y con disciplina todo lo que hacía falta para llevar a cabo una escalada de forma segura. Más tarde ya de manera frecuente iban a los Heftizähne (Suiza) y esta pasión que comenzó a crecer fue lo que le llevó a dejar de lado el hockey —deporte que hasta ese momento practicaba con regularidad—. A pesar de que su padre no estaba muy conforme con la decisión, le dijo una frase que le marcaría para siempre: «si haces algo, hazlo de la mejor manera posible». Tal vez fue aquí cuando comenzó su obsesión con el rendimiento: pasaba la semana leyendo los relatos de la revista Rotpunkt sobre los que entonces eran sus mitos Wolfgang Güllich i Kurt Albert, mientras esperaba a que llegase el fin de semana para ir a escalar. Primero se acercó a Grindelwald, y marcó su primer objetivo: subir el Eiger (3.970 m). Para entonces tenía 19 años y una lectura obligada La araña blanca de Heinrich Harrer (Ediciones Desnivel, 2016). Fue aquí, en 2007, cuando ganó fama a nivel mundial tras escalar los 1.800 metros de desnivel de la cara norte del Eiger en tan solo 3 horas 54 minutos. Solo un año más tarde él mismo rebajó el récord a 2 horas 47 minutos 33 segundos. En 2015 lo volvió a pulverizar dejándolo en 2 horas 22 minutos 50 segundos, sin cuerda ni arnés. A lo largo de su vida Ueli acabó subiendo al Eiger 28 veces, llegando a pasas más de cincuenta días de su vida en esa pared.

Ueli se propuso completar la trilogía de las grandes caras norte de los Alpes en un tiempo récord. En el 2008 subió por la Vía Colton-McIntyre (1.200 metros de desnivel) en las Grandes Jorasses (4.208 m) en 2 horas 21 minutos 26 segundos y un año más tarde, 2009, la del Cervino (4.478 m) en 1 hora 56 minutos 40 segundos. Estas experiencias, junto a las conversaciones que mantuvo con Reinhold Messner, Christophe Profit y Walter Bonatti, así como una serie de entrevistas con la periodista Karin Steinbach, autora de las biografías de Ines Papert, Peter Habeler y Gerlinde Kaltenbrunner, son el resultado del libro Speed (Ueli Steck, Ediciones Desnivel, 2017).

Las ascensiones rápidas fueron para mí también un modo de seguir escribiendo la historia del alpinismo, la historia de la humanidad a través del alpinismo, en este caso con las caras norte

Aunque ya había realizado alguna ascensión en Nepal, —cara este del Tawoche (6.515 m) y la norte del Cholatse (6.440 m) en 2005; la cumbre este del Gasherbrum II (7.710 m, Karakórum) donde realizó la apertura de la vía Magic Line en 2006; Pumori (7.161 m, Nepal) el 2007; Teng Kampoche (6.500 m, Nepal) por una vía nueva de 2.000 metros en su cara norte el 2008 o el Ama Dablam (6.856 m, Nepal) por la vía normal en 2011—, su gran ambición eran los ochomiles. En el libro 8.000+, Ueli Steck junto con Karin Steinbach (Ediciones Desnivel, 2017) narra sus expediciones a través de varias cimas como Gasherbrum II (8.035 m, Karakórum), Makalu (8.463 m, Nepal), Shishapangma (8.027 m) o el Cho Oyu (8.201 m, Tíbet) y el Everest (8.848 m, Nepal).

Para mí la escalada no es una disciplina deportiva más, y supone mucho más que una afición. La escalada se ha convertido en algo que da sentido a mi vida. Yo me defino en gran medida a través del alpinismo, y por lo tanto a través de mis logros. Tal vez no sea muy buena astucia, pero el camino que me he trazado transcurre entre el éxito y el fracaso. Así es como encuentro mi bienestar

La cima del Annapurna se había convertido en su imprescindible tras dos intentos fallidos. El primero en el año 2007 cuando estaba subiendo por su cara sur y una roca golpeó su casco dejándolo inconsciente y provocando que se deslizase durante 70 metros por la vertiente. El segundo fue debido a una avalancha que le impidió el ascenso. Ya en el campamento, mientras estaba cenando junto a su compañero Simon Anthamatten, recibió una llamada del alpinista rumano Horia Colibasanu, donde le pedía ayuda para poder salvar al navarro Iñaki Ochoa de Olza que se encontraba en el campo IV con síntomas de mal de altura. Tanto Ueli como Simon no se lo pensaron y corrieron hacia el campo base del Annapurna para ayudar en el intento de rescate. Por desgracia no pudieron salvar a Iñaki, quién murió el 23 de mayo del 2008: 

«también soy consciente de que en la vida no existe el riesgo cero. Eso deberíamos aceptarlo todos»

. Finalmente, en otoño de 2012 consiguió escalar el Annapurna (8.091 m, Nepal) ida y vuelta en 28 horas en solitario por la vía comenzada por Pierre Beghin y Jean-Christophe Lafaille. 

Ya el mero hecho de ascender una montaña a un ritmo normal, únicamente para tener que descenderla a continuación. Tiene poco sentido, dejando a un lado los intensos momentos y emociones que dicha experiencia proporciona al alpinista que la realiza. Son sensaciones y experiencias que nadie más le puede dar, que se le graban en la memoria y que yo encuentro que merece la pena vivir

El 30 de abril del 2017, Ueli Steck, todavía por causas desconocidas, sufrió un accidente en Nepal que lo llevó a la muerte. Según afirma Reinhold Messner, cuando murió podía estar realizando la llamada «Herradura del Khumbu», es decir, ascender las cimas del Nuptse (7.861 m), Lhotse (8.516 m) y el Everest (8.848 m) en el menor tiempo posible. Hasta el momento esta proeza solo ha sido efectuada por el británico Kenton Cool y el sherpa Dorje Gylgen que lo hicieron en tres días consecutivos en mayo del 2013 utilizando oxígeno artificial.

Para mí, el alpinismo significa que salgo a la naturaleza y me expongo a ella. Y cuanto más directamente lo haga, más cerca estaré de ella. Otro ejemplo: cuando vivaqueo al raso, percibo la naturaleza de una forma completamente distinta a si duermo en una tienda, y en una tienda de forma diferente a si lo hago en la furgoneta. Con el alpinismo ocurre lo mismo: cuantos menos medios de ayuda empleo, menos adulterada, más pura es la experiencia. En el mundo actual todo es posible, técnicamente todo es factible. Si quieres que te lleven a la cumbre, puedes volar hasta lo alto del Eiger en helicóptero y que te dejen ahí arriba, pero la experiencia sería nula. Habrás contemplado unas vistas hermosas, pero al día siguiente ya no recordarás nada de ello. Será banal

La familia del suizo, el día de la incineración del cuerpo en el monasterio de Tengboche (Nepal), manifestó que […el 20 de abril del 2017, Ueli Steck ascendió desde el campo base del Everest al Campo II, a unos 6.400 m. Su plan original era escalar a la mañana siguiente para seguir aclimatando por la ruta normal hacia el Collado Sur a casi 8.000 m de altura, para regresar al Campo II el mismo día. Desde este campo, Ueli percibió que las condiciones de la pared del Nuptse eran ideales, razón por la cual decidió por la tarde modificar su plan y escalar el Nuptse a la mañana siguiente. El 30 de abril, salió a las 4:30 h junto con el francés Yannick Graziani, cruzando el gran glaciar. Después, Graziani continuaba por la ruta normal del Everest hacia el Campo III, mientras que Ueli entraba en el flanco del Lhotse. El accidente del suizo sucedió a unos 7.600 m hacia las 9:00 h (hora local). Su cuerpo fue finalmente recuperado por el piloto de helicóptero italiano Maurizio Folini a una altura de unos 6.600 m…]

Al final, la meta no fue la cumbre, sino tener el valor de atreverse a probarlo. La meta siempre es el desafío personal. Para algunos, la meta puede ser pisar la cumbre del Everest, para lo que puede ayudarse con sherpas y oxígeno, lo que siempre es una decisión personal. El que uno suba una montaña en estilo alpino o en expedición pesada, lo haga en solitario o con un equipo numeroso, es realmente secundario. Cada persona debe encontrar su propio camino, tanto en alpinismo como en la vida normal. Reglas del juego hay muchas, pero al final es uno mismo quien debe poner sus propias reglas y guiarse por ellas. Lo que cuenta son las impresiones y las sensaciones que uno vive, y para ello hay que salir y hacerlo

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EL EXTREMO DEL MUNDO, UN PASO DE ESTEBAN FEUNE DE COLOMBI

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Esteban Feune de Colombi se estrena en los Pasos de Altaïr Magazine con «El extremo del mundo. Una crónica desde Japón». En este texto Feune se convierte casi en un flâneur y camina y camina el Tokaido, la más importante de las cinco rutas del Japón feudal. Podéis encontrar aquí la crónica entera. 


Todo empezó con mi tío Ramón, andariego de ley. Crecí sabiendo que de joven caminaba, una vez por mes, 60 kilómetros a campo traviesa para encontrarse con su novia Brenda. Luego apareció Robert Walser. Lo descubrí cuando vivía en Ginebra y leer El paseo me sigue maravillando. Más tarde vino un tal Marc Caellas y juntos convertimos la nouvelle del escritor suizo en obra de teatro a pie. Los peregrinajes me llevaron a andar, vestido de hombre decimonónico, por Bogotá, Montevideo, Buenos Aires, Madrid, San Pablo, Barcelona, Ciudad de México y La Habana, y a investigar textos vinculados con la dromomania, desde Carl Seelig hasta Rebecca Solnit pasando por Osvaldo Baigorria.

En algún momento impreciso encontré, en una librería de viejo neoyorquina, The 53 Stations of the Tokaido, un tomito con reproducciones de grabados de Hiroshige. Entonces no conocía a ese maestro japonés del ukiyo-e y jamás había oído hablar del Tokaido. Sin embargo, sabía que el destino me tenía preparado, allá lejos y en el tiempo, un viaje a Japón, y que desembarcaría en la isla con la frase «navigare necesse est, vivere non est necesse» —atribuida por Plutarco, en sus Vidas, a Pompeyo, y usurpada por la Liga Hanseática, Pessoa y Caetano Veloso, en ese orden— tatuada en el brazo derecho.

En épocas del Período Edo, entre 1603 y 1868, el Tokaido era la más importante de las cinco rutas del Japón feudal. Unía los 500 kilómetros que separaban a Tokio de Kioto, la antigua capital. Su nombre significa «camino del Mar del Este» porque coquetea con la costa y se diferencia del Nakasendo, que también discurría entre ambas ciudades, pero en medio de las montañas.

A mediados del siglo XIX, el pintor Utagawa Hiroshige retrató con estampas bucólicas las 53 estaciones del recorrido. Se trataba de postas donde los caminantes descansaban, comían y dejaban sentado su paso. Precisos y preciosos, los sofisticados dibujos hechos en papel de arroz registran no sólo hábitos sino también una peculiar forma de vida a pie. Hay picos nevados, plantaciones de té, puentes de madera, lluvias fenomenales y lagos turquesas; ataviados con colores muchas veces chillones, los peripatéticos llevan su carga al hombro o en palanquines y en los oníricos paisajes que plasmó el artista tokiota, al mirarlos de cerca, parece que se movieran.

Después de hacer ocho funciones de El paseo de Robert Walser en Barcelona y de tatuarme el aforismo latino que me prometí, aterricé en Tokio a fines de marzo. El plan era aclimatarme durante un par de días y rumbear de inmediato hacia Kioto a bordo de mis dos piernas. Iba preparado, pero no tanto. Una campera todo terreno, unas botas Quechua, una capa de lluvia, dos pantalones desmontables, un sombrero de aventurero y algunas pocas cosas más que cargué en la típica mochila de mochilero: 11 kilos en la espalda. Por delante, cuatro kilos en otra mochila con el ordenador, un trípode, una cámara de fotos que también filma, una Moleskine y una reserva de almendras, maní, castañas y nueces.

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Toda la noche en la sangre

Por Jordi de Miguel Capell

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Lo que dice Lolita Bosch en el epílogo es que, más allá de los vergonzosos resúmenes de la realidad (porque decir «200.000 asesinatos en diez años, 98% de impunidad, 54% de pobreza» omite el dolor y la brutalidad) y más allá de interesados estereotipos del narco, hay dos elementos fundamentales para tratar de entender lo que pasa en México: Uno, que ese es el lugar donde se ha producido el principal colapso del capitalismo que todo lo vende y trafica (personas, drogas, armas); y dos, que la locura social desatada en los últimos años puede suceder en cualquier país del mundo y en cualquier momento, pues México es tan sólo el epicentro de un problema global.

Fue el estado. Los ataques contra los estudiantes de Ayotzinapa (Pepitas de Calabaza, 2016) es la brutal sacudida de ese epicentro.

En la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014, decenas de estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa fueron atacados en Iguala por distintos cuerpos de las fuerzas de seguridad cuando se disponían a tomar unos autobuses para conmemorar en el D.F. la matanza de Tlatelolco (1968). Como hiciera Elena Poniatowska entonces, John Gibler (Texas, 1973) viaja a Iguala para reconstruir una historia oral de la infamia. Aquella fue saldada con doscientos o trescientos jóvenes muertos (todavía no hay seguridad); ésta, con 6 asesinados, un estudiante en coma y 43 desaparecidos (todavía sin paradero, pues el estado bloquea toda investigación fehaciente). No esperen una crónica al uso ni una primera voz imponente: Como La noche de Tlatelolco (1971), Fue el estado es una investigación hilvanada con decenas de testimonios. ¿De qué otra manera se puede llegar a lo más hondo?

Las primeras páginas aportan contexto sobre las víctimas directas del ataque: ¿Quiénes son los estudiantes de Ayotzinapa? ¿Cómo funciona una Escuela Normal? ¿Qué valores promueve? En primera persona, se nos cuenta que la mayoría son hijos de campesinos pobres y familias rotas, de pueblos «jodidos» donde «nomás hay primaria, secundaria y colegio», si es que en realidad hay algo. «Yo me decidí a entrar a esta escuela, a venir a estudiar, a ser alguien, para ir a mi pueblo y ser maestro allá, dar clases a los chavos», dice uno de ellos. Muchos entraron a la Normal para ser maestros, todos lo hicieron para demostrar que los nadies también podían.

Aunque la introducción sea breve, por sus palabras podemos intuir que la Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa no es sólo una escuela gratuita de pizarra y cartabón, sino, ante todo, una forja de compromiso político y solidaridad. «Si es que unos ya no podían correr nos decían: “Ayúdense entre ustedes, ayúdense, nunca dejen a un compa solo, nunca se tiene que quedar nadie, cuando acaben de correr nadie se tiene que quedar”. Si se quedaba uno se quedaban todos». Para hablar con Gibler, los que la noche del 26 no se pudieron quedar, los sobrevivientes, pidieron proteger sus identidades con el uso de seudónimos. Poco importa. La edad (19, 20, 21) y el curso al que pertenecían acompañan a todos los testimonios, como un martilleo constante que repite: «Eran sólo unos chamacos. Eran tan sólo unos chamacos».

Es por eso que nosotros venimos a Ayotzinapa, porque somos hijos de campesinos. No tenemos recursos necesarios para irnos a estudiar a otra escuela. Y esta es una escuela de lucha, donde nos inculcan valores para seguir luchando por tener un buen futuro más adelante, para poder apoyar a nuestras familias. ¿Y qué hace el Gobierno? Mata estudiantes.

Luego viene el lento descenso hacia el horror. El cese de las actividades culturales y agrícolas para ir a tomar los autobuses, el viaje a Iguala, el cerco policial. La masacre. Gibler reconstruye la acción desde múltiples voces: Cada peldaño es descrito de forma repetida por cada uno de los entrevistados. Así, no sólo se apuntala una verdad levantada desde ángulos disímiles; también se va amasando un sólido coro de incredulidad ante los hechos: los policías disparando a matar, primero, y recogiendo los casquillos, después; las ambulancias demorándose; el ejército, ausentándose.

En su laborioso trabajo de edición, el periodista estadounidense conserva, en la justa medida, la frescura del registro oral: se mantienen tanto giros y muletas como deícticos («aquí, así de grande»), de modo que entre acción y escena se puede visualizar el momento del testimonio y la escucha política.

No es hasta la página 65 que esa escucha trasciende el espacio de los estudiantes. Gibler habla con el corresponsal de la Jornada Sergio Ocampo, uno de los periodistas que acude al lugar de los hechos y que transcribe, atónito, la respuesta del alcalde de Iguala ante sus preguntas: «No, hombre, no hay nada. Todo está tranquilo. No hay ningún herido, no hay ningún muerto. Está en paz aquí Iguala».

Página a página, Fue el estado va dejando al descubierto la locura social mencionada por Lolita Bosch. La sed de muerte de las autoridades, el miedo atenazador en gran parte de la población, la solidaridad de los maestros, el racismo en las instituciones que debieran sanar.

Cuando llegué al hospital, el director del hospital de Iguala me preguntó mi nombre. Yo le di mi nombre. Después me preguntó de dónde venía. Le contesté que soy de la Normal de Ayotzinapa. Lo que él me contestó, lo que me dijo fue: «Te hubieran matado, maldito ayotzinapo»

En Fue el estado se dan varios desplazamientos: del testimonio directo al indirecto, de los hechos a la (no)investigación, de la tortura baleada a la tortura administrativa. El libro se despliega como una flor de papel en el tramo final. Aparecen más testimonios: padres de desaparecidos que escarban la tierra sin ayuda, periodistas que relatan lo que vieron, incluso trabajadores del basurero donde, según las autoridades, habrían sido incinerados los estudiantes (y no). Todos contradicen la versión oficial. No hace falta conocer de antemano los detalles de los hechos ni los intentos por esclarecerlos, una única verdad se levanta incólume: Hay una maquinaria del olvido al servicio del gobierno.

Gibler no fue a Iguala a sostener el llanto, fue a investigar. Sus pesquisas ayudaron a desentramar una parte de lo sucedido: gracias a ellas se pudo saber que fueron cinco los autobuses atacados y que el ataque y la posterior desaparición de estudiantes no fue un asunto confuso de mecha corta, sino un operativo de casi diez horas, necesariamente planificado.

Como un círculo, el libro se cierra con el deseo de los estudiantes de estudiar. De resistir. De no ceder. «Hay una frase que muchos dicen aquí», dice uno de ellos: «Quien ve una injusticia y no la combate, la comete».

Fue el estado sirve para ver y no olvidar.

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La voz de la Laponia española

Por Anna María Iglesia

 

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«La situación actual es apocalíptica, pero el escenario al que estamos abocados es aún peor. En diez años desaparecerán la agricultura y la ganadería en los 631 municipios de menos de 100 habitantes. En veinte años su población permanente se extinguirá porque la pérdida de población es exponencial debido al envejecimiento: cuatro de cada diez municipios superan los 50 años de edad media». Con estas palabras describe el geógrafo Francisco Burillo la trágica situación que vive la Serranía Celtibérica, cuyos pueblos recorre Paco Cerdá en busca de los últimos habitantes de lo que él llama «la Laponia española». Para Burillo, sin embargo, no se trata solo de «un problema de despoblación. Es fundamentalmente un problema de desarticulación. La poca población que vive aquí está muy alejada de los servicios básicos, lo cual invita a los residentes a marcharse por no poder vivir con unas condiciones mínimas».

En diez años desaparecerán la agricultura y la ganadería en los 631 municipios de menos de 100 habitantes. En veinte años su población permanente se extinguirá porque la pérdida de población es exponencial debido al envejecimiento: cuatro de cada diez municipios superan los 50 años de edad media

De Guadalajara a Cuenca, de La Rioja a Segovia, de Teruel a Castelló; Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de Calabaza, 2017) es la escritura de este viaje, uno en el que Cerdà da voz a los últimos «lapones españoles», a los últimos habitantes de pueblos que sobreviven lejos de todo, en un tiempo y en un lugar diferente, en el abandono institucional y, como consecuencia, en el abandono demográfico. «Una intensa sensación de lejanía respecto a toda civilización, a pesar de que a veinte kilómetros esté Santa Engracia del Jubera y Logroño quede a una hora en coche, aborta los sueños y las utopías que apenas acaban de despuntar», escribe Cerdà mientras llega a La Rioja en busca de El Collado. «La constatación de adentrarse en un desierto humano precario de recursos, de innecesario e inexplicable retiro eremítico, alza una barrera de realismo pragmático en el espíritu del viajero cuando llega a esta Tierra Media de La Rioja en la que, a pesar de aparecer como despoblado con cero habitantes en la Wikipedia, aún es habitada por cuatro seres», cuatro personas que Cerdà no duda en definir como auténticos quijotes, como «quijotes sin luz». Entre ellos, Marcos Moya, que «rezuma un aire a Che Guevara», fue uno de los expatriados que a inicio de los noventa decidieron restaurar y resucitar el pueblo y, en parte, lo lograron: el 14 de setiembre de 1992, el día de las fiestas del pueblo, El Collado reunió a más de 400 personas. Hoy, sin embargo, en El Collado quedan solo cuatro. La casa de Marcos, profusamente equipada con 13 placas solares y 32 acumuladores, con un pequeño molino eólico y un generador de energía, —que le permite tener televisión y frigorífico, pero no lavaplatos—, contrasta con el pueblo donde ninguna compañía de telefonía proporciona cobertura y donde la escasez lumínica conlleva frecuentes apagones de luz casi totales. Marcos no sólo pone rostro a las palabras de Burillo, sino que las reafirma: el problema no es tanto la falta de habitantes, sino la desarticulación y el abandono institucional. Y la razón es casi siempre económica: «la ganadería extensiva permite tener a los animales sueltos y sin cuidado. El ayuntamiento cobra por pastos y los políticos de aquí son ganaderos. Ven esto como una zona de pasto libre para las vacas y no quieren que resurja la aldea y los animales vean limitada su libertad», explica Marcos para concluir. «Somos los últimos quijotes. O los últimos de Filipinas. Estamos luchando por una causa que defiende lo nuestro a sabiendas de que el sistema se opone a ello».

La constatación de adentrarse en un desierto humano precario de recursos, de innecesario e inexplicable retiro eremítico, alza una barrera de realismo pragmático en el espíritu del viajero cuando llega a esta Tierra Media de La Rioja en la que, a pesar de aparecer como despoblado con cero habitantes en la Wikipedia, aún es habitada por cuatro seres

En Sesga, Valencia, viven más quijotes. «¿Cómo se puede decir que Valencia recuerda a sus pueblos?», se pregunta indignado Toni Gómez, presidente de la Asociación para el Desarrollo Integral del Rincón de Ademuz: «Mira este camino y compáralo con todo lo que se ha derrochado estos años en la capital: el circuito urbano de Fórumula I, la Copa América, el Palau de les Arts. Primero debería atenderse lo prioritario y más básico de un territorio; y luego, con lo que sobre, despilfarrar. Pero en esta provincia el dinero llega hasta Llíria. De ahí no pasa». Tierra de maquis, la Serranía sigue siendo una tierra de resistencia, así se lo cuenta Alfons Cervera a Paco Cerdà, que no se limita a observar el aislamiento que define estos pueblos, sino que, además, (se) pregunta sobre el aislamiento; sobre por qué la Serranía tiene como correlato el sustantivo «conflicto»: todo empezó en 1988, cuando la Generalitat Valenciana quiso instalar un almacén de pararrayos radiactivos en la Serranía, comarca donde los pueblos estaban muy aislados los unos de los otros. Para sorpresa de todos, sobre todo de la Generalitat, la comarca se opuso, demostrando así un sentido de grupo y de pertenencia a una tierra y a una zona inesperado. Se mostró ante la opinión pública una realidad que—a pesar de su invisibilidad— existía. Y si bien Alfons Cervera no se muestra particularmente satisfecho con el hecho de que «la imagen que hemos proyectado» se parezca «más a Belfast que a la Toscana», lo cierto es que el carácter quijotesco de resistencia es imprescindible para sobrevivir en la Laponia española, en pueblos cuya vida o, peor aún, cuya muerte parece no importar a nadie. Porque la Laponia española es todavía peor que la Laponia auténtica, donde la despoblación no significa ni abandono ni desarticulación.

Mira este camino y compáralo con todo lo que se ha derrochado estos años en la capital: el circuito urbano de Fórumula I, la Copa América, el Palau de les Arts…

«Yo a veces me pregunto si este desprecio al mundo rural responderá a una maniobra para vaciarlo y luego especular con sus tierras. De lo contrario, no se entiende cómo el Estado no pone en valor su territorio con semejante patrimonio agrícola, ganadero, paisajístico, minero y cultual», comenta Miguel Ángel Fortea refiriéndose a Teruel. Sus palabras no sólo son aplicables a los otros lugares visitados por Paco Cerdà, sino que son la perfecta conclusión de Los últimos, un libro necesario, un libro sin proclamas ni gestos panfletarios. Un libro que denuncia una realidad dando voz a sus protagonistas, a los que el tema de la despoblación interior ha puesto en el foco. Hablan los supuestos expertos, los periodistas, pero no ellos, los propios habitantes que se resisten a marchar a pesar de la soledad y el aislamiento de sus pueblos. Sin embargo, ¿quién sino ellos tienen la legitimidad de hablar? Cerdà no busca protagonismo, sino que, como en los mejores trabajos periodísticos, desaparece tras la noticia, se esconde para que ellos y el paisaje hablen por sí solos. Por esto, el libro de Paco Cerdà es necesario, tan necesario como darse cuenta de que «si no se interviene y nadie asume un compromiso, pronto tenderemos media España superpoblada y otra medio vacía».

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RETORNO A TRAFALGAR, UN PASO DE JUAN TREJO

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Continuamos la serie de crónicas «Vida portátil» del escritor Juan Trejo en los Pasos de Altaïr Magazine con «Retorno a Trafalgar». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


 

Esto ocurrió durante el verano del que algunos denominan el mágico año de 1992.

Llegamos a Cádiz en autocar. Viajaba con mi novia de entonces, a la que llamaré O. Estábamos llevando a cabo algo parecido a un tour por el sur de España. Habíamos estado ya en Granada, también en Córdoba, e incluso habíamos tenido tiempo de visitar, aunque sin excesivo entusiasmo, la Expo de Sevilla.

Decir que en Cádiz hacía mucho calor sería mostrarse condescendiente. Sin embargo, a mí no me sentaba mal ese calor del sur, más radical que el de la costa catalana al que estaba acostumbrado, aunque también más seco y por lo tanto más respetuoso, menos invasivo. Llevábamos sobre nuestros hombros un buen puñado de kilómetros por carreteras regionales, y otros tantos realizados en tren desde Barcelona a Granada, pero yo me sentía enérgico, dispuesto a apropiarme con ansia de lo que se presentase ante mis ojos.

En esos años de mi primera juventud, todavía estudiante universitario, quería verlo todo, conocerlo todo. Nada me parecía poco, cualquier rincón podía resultarme exótico y digno de aventura. Cargaba con un par de libros y con una libreta pautada en la que iba anotando lo que pensaba que podría resultarme relevante en el futuro, cuando pudiese sacarle rendimiento literario. Nótese que he utilizado la expresión “en el futuro”, pues en ese momento no habría sabido qué partido sacarle a la mayor parte de las cosas que me sucedían.

En la estación de autobuses de Cádiz nos estaba esperando el que iba a ser nuestro anfitrión durante los dos próximos días: Manuel María, al que todo el mundo llamaba Malili. Malili, dentista de profesión, era en realidad amigo de mi hermana. Yo había aprovechado una estancia de Malili en Barcelona meses atrás para hacerme el encontradizo y posibilitar que a mí también me invitase a pasar unos días en la casa que tenía cerca del faro de Trafalgar.

He de decir que en cuanto puse un pie en Cádiz, o mejor dicho en cuanto empecé a notar el aire cálido y seco en la piel, en cuanto tuve la sensación de estar allí de verdad, supe que esos días iban a conllevar alguna clase de descubrimiento íntimo y personal. Aunque poco podría haber sospechado a esas alturas hasta qué punto acabarían resultando importantes para mí las cosas que viví durante aquellos dos días cerca del faro de Trafalgar; cuánto habría de reelaborar el recuerdo de aquella estancia en años venideros en busca de consuelo o de motivación.

Recorrimos en coche la bahía, hacia el sur, camino de un lugar que yo no estaba todavía en disposición de ubicar en el mapa. Pasamos por Chiclana y por Conil de la Frontera. Guiado por el afán del que he hablado antes, yo intentaba empaparme de la amplitud de las vistas y del aroma del océano que entraba por las ventanillas bajadas. Con la desvergüenza de mis veinte años, por lo demás, pretendía mantenerme a la altura del ingenio y de la simpatía de nuestro anfitrión; sin mucho éxito, confieso, pues en cuestión de minutos me vi obligado a rendirme al imbatible poder del sentido del humor gaditano.

Durante ese desplazamiento, Malili no dejó de repetir una suerte de mantra que poco a poco, durante las siguientes horas, fue calando en mi manera de percibir ayudándome a ponerme en situación: “Aquí todo va a otro ritmo. Nada que ver con cómo hacéis las cosas en el norte”. Nunca había pensado en mí mismo como un habitante del “norte”, fuera eso lo que fuese, pero acepté sin rechistar la rotundidad de aquella sentencia.

Cuando estábamos ya cerca de Caños de Meca apareció ante nosotros una especie de cerro o colina boscosa que parecía surgida de la nada. En aquella zona eminentemente llana y más bien arenosa, casi un recordatorio del desierto que se extendía al otro lado del Estrecho, aquel montículo cubierto de pinos, de un verde radiante, llamaba poderosamente la atención. “Es la Cañada del Álamo”, nos dijo Malili. “La casa está ahí arriba, en lo alto de ese cerro, que pertenece al Parque natural de La Breña.”

Al poco abandonamos la carretera comarcal y nos adentramos en el Parque por un pedregoso camino forestal. Transmitía algo impropio aquel recorrido sinuoso que debía llevarnos a lo alto del cerro. El cambio de un paisaje a otro, de un ecosistema y otro podría decirse, era demasiado radical. Finalmente llegamos al amplio claro donde se encontraba la casa. Desde allí, desde el punto más alto del cerro, sí se veía de nuevo el mar, de un radiante azul en ese momento debido a la potencia del sol cenital.

Cuando llegamos, la esposa de Malili, Cristina, estaba cocinando: preparaba una apetitosa paella de verdura. Desde el primer momento, Cristina, cuyo acento gaditano era apenas perceptible, nos trató con una cortesía y un afecto desconocidos para alguien habituado a la discreta y distante formalidad propia de ese “norte” del que hablaba Malili.

Mientras acababa de hacerse la paella salimos todos fuera para tomar el aperitivo. En el exterior había una mesa grande de madera, como para diez o doce comensales, y varias sillas de plástico blancas alrededor.

Estábamos allí sentados, charlando despreocupadamente, cuando de repente, sin previo aviso, salido de entre los pinos, se manifestó el invitado sorpresa; el personaje que habría de condicionar por completo desde ese momento mi estancia allí.

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Dulceagrio: ¿A qué sabe crecer?

Por Berta Jiménez Luesma

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Los tránsitos son una de las etapas más confusas y complicadas de la vida, aunque dejando pasar el tiempo suelen ser los momentos que se recuerdan con mayor nostalgia. Con distancia es más fácil valorar la valentía, la inocencia y las primeras veces. En el momento, solo hay caos y niebla. Desconcierto, miedo, y diversión un poco amarga. Dulceagrio (Malpaso, 2016) es una historia sobre una fase, o más bien una fase a secas. Stephanie Danler narra desde la novela —pero con tintes biográficos— el secreto de crecer. ¿Pero qué es exactamente crecer? Quizá algo que nos acompaña siempre. Pero a los 22 años una se hace mayor más intensamente.

(El queso Dorset) era como la mantequilla pero más arenoso y compacto, quizá como los rebozuelos que no dejaba de manosear. Me dio otra uva, y cuando la mordía, busqué las pepitas con la lengua y ladeé la cabeza para escupirlas en la mano. Vi vides moradas engordando al sol.

Tess —de la que no sabremos el nombre hasta más de la mitad del libro, y no por casualidad— viene de un pueblo del que apenas habla, tiene un pasado que nadie conoce que nadie pregunta y que nunca será revelado; y aterriza en la gran ciudad. Ya ha hecho todo lo que se esperaba de ella y ahora ha llegado el momento de hacer lo que ella espera de sí misma: o sea, algo. Lo que sea.

La protagonista es presentada como una joven —muy joven y no por la edad— confusa que no sabe lo que quiere. Nueva York la recibe con una hostilidad que ella no siente, y la empuja a un remolino de desorden en el que parece sentirse muy cómoda. Como con facilidad consigue un trabajo en un afamado restaurante neoyorquino, de esos que no representan las gastronomía estadounidense mainstream sino que tienen productos frescos, de temporada. Exclusivos platos, únicos en la metrópoli para ricos comensales exquisitos amantes de lo exquisito.

Nunca ha sido camarera, nunca ha sido independiente, y sin embargo, más que su inseguridad y sus errores laborales y personales impresiona su soledad. Tess está sola en el mundo. Tess vive una página de un libro que por delante y por detrás está en blanco. No conoce a nadie, no tiene amigos y posiblemente sí seres queridos, pero no lo parece. Su estancia en el restaurante funciona narrativamente como un viaje físico pero sin coche, sin paisaje y sin destino. Un viaje entre quemaduras, platos rotos, gritos de superiores, moscas de la fruta y caídas por las escaleras; donde la Tess desorientada observa, aprende y desde la espontaneidad y la soberbia de la edad, va afinando sentidos, especialmente el gusto.

El desagüe que había debajo del fregadero era la causa. Fruta descompuesta, trozos de pan, posos de vino y restos solidificados que formaban un barrio gris opaco (…) Era el hogar de la mosca de la fruta. No eran tan peligrosas por sí solas. Pero tenían una molesta tenacidad cuando aterrizaban. Salían volando a miles cuando las espantabas y luego volvían a posarse en el mismo sitio

Dulceagrio es un relato agridulce pero al revés. Dulce como los ojos que ven por primera vez. Agrio como el punto cero. Dulce como encontrar —al fin— un referente adulto. Agrio como la cocaína. Dulce como el primer amor. Agrio como la gentrificación de la ciudad. Dulce como el vino. Agrio como las decepciones. Dulce como el sexo. Agrio como la envidia. Dulce como los sueños. Agrio como los finales, como crecer. Y con este sabor de boca, completo pero raro, deja Danler pasear al lector por el día a día simple de Tess —casa, trabajo, fiesta—. Tres únicos escenarios con una única y constante problemática: quererlo todo.

Tess, quien parece tener un carácter débil, se va descubriendo como poderosa, categórica, determinada. Con grandes aspiraciones y sin frenos. Pero sería injusto decir que en el relato alguien podría estrellarse. El mundo que la autora crea pertenece a una esfera tan elevada que en ocasiones es difícil empatizar con los dramas de los personajes demasiado frívolos e irreales para la inmensa mayoría de los lectores. Aún así el relato llega, y los caprichos de Tess, los excesos y frustraciones se viven en la propia piel.

—Mademoiselle, Puffeney Arbois, 2003.

La abrió con brusquedad, de una manera que a mí no me salía nunca, como un barman que abriera botellas baratas sin apoyarlas (…) El vino era del color de los rubíes turbios, teñía el cristal y era audazmente fragante y cristalino

Aunque en parte represente el espíritu de una generación, la protagonista es diferente y pasa de no ser ni saber nada a saber demasiado. Deja de dudar y de tener miedo. Se planta, se posiciona y decide. Y lo hace bien, sabe lo que quiere y lo que no, y no duda en dejarlo claro en todo momento. Tess aprende a saborear las ostras y el vino, como la vida.

Dulceagrio no es sino un ritual de iniciación. Tan simple como complejo. Y duele porque todos conocemos este sabor.

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África no es un país, un Paso de Boubacar Boris Diop

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Boubacar Boris Diop vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine con «África no es un país. El ideal afectivo, el conjunto físico». En este texto el autor reflexiona sobre africanidad, negrofobia y unidad. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


En los años 60 hablábamos de buena gana de una África que se extendía del Cairo a Ciudad del Cabo. La expresión hacía referencia en el imaginario colectivo a un continente gigante pero uniforme a pesar de su extrema diversidad cultural. Nuestro profesor de geografía nos decía con orgullo que África podría contener a China, Estados Unidos, la India y Europa del Este, además de Italia, Alemania, España y Francia. Y añadía que por sí sola la propia República Democrática del Congo es tan grande como toda Europa Occidental. 

Es cierto que esta unidad se ha ido agrietando por todas partes a lo largo de las últimas décadas, amputando, para empezar, su componente árabe. Yo mismo viví algún tiempo en Túnez, y pude comprobar que allí me consideraban como un venido de la conocida como África subsahariana, un continente radicalmente distinto. Habría ocurrido lo mismo en otros lugares del Magreb, pero también en Libia y en Egipto. Estos países que muestran con todo su derecho su «sentir árabe», parecen más fascinados por una Europa que, aunque muy próxima, les está prohibida. ¿Este rechazo de su africanidad tiene que ver con el color de la piel? Sin duda, porque la negrofobia continúa siendo virulenta en las sociedades árabes. Las noticias de Catar o de Arabia Saudita nos lo recuerdan a menudo y sigue confirmándose trágicamente en el caos libio. 

Pero no es la única razón, porque los procesos de dislocación son menos raciales de lo que en principio podríamos pensar. En Sudáfrica, por ejemplo, a toda la parte del continente situada al norte de Limpopo (empezando por el vecino Mozambique) se le supone una pertenencia a un universo lejano y extranjero. Una anécdota ilustra perfectamente esta forma de pensar: en agosto de 2010 una sudafricana a quien pregunté en una cena si había tenido la ocasión de visitar Senegal me respondió con total espontaneidad —antes de rectificar— «No, nunca he estado en África». Esto no es todo: ¿quién tiene en cuenta que Madagascar, las islas Mauricio y Cabo Verde son miembros de la Unión Africana?

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VOLVER A CASA

Por Sonia Fernández

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En un momento determinado de esta historia, casi al final del relato y ya en los tiempos actuales, una profesora pone en su sitio a una joven descendiente de ghaneses (Marjorie), la cual estudia en un instituto estadounidense. El suceso se produce cuando ésta intenta explicar que en casa tienen otra palabra para denominar a los afroamericanos; utilizan la palabra «Akata». A través de dicho término designan a las personas que llevan ya demasiado tiempo fuera de Ghana como para seguir considerándose ghanesas. La profesora ataja la explicación de la alumna subrayando que a los blancos «que manejan el cotarro» no les importa el origen de ningún negro, «aquí un negro es un negro y punto» concluye. Con Volver a casa (ed. Salamandra, traducción de Maia Figueroa), Yaa Gyasi, nacida en Ghana y emigrada con su familia a los dos años a Estados Unidos, nos ha querido mostrar precisamente eso; la búsqueda de sus orígenes, el recorrido posterior y la necesidad de recuperar la propia «casa».

Gyasi debuta con una primera novela sobre la que ya hubo una puja millonaria y que no ha dejado de cosechar premios y críticas favorables. A través de ella, la escritora, quien admira de manera abierta la novela Cien años de soledad, muestra un mosaico de hechos y acontecimientos que abarcan desde el siglo XVIII hasta el comienzo del XXI, partiendo de un tronco común que pronto se bifurca a partir de dos mujeres, dos hermanas que no llegarán a conocerse, y sus descendientes. Así, como si se tratara de una colección de relatos, se presentan las vidas de los descendientes de Effia (la bella, que se queda en Ghana) y de los de Esi (la esclava, que será llevada a Estados Unidos).

La profesora ataja la explicación de la alumna subrayando que a los blancos «que manejan el cotarro» no les importa el origen de ningún negro, «aquí un negro es un negro y punto» concluye

Y en el centro la esclavitud, sobre todo, como el detonante de esas vidas condenadas a ser nada. Un «período» histórico que no ha sido objeto de demasiadas expresiones escritas, y que, además, ha silenciado parte de lo que ocurrió.

Ukawsaw Gronniosaw, Olaudah Equiano «El africano», cuya autobiografía está traducida a castellano o Venture Smith, contaron sus vidas desde el momento de su apresamiento en su África natal. Después, la narrativa de la esclavitud abarca la novela de Alex Haley, Raíces (¿quién no recuerda a Kunta Kinte?), con la que obtuvo el Premio Pulitzer en 1977 y que supuso un éxito total, a pesar de la polémica en la que se vio envuelto, sobre todo cuando se adaptó a la pequeña pantalla. Once años después, Toni Morrison conseguiría también el Pulitzer con su novela Beloved, poseedora de un enfoque diferente. Ya en 2013 pudimos leer una nueva revisión de este período de la mano de Leónora Miano y su La saison de l’ombre (traducida a castellano para «Casa África» por Arantza Mareca). En La estación de las sombras, precisamente, Miano componía una historia original, con las voces de las mujeres de una aldea, en la que no se nombraba en ningún momento lo que había ocurrido al pasar del día a la noche, y que, sin embargo, había sufrido uno de los acontecimientos más atroces y cruciales de la historia de África. Pero, además, incidía en lo que también el escritor Alain Mabanckou en su ensayo Le sanglot de l’homme noir adelantaba: que los mismos africanos tenían su parte de responsabilidad en lo ocurrido. 

La joven Gyasi no elude tampoco este punto en Volver a casa, mostrando la complicidad que hubo en este sentido. Al tiempo, que acierta al conseguir conectar el esclavismo y sus consecuencias con el continente africano. En este sentido logra algo muy importante: el contar la historia desde dos epicentros que, a la postre, beben el uno del otro.

La joven Gyasi consigue conectar el esclavismo y sus consecuencias con el continente africano

A Gyasi no le falta imaginación, en su titánica labor, para crear mundos íntimos a partir de selecciones de momentos históricos por los que hacer discurrir la narración, a pesar de que  sentimos, por otra parte, demasiados recortes dejándonos con una sensación extraña, como si algo nos faltara. Sin embargo, Volver a casa tiene la virtud de mostrar tanto la resistencia contra el invasor en un lado, como la lucha continua por el reconocimiento de los derechos y contra el racismo en el otro, a través de unos protagonistas que incluyen desde «locas» a «drogadictos». Y nos habla de la importancia de reconstruir un pasado que forma parte de nuestro presente. Un presente, en el que cada persona negra, nos cuenta cada vez con más frecuencia su propia historia, que, al contrario de lo que piensa la profesora de Marjorie, posee su propia trayectoria, sus propios fallos y desencuentros, su propia lucha y su propia belleza.

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SHE WORKS HARD FOR THE MONEY, UN PASO DE CARLOS VELÁZQUEZ

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Carlos Velázquez vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine con una nueva crónica vándala en primera persona sobre una gran noche financiada por una tarjeta de crédito extraviada. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Las mejores pedas poseen algo de esotéricas. Y las borracheras más memorables son producto del patrocinio. No existe mecenazgo superior.

La CDMX (Ciudad de México) es un monstruo que se caga en ti: en tu tiempo, tu salud, tu dinero, tu paciencia. Te roba, te roba, te roba, no se cansa nunca de robarte, pero en ocasiones: retribuye. Un día te acomodan un levantón, un secuestro express para obligarte a ordeñar tu cuenta en un ATM y otro, aunque se antoje imposible, la suerte te muestra su chimuela sonrisa.  

Me cité con Ike en la cantina la India, Bolívar y República del Salvador. El centro de Ciudad Godínez es como las relaciones enfermizas. Si te atrapa ya te jodiste. Te va a costar escapar. Yo tardé años en desenamorarme. En asumir que existe otro DF. Pero si te descuidas te vuelves a enganchar con facilidad. Era mi caso. Atravesaba por un segundo aire. 

Una calle antes de aproximarme a la India vi algo destellar en el piso. Era una tarjeta de crédito. Un policía estaba de pie a un lado del plástico. Me agaché sin disimulo, lo recogí y me lo metí a la bolsa del pantalón. Entré a la cantina y pedí una cerveza. Cuando ocurren este tipo de fenómenos no hay nada escrito. Lo mismo da que te lo tomes con calma que con celeridad. Saqué la tarjeta. La firma era casi infantil. Claudia con la a del final que se confundía con una o. Es un momento mágico. Casi puedes saborear el universo de oportunidades que se expande ante ti. Pero la ilusión no paga los tragos. Lo más probable es que el plástico estuviera ya reportado.

Cuando ocurren este tipo de fenómenos no hay nada escrito. Lo mismo da que te lo tomes con calma que con celeridad

Ike apareció acompañado por el Negro Fake, que también se llama Carlos Velázquez. Lo apodamos así porque en el círculo existe otro, el Negro Real. «Qué transa, pandilla, vámonos a Old Town», saludó Ike. Old town es el mote con el que bautizó a la colonia Guerrero, en alusión a Sin City. No es una exageración. La Warrior es un barrio bravo digno de las fantasías de Fran Miller. En contra esquina del estudio de Ike hay un motel acondicionado como fumadero de crack en cuya acera pasean travestis con navajas (como en las canciones de Javier Corcobado). La renta baja y la ubicación lo convierten en un excelente base de operaciones. A unos pasos se encuentran La Lagunilla y Tepito. «Cámara», le respondí, «deja voy al Oxxo». Y me tomé la chela de hidalgo. «Sígueme», le ordené al Negro Fake.

Rumbo a la esquina comencé a invocar el espíritu de El Pájaro, un malandro que era más que un hermano para mí. El güey se ahorcó en 2005 porque no soportó el síndrome de abstinencia que produce la heroína. Siempre que vayas a pagar con una tarjeta ajena necesitas recurrir al más allá. Empecé a repetir el nombre de El Pájaro en voz baja: «Gerardo Didier Nava Lozano», «Gerardo Didier Nava Lozano», «Gerardo Didier Nava Lozano». Entré al Oxxo y pedí una tella de Jack Daniel’s y dos cajetillas de cigarros para el Negro Fake. Los Oxxo son el sitio ideal para defraudar a un tarjethabiente. Se ahorran la monserga de solicitarte identificación. Les importa un carajo si eres el titular o no. Si le robaste el plástico a tus padres o a tu vieja. No me desampares Pajarito, «Gerardo Didier Nava Lozano», recé en la mente. El cajero me extendió un ticket. La tarjeta había pasado.

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EL METEORÓLOGO

Por Silvia Cruz Lapeña

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Esta es la historia de Alekséi Feodósievich Vangengheim, meteorólogo que empezó su carrera como representante de la URSS en la Comisión Internacional para el Estudio de las Nubes. «Las nubes no eran un pretexto para soñar», dice Olivier Rolin en las páginas de El meteorólogo (Libros del Asteroide, 2017) informando de lo literales que eran la ciencia, el lenguaje y la muerte en manos de Stalin.

Vangengheim, burgués que renunció a su clase y sus privilegios por el socialismo, fue movilizado como Jefe de Meteorología en la I Guerra Mundial porque «para los ataques de gas es importante prever por dónde vendrá el viento». Poco después lo nombran director del Servicio Hidrometeorológico del Partido, un cargo importantísimo en un país con once husos horarios y del que deberá obtener y analizar sus pulsos atmosféricos y climáticos.

Más allá de las guerras, esa información es vital para beneficiar a la agricultura socialista. Entre sus tareas, crear una red de estaciones meteorológicas e iniciar un «catastro de los vientos». Rolin lo califica de profeta porque anticipa la importancia de la energía eólica cuando aún ni se sospechaba su enorme potencial y su limpieza: «El viento permitirá calentar e iluminar», escribió el científico antes de convertirse en enemigo de la Unión Soviética.

«También en el cielo se edificaba el socialismo», dice Rolin en este perfil apasionante que construye con entrevistas, trabajo de hemeroteca e investigación de archivos que ha realizado en sus viajes a Rusia, país que visita y conoce desde hace décadas. Cuando le faltan datos, completa el relato con referencias literarias y pictóricas. Entre las más logradas, la descripción de un paisaje del pasado hecho a partir de fotografías tomadas a principios del siglo XX por Serguéi Prokoudin-Gorski, un noble aficionado a la ciencia. Con una vida cercenada y falta de documentos, esta es una solución que Rolin, viajero aguafiestas y autor de La invención del mundo (Reverso Ediciones, 2005), maneja con maestría: no novela, no fábula y si infiere algún detalle, advierte siempre de que son suposiciones suyas.

Una biblioteca en el campo de concentración

En 1933 se descubre en las filas del Comisariado del Pueblo para la Tierra, del que dependen los servicios que dirige Vangengheim, una supuesta organización contrarrevolucionaria formada por burgueses y terratenientes. Las cartas de un subordinado en su contra acaban de ponerlo en la diana. Él no sabe de qué le hablan pues es un socialista convencido, un hombre de ciencia con fe en Stalin, un padre que ha llamado a su hija Eleonora, como hizo Karl Marx con la suya.

Le acusan de falsear resultados meteorológicos para perjudicar a la agricultura socialista y también de recopilar datos para el espionaje. De nada sirven sus súplicas, ni su rango: lo retienen cuatro meses y después, lo transportan a la Lubianka, sede de la policía política de la URSS. «Lo que significa dejar de disponer del cuerpo propio, no se sabe hasta después del primer registro en la Lubianka». Las palabras son de Margaret Buber-Neumann, miembro del Partido Comunista alemán, deportada por Stalin y entregada a Hitler. En ese sótano pasará Vangengheim poco tiempo: su próximo destino es un campo de concentración en Solovkí.

Aquel campo eclipsó a todos los campos. Construido tras expulsar a los monjes del monasterio allí enclavado y pegarle fuego al edificio, sirvió para desarrollar y probar las técnicas de adiestramiento que permitían explotar hasta la muerte a la inmensa fuerza de trabajo en forma de hombres que habitaba esos infiernos. «Reeducar por el trabajo» era el lema  que ejecutó tan al dedillo que logró pasar a la Historia como «la madre del gulag».

Que tuviera una biblioteca con 30.000 volúmenes convirtió a Solovkí en un ejemplo para la propaganda, que lo vendía más como un balneario que como un campo de concentración. De esa librería se encargaría durante su estancia Vangengheim, a quien le ayudó un quinceañero deportado, Yuri Chirkiv, que dejó unas memorias por las que sabemos que en Solovkí había libros en muchos idiomas, primeras ediciones e incluso ejemplares que habían pertenecido a gente ilustre: un ejemplar de La doncella de Orleans, de Voltaire propiedad de Ivan Turguenev era un ejemplo.

En Solovkí malviven con Vangengheim otros intelectuales y científicos: desde uno de los traductores de Dante al ruso hasta el barítono Leónid Priválov o el matemático Florenski. Había también una orquesta al completo y su director, Gogo Stanescu, rey de los zíngaros. Montan un teatro, hay conciertos y el meteorólogo sigue dando conferencias sobre la conquista del Ártico, los vientos o el mar. Sigue fiel a sus principios socialistas, sigue haciendo retratos de Stalin con piedrecitas y enviándolos a su mujer y a su hija mientras comprueba que su nombre se ha borrado de las traducciones que un día firmó y que ayudaron a divulgar la obra del meteorólogo sueco Bergeron.

Un buen militante

Vangengheim no fue un héroe. El meteorólogo no cuenta la historia de un hombre que se rebela y da la vida luchando por mantenerla. Su ceguera decepciona, pero es un inocente. Y como recuerda Rolin, eso ya es mucho. «Nos habría gustado que hubiera sido más lúcido, más rebelde, pero no, seguía siendo un buen militante comunista». Y es cierto, tanto como que toda la potencia del relato y de la investigación de Rolin pierden algo de fuerza cada vez que intenta aleccionar al lector con sus opiniones sobre lo que supuso el estalinismo.

Uno de los detalles más emotivos del libro son las cartas que Vangengheim envía a su hija, que tiene cuatro años cuando a él lo deportan y a la que no volverá a ver. Están llenas de ilustraciones hermosas y detallistas hechas a color. Se pueden ver algunas en las láminas finales que incluye el libro. “Juzgarme ante sus ojos llegó a ser mi forma de vida», dijo sobre su padre Eleonora. A ella le escribe para no caer en el olvido, para que sepa que logró cosas, que su padre no fue un «ahumador del cielo», es decir, un vago. A ella le dibuja fresas, cerezas, mirtillas, arándanos y todo tipo de frutas rojas. También hay setas y bichos de todas clases con los que fragua adivinanzas para su pequeña.

Un día de 1937, un convoy lo recoge a él y a otros 1.115 hombres junto a los que morirá esa misma noche aunque su mujer, a la que dejó plantada sin querer a las puertas del Teatro Bolshói la noche que lo detuvieron, no lo sabrá hasta 19 años más tarde. La confirmación de su ejecución la obtendrá el mismo día en que las investigaciones iniciadas por el XX Congreso del Partido, ya en manos de Nikita Kruschev, reconocen los abusos cometidos por Stalin y determinan que Vangengheim era inocente. Su mujer no sabrá nunca qué ocurrió aquella noche, pues murió antes de que la asociación Memorial reconstruyera esta y otras historias a partir de los años 90.

Gracias a dicha entidad, se conoció el final de miles de personas, también la de Vangengheim, estudioso y relator de vientos, lluvias y auroras boreales, que descansa en un paraje donde hay un cartel que dice: «Hombres, no os matéis unos a otros» y las flores con las que se les recuerda son todas artificiales.