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BIENVENIDA AL PARAÍSO, UN PASO DE MARÍA ANGULO

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El idilio en uno de los lugares más románticos y salvajes de España: Caños de Meca. La periodista María Angulo narra en un nuevo Paso de Altaïr Magazine la atmósfera, clima y significado de estas playas, «Bienvenida al paraíso»


«Hay que venir al Sur para encontrar el Norte» nos dice un amigo por Whattsapp. Nerea y yo que estamos regresando de Caños de Meca, nos miramos con una sonrisa cómplice.

—Nere, ¿quieres conocer el paraíso?

What?

—Se llama Caños de Meca y está en la costa gaditana, entre Conil y Barbate. ¿Te apuntas? ¿Busco un lugar donde reservar para julio?

—Dale.

Este viaje empieza en Zaragoza. En un barrio residencial de nueva construcción llamado Valdespartera, en el mes de junio, en plena vorágine laboral universitaria.

Días antes, un tribunal de oposición para una plaza docente en la Universidad de Zaragoza y la amenaza de una especie de ERE en el trabajo de mi amiga, también en la Universidad, nos habían sumergido en puro estrés prevacacional.

Desde esta ubicación periférica comenzamos a soñar. A fantasear como hacen las amigas, con esa imaginación femenina que no acierto a definir como tópica. Sueños que se pueden casi agarrar con las manos y materializarse. En la calle zaragozana de Los Pájaros (por la película de Alfred Hitchcock. Ya saben el ingenio que se gastan las ciudades a la hora de nominar las calles de sus modernas construcciones del extrarradio), comenzamos mi amiga y yo a alzar el vuelo. Un viaje catártico al sur de España en mi pequeño Volkswagen Polo.

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Hay una imagen que me obsesiona. Una postal liberadora a la que acudo cuando me puede la presión laboral y la ansiedad. Es muy sencilla. La Playa de la Mangueta, de Zahora, al lado de Caños, abierta, luminosa, blanca y vacía con algo de viento soplando. Yo, desnuda, tumbada en la playa, libre, y ese mar fuerte y azul al frente.

La pareja de artistas gaditanos (uno de ellos de adopción) y madrileños de espíritu, Enrique Naya y Juan Carrero Galofré, conocidos como Los Costus (en homenaje a la labor de las costureras), realizó un viaje por Caños de Meca el verano de 1979 junto a la cantante Alaska y al compositor y bajista Nacho Canut, que habían salido ya de Kaka de luxe y daban sus primeros acordes en Los Pegamoides. Ya estaba en funcionamiento por esas fechas la llamada «Movida madrileña», que tenía como epicentro el apartamento de Los Costus en el número 14 de la calle malasañera de La Palma. Fue en esta casa donde se rodó Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), primera película de Almodóvar, que también rondaba por allí, junto a Fabio McNamara, Tino Casal y Carlos Berlanga, entre otros. Y de este viaje por Cádiz surgieron una serie de cuadros que incorporaban al estilo pop y naif que desarrollaron Los Costus hasta desembocar finalmente en el kitsch, elementos como el paisaje y las aguas de Caños de Meca. Entre todos, destaca uno que refleja con bastante acierto mi deseo, mi sentimiento de abandono y de integración con la naturaleza salvaje de esas playas. Esa simbiosis entre lo humano con las rocas, con la arena, la sal y el mar de la playa. La pintura muestra una mujer tumbada de costado en la arena junto a las rocas y en la orilla del mar. La mujer es también roca y arena y mar. La mujer es esa playa.

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He viajado muchas veces a Cádiz y a la costa gaditana desde niña con mi familia. Recuerdo un verano en el que mis padres alquilaron una casa de pueblo en Barbate y fuimos a un festival de flamenco. Era un patio abierto con un bar muy sencillo. Las mesas y sillas, de esas ruidosas de metal de chiringuito. Y el elenco de cantaores, sobresaliente: El Cabrero, Camarón… Puedo decir que estuve en un concierto de Camarón. Aunque no me acuerdo de nada. Yo jugaba entre las mesas, los alcorques y las sillas a las chapas con mi hermano mientras mis padres escuchaban flamenco y se mimetizaban con el entorno. Solo resiste en mi memoria que cantó una flamenca mayor llamada La Paquera y que una pareja de gaditanos muy salaos, cuando la aplaudían, gritaban: «Era buena», «era buena». Latiguillo que empleamos en casa a cada tanto cuando un cantante caspa no termina de retirarse o cuando a un escritor le pesan los años en las letras. «Era bueno», «era bueno». Sirve para el masculino igualmente.

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Otra anécdota me sitúa en la plaza del Ayuntamiento de Cádiz. En una pensión cutre al estilo, creo yo, de la Pensión Triana de la que habla Javier Ruibal en su canción; solo que las putas no se dejaron ver en aquella ocasión. Frente a la pensión, un bar de esos que te permiten sentarte con tu cucurucho de pescaíto frito comprado en el local de al lado a cambio de que las bebidas las consumas del bar. Dentro, una máquina tragaperras y mi tía Encarna, Tituchi, dejándose «los cuartos». Salía de tanto en cuanto a la mesa donde mi madre, mi hermano y yo devorábamos cazón en adobo y ortiguillas. Salía y soltaba esta perla: «En que me habré fundao yo». Era una de sus frases preferidas. También la decía cuando jugábamos en casa al bingo. Ella, jugadora empedernida, disfrutadora nata, buena gente, complacida y agradecida con la vida, se pillaba dos y hasta tres cartones… y perdía. «¡Ay señor, señor! ¡En qué me habré fundao yo!». Otra frase de nuestro acervo familiar aplicable a infinidad de contextos.

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