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Islas Feroe, el archipiélago secreto en Altaïr Magazine

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Nos vamos a las islas Feroe. ¿No sabes donde están? ¿Nunca habías oído hablar de ellas? Sin problemas. ¡Mucho mejor! Prepárate para la aventura de descubrir uno de los territorios más remotos y menos conocidos de la Europa actual.

Si te gustan las aves, los paisajes imposibles, el surf, la gastronomía, navegar en barco, la música, el fútbol, la moda, las historias de vikingos; si quieres conocer pueblos pintorescos con menos de diez habitantes…Estás en el lugar adecuado.

Las Feroe son 18 islas, 50.000 personas, 70.000 ovejas y solo 1.400 kilómetros cuadrados. las Feroe son sinuosas carreteras, algo más que estrechas y casi infinitas, con túneles subterráneos bajo el mar. Ferries y helicópteros que hacen de transporte urbano.

Cuenta Birgir Enni, uno de los protagonistas locales de nuestro monográfico 360º alrededor de este archipiélago secreto que es «un lugar sin árboles donde solo hay rocas y hierba» y añade que «hay que ser duro para sobrevivir aquí». Pero sin embargo, las Feroe tienen mucho encanto y, tal como lo expresa en nuestro especial el escritor local Gunnar Hoydal, las islas Feroe son una tierra con “duende” ya que guardan en su interior los recuerdos de un tiempo situado antes del tiempo, «de antiguas experiencias y viejas historias». 

Sjurdur Skaale, parlamentario y humorista feroés, nos comenta en su historia que el hecho que las Islas Feroe sean, al mismo tiempo, un país «completo» y un Estado «microscópico», las convierte en un perfecto «laboratorio social, político, económico y vital».

Las Feroe son sobre todo paisaje, calma y naturaleza pero también, como nos explia Elin Brimheim, modernidad: «La comunidad feroesa está, a la vez, tan pasada de moda como extremadamente modernizada, lo que crea una sinergia que inspira a la gente y aumenta su creatividad».

Las Feroe están repletas de nuevos proyectos que desde lo más local y aislado de este archipíelago situado rumbo al Círculo Polar Ártico, se han hecho un hueco en el panorama internacional. Es el caso de las diseñadoras de moda Gudrun & Gudrun, que salvaron la lana feroesa y reinventaron su uso. Es también el caso de Koks, dirigido por el cocinero Poul Andrias Ziska -Nordic Prize 2015-, otro ejemplo de joven feroés que ha revolucionado la cocina local con un estilo muy particular que comprobamos en nuestro reportaje con él y en su restaurante en el que, como nos cuenta: «Damos cosas que no se pueden encontrar en ningún otro lugar del mundo».

Sjurdur Skaale: El hecho que las Islas Feroe sean, al mismo tiempo, un país “completo” y un Estado microscópico, las convierte en un laboratorio social, político, económico y vital.

Pero en las Feroe también hay un factor «pasado». Esto se refleja por ejemplo, en los avances en igualdad de género, que aunque han sido muchos en muy poco tiempo, que documenta la historia que nos escribe la periodista local Eydna Skaale que, a pesar de los avances realizados, denuncia como «las mujeres feroesas necesitan roles femeninos de referencia», concluye Eydna Skaale.

El aislamiento del archipiélago, el hecho de que la costa más cercana esté, más o menos, a 500 kilómetros de distancia, influye en la llegada de algunos avances tecnológicos. Por ejemplo, las Feroe no tienen Google Street View, pero para no ser menos han puesto a algunos de sus miles de borregos a trabajar. Sin GPS, pero con equipadas con cámaras las ovejas locales mapean las islas con su caminar y construyen una visión alternativa: Feroe Sheep View.

Ovejas que ejercen de cartógrafos en unas islas que, al fin y al cabo, son suyas ya que el nombre de las islas significa en danés antiguo «la isla de las ovejas», como explica el especialista en la cultura y literatura de las Feroe, Mariano García. Y es que la población ovina duplica la de humanos en una islas repletas de rincones maravillosos, como la remota, en la isla de Mykines en la que los frailecillos, aves simbólicas del archipiélago, conviven con los alcatraces en los acantilados que nos descubre el biólogo local Finnur Lutzen. Acantilados de impresión y montañas muy grandes y al lado del mar. Una naturaleza de impresión que nos describen con precisión las geólogas feroesas Jana Ólavsdóttir y Óluva Reginsdóttir que coinciden en descubrirnos el hecho natural más destacado de estas islas: «La falta de árboles».

Elin Brimheim: La comunidad feroesa está a la vez tan pasada de moda como extremadamente modernizada, lo que crea una sinergia que inspira a la gente y aumenta su creatividad.

Aislamiento y lejanía no tiene por que ser aspectos negativos como demuestran los miembros de la banda feroesa de Viking Metal feroés Tyr con los que hablamos y que se confiesan «descendientes de los vikingos venidos de Noruega» e hijos de un pasado «real, (…) auténtico». Algo parecido le ocurre a Jens Martins, ex portero de la Selección de fútbol de las islas Feroe y orgulloso de ser «el portero es al que más veces han chutado en todo el mundo». Eso sí, si vienes de fuera, el regalo del aislamiento y la soledad que ofrecen estas islas en invierno no tiene parangón y es por ello que Sergio Villalba, un surfista canario, se fue a las Feroe en busca de la ola perfecta y huyendo de los surfistas. Nos lo cuenta en una crónica ilustrada con unas imágenes espectaculares.

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«A lo lejos, en un océano brillando radiante como el mercurio, se encuentra un poco de tierra solitaria de color plomo. La pequeña costa rocosa es al vasto océano casi lo mismo que un grano de arena en el suelo de un salón de baile. Pero visto bajo una lupa, este grano de arena es, sin embargo, todo un mundo de montañas y valles, sonidos y fiordos, y casas con gente pequeña. De hecho, en un sólo lugar hay incluso una pequeña ciudad antigua completa, con muelles y almacenes, plazas, calles y callejones empinados, jardines, plazas y cementerios. También hay una pequeña iglesia, situada en lo alto, desde cuya torre hay una vista de los tejados de la ciudad y, más lejos, de todo el océano poderoso».

Nos quedamos, para acabar, con este retrato de las Islas Feroe que Heinesen incluye en Los músicos perdidos (1950) y que como explica el especialista local Bergur Ronne es «uno de los mapas literarios más famosos del Atlántico Norte».

Las Feroe, un universo especial, atractivo y único, áspero y duro. Un archipiélago casi secreto con cierta mística irreal, un lugar melancólico y muy hermoso que es el protagonista de nuestro nuevo monográfico 360º.

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Un balcón al mar, por Inés Bortagaray

La Rambla«Nuestra Rambla es la principal obra de arte que tiene la ciudad. La más bella. La más extensa. La clásica.» La escritora Inés Bortagaray nos acerca en nuestro 360º sobre Montevideo a uno de los principales motivos de orgullo de los montevideanos: la Rambla que resigue la costa de la capital a lo largo de 22 kilómetros. Dejamos aquí un adelanto.


Cuando los uruguayos pensamos en la palabra «rambla» la imagen que se posa en nuestro entrecejo es la de la gran avenida que bordea la costa del mar en la ciudad de Montevideo. No comparece en el pensamiento la arena, aunque el sentido etimológico de rambla se acuna en el vocablo árabe «ramla», que quiere decir «arenal». Muy excepcionalmente y muy atrás en la secuencia de pensamientos pueden aparecer las ramblas de Barcelona y la coqueta avenida arbolada en el cantero central. Pero eso casi nunca pasa. Nuestra Rambla es el camino costero, nuestro balcón al mar, nuestro punto de fuga toda vez que necesitamos pensar o llegar más pronto al Cerro (un extremo), o a Carrasco (el otro).

Siempre la Rambla indica un camino, siempre el camino se asoma al mar, siempre el mar convive con ese trayecto de granito rojo y espíritu racionalista. Tal vez nuestra memoria o nuestra imaginación se fije en la línea entera: los veintidós kilómetros de curvas y repechos que tiene este camino. O acaso lo haga en un breve tramo. Nuestro tramo favorito, que no será permanente y no durará por siempre. Será, probablemente, el preferido del día (por ejemplo: el trozo que inicia en la Playa Ramírez y llega hasta La Estacada nos resulta fascinante; o el que va desde la Playa Honda hasta la Mulata en Punta Gorda). La relación con la Rambla es mutable, como mutables suelen ser los vínculos de amor con cualquier obra de arte. Nuestra Rambla es la principal obra de arte que tiene la ciudad. La más bella. La más extensa. La clásica. Nuestro greatest hit.

Vayamos por partes. Nuestro mar no es uno cualquiera, si es que podemos pensar que los mares tienen características más o menos genéricas (una masa de agua salada que cubre la mayor parte de la superficie terrestre; o cada una de las partes en que se divide un mar). Este mar nuestro se llama río: es el Río de la Plata. En Buenos Aires lo llaman río, una «pampa de agua», al decir de la escritora porteña Victoria Ocampo. La capital argentina le da la espalda, con actitud oronda, como quien deliberadamente alza la nariz y con despecho se propone desairar a un ingrato que se rinde a sus pies. La capital uruguaya, desde que existe la Rambla, desde la construcción de cada una de sus partes, cambió para siempre su vínculo con el mar.

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En efecto, si bien todo el sur de nuestro territorio convive con las puntas de piedra, las barrancas y las playas de arena blanca, no fue hasta la construcción de la Rambla en Montevideo cuando dejamos de ser mediterráneos, descubrimos el mar y resolvimos mirarlo para siempre.

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Ritmo de memoria y lucha, por P. Godoy y B. Jiménez Luesma

CandombeEl candombe es la música afro de Uruguay. Hoy día, en el desfile de «llamadas», inunda las calles de alegría, pero en sus orígenes fue el canto de la lucha, el ritmo de los negros esclavizados. Paty Godoy y Berta Jiménez Luesma hablan con algunas de las figuras claves de la cultura afro-uruguaya en Montevideo en nuestro 360º. Aquí, un adelanto.


El candombe es la música afro-uruguaya por excelencia, surgida en la época colonial en las zonas montevideanas en las que vivían los negros esclavizados: Barrio Sur y Palermo. En sus orígenes, las comparsas de candombe estaban formadas solo por tamboriles —una cuerda de tambores—, pero con el paso de los años se han sumado otros personajes como el Escobillero, la Mama Vieja o la Vedette. En la actualidad, el desfile de Llamadas, que se celebra en febrero con motivo del carnaval, reúne a todas las comparsas de la ciudad; es la mayor convocatoria candombera de todo el año.

Pasear por Barrio Sur y Palermo, los barrios candomberos históricos, es en parte trasladarse al Montevideo más colonial: casas bajas, con murales o pintadas, siempre coloridas, se intercalan como marcando un camino. Encauzan el paseo que las comparsas —oficialmente, desde el siglo XIX— recorren cuando salen a llenar las calles no sólo de músicas, bailes y ambiente festivo, sino, sobre todo, de raíces africanas y respeto por los ancestros. El candombe se define como la música afro-uruguaya, el alma del carnaval —que todos los montevideanos anuncian orgullosos, no como el más importante, pero sí el más largo del mundo—; una pieza clave de la vida cultural de la urbe.
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Domingo en Montevideo. La tarde está cayendo. Algunas comparsas, cada una en su barrio, salen a ensayar. Tambores al hombro —chico, repique y piano—, encienden hogueras en cualquier esquina de la calle para calentarlos. Aunque es por una mera cuestión técnica —el material tiene que templarse para alcanzar el sonido genuino para el que fue creado—, que decenas de personas se reúnan en torno a una hoguera cómplices de lo que está a punto de pasar tiene algo, mucho, de ritual. Calientan durante unas horas, cada cual en su cuadra. Mientras, ríen, fuman y algunos hasta beben vino de la botella. Finalmente arrancan, y con ellos muchos de los vecinos del barrio, que llamados por la música, salen de sus casas para unirse. Otros, desde sus balcones, apoyan la manifestación artística con sus movimientos más sinuosos. Los niños bailan, los perros pasean de un lado a otro más rápidos e inquietos de lo normal —o eso parece—. El candombe es muchas cosas, pero una, quizás la más importante, es la mayor expresión de memoria histórica de un pueblo, el afro-uruguayo, estigmatizado durante siglos, que todavía hoy lucha contra el racismo estructural. Cada serie, cada ritmo, parecen romper las barreras raciales.

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El lujo de la pobreza, por Alfredo Ghierra

Lujo-pobreza«La génesis de Montevideo parece ser la historia de una huida, una fuga constante hacia el Este, en busca de las vistas al Río de la Plata, huyendo siempre de lo viejo.» En la capital uruguaya podemos encontrar multitud de edificios que pertenecían a la burguesía local abandonados. El artista visual Alfredo Ghierra nos habla en nuestro 360º de la importancia de (re)aprovechar estos espacios. Aquí, un adelanto.


La ciudad de Montevideo fue fundada hace menos de 300 años y de su primera arquitectura, la conocida como colonial, casi nada queda. Esto quiere decir que el concepto de antiguo en esta ciudad haría sonreír a cualquier ciudadano europeo: la gente cataloga de «antiguo» un edificio de los años 50 del siglo pasado y directamente de «viejo» a todo lo construido en las postrimerías del s. XIX. Incluso las variables antiguo y viejo tienen que ver con una apreciación económica, donde lo viejo sería definitivamente algo digno apenas de ser demolido mientras que lo antiguo aún conserva un valor económico que lo hace preservable, aunque no demasiado apetecible.

En efecto, hay algo que nos viene del hecho de ser una ciudad americana, algo subyacente al concepto que la palabra «América» trae consigo y que refiere a lo nuevo, lo moderno, lo próspero. La génesis de Montevideo parece ser la historia de una huida, una fuga constante, con empujes más o menos equidistantes en el tiempo, del desarrollo de la mancha urbana hacia el este, en busca de las vistas al Río de la Plata, en pos del mito de la casa con jardín, huyendo siempre de lo denso, lo viejo, lo pasado de moda.

Así, cada nueva generación de la burguesía local vende lo que construyeron sus padres y construye al lado y hacia el Este su nuevo reducto, siempre más moderno, siempre más exclusivo y excluyente, dejando atrás, abandonado y paupérrimo, lo que antes fuera lo mejor de la ciudad. Hemos vivido a lo largo del último siglo y medio la generación de al menos tres paradigmas que han impulsado el fenómeno del abandono en áreas relevantes de la ciudad. El primero fue el cambio en el uso del tiempo libre de las clases acomodadas en las primeras décadas del s. XX: dejaron sus quintas arboladas por nuevas mansiones a la vera del Río de la Plata, cuando el uso del ocio empezó a significar estatus si venía acompañado de una piel bronceada en las arenas de la playa. Luego vino la generalización del paradigma de la «casa con jardín y parrillero», siendo este último la versión vernácula de la barbacoa estadounidense. Y en los últimos años ha cundido la noción de «inseguridad», y como reverso de una misma moneda, la gran industria de la «seguridad»: los cercos eléctricos, las rejas, los vigilantes privados, los edificios con portero 24 horas, los sistemas de videocámara.

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Se van generando entonces áreas centrales, con los mejores servicios y muchas veces con la mejor arquitectura, abandonadas a la buena de Dios, o mejor dicho, a la mala del hombre. El tamaño de esta ciudad abandonada es gigantesco, no sólo en números concretos (se calcula, por ejemplo, que en los barrios centrales de Montevideo, si pusiéramos todas juntas las construcciones visiblemente abandonadas, lograríamos más de 20 manzanas de ciudad vacía), sino en la proporción del abandono en relación al resto de lo construido. Un lujo difícil de entender en una ciudad con un déficit habitacional importante y donde, además, esas propiedades abandonadas corresponden casi siempre a tipologías históricas de excelente factura. O sea que, mientras en la periferia proliferan cantegriles o villas miseria de cartones y chapas, en el centro abundan las casas de pensión donde se amontonan familias enteras en cuartos de 16 metros cuadrados, instaladas en caserones decimonónicos donde los frescos y los artesonados de yeso aún pueden verse entre los agujeros de las antiguas claraboyas colapsadas. En otros muchos casos, estas construcciones están lisa y llanamente cerradas a cal y canto, o tomadas por el narcomenudeo urbano.

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La ciudad de los mil equipos, por Agustín Acevedo Kanopa

futbolNadie mejor que Agustín Acevedo Kanopa, hijo de un exfutbolista y director técnico, para radiografiar la pasión uruguaya por el fútbol en una ciudad que concentra una enorme cantidad de clubes y de aficionados dispuestos a sufrir domingo tras domingo. Lo publicamos en nuestro 360º de Montevideo y dejamos aquí un adelanto.


Una española me contacta por Facebook y me dice que escriba sobre la relación entre Montevideo y el fútbol. Que profundice sobre la manera en que se conforma como el «riñón depurativo» de una ciudad. Soy el hijo de un exjugador y técnico de fútbol. Las nociones entre la ciudad y el deporte las tengo arraigadas desde los primeros días de mi vida, algo configurado como un problema incluso antes de que tuviera las herramientas mentales para procesarlo: aun no gustándome el fútbol en mis comienzos, toda la economía material y sentimental de mi casa dependió de goles, tranques, codazos y fichajes, y junto a ellos los distintos destinos geográficos de mi familia. A diferencia del resto de mis compañeros de clase, que recién conocería a mis cinco años de edad —luego de vivir en España (contrato con el Deportivo de La Coruña) y México (mi padre fue una flamante figura en la defensa del Tecos de Guadalajara)— ya tenía, por la simple posibilidad de comparar, una plataforma de nociones de lo que era un uruguayo.

Aun siguiendo por esta línea, es difícil saber la primera vez que fui a una cancha de fútbol. Capaz que ya al año, mi madre, sola, solísima en una A Coruña en la que lloviznaba todo el tiempo, me había llevado a Riazor. Pero la primera experiencia concreta que tengo de estar en un escenario de fútbol es la de un partido en el estadio Luis Franzini, cancha del Defensor Sporting Club (el primo aplicado, aburrido y tesonero de esa disputa loca y fratricida del poderoso linaje de Peñarol y Nacional, los equipos de más arraigo popular de Uruguay). No retengo imágenes concretas, sólo la existencia de mucha gente vieja alrededor de mi y el concepto intuitivo de que los aficionados que me rodeaban no la estaban pasando bien. Haciendo cálculos mentales, mi padre debía estar jugando en Racing o en Fénix, dos equipos pequeños en cuanto a seguidores y triunfos deportivos, pero esta noción de «gente no pasándola bien» es algo que me sorprende por lo bien que definía, antes de toda capacidad de conceptualización profunda, al público uruguayo. Ya fuera a la parcialidad de Peñarol, la de Nacional, la de cualquiera de los equipos chicos, o la de la selección misma.

El fútbol uruguayo, el de la selección o el de los equipos de su liga, difícilmente se disfruta y difícilmente suele ser un espectáculo

No tiene que ver con algo únicamente vinculado al porvenir futbolístico del club, sino a una forma de posicionarse del hincha en sí. En todo partido uruguayo, cuando faltan diez minutos para que suene el pitazo final, resuena en altoparlantes la misma voz de hace más de quince años, rogando que las hinchadas logren «disfrutar» del espectáculo de una forma segura y responsable. Por supuesto, conociendo la pasión uruguaya por el fútbol (pasión que ha llevado, no pocas veces, a asesinatos entre barras bravas —incluyendo cánticos de festejo de las hinchadas por la reciente muerte—) el pedido parece bastante lógico, pero siempre me rechinó la forma en que se alojan el verbo «disfrutar» y el sustantivo «espectáculo» en la frase. El fútbol uruguayo —tanto el de la selección, como el de los equipos de su liga— difícilmente se disfruta y difícilmente suele ser un espectáculo. En todo caso, las sensaciones puras y elementales del público son las de «alivio» y «supervivencia» (todo un sentir aglutinador alrededor del triunfo épico de la entrega y la «garra» charrúa, más que por las demostraciones de buen juego). En el fútbol uruguayo no hay mayor espacio para el disfrute y el espectáculo, salvo cuando vas ganando cuatro a cero. Los uruguayos somos adictos a nuestra propia tragedia, y muy pocas veces un partido se da por resuelto, incluso cuando vamos varios goles arriba. Así, el hincha, cólico alojado en las paredes de ese «riñón depurativo», nunca parece disfrutar el partido del todo, y su gran obsequio luego de cada domingo va a ser que alguien no lo agarre de punto durante su semana laboral, o la posibilidad de ser, al menos por aquel ínfimo período, el victimario.

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Sobre esto construí mi imagen del uruguayo. A diferencia de los mexicanos, a los que veía más alegres y que parecían ir al fútbol como una excusa para emborracharse y enchilarse comiendo tortas ahogadas, ya a mis cinco años decía que los uruguayos eran serios y amargados. Viendo para atrás, me doy cuenta de que esos uruguayos sobre los que elaboraba aquellas tempranas teorías eran los que encontraba en las canchas de fútbol.

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Daniel Martínez, el alcalde que pasea

intendentePor muy poéticamente tópico que suene, Daniel Martínez, intendente de Montevideo, cumple el perfil de uruguayo: es amable, humilde y combativo. Pero sobre todo se le ve comprometido y enamorado de su ciudad. Hablamos en nuestro 360º de su pasado como militante en una dictadura «donde cada día se podía caer preso» y del futuro (que ya está pasando) de Montevideo. Aquí dejamos un fragmento.


Daniel Martínez es un activista. Tras 59 años en Montevideo, lo ha vivido y luchado todo. En julio de 2015 fue elegido intendente —alcalde— de Montevideo, ganó las elecciones en su candidatura por el socialista Frente Amplio. Tanto en dictadura (clandestinamente) como en democracia Daniel Martínez siempre abogó con fuerza por los derechos sociales. Su militancia ha sido tan intensa y de tantos años que ya es sólo una característica más de su espíritu. Tal vez suene a tópico poético, pero de nuevo el intendente cumple con el perfil uruguayo: amabilidad apabullante, humildad y espíritu crítico. Se podría decir que es un intendente que no lo parece: un alcalde de a pie que huye de ostentaciones, de la acorazada vida del político con guardaespaldas, asistentes o discursos preparados. Se expresa natural, se le ve sincero. Pero, sobre todo, comprometido y enamorado de su ciudad.

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Cuenta, en una charla distendida, que Montevideo es la ciudad de la calidad de vida. La oferta cultural es enorme, el clima estable y sus gentes hospitalarias y dispuestas. Entre el vino y los deliciosos platos del restaurante Francis, comparte una experiencia que vivió apenas unos meses atrás. Volvía con su familia a casa andando. Estaban lejos, a bastantes cuadras de distancia, pero la noche estaba preciosa y, borrachos por el ambiente festivo que acababan de disfrutar en el concierto de los Rolling Stones, decidieron que podían caminar: «Quizá en otro lugar, podría darte miedo volver tan tarde. Pero nos perdimos en varias ocasiones. En una de ellas, preguntamos a unos jóvenes que bebían en una calle». Asegura, divertido, que uno de los chicos hasta les acompañó dos calles abajo para que tomasen el camino correcto. Una estampa curiosa. Achaca a este ambiente tan respetuoso el hecho de que cada vez «más franceses, más alemanes… se vienen a vivir acá, a vivir como uruguayos».

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Vocabulario Mario Levrero, por Jorge Carrión

Mario LevreroCon Levrero no hay término medio: o le amas o le odias. Esto al menos asegura nuestro colaborador Jorge Carrión en esta reflexión que hace en nuestro 360º montevideano sobre el escritor deseante, el de la doble personalidad. Ese que como tantos otros viene de un precioso oficio que llaman librero. Dejamos aquí un fragmento.


A Levrero o lo amas o lo odias: no hay término medio. Es tan original, tan raro, tan propio que provoca adhesión o rechazo. Esa visceralidad emocional también se encuentra en su obra, atravesada por una poética del contraste. Una obra llena de personajes solitarios, pero llena también de personajes deseantes. «Con la edad cada vez me interesan menos los orgasmos y más el deseo mismo», leemos en Dejen todo en mis manos (1996). Y lo cierto es que el deseo recorre su escritura de formas muy variadas. Encontramos un deseo carnal, dirigido ansiosamente hacia el cuerpo femenino. Pero también un deseo de indagación en el ser interior: escucharse a uno mismo, reseguir con el pensamiento y la escritura el contorno espiritual. Y el amor propio, también llamado masturbación. El deseo voraz de leerlo todo, verlo todo, escucharlo todo. Y el deseo de comunicarse con los otros. La literatura es sólo uno de los medios en que puede darse esa comunicación: Levrero fue también fotógrafo, librero, autor de crucigramas, guionista de cómic y profesor de talleres literarios (escenario erótico por excelencia).

«Pensar en un libro es para mí lo más parecido a pensar en una mujer, quiero decir, en una mujer sexualmente atractiva. De inmediato se crea la necesidad territorial, la necesidad de un espacio privado que no pueda ser invadido. La relación con el libro se da a través de esa especie de trance, del mismo modo que la relación sexual.»

BUENOS AIRES

Tanto la literatura argentina como la literatura uruguaya tienen doble personalidad. Una tiende hacia el territorio propio y la otra se confunde con el vecino. Esas dos que se proyectan hacia el Río de la Plata y lo atraviesan, simultáneamente, desde ambas orillas, configuran ese espacio espectral y fascinante que llamamos «literatura ríoplatense». Santa María, la ciudad imaginada por Juan Carlos Onetti, es un collage vaporoso configurado con fragmentos de Montevideo, Colonia del Sacramento y Buenos Aires, que muta de fisonomía en cada relato y en cada novela. Como los trayectos regulares de los ferrys, las vidas de varios escritores porteños y uruguayos han ido cosiendo durante décadas las dos orillas de ese río que parece un mar. Mario Levrero fue uno de ellos, desde el lado de Uruguay. En paralelo, desde el argentino, iba y venía Elvio Gandolfo, escritor y periodista, interlocutor y amigo. En la edición que preparó para la editorial Mansalva de las entrevistas a Levrero, Un silencio menos (2013), encontramos referencias a las tres ciudades que utilizó Onetti en su frankenstein urbano. Ese es el territorio vital y poético del autor de La Banda del Ciempiés (2010): no es casual que se corresponda con el espacio de recepción de su obra en nuestros días. Estamos en una zona literaria que ha construido su canon siempre al margen del mercado, siempre con conciencia de periferia. Y nadie más periférico, más raro, sin aspavientos de maldito, personalísimo, que Levrero.

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«Yo no había sabido comprender la diferencia entre escribir y escribir un libro; escribía lo que surgía, y eso podía ser un relato, o una novela corta, o una novela un poco más larga, o un artículo humorístico, o un poema que jamás habría de mostrar a nadie. Y otras cosas, que salían sin otra finalidad que la de nacer, como por ejemplo dibujitos.»

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Vino del nuevo mundo. La historia de la bodega Carrau

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Contamos en nuestro 360º sobre Montevideo la historia de las bodegas Carrau: situadas en el barrio Colón, a las afueras de Montevideo, cuentan con más de 250 años de historia entre Vilassar del Mar, en Cataluña, y Montevideo. Su recorrido va de la mano de una ciudad que puede ser contada a través de su puerto y de su comercio. Dejamos aquí un adelanto.


El día está más gris de lo normal, espirales de nubes cubrían hasta el horizonte. El Río de la Plata, que normalmente luce ese marrón submarino (una de las meriendas preferidas de los uruguayos, leche caliente con una barra maciza de chocolate que se derrite dentro), se ve más oscuro y como menos satinado. El tiempo ha aguantado bien los días anteriores, pero en Montevideo llueve mucho. Hasta en el mismo núcleo urbano, los solares de tierra seca están plagados de pasto. Todo es verde, de un verde cada vez más y más intenso conforme te alejas de la ciudad. Pero estamos en el barrio Colón: a las afueras, todavía lejos del campo. Nos dirigimos a Bodegas Carrau, una de las más grandes del Uruguay. Una empresa familiar cuya historia, centenaria y transfronteriza, viene desde Cataluña, en concreto desde la localidad de Vilassar de Mar.

Al llegar nos encontramos con una gran finca dividida en dos edificios: el de elaboración, producción e investigación —el del trabajo— por un lado; y el de maridaje y cata —el del hedonismo— por el otro. En una parcelita de los jardines exteriores, que pronto recibirán unos cuantos centímetros cúbicos de agua, como todos predecimos, pueden verse algunos viñedos. Todo, aunque no literalmente, huele a Uruguay, a vino y a carne —que en estos momentos empiezan a cocinar en el asador al aire libre—. Nos recibe Margarita Carrau, actual propietaria junto a sus hermanos, perteneciente ya a la décima generación desde que la tradición vitivinícola comenzó en su familia.

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Desconocen las raíces exactas de Carrau, pero según In Vino Veritas. La familia Carrau y el vino, el libro que narra la historia de la bodega,  «se cree que el apellido podría ser de la Francia del medievo y que el nombre significa “mezcla de cereales”; también piensan que podría provenir de picapedreros». Lo que sí saben, y con total certeza, es la fecha en la que todo comenzó: el 2 de abril de 1752. Este día Francisco Carrau compró la primera viña en Vilassar de Mar. Es este hecho el que consideran el origen de la tradición familiar. La primera semilla. Desde entonces, por herencia, «fue pasando de padres a hijos durante siete generaciones», hasta el crack del 29. Fue entonces cuando el abuelo de Margarita emigró a América y continuó elaborando vinos en Uruguay; las bodegas de España dejaron de funcionar.

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Puro verso, por P. Godoy y B. Jiménez Luesma

Puro.VersoUna librería puede ser muchas cosas, entre ellas el retrato de una ciudad, y cada uno de sus libros, un trocito del alma de sus habitantes. La librería Puro Verso habla mucho de Montevideo y de los uruguayos y su dueña Nefeli Forni nos habla de cómo es el oficio de librero. Paty Godoy y Berta Jiménen Luesma estuvieron allí y lo cuentan en nuestro 360º montevideano. Dejamos aquí un fragmento.


Estamos en la Ciudad Vieja. A nuestras espaldas dejamos el Palacio Salvo y su misticismo. Atravesamos la Puerta de la Ciudadela. Elevando la vista, ese edificio que, de tan feo, es bello. Su estilo años 70 choca con el art déco de Palanti. Decenas y decenas de grises cajas de aire acondicionado se agrupan, sin orden, configurando junto al cielo azul un ajedrezado: arquitectura casual, infraestructura matemática. El centro de Montevideo es sólo un aperitivo del eclecticismo que se extiende por toda la ciudad. La peatonal de Sarandí, ya en su comienzo, se ve muy transitada. Ejecutivas de traje, puestos de venta de cuero, paseantes con el termo de mate bajo el brazo. Y, a pesar del frío, jóvenes que almuerzan al aire libre.

En una localización tan privilegiada como esta se encuentra la librería Puro Verso, alojada en el edificio Pablo Ferrando, de 1917, de estilo industrial, con grandes ventanales de espejo y columnas de hierro. El escaparate es curvado, la entrada de simetría kubrickiana y la escalera art nouveau se encuentra junto a uno de los ascensores más viejos en uso en todo Montevideo. Pero sobre todo… huele a libro. En Puro Verso huele a libro más que en cualquier otra librería.

Encontramos a Nefeli Forni, su dueña, entre Sarajevo de Alfonso Armada y El Hambre de Martín Caparrós, bajo la atenta mirada de Gay Talese y las cínicas hojas de Kapuściński. Envuelta por la cultura japonesa, la literatura rusa y, sobre todo, el ensayo transfronterizo. Ella nos explica que el ensayo es la lectura nacional. También el libro técnico, el de psicología, el de filosofía… Tal vez por eso los uruguayos son tan buenos narradores, tan reflexivos y teóricos. Esa sensación de que la cultura está en el aire, y con solo respirar, ya eres medio sabio.

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Forni reflexiona sobre su profesión. Ha tomado el relevo de su padre, jefe histórico de la empresa. No sólo trabaja en una librería: es librera. Y, como tal, conoce el contenido y el continente de su tienda. Según apunta Jorge Carrión en su ensayo Librerías, Puro Verso es una de las mejores librerías del mundo:

«Muchas tardes de domingo me dedico a vagar por la red en busca de librerías que aún no existen para mí, pero que ahí están, esperándome. (…) La mayoría son claramente espectaculares, como Tropismes de Bruselas o como Puro Verso de Montevideo. La cita que preside la página web de ésta pertenece a Ferlinghetti: “He dormido en cien islas donde los libros eran árboles”. El espacio físico está a su vez presidido por una cristalera art déco, en lo alto de unas bellísimas escaleras. Puro retroespectáculo».

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A bordo de una camioneta roja, por Gabriel Peveroni

camioneta¿Cuándo se convierte Montevideo en campo, y cuándo el campo deja de serlo para convertirse en la capital uruguaya? En nuestro 360º, subimos a una camioneta roja con Gabriel Peveroni para hacer un recorrido a la uruguaya: sin prisas, con tranquilidad, en una deriva urbana para entender qué hace especial a esta ciudad. Aquí dejamos un fragmento.


Algunos argentinos o, mejor dicho, porteños —seres de alta autoestima que habitan la ciudad de Buenos Aires— tienen la sensata costumbre de viajar periódicamente a Montevideo con la consigna de desenchufarse. Les alcanza con cruzar el Río de la Plata, en un barco construido en Tasmania que navega a 55 nudos y tiene mil metros cuadrados de tiendas de artículos de lujo exentas de impuestos. Son, técnicamente, 135 minutos entre puerto y puerto.

Apenas llegan a la capital uruguaya, estos argentinos hacen lo mismo que puede hacer un madrileño —por ejemplo— si decide darse una escapada a Zaragoza: dejarse llevar por una buena siesta, callejear por un territorio definitivamente unplugged y prometerse que, cuando regrese a la metrópolis, rebajará la intensidad de sus recorridos emocionales. Es un buen plan, sobre todo si se está a una distancia de 122 minutos en tren rápido, con la simple meta de tomarse una selfie en la basílica del Pilar y no demorarse mucho tiempo más, ante el riesgo de quedar atascado en una dimensión zombi.

135 minutos o 122. Poco importa la diferencia. Da lo mismo. Es más o menos el tiempo que suelen durar las mejores películas, las que terminan en el mar, y recuerdo varias de esas —ahora mismo, entre ellas, Deprisa, deprisa, de Carlos Saura— pero sobre todo recuerdo un mediometraje uruguayo de los ochenta, de nombre Tahití, firmado por Pablo Dotta. Tal vez esa cinefilia, en blanco y negro y calles solitarias, derive de vivir en una ciudad recostada a un río al que le decimos mar: el Río de la Plata. No se ve la otra orilla. No se ve Argentina. No queda claro si existe Argentina, si hay algo más al Sur. Porque mirar hacia el Sur y sólo ver mar aturde un poco. Porque recorrer la Rambla montevideana, los veinte kilómetros de una costanera panorámica, se parece demasiado a circular un abismo, bellísimo pero también oscuro, si se piensa en los años del fascismo, los años setenta, de las dictaduras militares de la derecha y el siniestro Plan Cóndor. Desde los aviones de la muerte lanzaban los cuerpos de los militantes de izquierda que no soportaban la tortura y que luego aparecían en las playas. Cadáveres descompuestos por el agua barrosa del Río de la Plata. Decían de ellos, en los periódicos y en los noticieros, que debían ser tripulantes de pesqueros asiáticos muertos en motines de ultramar.

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Es por todo eso que amo y odio la Rambla, como le pasa a cualquiera con el mayor encanto de su ciudad. A la hora de estar montado en una bicicleta, como hago algunas mañanas, elijo eludirla y recorrer Montevideo con rumbo al Norte. Atravesar la ciudad, salir desde la Rambla, sí, pero con la intención de alejarme del río, para luego pasar por barrios de clase media, clase media baja, más adelante zonas de fábricas abandonadas, basurales, blur, discontinuidad, frontera, y por fin el campo, el ansiado campo. Como si fuera una postal de la campiña francesa en un camino lateral, entre pastizales, viñedos, cañadas, un paisaje bucólico, el sol de media mañana, la respiración pausada. Es ahí cuando empiezo a pensar en todo esto de los recorridos y de los ciento y pico de minutos que mide una posible película personal, hecha de fragmentos de memoria de caminos montevideanos, buscando en fronteras imperceptibles la evidencia de que la ciudad se vuelve campo, y al momento del regreso es el campo el que se vuelve ciudad, hasta bajar la leve pendiente que me lleva al mar, hasta mi casa a una cuadra de la Rambla.

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