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BIENVENIDA AL PARAÍSO, UN PASO DE MARÍA ANGULO

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El idilio en uno de los lugares más románticos y salvajes de España: Caños de Meca. La periodista María Angulo narra en un nuevo Paso de Altaïr Magazine la atmósfera, clima y significado de estas playas, «Bienvenida al paraíso»


«Hay que venir al Sur para encontrar el Norte» nos dice un amigo por Whattsapp. Nerea y yo que estamos regresando de Caños de Meca, nos miramos con una sonrisa cómplice.

—Nere, ¿quieres conocer el paraíso?

What?

—Se llama Caños de Meca y está en la costa gaditana, entre Conil y Barbate. ¿Te apuntas? ¿Busco un lugar donde reservar para julio?

—Dale.

Este viaje empieza en Zaragoza. En un barrio residencial de nueva construcción llamado Valdespartera, en el mes de junio, en plena vorágine laboral universitaria.

Días antes, un tribunal de oposición para una plaza docente en la Universidad de Zaragoza y la amenaza de una especie de ERE en el trabajo de mi amiga, también en la Universidad, nos habían sumergido en puro estrés prevacacional.

Desde esta ubicación periférica comenzamos a soñar. A fantasear como hacen las amigas, con esa imaginación femenina que no acierto a definir como tópica. Sueños que se pueden casi agarrar con las manos y materializarse. En la calle zaragozana de Los Pájaros (por la película de Alfred Hitchcock. Ya saben el ingenio que se gastan las ciudades a la hora de nominar las calles de sus modernas construcciones del extrarradio), comenzamos mi amiga y yo a alzar el vuelo. Un viaje catártico al sur de España en mi pequeño Volkswagen Polo.

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Hay una imagen que me obsesiona. Una postal liberadora a la que acudo cuando me puede la presión laboral y la ansiedad. Es muy sencilla. La Playa de la Mangueta, de Zahora, al lado de Caños, abierta, luminosa, blanca y vacía con algo de viento soplando. Yo, desnuda, tumbada en la playa, libre, y ese mar fuerte y azul al frente.

La pareja de artistas gaditanos (uno de ellos de adopción) y madrileños de espíritu, Enrique Naya y Juan Carrero Galofré, conocidos como Los Costus (en homenaje a la labor de las costureras), realizó un viaje por Caños de Meca el verano de 1979 junto a la cantante Alaska y al compositor y bajista Nacho Canut, que habían salido ya de Kaka de luxe y daban sus primeros acordes en Los Pegamoides. Ya estaba en funcionamiento por esas fechas la llamada «Movida madrileña», que tenía como epicentro el apartamento de Los Costus en el número 14 de la calle malasañera de La Palma. Fue en esta casa donde se rodó Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), primera película de Almodóvar, que también rondaba por allí, junto a Fabio McNamara, Tino Casal y Carlos Berlanga, entre otros. Y de este viaje por Cádiz surgieron una serie de cuadros que incorporaban al estilo pop y naif que desarrollaron Los Costus hasta desembocar finalmente en el kitsch, elementos como el paisaje y las aguas de Caños de Meca. Entre todos, destaca uno que refleja con bastante acierto mi deseo, mi sentimiento de abandono y de integración con la naturaleza salvaje de esas playas. Esa simbiosis entre lo humano con las rocas, con la arena, la sal y el mar de la playa. La pintura muestra una mujer tumbada de costado en la arena junto a las rocas y en la orilla del mar. La mujer es también roca y arena y mar. La mujer es esa playa.

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He viajado muchas veces a Cádiz y a la costa gaditana desde niña con mi familia. Recuerdo un verano en el que mis padres alquilaron una casa de pueblo en Barbate y fuimos a un festival de flamenco. Era un patio abierto con un bar muy sencillo. Las mesas y sillas, de esas ruidosas de metal de chiringuito. Y el elenco de cantaores, sobresaliente: El Cabrero, Camarón… Puedo decir que estuve en un concierto de Camarón. Aunque no me acuerdo de nada. Yo jugaba entre las mesas, los alcorques y las sillas a las chapas con mi hermano mientras mis padres escuchaban flamenco y se mimetizaban con el entorno. Solo resiste en mi memoria que cantó una flamenca mayor llamada La Paquera y que una pareja de gaditanos muy salaos, cuando la aplaudían, gritaban: «Era buena», «era buena». Latiguillo que empleamos en casa a cada tanto cuando un cantante caspa no termina de retirarse o cuando a un escritor le pesan los años en las letras. «Era bueno», «era bueno». Sirve para el masculino igualmente.

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Otra anécdota me sitúa en la plaza del Ayuntamiento de Cádiz. En una pensión cutre al estilo, creo yo, de la Pensión Triana de la que habla Javier Ruibal en su canción; solo que las putas no se dejaron ver en aquella ocasión. Frente a la pensión, un bar de esos que te permiten sentarte con tu cucurucho de pescaíto frito comprado en el local de al lado a cambio de que las bebidas las consumas del bar. Dentro, una máquina tragaperras y mi tía Encarna, Tituchi, dejándose «los cuartos». Salía de tanto en cuanto a la mesa donde mi madre, mi hermano y yo devorábamos cazón en adobo y ortiguillas. Salía y soltaba esta perla: «En que me habré fundao yo». Era una de sus frases preferidas. También la decía cuando jugábamos en casa al bingo. Ella, jugadora empedernida, disfrutadora nata, buena gente, complacida y agradecida con la vida, se pillaba dos y hasta tres cartones… y perdía. «¡Ay señor, señor! ¡En qué me habré fundao yo!». Otra frase de nuestro acervo familiar aplicable a infinidad de contextos.

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LA ALARGADA SOMBRA DEL CHE, UN PASO DE FRAN GARCÍA

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En esta ocasión Fran García nos habla de la vida del Che Guevara, esa que Jon Lee Anderson y José Hernández han llevado a la novela gráfica. En «La alargada sombra del Che» este nuevo Paso de Altaïr Magazine descubrimos otra biografía y una nueva perspectiva del Comandante: «Che. Una vida revolucionaria». 


Muy pocas personas en el mundo han deseado accionar un ataque nuclear. Tocar un botón rojo. En 1966, en plena Crisis de los Misiles de Cuba, estas personas con poder, apasionadas de lo suyo —anticapitalistas y/o anticomunistas acérrimos— estuvieron a punto de provocar una hecatombe nuclear de proporciones apocalípticas. Entre ellas, un grupo de halcones del Pentágono comandados por el General Le May —jefe de la Fuerza Aérea— o George Anderson —jefe de la Marina— y, en el otro bando, los mismísimos Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, los padres de la Revolución cubana. Es una de las declaraciones más estremecedoras de Fred McNamara, por entonces Secretario de Estado de la Administración Kennedy, en el imprescindible documentalRumores de Guerra (The Fog of War, 2003) de Errol Morris. Los soviéticos, con su presidente Kruschev al frente, sólo aspiraban a que el ejército americano retirase sus misiles de Turquía y que la cosa no se enmarañase de facto. Pero sus socios cubanos iban muy en serio y tenían la posibilidad de darle al Tío Sam una buena dosis de su medicina. Ya sabemos que el temor nuclear nunca llegó a materializarse, por fortuna para una Cuba que hubiera desaparecido y, en definitiva, para todo nuestro planeta.

Para Fidel y el Che, el Imperio yanqui siempre estará detrás de buena parte de las desgracias que en forma de nube tóxica capitalista y dictaduras chuscas han caído sobre el inmenso espacio ocupado por América del Sur y Centroamérica. La Doctrina Monroe, que en resumen viene a proclamar que todo lo concerniente a América compete a Washington, es una prueba estratégica y muy real de la influencia estadounidense en todo el continente. El Che descubrió esta realidad de primera mano, viajando con su motocicleta Norton por medio continente sudamericano, acompañado por su amigo Alberto Granado.

Vagaron por campos y montañas. Visitaron ciudades y aldeas. Se empaparon de historias sobre indígenas. Colmaron sus alforjas de vivencias. Llenaron sus corazones encontrándose con sus vecinos y la pobreza que imperaba en países como Chile, Perú o Venezuela. El Che adquirió la semilla revolucionaria de su propia historia. Fue su encuentro con el pensamiento marxista. Estableció las circunstancias de la trampa abismal del capitalismo. Entendió que los factores primarios del mismo —como la deuda o la plusvalía— sólo conducen a la desigualdad. Le vio las orejas al lobo, lo que desembocó en un furibundo anticapitalismo y en un firme defensor del latinoamericanismo y el humanismo.

Tuvo tal explosión de conciencia que le pegó una patada a su incipiente profesión de médico y se dedicó con toda su alma a la revolución. Su relevancia social, política y humana es historia desde entonces. Jon Lee Anderson y José Hernández nos invitan a conocerla desde el terreno del cómic.

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Toda la bibliografía sobre el Che podría inundar la mente del más pintado. Habida cuenta que somos mortales y que tempus fugit, la mejor recomendación respecto al Che, si sólo pudiéramos elegir una, sería el trabajo de Jon Lee Anderson: Che Guevara. Una vida revolucionaria (Anagrama, 2006). Anderson —léase la entrevista en el 360º Cartografías, El Gringo más raro del mundo— fue el primer periodista occidental en acceder a la documentación de Ernesto Guevara. Entre ella, su correspondencia familiar, la que mantuvo siempre con su madre. Cuba dejó trabajar a Anderson y la malicia habla de un trabajo oficialista. Sea como fuere, esta biografía de Anderson es el mejor retrato —así como la mejor fotografía del Che pertenece a Korda— de la esencia del hombre, del revolucionario por convicción. El Che siempre fue un reto. Tuvo y tiene chicha a todos los niveles. El escritor y periodista mexicano Juan Villoro —autor en Altaïr de Palmeras de la brisa rápida, para la colección Heterodoxos— se rinde ante esta biografía sobre el Che: «Uno de los méritos de Anderson es que reproduce los asombros en tiempo presente, como si se ignorara el desenlace. No escribe un historiador que busca el orden retroactivo del caos, sino un cronista en la indecisa línea de fuego».

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BEIRUT YA NO EXISTE, UN PASO DE EMILIO SÁNCHEZ MEDIAVILLA

Emilio Sánchez Mediavilla vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine con dos artículos en los recorre la realidad fragmentada y fragmentaria del Líbano actual. Aquí os ofrecemos un adelanto del primero: «Beirut ya no existe»


Beirut debe ser la ciudad con más balcones y terrazas del mundo. Asoman de todas sus fachadas en el este y en el oeste, en las antiguas villas de época colonial francesa, en los bloques de viviendas de los 70 y en las nuevas torres de cristal, con vistas al mar, construidas con dinero del Golfo Pérsico. Hay terrazas grandes, a veces altísimas y con columnas, terrazas achaflanadas con contraventanas de postigos rojos y postigos verdes, terrazas cubiertas con toldos que protegen del sol o de las miradas de los vecinos. Las terrazas de Beirut son la única marca de simetría urbana fuera de los minaretes de las mezquitas y las cúpulas de las iglesias: una simetría terrenal. Son reliquias de una civilización perdida, la de esa ciudad que empezó a desaparecer en 1975 con el sonido de una ráfaga de metralleta que muchos confundieron con los fuegos artificiales de una boda grandiosa.

La guerra empezó como una escalada de atentados y represalias entre guerrillas palestinas y milicias cristianas, y ese hilo primigenio se fue enredando hasta formar un confuso laberinto ideológico, confesional y regional. Por comodidad, se resumió como un conflicto entre musulmanes y cristianos. También por comodidad se dijo que la línea verde (el frente de guerra que atravesaba el centro de la ciudad) separaba los barrios cristianos del este de los barrios musulmanes del oeste. La división religiosa de la línea verde fue una profecía autocumplida: una vez trazada, la relativa mezcla confesional de antes de la guerra dio paso a una firme y progresiva unificación religiosa por barrios.

Por comodidad, se resumió la guerra en Líbano como un conflicto entre musulmanes y cristianos: una profecía autocumplida

Lo peor que se puede decir de Solidere es que en 2016, 26 años después del final de la guerra, no queda claro si Beirut está en fase de reconstrucción o en plena demolición.

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Al sur de la plaza de los Mártires se encuentra Saifi Village, un pequeño conjunto de calles peatonales con fachadas de color pastel, plazas adoquinadas, tiendas de jóvenes diseñadores locales y puestos de cerveza orgánica. Aquí se reúnen matrimonios jóvenes con hijos (y nanny etíope o filipina) que saludan a otras parejas en inglés, cuentan confidencias en árabe y se despiden en francés. Es un Beirut sofisticado, pijo, de clase alta, heredero a su manera de familias como los Sursock, que alguna vez gobernaron el país, familias cuyas posesiones se extendían a través de Imperio otomano, desde Anatolia hasta Levante pasando por Alejandría; familias que financiaron la construcción del canal de Suez y que en Líbano inspiraron dichos populares de envidia y admiración: «Ojalá fuera un caballo de los Sursock para ser alimentado con pistachos y nueces».

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LA ESPAÑA SIN VERGÜENZA, UN PASO DE GABI MARTÍNEZ

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Gabi Martínez habla de la España despoblada, de la España sin vergüenza y, en concreto, de la «España Vacía» de Sergio del Molino. Dejamos aquí un adelanto en abierto para los lectores de nuestro blog.


Es común referirse a «las dos Españas» para resumir a la brava por qué, durante décadas, sólo dos partidos se han alternado en el poder concentrándose más que nada en anularse mutuamente, impidiendo consensos prósperos para el colectivo llamado España. Rojo y azul, izquierda y derecha, modernos y carcas son ensobrados en una expresión que, repetida a machamartillo sobre todo después de la Guerra Civil, se ha impuesto como el gran sobreentendido nacional. Decir «eso es por culpa de las dos Españas» ha funcionado durante mucho tiempo como coletilla que abocaba cualquier disputa al ámbito de lo irresoluble, sin especificar muy bien las esencias de ambos contendientes ni tener en cuenta cómo habría modificado a esas Españas el siglo XXI, por decir algo.

Así las cosas, el libro de Sergio del Molino era importante desde su misma publicación, porque como mínimo advertía sobre el esfuerzo de no solo actualizar sino también aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de al menos una de esas Españas. Tras leerlo, cualquiera entenderá que, además de importante, La España vacía (Turner) es un libro necesario con garantía de perdurabilidad.

Del rechazo a lo periférico al autoodio

Kilométricas desolaciones y densidades de población que pulverizan los estándares europeos —somos el país porcentualmente menos poblado del continente— favorecen que «aún más de la mitad de su territorio sea rural, según los criterios de la OCDE». Esta realidad guarda pros y contras pero la cuestión es, ¿por qué? ¿Por qué se sigue aislando al «campo» de los núcleos urbanos? ¿A quién conviene? ¿Qué consecuencias tiene semejante distribución?

Para ofrecer una idea, Del Molino ha escrito nueve textos autónomos que al ensamblarse se amplían mutuamente hasta perfilar un paisaje. Son ensayos en los que la reflexión se funde con la crítica literaria, el apunte viajero, el escrutinio periodístico o la labor de documentalista, que alcanza una cumbre en esa Historia del tenedor donde uno tiene la sensación de que los números, la estadística, le están explicando de verdad —por una vez los números destilando verdad de la buena—, el país.

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Por contextualizar: al principio de este libro se muestra cómo la España que conquistaba América prefirió centrarse en un puñado de ciudades principales mientras Von Humboldt exploraba el interior de Venezuela y otros exploradores, alemanes o ingleses, afilaban el machete para hallar novedades selva adentro. Es decir, se subraya que la relación de los españoles con cualquier periferia nunca fue estrecha, y el autor asienta esta impresión volviendo a la península para hablar de una «crueldad y desprecio hacia lo no urbano» demostrable, por ejemplo, en los destierros: cuando los señores querían desembarazarse de alguien sin sangre, lo enviaban al yermo castellano mientras el resto de potencias desterraban a su gente a las colonias.

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MONTES DE ANAGA: EL MUNDO ANTIGUO, UN PASO DE ANDER IZAGIRRE

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Ander Izagirre vuelve con la cuarta y última crónica de la serie «Aquí se agachó Humbodlt». En esta ocasión el periodista nos hace viajar por Anaga… Dejamos aquí un adelanto en abierto para los lectores de nuestro blog.


Pide una cerveza sin alcohol, porque está de servicio. Es el policía de Anaga, el que patrulla esta comarca de montañas abruptas, bosques, barrancos y costa desierta, en la punta norte de Tenerife. El policía tiene cuarenta y tantos, es fibroso, enérgico, pelo canoso cortado a cepillo, lleva todo el día patrullando solo y tiene ganas de hablar. En la taberna solo estamos el camarero, un vecino, el policía y yo.

—Fíjate en los pueblos —me dice—. Están construidos en la crestas de los montes. Aquí todo son barrancos, casi no hay tierra cultivable, por eso hacen las casas en la punta de las rocas y dejan las laderas más suaves para plantar. Aquí los conflictos siempre son por límites. Vecinos que discuten por un metro de terreno. Es que eso te da la vida. Y siempre tenemos líos así.

Bebe media cerveza de un trago. Empieza con otra historia. Por la pausa y la media sonrisa, da la impresión de que ahora viene la buena.

—Aquí también pasó lo del Maso, lo del Brujo –dice, y se calla otro poco.

—¿El Brujo?

El Brujo, el Maso: Dámaso Rodríguez, antiguo legionario, mirón, violador y asesino. Le gustaba espiar a las parejas que se iban en coche a rincones apartados de Anaga para darse el lote, conocía los lugares más habituales de esas escapadas amorosas. En 1981 se acercó al coche de una pareja, sacó una pistola, mató de un tiro al chico, pegó y violó a la chica, se llevó el coche con la chica y el cadáver del chico hasta otra zona, los dejó allí y desapareció.

—La gente de la zona sabía en qué andaba el Maso —cuenta el policía—. Lo detuvieron, la chica lo reconoció y lo condenaron a un montón de años. Pero en 1991 un juez le dio un permiso de tres días, salió y no volvió.

Una semana después de que Rodríguez saliera de la cárcel, apareció el cadáver de un turista alemán en el bosque. Al día siguiente apareció el cadáver de la mujer del turista, también alemana, que había sido violada. La Guardia Civil buscó a Dámaso Rodríguez por las montañas de Anaga, pero el antiguo legionario conocía palmo a palmo los senderos, los barrancos, las cuevas en las que dormía, y siempre se escabullía. Los habitantes de algunas casas aisladas en la montaña escucharon a alguien que merodeaba cerca. En otras casas denunciaron pequeños robos de comida y ropa. Luego aparecían restos de esa comida y de esas ropas en cuevas y chabolas que el Maso iba utilizando. Durante una temporada incluso se cerró la escuela, para que los niños no anduvieran por los caminos de la comarca.

—El Maso estuvo cosa de un mes escapado. Al final lo pillaron en una casa, en Solís. Era una casa en el monte, la familia no vivía allí. Pero un día fueron, vieron que la puerta estaba forzada y que dentro andaba alguien. Se marcharon echando leches y llamaron a la Guardia Civil. Esos días todo el mundo andaba acojonado. Vinieron los guardias, rodearon la casa y el Maso se lió a tiros. Al final se mató con una escopeta. Lo encontraron tumbado en la cama de una habitación.

El policía termina la cerveza.

—Pero bueno, esto es una zona muy tranquila.

El vecino, que ha callado todo el rato, dice que en aquellos días de la fuga del Maso él se llevaba siempre la escopeta en el coche, cuando tenía que conducir por el monte.

—Hombre, sí que hay que tener cuidado con los ladrones —sigue el policía—… Se esconden en el bosque, cerca de los miradores de las carreteras, porque allí los turistas dejan el coche, salen a sacar unas fotos o a dar un paseo. Entonces bajan rápido, abren el coche, roban lo que pillan y vuelan. Si paras en algún mirador, no dejes nada en el coche. Y cuidado con las carreteras, que son muy estrechas, ya has visto cómo bajan por los barrancos, son peligrosas. Cuando llueve, caen muchas piedras, tenemos que andar limpiando. Pero bueno, como se ve que son carreteras tan peligrosas, la gente conduce con mucho cuidado y casi nunca tenemos accidentes. Esta zona es muy tranquila, yo estoy muchísimo más tranquilo aquí que cuando trabajaba en Santa Cruz.

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Anaga, a solo veinte kilómetros de Santa Cruz de Tenerife, es un mundo remoto, tranquilo y muy viejo.

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PETER BEARD, UN PASO DE JORGE CARRIÓN

CAbecera-Peter-BeardJorge Carrión nos trae una nueva entrega de «La tradición inquieta», una serie de Pasos en Altaïr Magazine dedicada a trazar la genealogía secreta de autoras y autores claves en la literatura de viaje del siglo xx. Esta vez el protagonista es Peter Beard, artista, fotógrafo y escritor estadounidense. Dejamos aquí un adelanto en abierto para los lectores de nuestro blog.


Dijo en una entrevista Le Clézio: «No es de gran importancia definir qué es una novela y qué una novela corta, porque lo que importa es el ritmo». Los géneros son todavía menos relevantes en la tradición inquieta. Se impone lo rítmico: el latido o el pestañeo o la escritura manual o el tecleo o la penetración se corresponden con el paso, con el pedaleo, con el giro de la rueda, con el avance del avión o del tren. Juan Goytisolo ha declarado que toda su obra es literatura oral, poesía, más allá de las etiquetas «ensayo», «novela» o «crónica». Escritura en movimiento. Con la conciencia de que también la hoja —en el papel o en la pantalla— es un espacio para ser recorrido. Conciencia visual: en los cuadernos del Cabo de Hornos del artista Titouan Lamazou, del año 2000, el palimpsesto de géneros remite a la misma superación de límites tradicionales. Dibujo sobre fotografía o sobre mapa; texto junto a acuarela; lecturas superpuestas para dar cuenta de una escritura del espacio que, por la velocidad de su inquietud, se atropella, se acumula, se contradice, se expande. Era la cuarta vez que Lamazou visitaba Tierra de Fuego: el metaviajero no descubre, rescribe. No va, regresa. Y cada regreso acumula un estrato.

Dicho esto: ¿Cómo describir la obra de Peter Beard? Estudió Bellas Artes en Yale, pero se formó sobre todo viajando. Estuvo en África por primera vez en 1955; muy pronto invirtió en una propiedad que le sirviera como base de operaciones. Si la genealogía que empezaba a asumir como propia había mapeado y explotado el continente, cazado en él e inventado una mitología en términos de conquista, Beard descubriría pronto que podía intervenir en una dimensión de lo real que todavía no había sido suficientemente explotada en África: la gráfica. Sus miles de fotografías del paisaje humano y natural de Kenia y los países limítrofes le bifurcaron: le condujeron a Vogue, pero también desembocaron en dos libros fundamentales sobre la ecología africana.

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Es autor de The End of the Game (Taschen, 1965), cerca de trescientas fotografías que testimonian la destrucción de África a través de la figura del elefante, acompañadas de textos críticos y, contradictoriamente, de la celebración de ciertas formas de caza aristocrática, ya extinguidas; y deEyelids of morning (New York Graphic Society, 1973), en cooperación con Alistair Graham, que indaga en las relaciones entre cocodrilos y hombres, de nuevo a través de la yuxtaposición de textualidad, fotografía y fuentes iconográficas diversas (tiras cómicas, cartografía, dibujos naturalistas, gravados antiguos). Pero, sobre todo, es autor de infinidad de diarios, con los que ha construido su inusual y cuestionable espacio en la historia del arte occidental; y su original e incuestionable lugar en la tradición inquieta. El primero lo escribió a los diez años, durante unas vacaciones en South Carolina: a las anotaciones les sumó pelos de caballo. A sus más de setenta años, continúa elaborando sus cuadernos, que ahora comercializa Taschen en ediciones seleccionadas y facsímiles (después de cinco años de deseo, finalmente encontré una edición asequible, de oferta, el pasado diciembre, en el Pompidou: uno viaja, también, para encontrar los libros que ha deseado).

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EL LADO ESTE DE LA ESCASEZ, UN PASO DE JUAN TOMÁS ÁVILA

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El escritor ecuatoguineano Juan Tomás Ávila Laurel nos cuenta cómo es vivir «al otro lado» de Malabo. Una perspectiva, en primera persona, de la escasez urbana desde el lado este. Un nuevo artículo en nuestra sección Pasos (para suscriptores).


Malabo. Sí, Malabo: la capital de un sitio lleno de negros que desde el año del Señor de 1968 se llama Guinea Ecuatorial. Un país sin gentilicio: los académicos no se han puesto de acuerdo en cómo se llaman sus habitantes. Al parecer ser académico guineano es un asunto de holgazanes. Pero no vamos a hablar de estos excelentísimos señores esta vez. Allá ellos con lo que quieran que se diga de ellos.

Un servidor sale de su casa, —cercana a uno de los palacios que el general y presidente Obiang mandó construir «para no vivir como un pájaro»— y toma una calle hacia arriba para evitar pasar delante de una iglesia de culto sospechoso para luego bajar por la cuesta. Este es un barrio nuevo. Antes esto estaba lleno de árboles y había una plantación de café. Pero la zona pasó directamente a los bolsillos de unos suertudos tras ser declarada área urbanizable. Fue cuando aparecieron los chinos y se pusieron a cavar. Pensábamos que los chinos ya habían excavado toda la zona, pero está claro que no. ¿Cómo es posible que se hayan atrevido a repetir lo que ya había en un sitio desgraciado de la capital llamado Campo Yaoundé? —barrio famoso por su nula planificación urbanística—. Es decir, por detrás, en la llanura en la que antes se sembraba un café húmedo que no podía competir con el etíope, sí que hubo ingenieros y gente del poder con intención de poner algo de orden. Nunca pensaron que la avaricia de los dueños de la antigua finca iba a ser tanta, y que lo pondrían todo a vender, o que dijeron que el terreno sobrante ya no estaría a la vista de nadie y lo dejaron de las manos de Dios. Así, a la letra.

Entonces empiezas a caminar y vas pensando en cómo hacen los presumidos habitantes de aquella nueva zona para meter en sus casas los inmensos electrodomésticos que suelen adquirir. Incluso si te pones dramático, piensas en cómo resuelven el asunto de llevar por aquellos diabólicos callejones un ataúd recto con su inquilino dentro. O cómo explicarían a un atareado carpintero que en realidad lo que necesitan es un ataúd flexible, que permita llevar al fallecido por aquellos caminos de manera que su cabeza esté en una esquina mientras sus pies estén en otra, a la vez que los familiares lo lloran. Y ¡ah!, fuego, fuego. ¡Fuego!. ¿Qué harían los vecinos en caso de que, por el despiste de un cocinero cualquiera, se prenda fuego sobre el montón de tablas y chapas de hojalata donde se resguardan de la lluvia? Porque fuego suele haber siempre, y es necesario. Pero en las nuevas formas de instalarse de los convecinos de cierto general, no hay sitio para la manguera: no tendría sentido llamar a los bomberos. ¡Válgame Dieu, Señor, qué ganas de tener una vida complicada!

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Como el sitio sobre el que hablamos hace cuesta abajo, y un servidor tiene cierta información del lugar en que ha nacido, sigue bajando porque sabe que allá abajo está el río. Sí, precisamente uno de los ríos que la familia del general creyó que había que limpiar y canalizar. Pero que todo quedó, como ya dejamos consignado, en un engaño lleno de perfidia. Mientras se baja la cuesta, buscando por dónde te conduciría el callejón, en tu cabeza bullen los entierros en ataúd recto o los doblados en forma de L. También bulle en tu cabeza el fuego imposible de apagar y la memoria de elefante que deben tener los moradores para saber regresar a sus casas de tablas, o a sus casas de cemento con aire acondicionado. Casas metidas en tal maremágnum que se diría que se podía ser rico, pero rico de verdad. De estos de pantalla plana y antena parabólica, y vivir en un sitio que es la nada, pues no llegó allá la ciencia de los ingenieros del Ministerio de Obras Públicas, Vivienda y Urbanismo. (Esto si el ministerio este sigue llamándose así) . ¡Qué barullo!, ¡qué intrincado!, ¡qué barroco en la suciedad de un desorden que verdaderamente asfixia!. Sigues bajando, sabiendo que allí abajo está el río que pretendes cruzar y tener un alivio. Miras a los vecinos con mirada de forastero para que te indiquen el camino; o sea, que te diga cómo salir de la puerta de su casa a otro sitio que no es la misma, al río, por ejemplo. Y es que viendo la manera de vivir y las caras de los moradores, sabes que si no supieran del río y de cómo se llega, serían rastafaris. Pero de los que no tocan el agua o de los que solamente se lavan en un cubo una vez al mes.

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(Imagen de cabecera de Wapster)


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DESDE LA MESA, UN PASO DE MARTA FERNÁNDEZ

Propuesta cabecera Jaime 1La periodista y presentadora de televisión Marta Fernández nos cuenta un viaje por los eventos informativos más importantes desde la perspectiva de un plató. Un nuevo artículo en nuestra sección Pasos (para suscriptores).


En aquellos días de la infancia, Londres siempre quedaba eclipsado por una señora con un bolso. Decían que la dama era de hierro. Y parecía posible. Aquella mujer tenía la carne gris y la mirada de plomo. Y por mucho que lleváramos años pintando con la mente el blanco y negro de las pantallas de televisión, ella era inmune al color. Aunque más allá de su contorno macilento, más allá del uniforme negro de los policías que siempre corrían detrás de los manifestantes, se adivinaban los rojos de la ciudad. Las cabinas. Los autobuses de dos plantas que parecían seres quiméricos de un universo superior. «Allí van por el otro carril», decía tu padre. Y confirmabas con asombro que el mundo reservaba muchas sorpresas fuera del hormigón de tu suburbio particular.

En aquellos días de los incipientes colores televisivos, los informativos —que entonces se llamaban telediarios— te brindaban la ilusión de viajar. De acercarte al otro lado del planeta a lomos de un reportero que se aferraba al micrófono como el aventurero a la brújula. Allí estaba la Casa Blanca que nunca era lo suficientemente blanca en la nebulosa del betacam. Y la gomina de Ronald Reagan frente al Capitolio, con las mejillas sonrosadas y la gravedad impostada de falso barítono en su voz. Allí estaba la mancha sobre la frente de Gorbachov. Y la Plaza Roja que más tarde sería noticia porque el rojo de MacDonalds le había quitado el brillo al rojo de la Revolución. Allí estaba esa otra plaza que veíamos una y otra vez en el corazón de la cristiandad: la explanada de San Pedro conmocionada por el disparo de Alí Agca. Aunque las cámaras nos escamotearon la escena del atentado: apenas alcanzamos a ver gentes arremolinadas tras el coche de un Papa que parecía agonizar.

En el mundo siempre pasaba algo. Bueno o malo. Pero algo. Y querías estar ahí. Llorando en Central Park frente a los que amaban a Lennon. Celebrando en Los Ángeles que un hombre llamado Carl Lewis parecía tener el don de volar. Temblando de miedo ante la nube de muerte de Chernóbil. Esperando el destino incierto del último vuelo que acababan de secuestrar. Algún día tú también viajarías en avión. Algún día pasarías al otro lado de la pantalla para ver cómo la historia se elevaba a tu alrededor. O como caía. Como cayó el muro de Berlín.

En aquellos días descubrimos que no sólo queríamos ver el mundo. Lo queríamos comprender. Queríamos preguntar. No nos bastaba la belleza de una postal. Necesitábamos sentir que el globo se movía bajo nuestros pies. Temblar. Y buscando el movimiento, acabamos atrapados en una mole de hormigón: eso que se llamaba Facultad de Ciencias de la Información. Un barco varado que nunca zarpaba. Entonces no sabíamos que aquella era la primera lección. Que nos hacíamos periodistas para ir, pero que muchas veces nos tocaría quedarnos. Convertirnos en eso que con cierta gracia amarga llamamos «quedado especial».

Y nos quedamos. En nuestras mesas. En nuestras redacciones. En nuestros platós. Y aprendimos que el mundo también se podía mirar desde las cámaras de otros. Como cuando éramos pequeños. Para que los nuevos pequeños que estaban al otro lado de la pantalla, tuvieran aquella ilusión lejana de viajar.

Frente a las pantallas multiplicadas hasta el infinito de los controles de televisión, empezamos a sospechar que la realidad era como el fútbol: que se veía mejor con su cadena de cámaras y sus planos ralentizados, que la mirada más enfocada para comprender el mundo era la del gran hermano de la información.

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El control de realización de CNN parecía el refugio de un mago de Oz voyeur. Desde aquel útero hermético, oscuro y recóndito, nos dejábamos iluminar por la realidad convertida en un mosaico de pantallas. Con su rompecabezas de señales en directo. Que no siempre cuadraba. Había que hacerlo coincidir. Darle un sentido. Desde Rusia hasta Chile. Desde Haití a Japón. La vida convertida en hercios incandescentes. Al alcance de un botón. Bastaba con pinchar una cámara o pinchar otra para cruzar de la bolsa de Nueva York a un reportero empotrado en el desierto. Era la película de la Historia desplegándose ante nuestros ojos. Ni en los mejores sueños de aquellos días de la Dama de Hierro podíamos haber imaginado algo así. Y sin embargo, ahí estaba: viajábamos de una conmoción a otra, de una revolución a la siguiente, de una guerra a una tregua, pasando de pantalla en pantalla. Sin salir de aquel agujero que llamábamos redacción. Ya que estábamos condenados a ser quedados especiales, al menos miraríamos el mundo desde nuestras falsas ventanitas tecnológicas. Y saldríamos ganando con el truco: porque lo veíamos todo a la vez.


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EL MUNDO RECIÉN HECHO, UN PASO DE ANDER IZAGIRRE

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Continúan las caminatas por la isla de Tenerife. Tercer artículo de esta serie en la que Ander Izagirre quiere hacernos creer un poco Alexander von Humboldt: Puerto de La Cruz, La Orotava, El Teide…Un nuevo artículo en nuestra sección Pasos.


Humboldt empezaba a mosquearse. Es el único momento de sus diarios en el que aparece molesto: «Los guías locales eran de una pachorra desesperante. Se sentaban a descansar cada diez minutos, arrojaban a escondidas las muestras de obsidiana y piedra pómez que íbamos recogiendo con cuidado, y pronto descubrimos que ninguno de ellos había subido nunca a la cima del volcán». A partir de cierta altitud, los guías intentaron convencer a Humboldt de que no subiera hasta la cumbre del Teide. Tenían sus razones: unos años antes se había producido una erupción y sabían que la montaña podía convertirse en una trampa hirviente.

En cualquier caso, la emoción se impuso pronto al enfado: era el primer volcán activo que pisaba Humboldt y todo le parecía insólito. Había salido el 21 de junio de 1799 desde Puerto de la Cruz, acompañado por dos franceses, un inglés y unos guías que los llevaban a lomos de mulas —no he conseguido saber cuántos guías: como eran locales, parece que nadie se molestó en contarlos—. Subieron por el camino de La Orotava y Aguamansa.

Yo subo por la Montaña Blanca, un bulto pálido en el regazo negro del Teide. Durante miles de años la lava brotó de las grietas laterales del volcán, se acumuló hasta formar una montaña de quinientos metros de altura, y hace dos mil años hubo una explosión: una lluvia de piroclastos —de rocas incendiadas— cubrió esa montaña con una capa de piedra pómez amarilla. Ahora las laderas son de color canela, mostaza, turrón.

Oigo voces en la ladera. Son cuatro cazadores, junto a dos todoterrenos, que están llamando a un perro. Al acercarme veo que las partes traseras de los todoterrenos están preparadas como jaulas. Han encerrado ya a media docena de podencos, les falta meter al último, que ya viene.

Me saluda uno de los cazadores: Jesús, cincuenta y tantos, regordete, pelo gris alborotado bajo la gorra de camuflaje. Viste botas, pantalones de cazador y una camisa clara, abierta en los botones inferiores, por la que asoma una barriga con un ombligo prominente y carnoso, como otra erupción piroclástica. Le señalo un conejo que han amarrado en el exterior de la jaula, colgando boca abajo, y le pregunto si han cazado muchos.

 —Están mal los conejos, están enfermos —dice—. Tienen la mixomatosis. Los perros se los encuentran ya muertos, están secos, con unos tumores así en la cabeza. Ya no cazamos con escopeta, la dejamos hace tres años, porque hay pocos conejos.

—¿Y cómo los cazan?

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Jesús lleva, colgado del hombro, un cilindro de madera. Es curvado, de unos sesenta centímetros de largo y veinte de diámetro. Abre la tapa y se asoma un hurón: morro blanco, cara parda, ojos de sorpresa como dos canicas negras, orejitas nerviosas. Jesús lo saca, lo agarra del lomo y me lo muestra. El hurón queda con las patas colgando en el aire, está tranquilo.

(…)


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SONIDOS DEL SOHO, UN PASO DE PEDRO MONTESINOS

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El experto en sonido Pedro Montesinos viaja hasta Nueva York para trasladarnos, a través de sus grabaciones, a uno de los barrios más famosos del mundo: el SoHo. Un nuevo artículo de nuestra sección Pasos.


La primera vez que visitas una ciudad como Nueva York sabes, de manera más o menos consciente, que estás pisando uno de los lugares más conocidos, filmados, dibujados, cantados y contados del mundo. Y por ese motivo, una infinidad de ideas preconcebidas, prejuicios y falsas impresiones se agolpan en la mente, por muy poco contacto que se tenga con la cultura norteamericana: música, teatro, retransmisiones deportivas, anuncios, noticias, películas, series, libros, cómics, arte, noticias… ¿A quién no le viene a la cabeza un estribillo como el de New York, New York de Frank Sinatra; alguna película de Woody Allen o la imagen de las Torres Gemelas desplomándose en directo en todos los informativos? Son simplemente ejemplos de la enorme cantidad de estímulos más o menos compartidos por personas de casi cualquier lugar del mundo. Además, hay que añadir a ese conjunto de impresiones otro puñado de referentes más personales, que se entrelazan con los primeros y que en mi caso vienen asociados a nombres como The Velvet Underground, Ramones, Sonic Youth o Beasty Boys… (cada cual podrá esgrimir los suyos).

Con ese amasijo informe de referencias generales y particulares, no siempre bien asimiladas, pasear por las calles de la ciudad de las ciudades es una experiencia intensa que entremezcla familiaridad engañosa, evocaciones fraccionadas, conexiones súbitas, contrastes abruptos y cotidianidad resbaladiza… En suma, una amalgama fluctuante y difusa de sensaciones que en buena medida satura, especialmente en las primeras exposiciones, pero que también destila instantes, más o menos duraderos, más o menos discretos, de belleza arrebatadora y fascinante.

La agenda que teníamos prevista para ese día nos llevó hasta el SoHo. El plan: pasear por las calles y hacer algunas compras inevitables. Lo de las compras no es mi fuerte, así que cargué conmigo, en una mochila ligera, el equipo para grabar. Lo llevaba todo montado para que en el momento que decidiese, «cremallera, auriculares, mango con soporte, micro con protección antiviento, grabadora, cremallera, on, probando, probando, rec…»; y a grabar.

Al salir del metro en la parada de Prince Street (en la esquina con la avenida Broadway), optamos por seguir la misma calle hacia el lado oeste para adentrarnos en este barrio reconocido por ser marco de series, películas, cómics, vídeos musicales, fotografías, publicidad, etc. Con la sensación de estar en un escenario, andamos con toda la calma en una mañana fría pero soleada y con poco viento. Cruzamos la avenida Broadway y las calles Mercer y Greene, hasta llegar a la calle Wooster donde, tras una breve incursión en una tienda de ropa y material deportivo (en la que tuve que contener ese latente impulso consumista), dimos la vuelta para volver, con la misma calma, por idéntico camino.

Pasear por Nueva York es una experiencia intensa que entremezcla familiaridad engañosa, evocaciones fraccionadas, conexiones súbitas, contrastes abruptos y cotidianidad resbaladiza

El ambiente general que nos encontramos era el de un barrio bastante tranquilo, con relativamente poco tráfico por la mayoría de las calles, edificios no demasiado altos (entre seis y ocho alturas con sus escaleras de incendios en la fachada), un carril bici por el que pasaron varios usuarios y hasta árboles, de mediano tamaño, en unas aceras no demasiado amplias pero suficiente para que pasen dos o tres personas. La verdad es que no había mucha gente por la calle, y el SoHo parecía un barrio amable en una ciudad relajada por la que tanto turistas como vecinos caminan de un sitio a otro sin demasiadas urgencias. Algo muy lejano de las referencias al «Distrito del hierro fundido» (Cast-Iron District), anterior a la presencia de una importante comunidad de artistas que transformaron las antiguas fábricas y almacenes en enormes lofts, en los que, finalmente, se han ido estableciendo clases más acomodadas.

Al llegar de nuevo a Broadway, decidimos continuar, avenida abajo, por un entorno menos amable pero lleno de comercios. Yo no estaba interesado en las compras, así que cuando mis acompañantes entraron en el primer comercio en busca de unos pantalones tejanos, les dejé ir y me quedé fuera, avisando de que me movería por esa acera hacia abajo, y que les esperaría a la altura de la calle Canal. En cuanto me quedé solo inicié la secuencia prevista (cremallera, auriculares, mango, grabadora, cremallera, on, rec) y me dispuse a escuchar.

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Los primeros instantes son siempre un poco confusos, hasta que te adaptas a escuchar los cambios de presión que producen los sonidos, transducidos por el micro a impulsos electromagnéticos, preamplificados, digitalizados y almacenados en la memoria de la grabadora, al tiempo que entregados para su retransducción en los auriculares. Siempre toca calibrar un poco tanto la intensidad de la señal de entrada como el volumen de la escucha, y confirmar que se está grabando la señal que se recibe… En un par de minutos estaba listo y me dispuse a caminar lentamente por la acera.

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