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EL METEORÓLOGO

Por Silvia Cruz Lapeña

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Esta es la historia de Alekséi Feodósievich Vangengheim, meteorólogo que empezó su carrera como representante de la URSS en la Comisión Internacional para el Estudio de las Nubes. «Las nubes no eran un pretexto para soñar», dice Olivier Rolin en las páginas de El meteorólogo (Libros del Asteroide, 2017) informando de lo literales que eran la ciencia, el lenguaje y la muerte en manos de Stalin.

Vangengheim, burgués que renunció a su clase y sus privilegios por el socialismo, fue movilizado como Jefe de Meteorología en la I Guerra Mundial porque «para los ataques de gas es importante prever por dónde vendrá el viento». Poco después lo nombran director del Servicio Hidrometeorológico del Partido, un cargo importantísimo en un país con once husos horarios y del que deberá obtener y analizar sus pulsos atmosféricos y climáticos.

Más allá de las guerras, esa información es vital para beneficiar a la agricultura socialista. Entre sus tareas, crear una red de estaciones meteorológicas e iniciar un «catastro de los vientos». Rolin lo califica de profeta porque anticipa la importancia de la energía eólica cuando aún ni se sospechaba su enorme potencial y su limpieza: «El viento permitirá calentar e iluminar», escribió el científico antes de convertirse en enemigo de la Unión Soviética.

«También en el cielo se edificaba el socialismo», dice Rolin en este perfil apasionante que construye con entrevistas, trabajo de hemeroteca e investigación de archivos que ha realizado en sus viajes a Rusia, país que visita y conoce desde hace décadas. Cuando le faltan datos, completa el relato con referencias literarias y pictóricas. Entre las más logradas, la descripción de un paisaje del pasado hecho a partir de fotografías tomadas a principios del siglo XX por Serguéi Prokoudin-Gorski, un noble aficionado a la ciencia. Con una vida cercenada y falta de documentos, esta es una solución que Rolin, viajero aguafiestas y autor de La invención del mundo (Reverso Ediciones, 2005), maneja con maestría: no novela, no fábula y si infiere algún detalle, advierte siempre de que son suposiciones suyas.

Una biblioteca en el campo de concentración

En 1933 se descubre en las filas del Comisariado del Pueblo para la Tierra, del que dependen los servicios que dirige Vangengheim, una supuesta organización contrarrevolucionaria formada por burgueses y terratenientes. Las cartas de un subordinado en su contra acaban de ponerlo en la diana. Él no sabe de qué le hablan pues es un socialista convencido, un hombre de ciencia con fe en Stalin, un padre que ha llamado a su hija Eleonora, como hizo Karl Marx con la suya.

Le acusan de falsear resultados meteorológicos para perjudicar a la agricultura socialista y también de recopilar datos para el espionaje. De nada sirven sus súplicas, ni su rango: lo retienen cuatro meses y después, lo transportan a la Lubianka, sede de la policía política de la URSS. «Lo que significa dejar de disponer del cuerpo propio, no se sabe hasta después del primer registro en la Lubianka». Las palabras son de Margaret Buber-Neumann, miembro del Partido Comunista alemán, deportada por Stalin y entregada a Hitler. En ese sótano pasará Vangengheim poco tiempo: su próximo destino es un campo de concentración en Solovkí.

Aquel campo eclipsó a todos los campos. Construido tras expulsar a los monjes del monasterio allí enclavado y pegarle fuego al edificio, sirvió para desarrollar y probar las técnicas de adiestramiento que permitían explotar hasta la muerte a la inmensa fuerza de trabajo en forma de hombres que habitaba esos infiernos. «Reeducar por el trabajo» era el lema  que ejecutó tan al dedillo que logró pasar a la Historia como «la madre del gulag».

Que tuviera una biblioteca con 30.000 volúmenes convirtió a Solovkí en un ejemplo para la propaganda, que lo vendía más como un balneario que como un campo de concentración. De esa librería se encargaría durante su estancia Vangengheim, a quien le ayudó un quinceañero deportado, Yuri Chirkiv, que dejó unas memorias por las que sabemos que en Solovkí había libros en muchos idiomas, primeras ediciones e incluso ejemplares que habían pertenecido a gente ilustre: un ejemplar de La doncella de Orleans, de Voltaire propiedad de Ivan Turguenev era un ejemplo.

En Solovkí malviven con Vangengheim otros intelectuales y científicos: desde uno de los traductores de Dante al ruso hasta el barítono Leónid Priválov o el matemático Florenski. Había también una orquesta al completo y su director, Gogo Stanescu, rey de los zíngaros. Montan un teatro, hay conciertos y el meteorólogo sigue dando conferencias sobre la conquista del Ártico, los vientos o el mar. Sigue fiel a sus principios socialistas, sigue haciendo retratos de Stalin con piedrecitas y enviándolos a su mujer y a su hija mientras comprueba que su nombre se ha borrado de las traducciones que un día firmó y que ayudaron a divulgar la obra del meteorólogo sueco Bergeron.

Un buen militante

Vangengheim no fue un héroe. El meteorólogo no cuenta la historia de un hombre que se rebela y da la vida luchando por mantenerla. Su ceguera decepciona, pero es un inocente. Y como recuerda Rolin, eso ya es mucho. «Nos habría gustado que hubiera sido más lúcido, más rebelde, pero no, seguía siendo un buen militante comunista». Y es cierto, tanto como que toda la potencia del relato y de la investigación de Rolin pierden algo de fuerza cada vez que intenta aleccionar al lector con sus opiniones sobre lo que supuso el estalinismo.

Uno de los detalles más emotivos del libro son las cartas que Vangengheim envía a su hija, que tiene cuatro años cuando a él lo deportan y a la que no volverá a ver. Están llenas de ilustraciones hermosas y detallistas hechas a color. Se pueden ver algunas en las láminas finales que incluye el libro. “Juzgarme ante sus ojos llegó a ser mi forma de vida», dijo sobre su padre Eleonora. A ella le escribe para no caer en el olvido, para que sepa que logró cosas, que su padre no fue un «ahumador del cielo», es decir, un vago. A ella le dibuja fresas, cerezas, mirtillas, arándanos y todo tipo de frutas rojas. También hay setas y bichos de todas clases con los que fragua adivinanzas para su pequeña.

Un día de 1937, un convoy lo recoge a él y a otros 1.115 hombres junto a los que morirá esa misma noche aunque su mujer, a la que dejó plantada sin querer a las puertas del Teatro Bolshói la noche que lo detuvieron, no lo sabrá hasta 19 años más tarde. La confirmación de su ejecución la obtendrá el mismo día en que las investigaciones iniciadas por el XX Congreso del Partido, ya en manos de Nikita Kruschev, reconocen los abusos cometidos por Stalin y determinan que Vangengheim era inocente. Su mujer no sabrá nunca qué ocurrió aquella noche, pues murió antes de que la asociación Memorial reconstruyera esta y otras historias a partir de los años 90.

Gracias a dicha entidad, se conoció el final de miles de personas, también la de Vangengheim, estudioso y relator de vientos, lluvias y auroras boreales, que descansa en un paraje donde hay un cartel que dice: «Hombres, no os matéis unos a otros» y las flores con las que se les recuerda son todas artificiales.

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Cruzando fronteras en Traficantes

Por Gloria Serrano

¿Desde dónde mirar? ¿Desde dónde mirar cuando el ojo observa a través de la ventanilla de un avión rumbo a Jordania o desde un vagón del subte en Buenos Aires o desde la multitud en la Gran Vía? ¿Desde dónde mirar aquello que se mira? ¿Desde la identidad, desde una problemática, desde cierta ideología?

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Paty Godoy, Clara Serra y Pere Ortín en la librería Traficantes de Sueños

Cómo abordar en un viaje la relación entre «nosotros» y «los otros» —o como sugirió Todorov, entre la diversidad de los pueblos y la unidad de la especie humana— es una de las cuestiones fundamentales que inspiró la publicación de A bordo del género. Cruzando fronteras, «una maleta llena de historias» confabulada por los magazines Altaïr y Píkara, y en particular por las cabezas de ambos proyectos periodísticos, Pere Ortín y June Fernández, quienes se hicieron estas y otras tantas preguntas. Todas las necesarias, las más impertinentes y descabelladas, hasta tener como deriva este monográfico de 18 crónicas de viaje que privilegian la mirada femenina o, mejor aún, se deslindan de la dominante: la patriarcal.

El miércoles 25, en una tarde de mayo con un sol delicioso que anticipa un verano de incendio, Pere Ortín, la periodista mexicana Paty Godoy y Clara Serra, diputada en la Asamblea de Madrid, se reunieron en la librería Traficantes de Sueños, en el barrio de La Latina en Madrid, para presentar esta propuesta que —así lo creo— no es un mero compendio de viajes narrados con perspectiva de género, sino que persevera en el esfuerzo para hacer de cada viaje más que un estilo, una aventura con nombre y apellido y, además, una provocación respecto al lugar desde el que se mira. Para Pere, se trató de transgredir los estereotipos, desmitificar la cultura viajera y recuperar sus singularidades, su espesura.

Y es que, por contradictorio que parezca, vivimos una época en la que todo parece estar tan próximo, tan a la mano de cualquiera que tenga un teléfono o un ordenador, pero lo cierto es que sabemos muy poco unos de otros. La periodista argentina Leila Guerriero lo explica de esta forma en su columna semanal en El País: «De lejos no se ven los salones de la colonia Guerrero, en ciudad de México, donde los viejos bailan danzón con ropas que los hacen parecer pimpollos ajados: sólo se ve el problema del narco. De lejos no se ve la efervescencia estudiantil del barrio de La Candelaria, en Bogotá: sólo se ve el conflicto armado. Hay caos y espanto en todas partes, pero también en todas partes la gente sale, come, trabaja: vive. Los países son mucho más que sus mejores lacras». 

A bordo del género. Cruzando fronteras es, frente a la mercadotecnia simplificante del turismo de masas, una pikardía que deja expuestos los pensamientos, las averiguaciones, los pedazos de realidad que ofrecen diversas voces, en su mayoría —y para restituir un derecho por siglos negado— de mujeres

Si los países son mucho más que sus mejores lacras, los viajes son mucho más que los escenarios paradisiacos de revista o los souvenirs que hay en los aeropuertos o las postales que se consiguen en cada quiosco. Por eso la necesidad de reivindicar la mirada cronista —aguda y sosegada, que no fija— de quien se adentra, mira al centro y a los costados, percibe, palpa, hurga para hacer inteligible nuestra presencia en el planeta y encontrar qué hay de relevante en la vida cuando todo parece homogéneo y liviano, abrumadoramente banal.

Viajar entonces se convierte —nos dijo Ortín— en un acto emancipador, en un nunca estar seguro, en una búsqueda continua y, siempre, en una transformación. A bordo del género. Cruzando fronteras es, frente a la mercadotecnia simplificante del turismo de masas, una pikardía que deja expuestos los pensamientos, las averiguaciones, los pedazos de realidad que ofrecen diversas voces, en su mayoría —y para restituir un derecho por siglos negado— de mujeres. Paty Godoy fue la encargada de hacer una breve introducción a las historias escritas en distintos momentos y bajo variadas circunstancias: desde Marcela Turati y la guerra contra el narcotráfico en México, pasando por Marc Serena en el Carnaval de Sao Vicente, en Cabo Verde, hasta Lucía Martínez Odriozola, de viaje por el diccionario.

Clara Serra puso el acento en la migración como un desplazamiento, las más de las veces forzado, que nada tiene que ver con los cruceros por el Caribe promocionados por las agencias de viaje, aunque también sea una travesía. Sus reflexiones fueron más allá para hablar de las diferencias entre viajeros y turistas —o si se prefiere— entre quienes intentan otro tipo de acercamiento a lo real y los contemplativos que viendo el programa de Andrew Zimmern en Damasco tienen la ilusión, la creencia, de haber conocido Siria. Y para explicarlo hizo referencia a Turismo: la mirada caníbal, texto imprescindible de Santiago Alba Rico:

«La figura del “turista”, en efecto, sólo puede comprenderse a la luz de la del “inmigrante”, como su reverso y su denuncia, en el cruce de dos flujos desiguales, uno ascendente y otro descendente, que reproduce la explotación económica a nivel planetario y legitima ideológica, antropológica y psicológicamente una relación neocolonial a nivel local. Blancos, negros, mujeres, hombres, ricos, pobres, en algún sentido el mundo se divide en realidad en “turistas” e “inmigrantes”, de manera que estas dos categorías modelan y agotan todas las posibilidades de relación subjetiva entre los hombres: los “turistas” lo son en sus propias ciudades, antes y después de sus vacaciones, y los “inmigrantes” lo son desde su nacimiento, en sus propios países, con independencia de que crucen o no las fronteras de Occidente.»

Todavía hubo tiempo para que Serra hablara del viaje como método de autoconocimiento —de entender el adentro a partir del afuera, el sujeto a partir del conjunto— y como facilitador de una filosofía sensible a los interlocutores, a las situaciones, a los entornos, a las relaciones que conforman el entramado que llamamos sociedad. Sí, lo sabemos, los viajes ilustran, amplían nuestro horizonte, expanden nuestra capacidad de pensar, plantean alternativas, invitan a cambiar de paradigmas. Es la evolución humana a modo de viaje. Y recordó que el mejor ejemplo lo tenemos en los griegos que cruzaron el Mediterráneo para ver, para descubrir qué más había allá afuera, como lo cuenta Kavafis en su poema:

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que, con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.    

Solo que, ahora, el trayecto de regreso a Ítaca planteado por estos disidentes es uno donde el Ulises de las hazañas no tiene rostro de macho alfa ni de mujer desvalida porque es, en definitiva, un ser humano que —sin negar sus subjetividades— desdibuja los límites del género. Y del orden global establecido y de los imperativos que dicta la economía y del andamiaje social preexistente y, con suerte, de sí mismo. A bordo del género. Cruzando fronteras es el viaje como vanguardia que desafía, que explora nuevas llegadas y salidas, que ilumina otro punto, que interpela al poder contemporáneo negándose a clasificar y a ser clasificado, o lo que es peor, a ser engullido.

«Un reto importante en la cultura viajera y la crónica periodística —resumió Ortín— que se propuso subvertir los códigos y las miradas asociadas a lo que significa la cultura viajera y la figura —tan masculinizada— de “El Viajero”», mediante un «observar, analizar y modificar las actitudes con las que nos relacionamos con las ciudades, con las montañas, con los valles, con las fronteras, con los visados, pero, sobre todo y lo más importante, con los otros seres humanos con los que nos encontramos en el camino del viaje».   

Estas son algunas de las inquietudes compartidas que Pere Ortín y June Fernández, con la compañía de más cómplices —entre ellos la periodista María Angulo—. Para decirnos que, en un mundo que figura ser un producto terminado, hay insertas narraciones que se salen de la norma para sugerir, para invitarnos a pensar otro viaje y otro vivir juntos, posibles.

Toda una agitación en medio del estatismo.

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Ander Izagirre en #elartedecaminar

Camino por las calles de mi barrio de Gros, me cruzo con desconocidos y no me saludo con ninguno. Enseguida camino por los senderos del monte Ulía, me cruzo con desconocidos y me saludo con todos. Entre el saludo impensable y el saludo indudable solo hay diez minutos a pie.

Entonces, ¿dónde está la frontera? ¿A partir de qué punto los desconocidos empiezan a saludarse? ¿Cuándo debo decirle «epa» a un extraño y cuándo debo ignorarlo?

Llevaba un tiempo observando estas ceremonias y puedo afirmar que el territorio de la ignorancia mutua —es decir: el territorio urbano— llega hasta la parte alta de la calle Zemoria. En la parte baja de la calle Zemoria, junto a la gasolinera, saludar a un extraño crearía una situación embarazosa («perdón, ¿nos conocemos?»), recelosa («¿este tío qué quiere?») o incluso alarmante («¿este no era el ciclista nudista que salió en el periódico?»). En la parte alta, donde acaban las casas de Zemoria, una rampa de hormigón sube junto a unas huertas, unos prados con ponis y cabras, todavía entre casas. Son los Doscientos Metros del Desconcierto Social. En esa zona gris hay gente que saluda y gente que no. Yo suelo emitir un «ñe» entre dientes, que no compromete ni significa. Pero en cuanto ando cien metros más, ya por el camino de tierra que se mete en el bosque, cada vez que me cruzo con alguien sacudo la cabeza y le suelto un sonoro «epa». Empieza el territorio del reconocimiento mutuo —es decir: el territorio salvaje—.

¿Y por qué en el monte saludamos a extraños? Algunos amigos opinan que es por el sentido de pertenencia a un grupo: igual que los ciclistas se saludan en la carretera, igual que los motoristas se dan ráfagas de luz o extienden dos dedos, los montañeros se saludan y así se reconocen como miembros de una tribu.

Recuperamos esta entrevista de 2016 con Ander Izagirre, realizada en la librería Altaïr de Barcelona en ocasión de la publicación de Cansasuelos (Libros del KO), libro que narra el viaje a pie entre Bolonia y Florencia a través de los Apeninos. 

Sí: nuestro «epa» significa «hola, amigo, cómo te va, por aquí todo bien, no he visto bestias, sigue tranquilo». Es una solidaridad ancestral, una complicidad de especie frente al enemigo común que nos espera más allá de Zemoria.

No es casual que en la mismísima calle Zemoria funcionara un matadero hasta 1972. El matadero anterior estaba en la Parte Vieja, hasta que a finales del siglo XIX, con la ciudad en plena expansión, el Ayuntamiento quiso sacarlo del cogollo burgués y recolocarlo en los confines de San Sebastián. Los carniceros se quejaron por el nuevo emplazamiento de Zemoria (o «Cemoriya» o «Semoroya»). Lo consideraban «insalubre e infeccioso, rodeado de arenas movedizas que le dan mayor calor, lo que se notará en la descomposición de sebo, tripería y desperdicios; y la arena suelta impedirá el oreo de las reses sacrificadas». Zemoria era el último puesto en el territorio de los humanos, una frontera en la que matábamos animales sin piedad —sebo, tripería, desperdicios— y enviábamos un mensaje a la malamadre naturaleza: hasta aquí, chiquita.

Por eso, cada vez que traspaso el límite de Zemoria y subo hacia Ulía, sé que puedo ser devorado. A la vista solo hay lagartijas, gatos y gaviotas. Pero no me fío de ellos. Son hijos silenciosos y agazapados de saurios, grandes felinos y dinosaurios supervivientes. Es importante mantener la desconfianza genética que nos ha traído con éxito hasta aquí.

Y la solidaridad de especie. Por eso saludé a la señora de unos sesenta años con la que me crucé ayer en un sendero. No está en edad de reproducirse, pensé, pero quizá en su casa ayuda a criar pequeños humanos. Es valiosa para nuestra lucha. Así que le dije «epa» y reforcé el mensaje con unos pensamientos telepáticos:

—Tranquila, señora, no he visto hienas en esta ladera. Y si salta una, pelearé con ella.

Me miró con cara de susto. No estoy seguro, puede que las frases telepáticas se me escaparan en voz alta. O puede que ella escuchara, como yo, algo que corría entre los arbustos. Por si acaso, me agaché, cogí una buena piedra y sonreí a la señora. Ella apresuró la marcha. Yo cubrí su retirada.

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EL AZAR Y EL DESTINO. LA LUNA ES UNA ANTORCHA

Azar y destino

Por Cristian Segura

«La lune est un flambeau» —«la luna es una antorcha»—, leyó Cees Nooteboom inscrito en una celda de una vieja prisión de la Guayana francesa. La inscripción, grabada por un preso en la madera de su camastro, databa de 1927. Nooteboom, el mejor de todos los turistas contemporáneos —«turista» como los del siglo XIX, aventureros porque sí, por el ocio del descubrimiento particular—, visitó en 1957 la prisión de St-Laurent de Maroni, archifamosa por ser el lugar de internamiento de Papillon. La frase, grabada por alguien desesperado en un lugar en el que lo mejor era morir rápido, es la guinda de una de las crónicas que Nooteboom escribe en el libro El azar y el destino (Siruela).

El azar y el destino es una compilación de diarios de viaje de Nooteboom por América Latina. Apuntes tomados en diferentes momentos de su vida. El viaje a la Guayana fue en su juventud —24 años—. Un relato breve en el que se distrae, para suerte del lector, con la narración de cómo cruza el río Maroni en la canoa de un indio, o con la visita a viejos presidiarios franceses que se quedaron aparcados en este rincón del mundo:

Balanceándonos sobre un madero hemos llegado a un barracón algo apartado. Asoma un hombre mayor, peludo, casi desnudo, con el cuerpo cubierto de tatuajes. La conversación gira en torno a cómo matar y disecar mariposas. El viejo me dice, en un marcado acento marsellés, que ya no quiere regresar nunca más a Francia, pues al fin y al cabo aquí tiene una mujer, una india gorda y estropeada, y siete niños de quienes podría ser abuelo con creces. […] Cuando le pregunto al gendarme quiénes son esa gente, me contesta encogiéndose de hombros:

—No se sabe, la mayoría son asesinos, pero hay de todo. Se quedan aquí para morir, en realidad ya quedan pocos —y de repente, señalando a un señor mayor que lee el periódico, exclama—: ¡Ahí vive el verdugo!

[…] Y así continúa la cosa un rato más hasta que aparece un señor menudo y mugriento. La piel grasa, poco saludable, los ojitos inquietos, y muy apenado de que todo haya acabado. Él fue el último vigilante de la prisión y se ha quedado aquí para «completar la administración». Me lo enseña todo. Las bolas de hierro que se ataban a los pies de los presos. Las celdas de castigo donde se les inmovilizaba una pierna sujetándola a una larga vara de hierro.

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Acerca de la luna, durante un vuelo que en noviembre de 1967 le llevó de Brasil a su casa en Holanda, Nooteboom volvió a escribir: «La luna cuelga del cielo de manera diferente y yo he dejado de creer que viajar sirva para entender las cosas. Es todo demasiado misterioso».

Pajarillos ensangrentados

El azar y el destino es una recopilación de textos breves, de diversidad en el estilo narrativo —algunos viajes se hacen más pesados que otros— sobre expediciones concretas, expediciones de un observador que vaga por lugares recónditos o no tan recónditos de América con el único fin de dejarse llevar por sensaciones y por el contacto con la sociedad. En el libro, Nooteboom te puede brindar un resumen de la historia del lugar o una descripción genial de un hecho rutinario. Los capítulos más insulsos del libro son los relatos que surgen de sus paseos en la década de los 60 por las grandes ciudades de Brasil y su crucero por la costa chilena y argentina. Pero incluso en estos pasajes menos atractivos, se producen escenas cotidianas que Nooteboom traslada con gusto estético al lector, como sucede en una visita al jardín botánico de Río de Janeiro:

Lo único que recuerdo es que de pronto pasó a mi lado una serpiente reptando por la hierba corta y dura, y que había una flor extraordinariamente grande, de un impresionante color rojo, que era como unos pajarillos ensangrentados colgados los unos de los otros. Y sin embargo, cuando cierro los ojos, me vienen a la memoria otras imágenes: el silencio casi visible de un bosque de bambú en un terreno extrañamente inclinado; el colibrí que queda por un instante suspendido en el aire con su zumbido y sus vibrantes y veloces aleteos y que luego desaparece por entero en un cáliz blanco y azul; un pájaro en el interior de una flor. Oigo el murmullo del agua y de pronto veo aparecer a unas personas; dos señoras mayores que evocan sus inolvidables recuerdos; un chico negro descalzo con un montón de botellas bajo el brazo; un joven con el rostro pálido que, bajo un helecho sagrado, pronuncia palabras también inmortales ante una chica que, con los ojos más negros del mundo, mira hacia mi lado pero no me ve.

Nada es perfecto, ni tan siquiera el párrafo citado, salpicado por adjetivos innecesarios, excepto por el «pajarillos ensangrentados», un acierto maravilloso en un texto que convierte el jardín botánico en el lugar que todos querríamos visitar.

Cerdos y niños

Nooteboom recorrió Bolivia entre 1968 y 1969, dejándose llevar por europeos que allí residían, empresarios sin escrúpulos, misioneros o científicos. Las crónicas andinas son las mejores del libro junto a las mexicanas. La expedición a una ciudad minera, desde el trayecto en carretera a las inspecciones de las viviendas, son el testimonio de un submundo, de algo oscuro y real al mismo tiempo:

Marcelo nos habla también de una enfermedad porcina en una de las minas. Los cerdos tuvieron que ser sacrificados porque el mal podía afectar a las personas. Pero los campesinos escondían sus cerdos. Nosotros les advertíamos: «Si no sacáis a los cerdos, se os morirán los hijos». Ellos, sin embargo, se mantenían firmes delante de la cama debajo de la cual escondían a sus cerdos y nos decían: «No, un niño se puede fabricar en cualquier momento, pero ¿cuándo volveremos a tener dinero para comprar un cerdo?».

Paisajes de miseria humana aplicables a otros lugares del mundo; paisajes de una gran belleza cotidiana, o de dulce decadencia como este alto en el camino en la villa de un viejo terrateniente:

Antes de regresar a La Paz nos adentramos un poco más en el país hasta el final de la carretera, y llegamos a la finca abandonada de un latifundista. «Este ya no tiene nada. No le queda más que este pedacito de tierra». Me recuerda a Surinam. Una gran casa de campo de madera con galería, altos árboles de los que penden alargados nidos de pájaros, arbustos con pinchos y flores de color rojo sangre, el gorjeo y murmullo de pájaros e insectos, un calor trémulo sobre las colinas descendentes con sus bancales repletos de arbustos de coca. Nos comemos una naranja del árbol y nos despedimos.

Nooteboom tiene más de 70 años cuando monta en un coche para descubrir México. La travesía es una delicia en la que se toma su tiempo, con calma, y que permite al escritor retratos que parecen esbozados a lápiz tras horas de meditación y café:

El camino que lleva a la iglesia es de piedra, una piedra del color del paisaje, mísero y pobre como el color de la llanura. Entonces veo acercarse a un hombre que recorre el largo camino de piedra hacia la iglesia arrodillado sobre una alfombra. Tendrá unos cuarenta años, es de complexión fuerte y lo acompaña un amigo. Se dirige hacia el oro del santuario, pero primero hace penitencia. Cada vez que llega al extremo de la alfombra de dos metros de largo, su amigo la recoge y la extiende delante de él. Oro y miseria, miseria y dolor, oro y poder. Mediante una misteriosa fórmula todos esos términos se complementan aquí. Quien se arrodilla no se subleva, literalmente. En la camiseta sudada del hombre figuran las siglas del banco ABN AMRO.

El cadáver de Frida Kahlo

En 1988, Nooteboom está en Coyoacán turisteando, como tantos otros occidentales, en la casa de Frida Kahlo y Diego Rivera. Nooteboom ve lo mismo que otros miles han visto, pero él le añade su curiosidad histórica, y acompaña la guía con narraciones históricas que son incluso más interesantes que lo que presencia en primera persona:

La muerte es diferente aquí. Cuando la pelona acude al fin a buscar a Frida, no consigue llevársela fácilmente. Su incineración será el acontecimiento del año. Diego y el presidente de México, Lázaro Cárdenas, velarán su cuerpo acompañados por amigos y artistas. El crematorio es nuevo pero primitivo, el ataúd se adentra en el horno crematorio deslizándose sobre poleas. El calor es terrible y el recinto pequeño, con lo que los afligidos deudos quedan presionados contra la pared. Durante las tres horas que dura la incineración la multitud no deja de cantar. Primero ‘La Internacional’ seguida de otras canciones de combate, y al final, procedentes del café y la calle, un cantos desbordantes de emoción. Debido al intenso calor, el cuerpo de Frida se yergue y asoma su cabeza rodeada por una flamígera aureola de cabello quemado.

Nooteboom tiende en algunos pasajes a una moralina progre que no se suaviza con la edad. La crítica tópica contra la iglesia, por ejemplo, o el apunte fácil sobre la conquista de América a sangre y fuego. Pero Nooteboom puede ser un extraordinario apuntador de la historia, y las reflexiones sobre las lecciones de esta se suceden mientras visita ruinas y pirámides:

Un puñado de españoles conquistaron un imperio. No sé si a los demás les sucede lo mismo, pero a mí me embarga la emoción cuando leo los relatos de Bernal Díaz y Cortés. Y aunque los motivos de los aztecas —el temor a presenciar el fin del mundo cada vez que concluía un ciclo solar o los presagios sobre el regreso de Quetzalcoátl— no fueran de índole mecanicista, sí encajan en una visión mecanicista. Los aztecas fueron presas fáciles para los españoles gracias, precisamente, a estas creencias. En este sentido, claro está, el azar no existe. La navegación y la pasión por explorar nuevos mundos se implicaban mútuamente, y el hecho de que los españoles desembarcaran justo en ese preciso momento de la historia del Imperio azteca es un hecho verdaderamente asombroso y, por la manera en que sucedió, dramático —conozco pocos relatos históricos tan fascinantes como el primer encuentro entre Cortés y Moctezuma— y, sin embargo, todo ello tiene una explicación. Dos imperios existen simultáneamente a ambos lados del océano, y uno de los dos está técnicamente más desarrollado; el encuentro de ambos produce inevitablemente una especie de reacción química: el uno se disuelve en el otro, al menos esa es la impresión que da. Cuando una superstición trata de imprimir su símbolo sobre el templo de otra superstición, oímos una carcajada de Schopenhauer, y nos resulta fácil imaginar cómo Hegel pudo incluir ese momento dialéctico en sus intenciones más excelsas. Y, sin embargo, permanece el asombro por el destino, pese a todo ciego, destino que encadena casualidades y acontecimientos lógicos hasta formar una sucesión de hechos a la postre ineludible, con todas sus consecuencias, apreciables hasta el día de hoy, para el continente americano.

Quizá viajar no sirva para entender las cosas, como escribió Nooteboom aquella noche de noviembre de 1967 volando sobre el Atlántico. Sin embargo, leer sus textos seguro que nos ayuda.


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STEINBECK CONTRA TRUMP

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Nuestro colaborador Gabi Martínez vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine y nos hace reflexionar en torno al viaje que narra John Steinbeck en 1960. De la mano de Steinbeck y de su acompañante Charley, Gabi cuestiona la realidad política estadounidense. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


 

Dentro de unos años, quizá pocos, estaría bien que algún escritor repitiera el viaje que hizo John Steinbeck por Estados Unidos en 1960 para intuir cómo respiraban sus paisanos. Por entonces, Steinbeck tenía 58 años y era tan popular como pudiera serlo un escritor famoso de la época… De casi cualquier época, en realidad. Es decir, podía desplazarse a lo largo de enormes espacios sin que nadie lo reconociera más que como un muy maduro hombre blanco al volante de una furgoneta con matrícula de Nueva York que se hacía acompañar por un perro negro. Eso sí, los nombres de la furgoneta y el perro eran peculiares: Rocinante para ella, Charley él.

Ese caniche gigante forma hoy parte del título que resume aquel vagabundeo: Viajes con Charley, quizás el libro de viajes más agradablemente sosegado y doméstico que se haya escrito jamás, aparte de los de Josep Pla. Un clásico sin paliativos. Un libro tranquilo donde los haya. Una esplendorosa exhibición de veteranía literaria, donde Steinbeck surca la piel del Tío Sam dejando que el día a día le interpele al azar mientras reflexiona sobre el hecho de moverse y el carácter de la gente que va encontrando. Es un libro que, simplemente, va. Steinbeck conduce, observa, duerme en la furgoneta o donde sea y, cuando busca conversación, llega a recurrir al infalible Charley para que le abra el camino hasta donde por ejemplo cena una familia cercana.

Por entonces, Steinbeck tenía 58 años y era tan popular como pudiera serlo un escritor famoso de la época… de casi cualquier época, en realidad.

Steinbeck reconoce que, al partir, quería aprehender algo del espíritu de la nación. Pero también tenía claro que su experiencia sería tan única como lo pudiera ser él, y que las conclusiones a las que llegara serían siempre parciales: «no me engaño a mí mismo pensando que estoy tratando con constantes». Esa conciencia, la precaución a la hora de tratar con personas que conocen a fondo las tierras por donde pasa y el respeto por los que piensan de manera muy distinta le permiten valorar más que padecer algunas reacciones como «el rechazo natural al forastero», que se repite en varias localidades.

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Steinbeck sobre todo disfruta pero también encaja desaires y hostilidades sin demasiados problemas, y cuando topa con algún imbécil o un gallito, despliega su envidiable sarcasmo curiosamente diplomático. Demuestra manejar bien la irritación y, a lo largo de cuarenta estados, solo alguna noche sucumbe a la melancolía disfrazada de tristeza, aunque enseguida la elude. Y sigue.

(…)


 

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UN RETO SOBRE DOS RUEDAS

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Por Paty Godoy

En la plaza mayor de Burgohondo aún queda rastro de las últimas fiestas del pueblo. Las gradas que cada año se habilitan para que la gente disfrute del tradicional encierro de toros y vaquillas siguen en pie. Los vecinos de esta pequeña localidad de Ávila no se han repuesto de la resaca que les dejó los seis días de celebración y ya tienen de nuevo en casa otro festejo.

Son las 5 de la tarde y  la plaza está rodeada por unos 200 curiosos. Justo aquí están a punto de cruzar los primeros ciclistas de una de las carreras de mountain bike más duras y exigentes del mundo. Uno de esos vecinos curiosos es Justino García, un veterano habitante de Burgohondo que espera sentado y con cierta ilusión a que pase el espectáculo sobre dos ruedas. «Si no fuera por estas cosas, todo aquí estaría muy apagado», me dice Justino, que reconoce que no es aficionado ni a las bicicletas ni a ningún otro deporte, pero le gusta que «haya vida» en el pueblo.

El ir y venir de decenas de forasteros, el veloz pedaleo de los ciclistas y una música disco  a todo volumen, han roto la habitual calma de Burgohondo, que según el censo oficial tiene unos 1.300 habitantes. Un pintoresco pueblecito que presume de poseer una de las joyas turísticas de la región: la antigua Abadía románica de Burgohondo.

***

Subir a una bicicleta de montaña y pedalear sin parar 770 kilómetros que separan Madrid de Lisboa. Ese es el reto que plantea esta carrera de larga distancia en formato non stop. O lo que es lo mismo, montar una bici todo terreno sin descanso. Solo o en relevos. Día y noche. Es la «Powerade Non Stop Series» una competición de categoría extrema que ya en su titulo invita al reto: «Desafía tus límites».

Es viernes al mediodía y la carrera, formada por un pelotón de 800 ciclistas, parte del Polideportivo Navalcarbón de las Rozas en Madrid con rumbo a la capital portuguesa, a donde los mountain bikers más experimentados llegarán unas 30 horas más tarde. Entre medio, 10 pequeños pueblos convertidos en estaciones de hidratación en las que los ciclistas hacen una miniparada, y, quienes compiten en equipo, cambian de relevo.

Mi misión aquí es seguir, durante dos días y a bordo de un coche, esta carrera non stop. (Aunque esta regla solo se aplicará a los ciclistas, no a los periodistas). Cinturón bien puesto, que vienen curvas. El camino que transitamos bordea la Sierra de Gredos, el Valle del Jerte y sigue la estela del río Tajo.

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En las primeras etapas de este recorrido nos internamos en la España profunda: Burgohondo y Navalperales de Tormes en Ávila; Navaconcejo, Cañaveral, Alcántara y Cedillo en Cáceres; este último pueblo de casi 500 habitantes es la última frontera española antes de llegar a Portugal. Es fin de semana y estamos de suerte: el  puente privado de la central hidroeléctrica (propiedad de Iberdrola) está abierto. Así nos ahorramos los 100 kilómetros por la carretera. Cruzar el río Tajo por esta particular frontera privada nos toma unos 10 minutos, lo equivalente a transitar solo 14 kilómetros.

Una vez entramos en territorio luso, la expectación y el entusiasmo que se vivió en las estaciones de hidratación instaladas en los pueblecitos españoles disminuye al mínimo. El cansancio entre los mountain bikers comienza a hacer estragos. Son las últimas etapas, las más duras.

A esta hora, los equipos de dos, tres o cuatro participantes e incluso quienes hacen el formato Solo, ya han pasado una noche en el camino: cruzando pistas, senderos y carreteras. La gran hazaña de la carrera la han hecho los casi 60 ciclistas que participan en la categoría más dura y exigente: el Solo. Quizá por eso en la meta final instalada en el Parque de las Naciones de Lisboa, a un costado del gran río Tajo, todos estamos pendientes de la llegada de las estrellas de esta carrera: lo que se atrevieron a pedalear solos los 770 kilómetros. Si ya el reto es mayúsculo para quien lo hace en equipo. No puedo ni imaginar el esfuerzo físico y mental que supone este desafío para una sola persona.

Para intentar entenderlo pregunto a Jordi Pereira, que obtuvo el tercer lugar en esta categoría con un tiempo de 40 horas y 53 minutos. Este apasionado mountain biker, originario de Avinyonet de Puigventós me da algunas pistas.

«Si a ti te gusta algo y lo quieres conseguir tienes que esforzarte, y después lo disfrutas.

Para mi es muy sencillo, lo puede hacer cualquiera».

—¿No hay misterio?

—Bueno, hay que saber sufrir.

 

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LA SELVA HUMILLADA, UN PASO DE GABI MARTÍNEZ

Gabi Martínez nos habla en este nuevo Paso de la obra La selva humillada, de Bartolomé Soler, un libro de viajes que Martínez considera «imprescindible». Aquí el adelanto en abierto para los lectores del blog.


«Una de mis devociones ha sido andar», escribió Bartolomé Soler (Sabadell, 1894 – Palau de Plegamans, Barcelona, 1975). Es lo que hizo en la selva guineana durante tres meses. «Ver, ver y andar, y apresar en la retina y en la palma de mi mano toda esta naturaleza que me restalla en los oídos y en los ojos y humilla la altivez de mis antiguos paisajes». Luego, firmó La selva humillada, un imprescindible libro de viajes en lengua española que sin embargo se conoce fatal por dos motivos: Soler practicó la libertad de un modo molestamente radical; y el libro es, como se ha dicho, de viajes.

También es verdad que, en las últimas páginas, Soler es muy incorrecto. En ese tramo, rompe la especie de ensoñación buenrollista del occidental-que-se-ha-ido-embriagando-de-naturaleza-salvaje-y-negritud, del español que casi ha «entendido» una primitiva forma de vivir feliz. Y la rompe como si se sacudiera un sueño improcedente, soltando una reivindicación de superioridad racial blanca extemporánea; como si de repente pretendiera borrar todos esos días de placer sensual y aprendizaje con un arrebato que hace pensar en sacerdotes que despiertan jadeando a medianoche con los calzoncillos pringosos y la imagen aún fresca de la «pesadilla» de carne joven que les llevó hasta ahí. Puede que ese racista Arrebato Final también haya penalizado a la divulgación de la obra pero si se tienen en cuenta las afirmaciones, sugerencias y reflexiones que acumula el total de la lectura, si consideramos la capacidad de Soler para contradecirse y rebatir sus propias creencias, más bien habría que utilizar La selva humillada como validísimo paradigma de cómo el viaje puede matizar una mirada.

El cosmopolita frente a lo insólito

En cualquier caso, hay que ponerse en situación. 1951. Hace solo tres años que Johnny Weissmüller cedió su mítico alarido a Lex Barker después de tres lustros saltando de liana en liana demostrando que un solo blanco es más capaz de reinar en la selva que todos los negros y los leones juntos. La selva se proyecta como territorio a colonizar. John Hunter continúa degustando las mieles de figurar como el Gran Cazador Blanco. El mundo atraviesa una tensa posguerra que ha desencadenado un nuevo enfrentamiento armado en Corea. En resumen: el Otro, sea humano o animal, se observa desde Occidente como un ser inferior o como un enemigo a batir. Y Bartolomé Soler es español. Es decir, pertenece a un país que, desde que perdió las últimas colonias en 1898, prácticamente ha renunciado a sondear las realidades ajenas, aún más en este período en manos de una dictadura que se desgañita por recomponer lo que ha quedado tras la guerra civil mientras afronta un bloqueo económico internacional.

Se apela sobre todo a sensaciones, a la atmósfera, a los estímulos que el entorno desencadena en el yo más profundo del narrador viajero

De todos modos, Soler es un español peculiar. De chaval se escapó de casa varias veces hasta que desembarcó en Argentina. Allí sobrevivió durmiendo en bancos, vendiendo fiambres, también llegó a dirigir una plantación. Fan del teatro, se hizo actor, siguió viajando. Volvió a España, escribió una novela de éxito, y de nuevo a América. Cuba, Estados Unidos, Colombia, Perú, Chile… Al volver al terruño, le pasmó ver a la gente enardecida con la «odisea» de un caminante que cubría el trayecto Zaragoza-Madrid a pie mientras a él nadie le preguntaba por el mundo inmenso que había conocido. Escribió más libros, uno de ellos evidenciando la patética política de ese país entre corrupto, cateto y ofuscado que poco después empezó a matarse a tiros. Salió vivo de una checa. Cuando los franquistas ganaron, aceptó ser alcalde de su pueblo, Palau-solità, para evitar los ajusticiamientos vengativos, con la pretensión de imponer cordura. Y después de todo eso, y de triunfos y desengaños en los escenarios teatrales, y de varias novelas con frecuencia basadas en experiencias viajeras que subrayaron su carácter cosmopolita —todo un exotismo por entonces—, Soler llegó a la Guinea que le inspiraría el que se considera su único libro exclusivamente «de viajes».

La profesora de literatura en la universidad de Florida Montserrat Alás-Brun, una de las pocas que se han interesado por este libro de Soler, afirma que el catalán debía tener El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad en la cabeza al viajar a África, y que por eso le salió un libro tan literariamente intimista que recuerda más que ninguno en España a la mítica novela de Conrad.

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Un libro en el que no se mencionan muchos nombres geográficos porque se apela sobre todo a sensaciones, a la atmósfera, a los estímulos que el entorno desencadena en el yo más profundo del narrador viajero. Bartolomé Soler. El cosmopolita, enfrentado a unas personas, a un pensamiento lo bastante insólitos para sumirle en un memorable tour de force ideológico en el que se desnuda como los mejores.


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LA RUTA DE LOS MIL ROSTROS

Por María Angulo Egea

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Patricia Almarcegui viaja orgullosa por Uzbekistán y Kirguistán según nos cuenta en su último libro de viajes: Una viajera por Asia Central. Lo que queda de mundo (Edicions Universitat de Barcelona, 2016). Orgullosa de su autonomía; de su libertad de movimientos; de su soledad y de su condición viajera.

Orgullosa de viajar sola. De haber conseguido algo grande: llegar hasta Asia Central. Y por ello se muestra contenta, a veces hasta exultante en este viaje. Pero sobre todo se siente orgullosa de sus pequeñas conquistas personales. Cuestiones sencillas que va superando. Objetivos que cuando una viaja sola tiene que solventar y sortear, pero que no siempre es fácil: lograr que no te timen y no digamos ya un buen precio por un taxi que nos traslade de una ciudad a otra; conseguir el visado para entrar en otro país en un montaje funcionarial cerril y encorsetado de los de «vuelva usted mañana» o mejor «no vuelva». Y otros logros mayores como alcanzar la alta montaña de Song Kul.

Patricia se nos presenta en el prólogo como una viajera avezada. Ha estado en Marruecos, Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Túnez, Yemen e Irán. (Acabamos de leer su Escuchar Irán (New Castle Ediciones, marzo 2016). Países de mayoría musulmana que trazan la imaginaria línea del deseo de esta peculiar viajera. Sin embargo, en este viaje por Uzbekistán y Kirguistán (dos países, como saben, escindidos de la antigua Unión Soviética, ¡¡que fueron URSS durante 70 años!!), Almarcegui emerge como una viajera poderosa (empoderada) que solventa situaciones críticas en entornos no especialmente receptivos. Entornos en los que aún extraña que sea una mujer la que organice y decida; la que camina y avanza sola en una soledad deseada. Se lo dice y repite al comienzo de su diario de viaje:

«Tengo que pensar en mí. No tanto en la gente que quiero cuando veo cosas que me emocionan, sino en mí. No disolverme o repartirme en nada ni en nadie. Hacer las cosas solo para mí. Cuidarme».

Solo hará una excepción a esta máxima: su madre. Es en ella en quien piensa y a quien le compra regalos, sedas.

Orgullosa de su autonomía; de su libertad de movimientos; de su soledad y de su condición viajera.

Patricia sigue los pasos autónomos y empoderados de dos escritoras viajeras también poderosas: la suiza Annamarie Schwarzenbach (1908-1942) y la inglesa Vita Sackville West (1892-1962). Dos viajeras enamoradas también de estos territorios y a quienes Almarcegui alude en distintas ocasiones. Sigue algunos de sus consejos viajeros pero también parece invocar (imitar) su actitud vital, «su deseo de ser otro, de aprehender el otro». Dos mujeres que se enfrentaron al montaje patriarcal establecido, desde su bisexualidad, entre otras muchas cosas, y que apostaron por vivir bajo unos parámetros más abiertos.

La cuestión de género está presente en este viaje por Uzbekistán y Kirguistán. Espacios híbridos, de mucha mezcla racial, que revelan el entorno soviético en el que se han desenvuelto durante tantos años, pero que también muestran una poderosa huella musulmana. Tanto en Uzbekistán, donde le rodea un mundo urbanita, como en Kirguistán, donde se impone la naturaleza, Almarcegui repara en su condición de mujer como mujer que mira y lo explicita. También desde su mundano pragmatismo (la decisión de comprarse o no un abrigo por el hecho de cargar con él desde casi el inicio del viaje y de si ocupará todo el espacio de su pequeña maleta); su preocupación por la moda, por la estética, su coquetería; su atención a los hombres, hombres que le atraen, en los que repara y con los que imagina y proyecta un viaje, un encuentro más prolongado. Uno de los capítulos se titula «Los hombres hermosos».

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En su primera negociación con los hombres del hotel de Jiva también es muy consciente de su fisicidad: «Se ríen de mí mientras discuto. No sé por qué. Quizás si fuera un hombre no lo harían. Una mujer gritando en un espacio más o menos público (…) al salir del comedor escucho sus carcajadas». También está presente su conciencia del peligro ante el posible acoso sexual «Vuelvo hacia el hotel. Las calles no tienen iluminación. No se ve nada. Me descubro caminando cada vez más deprisa. ¿Miedo? ¿miedo a viajar sola? ¿miedo de viajar sola por ser mujer?» Sobre este asunto hay un excelente artículo en el monográfico A bordo del género de Altäir Magazine realizado por June Fernández y Cristina Lozano. La mirada de Almarcegui se empapa de los entornos que la habitan y se detiene en el retrato del otro, le presta especial atención a «ese otro mujer o niña»:

Nada más llegar a la ciudad de Taskent:

«De camino al metro, me crucé con mil rostros diferentes. Mi primera visión del país. Las caras redondas y planas de ojos achinados se mezclaban con pieles cetrinas y secas. La mujeres, jóvenes, bellas, rubias, con minifaldas y maravillosamente arregladas, se confundían con otras mucho mayores, quizás de zonas rurales, cubiertas con pañuelos negros de flores, enjutas y de piel oscura» (p. 27)

«De nuevo me cruzo con mujeres de tacones de aguja y minifaldas extremas, casi siempre jóvenes, y otras vestidas de largo de rostros cetrinos afilados» (pp.31-32)

Almarcegui emerge como una viajera poderosa (empoderada) que solventa situaciones críticas en entornos no especialmente receptivos.

En Bujara, que fue el enclave comercial de la Ruta de la Seda, nuestra viajera se ve rodeada de muchachas y niños y juega con ellos a preguntarse cuestiones sencillas: ¿Cómo te llamas? ¿Qué años tienes? ¿Dónde vives? Almarcegui se sorprende de las respuestas que dan las niñas a la pregunta de ¿Qué años tienes? Las niñas de aspecto adolescente responden 9, 10, 11 y las mujeres algo mayores contestan: 15, 16 años. «Me doy cuenta que sus rostros no corresponden a la edad que dicen o, al menos, no la edad que tendrían en España. Mientras allí las mujeres tienen más edad de la que aparentan, en Uzbekistán son mayores de lo que parecen. Otra vida, otras cargas, otra expresión» (p. 48).

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Esta escena termina con una foto de Patricia rodeada por estas mujeres y niños al atardecer de Bujara. No, no termina con «esta estampa» ni con el sentimiento autocomplaciente de nuestra Almarcegui, que se describe en este momento feliz por estar «como si fuera una viajera muy antigua y algo romántica, rodeada por ellos». Nuestra viajera hiperconsciente de lo que le sucede cierra el cuadro con estas palabras de Vita Sackville-West: «decidimos ser bien cínicos; decidimos sin cortapisas ser románticos mientras podamos» (p. 49).

Es consciente de su romanticismo y de su «mala conciencia de viajera postcolonial», tal y como ella lo define, al no saber si tiene que darle dinero o no al hombre que le ha llevado en coche desde Osh hasta la capital kirguisa Biskek (300 km).

Transita por Samarcanda, Taskent, Jiva, Fergana, Bujara, parte esencial del imaginario nominal que ha venido poblando sus sueños de juventud, sus lecturas y estudios. Su deseo viajero se proyecta en estos territorios que construyen un relato; una crónica de viaje a la que suma reflexiones extraídas de su diario, poemas y fragmentos de novelas y comentarios de otros escritores. Viajeras y cronistas como las citadas, pero también se sirve de Ruy González de Clavijo, ¿cómo no?, cuando llega a Samarcanda. La calle que conduce al mausoleo del Gran Tamorlán lleva el nombre de este viajero español del siglo XV que Almarcegui ha estudiado como nos demostró en su ensayo El sentido del viaje (Junta de Castilla y León, 2014).

Repara en su condición de mujer como mujer que mira y lo explicita.

La narradora se mueve entre contrastes y viaja a dos velocidades. Una, rauda y liviana, que muestra su periplo por los paisajes rurales y urbanos. Sus descripciones nutren los cinco sentidos del lector con imágenes, sabores, sonidos, olores y texturas. Casi podemos percibir la gama de colores de la seda de Marguilán; casi rozamos su suavidad. Otra, lenta y difícil, con tiempos de espera interminables, hasta que se llena el taxi o el autobús, y con funcionarios entorpecedores que obstaculizan el tránsito.

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Almarcegui nos hace volar, cabalgar por Song Kul, el fin del mundo o el comienzo de un nuevo mundo, donde fuera de todo pronóstico se canta una alegría gaditana. Pero también nos hace caminar mucho, pasar mucho calor y cruzar fronteras con la incertidumbre y los nervios de antaño de si nos dejan o no pasar al otro lado. Sentimos físicamente el viaje y participamos de sus emociones, de sus cambios de ánimo, de su irritación y de su calma.

En este viaje encontramos una narradora en comunión con el territorio. Almarcegui está y quiere estar sola con este paisaje. Una viajera solitaria por Asia Central que constata que sin viaje, no hay vida.

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Puerta a la profundidad

Por Jaime Gárate

Este es un libro de abismos, de los enigmas de las profundidades del planeta. Mundo subterráneo. Puertas secretas, ciudades sumergidas y utopías bajo tierra (La Felguera, 2015) es una obra poliédrica; una mirada hacia el subsuelo desde la historia de la literatura, la ciencia y la filosofía. Una mirada más allá de capas y capas de corteza terrestre. El planeta Tierra es un ser vivo. Y como tal tiene sus venas y arterias. Tiene sus virus y sus iras. Y también como tal, está formado en su mayor parte por agua. Ya sea bajo tierra o en las profundidades del océano ¿qué es lo que hay ahí abajo?

«Cada uno vive en el mundo que es capaz de imaginar», dijo Julio Verne, el rey de la literatura fantástica. Para llegar hasta ahí abajo lo primero es encontrar una puerta de entrada, y en su mundo, esas puertas a la intratierra son los volcanes. El siguiente paso es establecer un plan, una ruta de descenso a través de las venas del planeta. «La obra verniana adquiere forma obedeciendo a ciertos ejes que forman entre ellos coordenadas donde se delimita lo ordinario y se extralimita lo extraordinario, donde se confunden ambos y se distancian». La lectura de las páginas dedicadas a la obra de Verne es un descenso al subsuelo a través de las coordenadas norte y sur y de los ejes de arriba y abajo.

Estos ejes también sirven para la búsqueda de civilizaciones y monstruos en el descenso marino. «El mito de los atlantes se trata de un abismo que desciende, que cada vez se aleja más y se vuelve más inalcanzable. Y el mito de los monstruos marinos es un abismo que asciende, que acecha y que un día vendrá por nosotros»

El planeta Tierra es un ser vivo. Y como tal tiene sus venas y arterias. Tiene sus virus y sus iras.

Se dice que H.P. Lovecraft desarrolló su fobia al mar tras comer pescado en mal estado. Quizás por eso sus océanos están infestados de bestias marinas que nos acechan. Pero no fue el único en llenar el mar de monstruos. Durante el Renacimiento «son descritos con detalle por la élite de los cartógrafos, naturalistas y científicos». Benito Jerónimo Feijoo, el ensayista que abrió las puertas al pensamiento ilustrado en España, describió a uno de estos monstruos en sus Cartas Eruditas 3. «Voy a explicar al monstruo y voy a explicarme a mi», escribió. Se refiere a Francisco de la Vega Casar, quién pasó a la historia como el Hombre Pez. Desapareció en el s.XVII mientras nadaba en las costas de Cantabria y apareció 5 años más tarde en las aguas de la bahía de Cádiz. Quién sabe si durante ese lapso de tiempo estuvo en la Atlántida, el continente sumergido «y perdido cuyos habitantes habrían sido unos seres con avanzadísimos conocimientos». Algunas teorías indican que está cerca de la península Ibérica.

Pero la teoría de mayor valor de Mundo Subterráneo es la de Atanasio Kircher. Científico jesuita y vulcanólogo, estudioso de las iras de la Tierra, que «partiendo de sus experiencias personales en un viaje que hizo en 1638, se propone buscar una explicación coherente al mundo subterráneo que él considera un vasto cuerpo cavernoso». Su obra —excepto una pequeña parte— nunca había sido traducida al castellano. Estas páginas contienen parte de su Mundus Subterraneus, y en ellas se encuentra su teoría del «Geocosmos», la más influyente durante los SXVIII y XIX en el campo de las ciencias naturales.

CC Jônatas Cunha
La Caverna do Diabo, en Brasil (CC Jônatas Cunha)

El libro acaba con otro viaje hacia abajo, pero menos convencional aún que los anteriores. Es un trayecto a las entrañas de la Tierra acompañado de Alicia la del país de las maravillas. La experiencia de irse de rave con la protagonista de la novela de Lewis Carroll y de perseguir el conejo blanco a lo Hunter S. Thompson es tan enigmática como atrayente.

Enfrentarse a esta obra no requiere de esfuerzo para la imaginación. Josep Lapidario, redactor de Jot Down, se encarga de abrir la mente en el primer ensayo. Pero hay más elementos de apoyo para ello: sus páginas están repletas de grabados que ayudan a introducirse en el subsuelo, a viajar hacia el mundo subterráneo a través de la vista. Son ilustraciones para entender la intratierra. Para comprender los abismos del planeta y sus misterios.

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Mundo subterráneo. Puertas secretas, ciudades sumergidas y utopías bajo tierra es una obra con diversos enfoques sobre los otros mundos que hay en el subsuelo de nuestro mundo; los fantásticos y mitológicos, y también sobre sus puntos de acceso. De hecho, el libro en sí puede considerarse también uno de esos puntos de entrada. Hay veces que la línea que separa la realidad de la ficción es muy estrecha. Y Mundo Subterráneo, aunque a veces hacia un lado y a veces hacia otro, está la mayor parte del tiempo en ese fino umbral que separa lo real de lo imaginario. Justo en ese límite en el que te preguntas por la cantidad de realidad que hay en la fantasía, la mitología o en teorías científicas obsoletas hoy día. Es una lectura para imaginar lo que hay ahí abajo ya que «el centro de la tierra es un lugar tan lejano como la última estrella y mucho más desconocido».

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BOGOTÁ, UN PASO DE MARC CAELLAS

El escritor barcelonés Marc Caellas nos acerca a la capital de Colombia, una ciudad donde llueve tanto que algunos de sus habitantes han decidido tomar medidas al respecto. Un nuevo artículo de nuestra sección Pasos.


Dicen los que saben que hace casi 300 años hubo una reunión de capos en Madrid para decidir cuál sería la capital del virreinato de Nueva Granada. Unos defendían la idoneidad de Cartagena, un puerto importante en una época en la que las comunicaciones con la metrópoli eran marítimas, y otros la de Bogotá, alejada de ese mismo mar por el que llegaban piratas, ingleses o saqueadores (¿deberíamos eliminar la coma y la «o»?). Ganó Bogotá y se sentó un precedente que con la futura independencia y creación del Estado de Colombia se mantendría hasta hoy: Bogotá es la capital de un país que vive de espaldas al mar.

Me dirán que es lógico que así sea cuando el mar queda a más de 700 kilómetros por tierra, se mire por el lado donde se mire, pero sorprende más que ni los poetas más insignes como León de Greiff puedan verlo. Así empieza su Balada del mar no visto:

No he visto el mar. Mis ojos

—vigías horadantes, fantásticas luciérnagas;

mis ojos avizores entre la noche; dueños

de la estrellada comba;

de los astrales mundos;

mis ojos errabundos

familiares del hórrido vértigo del abismo;

mis ojos acerados de vikingo, oteantes;

mis ojos vagabundos

no han visto el mar…

Otro poeta, W.H. Auden, quién seguramente nunca conoció Bogotá, comparó en uno de sus ensayos la tierra y el mar. Escribe Auden que la tierra es el lugar donde nacemos, donde el paso de las estaciones crea una serie de deberes y sentimientos. En cambio, el mar es el lugar donde no hay vínculos de hogar ni de sexo, donde sólo hay obligaciones relativas al barco y las razones del viaje.

Leo en la prensa colombiana que el árbol más antiguo de Bogotá es un nogal localizado en la calle 77 con la carrera 9ª. Pronto cumplirá 200 años. Puede considerarse el ser vivo más longevo de la ciudad. Cuentan que la ruta Bogotá-Tunja estaba repleta de estos árboles. Los indígenas los adoraban. Los españoles, considerando que esto era contrario a los preceptos católicos, la emprendieron con los indefensos árboles. Quedaron muy pocos en pie. Desde hace unos años, casi todos los árboles de la ciudad tienen un número. Están censados. Un departamento de la alcaldía los protege de la voracidad de las excavadoras.

Pienso en un texto del arquitecto y narrador venezolano Federico Vegas en el que reclamaba una legislación urbana que declarara a los árboles actores principales en el diseño de la ciudad. En Túnez una ley establece que ningún edificio será más alto que la palmera más alta, asegura Vegas. Habría que exigir que ningún edificio impida el desarrollo de un nogal y «que frente a todas las fachadas los árboles tengan un lugar para formar junto a otros compañeros la fresca y digna continuidad que ya no sabe ofrecer nuestra arquitectura».

En Bogotá, 2.600 metros más cerca de las estrellas, no hay playa. Al menos no como la pensamos intuitivamente, con arena y palmeras, pero sí en cambio hay una de asfalto, con humo y alambres. Es el barrio La Playa, en el centro de la ciudad, a donde llegaron los últimos diez años jóvenes de raza negra, huyendo del conflicto armado que asola su tierra natal, el Pacífico colombiano.

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La Playa es también la ópera primera del director de cine bogotano Juan Andrés Arango. El cineasta muestra al resto de la ciudad la positiva influencia de toda esta juventud que llega a Bogotá para quedarse, para inocular a la fría capital toda su música, energía y vitalismo. El protagonista de la película se gana la vida cortando el pelo, aunque más que cortar lo que hace es usar las cabezas afros como lienzos, siguiendo una tradición que se remonta a la época de la esclavitud, cuando las madres convertían los peinados de sus niñas en mapas que permitían a sus hombres escapar de las minas en las que los habían encerrado los explotadores. Ahora la esclavitud es otra y los peinados son una especie de blog personal que estos tipos cargan orgullosos, como signo de identidad.

(…)


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