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La «nueva» literatura africana

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A principios de marzo de 2015, la cadena de televisión norteamericana Fox emitió el episodio número quince de la vigésimosexta temporada de Los Simpsons, de nombre «The princess guide». En él, la hija del rey de Nigeria regala a Moe, el dueño del bar, cuatro libros de su «amada, aunque un poco depresiva, literatura nigeriana». Los libros eran Algo alrededor de tu cuello, de Chimamanda Ngozi Adichie; El camino hambriento, de Ben Okri (ganador del premio Booker); y la novela Todo se desmorona y el ensayo Home and exile de Chinua Achebe.

El hecho de que la literatura nigeriana haya aparecido de forma clara y frontal en la que seguramente es la serie más icónica y fundamental para entender la cultura popular de los Estados Unidos indica que sus autores y sus obras han entrado a formar parte del imaginario colectivo del país. Los Simpsons son un validador mediático y sus referencias tienen valor de certificado cultural popular.

¿Es una cuestión de moda? ¿Está occidente mirando fijamente a la «nueva» literatura africana con una atención desconocida hasta la fecha?

En las Voces de Altaïr Magazine hemos publicado hace muy poco la muy irónica guía del escritor keniano Binyavanga Wainaina sobre cómo se hace un buen libro sobre África: cuidado con su lectura, porque dispara con bala. De hecho le damos la razón en este propio texto a Wainaina, cuando preguntamos por la nueva literatura africana. ¿De qué África? ¿Del África árabe, de la zona del Magreb, de Egipto, de Argelia, de Marruecos? ¿Del África subsahariana, de África Central, de la muy occidental Sudáfrica? ¿De los países que fueron colonia portuguesa, como Mozambique, Angola o Cabo Verde? ¿De la literatura en español producida en Guinea? Y, ¿por qué «nueva»? ¿Nueva para quién? ¿Para occidente? Es como si las autoras y autores del continente africano hubiesen adquirido tridimensionalidad, entidad, alma al fijarnos nosotros, blancos occidentales, en ellos.

Pero sigue siendo un lugar común: África es un solo sitio. Tan cerca en el tiempo como en el año 2007, la Feria del Libro de Madrid tuvo a África como «país» invitado. Tampoco hubo demasiada gente que se preguntase por qué no podía serlo Senegal, Nigeria o Marruecos de forma independiente.

Es como si las autoras y autores del continente africano hubiesen adquirido tridimensionalidad, entidad, alma al fijarnos nosotros, blancos occidentales, en ellos.

AmericanahLo cierto es que el enorme éxito de Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie, publicado en 2013 y muy premiado por la crítica norteamericana e inglesa, ha hecho que editores, público y medios de comunicación giren la cabeza hacia las letras que se producen en el continente africano, y no solo desde Nigeria. En Americanah se narra el proceso de cómo su protagonista, Ifemelu, llega a convertirse en escritora en los Estados Unidos pero también de cómo llega a tomar conciencia de todo aquello en lo que nunca pensó mientras vivía y estudiaba en Lagos: su raza y su procedencia.

Para muchos, Americanah y en general Ngozi Adichie es la cabeza más visible de los «Afropolitas», ese término que acuñó la escritora ghanesa Taiye Selasi, autora de la novela Lejos de Ghana, para designar a los jóvenes africanos cosmopolitas que tratan de cambiar la percepción occidental sobre el continente y que viven en una constante interrelación y mezcla con Europa y América. Con ella hablamos al respecto hace unos meses también en Altaïr Magazine.

Sin embargo hay toda una corriente crítica hacia ese «afropolitismo», del que señala que principalmente se preocupa de escribir sobre África sólo desde el momento en que esta se relaciona con occidente, o mirando hacia Europa y los Estados Unidos. Autores como el senegalés Boubacar Boris Diop, con el que hablamos en Altaïr Magazine, en su libro África más allá del espejo; o el keniano Ngũgĩ Wa Thiong’o, con sus conferencias recogidas en el volumen Descolonizar la mente, hablan de una literatura y una cultura tendente al panafricanismo, de una resistencia cultural que empieza por la recuperación del idioma propio, el wólof para Boris Diop y el gikuyu para Wa Thiong’o.

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El periodista Aaron Bady resume bien la contradicción que supone el éxito de Chimamanda Ngozi Achidie para la apertura de la literatura del continente africano en los Estados Unidos y, por extensión, en occidente:

«Ya sea como causa o consecuencia, el propio éxito de Adichie ha sido una parte importante de esta reapertura del mercado de Estados Unidos a los escritores africanos. Pero mientras que algunos verían su notable popularidad como la creación de espacios para otros escritores, otros lo perciben como el cierre de la posibilidad de otros tipos de narrativas: ser un escritor “africano”, después de Adichie, puede significar escribir solo un tipo muy concreto de historia.kintu

(…) Por mi parte, intento entender por qué no puede Kintu, de Jennifer Nansubuga Makumbi, encontrar un editor en Occidente: el libro es una obra maestra, una joya total, la gran novela de Uganda que no sabías que estabas esperando. Pero si nos fijamos en el hueco con forma de Adichie de la literatura africana en el mercado editorial estadounidense, la pregunta se responde sola. Los editores están mucho menos interesados en la gran novela de Uganda que en el último rey de Escocia (o en la película Americanah actualmente rodándose). Sospecho que el primer libro de Jennifer Makumbi que se publicará fuera de África será un libro que trata sobre los inmigrantes africanos en Europa.» (Texto original en inglés).

Y así es: evidentemente ni Achidie, ni Teju Cole, ni Sefi Atta, ni Selasi, ni Dinaw Mengestu, ni Chigozie Obioma, ni la novela negra de Moussa Konaté son responsables de ese viento que sopla solo en una dirección, pero tal vez la oportunidad cultural (y también editorial, por qué no) pase por mirar el otro lado de los afropolitas y empezar a bucear en la literatura creada en África desde África y para África. El debate está abierto


Cómo escribir sobre África, por Binyavanga Wainaina

Dakar en Altaïr Magazine

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Las postales de Martín Caparrós

«Postales» es la nueva serie de artículos de Martín Caparrós en Altaïr Magazine. Un viaje, una imagen, un concepto para escribir con libertad y hacer periodismo que reflexiona contra el público, con honestidad y hondura. Y comienza con un texto, «El Asco», acompañado por una foto tomada en Sri Lanka. Una foto que es un puñetazo seco directamente en el estómago.


Dice Martín Caparrós que es un fotógrafo frustado, en la conversación que tuvo con nosotros hace poco en la librería Altaïr. Lo cuenta con humor, dice eso de que para cuando él tiene que empezar a escribir una crónica, el fotógrafo ya ha terminado su trabajo. Que él siempre habría querido dedicarse, al menos en parte, a la fotografía.

Quizás Caparrós no lo sepa, pero ya se dedica en parte a la fotografía. No es la primera vez que las imágenes que ve y retrata con su cámara son el eje de sus artículos para Altaïr Magazine, no es la primera vez que las palabras que escribe están indisolublemente ligadas a sus fotos. La frustración es difícil de medir, pero Martín Caparrós es, también, fotógrafo. Aunque sea en menor medida.

En esta nueva serie, «Postales», Caparrós hace un ejercicio de «behind the curtains», una suerte de texto que hace referencia a otro texto, un retrato de los bastidores, la tramoya, los cables y los hilos que están detrás de algún artículo anterior. Estuve allí, conté una historia… pero hice esta foto que habla de la historia que se esconde detrás de aquella que conté. Y en esta primera postal, «El asco», no duda en colocarse en el ojo del huracán, en hacer un ejercicio complejo y doloroso de confesión, de duda. De visceralidad de cronista, en suma.

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Tal vez lo que suceda es que Martín Caparrós ha decidido enviarse esas postales a sí mismo para intentar contar cosas que son casi imposibles de decir en voz alta.

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Las Voces y los Pasos de 2015

Se nos acaba el año 2015 y es buen momento para echar un vistazo a todas las Voces y los Pasos que hemos publicado en estos doce meses para saber cuáles han sido los textos de Altaïr Magazine que más han leído nuestros lectores. ¡Allá vamos!


 

VOCES

 Di por casualidad con Monzo en una isla cerca de Bodo, una pequeña aldea en el este de Nigeria, porque vi las redes desde nuestra barca. Junto a él, dos chicos jóvenes reparaban unas largas redes blancas que colgaban de los árboles y que parecían telarañas gigantes. Detrás de ellos, otro hombre —Baribo Saathi, sabríamos después, también cincuentón como Monzo—, remendaba otra red mientras escuchaba un pequeño transistor. Paramos el motor de la embarcación y giramos hacia la orilla. El aire olía a gasolina. La punta de la barca se clavó en la arena como una cuchara en una mousse de chocolate. La tierra er a una pasta de color negro que se pegaba a la piel y picaba. Cuando Monzo vio mis esfuerzos para sacarme ese veneno de entre los dedos de los pies desnudos, me regaló un consejo.
—Te acostumbras, después de los años la piel se endurece y te deja de molestar.
«Maldita buena suerte», Xavier Aldekoa

Caparrós---Los-viajes-del-hambre---Biraul-(baja)Me decían que acá el hambre era distinto. Es distinto porque a veces no mata. En la India, el hambre no suele ser agudo: millones de personas llevan muchas generaciones acostumbrándose a no comer lo suficiente, desarrollando, a lo largo de generaciones, la habilidad de sobrevivir comiendo casi nada, demostrando las virtudes adaptativas de la especie. Los humanos sobrevivieron, conquistaron la tierra porque saben adaptarse a tantas cosas: aquí se adaptaron a casi no comer y, por eso, millones son bajos, flacos, módicos, cuerpos que saben subsistir con poco.

«Los viajes del hambre: Biraul», Martín Caparrós


Entroido1Si el Entroido —carnaval— de Galicia (España) tiene un epicentro, éste está sin duda en la plaza de La Picota del pueblo de Laza, en las faldas del macizo central orensano. Esta población de apenas 700 habitantes forma, junto con Verín y Xinzo da Limia, el llamado «triángulo mágico del carnaval gallego».

Galicia es tierra de símbolos y esta es la fiesta pagana que inaugura el año y despierta a la naturaleza. O Entroido da la bienvenida a la primavera desde el medievo, burlándose de forma grotesca de todas las normas establecidas: las del decoro, la justicia o la política. Todas ellas son blanco fácil en muchos pueblos gallegos durante los días de Entroido.

«El carnaval más salvaje», Víctor Barro


PASOS

Marruecos1Agadir no cuenta con una parte antigua, el terremoto la destruyó. Sin embargo, su zoco es todo lo oriental que un viajero documentado puede desear. A pesar de ello, hay algo diferente. Otros volúmenes. Montones afilados de frutos pequeños. Pirámides rojas que sobresalen por el skyline de los puestos de frutas y verduras. La retina es atraída irremediablemente hacia ellos. El sol de la tarde atraviesa los huecos del techo y cae desafiándolos y apuntando hacia las cumbres incendiadas. Fresas descomunales y exageradas. Me invitan a probarlas, pero me producen cierto temor. Prefiero un zumo de los frutos naranjas. Mientras los exprimen con fruición, me doy cuenta de su tamaño: enorme. Entre los puestos, caminan algunos vendedores que ofrecen cajetillas de frutos rojos, grosellas, moras: de nuevo generosísimos. No los había visto antes en otro mercado. Como si sospechara de algo, lo recorro de nuevo rápidamente. Todo es muy grande, como si se hubiera hinchado, es más, como si se hubiera «anabolizado».

«Esto no es Marruecos», Patricia Almarcegui


CAbecera-Así-nace-viajeroQuienes viajan se definen por su profesión, por la intención con la que parten, la época, sus cualidades o el resultado de su transitar. Viajeros fueron los primeros hombres que salieron de África y cruzaron el estrecho de Bering, Darwin a bordo del Beagle y los que caminaron en la luna. Hay viajeros psicotrópicos, imaginarios, espirituales, oníricos e interiores. Viajero es el peregrino, el marinero, el pirata e incluso el muerto que va «al más allá». O puede ser un héroe como Don Quijote o Ulises: protagonistas de travesías épicas, gestas de caballería, aventuras en alta mar o en los confines del mundo. Viajero es el peregrino que visita lugares sagrados, el misionero y el creyente que viaja para expiar sus pecados. Y hay peregrinos laicos: aquellos que recorren los pasos de un artista o figura histórica y sus escenarios —a Kafka lo buscamos en Praga, a Joyce en Dublín y a García Márquez en Aracataca. Pessoa es un espíritu que todavía se sienta en el café A Brasileira en Lisboa—.

«Nace un viajero», Juliana González Rivera


Paso-Carrión-Burton-Holmes-bajaUno de los primeros en explorar esa hibridación entre la figura del viajero y la del cuentacuentos fue Edward L. Wilson, autor de Wilson’s Lantern Journeys y editor de Philadelphia Photographer, quien empezó uno de sus shows con las siguientes palabras: «Podremos viajar por arte de magia desde Havre hasta París». Durante sus desplazamientos, el viajero persigue escenografías desconocidas, nuevos trucos, sorpresas inesperadas; en escena, todo lo ensayado en la inquietud se convierte en un espectáculo de magia. A finales del siglo XIX, el gran mago de las conferencias de viaje era John L. Stoddard, quien —gracias al mérito de haber creado un público masivo— recorría incansablemente América del Norte con sus monólogos ilustrados por instantáneas de los cinco continentes. La necesidad de archivo que su éxito reclamaba se expresó en la publicación de sus conferencias en formato libro; pero no hay duda de que el valor no estaba en la letra escrita, sino en la hablada. En la actuación. Así lo entendió un niño de nueve años, que quería ser mago y entretenía a su familia con trucos de cartas, cuando su abuela lo llevó a ver una conferencia de Stoddard. El niño se llamaba Burton Holmes e iba a ser el mayor travel lecturer de la historia.

«Burton Holmes», Jorge Carrión


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Guinea Ecuatorial: memorias de un país en el olvido

De la mano de uno de los autores más importantes del país, Juan Tomás Ávila Laurel, en las Voces de Altaïr Magazine ofrecemos en dos entregas un repaso a la historia reciente de Guinea Ecuatorial, a los tropiezos, pasos y luchas que la han llevado a su situación actual, y al panorama que los guineanos tienen a sus espaldas y en su futuro próximo.


La historia de las antiguas colonias españolas a lo largo y ancho del mundo es una historia llena de conquistas a bordo de navíos bajo la bandera del rey o la reina, de sangre y batallas, de descubrimiento y vergüenza, de la cartografía plana que se convierte en esférica. En el año 2015, el español es la segunda lengua más hablada del mundo, repartido principalmente entre la propia España y los países latinoamericanos que alguna vez formaron parte del viejo imperio.

Y luego está Guinea Ecuatorial. La olvidada. Un lugar que todavía provoca sorpresa en muchos cuando se enteran de que en un país del África negra se habla el español.

En estas fiestas, las salas de cine podrán convertirse para muchos espectadores en un puente a esa tierra. El estreno esta semana de la película Palmeras en la nieve, basada en el bestseller de Luz Gabás, uno de los platos fuertes de la cartelera nacional en este final de año, va a suponer la posibilidad de que muchos conozcan por primera vez la existencia de Guinea Ecuatorial y su relación de sometimiento y servidumbre al territorio español hasta que las autoridades abandonaron a aquellos españoles, negros y blancos, a su suerte en manos de un dictador tan cruento como fue Francisco Macías Nguema.

Y el pasado 18 de octubre se estrenó otra película que retoma hilos poco conocidos de la relación entre España y Guinea: Un día ví 10.000 elefantes, un documental de animación que tiene mucho que ver con Altaïr. Su guión, obra de Pere Ortín, nos habla de la expedición cinematográfica a Guinea de la productora Hermic Films, en los años cuarenta, por orden del gobierno de Franco. Un viaje que produjo todo un archivo foto y cinematográfico del que se ocupa en profundidad el libro Mbini. Cazadores de imágenes (Altaïr, 2006). Editado por Pere Ortín y Vic Pereiró. En él que se recogen las imágenes realizadas por la expedición con una intención propagandística para vender la «labor evangelizadora y civilizadora» de los españoles en Guinea, además de contextualizar el trabajo y conocer la figura de Manuel Hernández Sanjuán, director de la expedición.

Con Ruinosa opulencia, su crónica en dos entregas, Ávila Laurel (uno de sus relatos sirve de inspiración para Un día vi 10.000 elefantes) traza la evolución política de un país desde una independencia apuntalada con alfileres hasta una dictadura cleptómana cuya represión él mismo, voz crítica con el régimen, ha sufrido en primera persona. Un recorrido esencial, poco halagüeño pero necesario para que ninguna niebla, ni la del romanticismo ni la de la ignorancia, empañe nuestra imagen del pequeño país ecuatorial.


Lee «Ruinosa Opulencia (I). Historia reciente de Guinea Ecuatorial», de Juan Tomás Ávila Laurel en nuestras Voces en Altaïr Magazine.

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Kaplan y los mapas que mienten

—¿Qué es la geografía?

—Un punto de partida, un telón de fondo en el que se desarrolla el drama humano de las ideas, la voluntad y el azar.

Que la geografía no es ciencia exacta es algo que sabe muy bien Robert D. Kaplan. Que los mapas mienten todo el tiempo también, a pesar de que los miremos como si hubiesen sido creados por alguna mano divina e infalible. La larga conversación que tuvieron nuestro director, Pere Ortín, y Robert D. Kaplan para nuestras Voces en Altaïr Magazine giró sobre muchos de los lugares y aspectos decisivos en la situación geopolítica actual, pero con una idea que sobrevuela constantemente: la globalización no ha acabado con los mapas. En absoluto.

El propio Kaplan invitaba a una relectura de los mapas, a dejar de tomar por verdad inmutable el dibujo geográfico que llevamos adorando desde hace más de un siglo y a volver a revisar las fronteras para poner el ojo en los puntos que marcarán la geografía de los próximos años. Alemania, Rusia, Kazajistán, China, Taiwán, India, México, Afganistán, Irán, Turquía, Grecia… Son las nuevas chinchetas grandes y de colores que nos indican dónde mirar más allá de las viejas grandes potencias europeas, Japón o los Estados Unidos.

La globalización no ha acabado con los mapas. En absoluto.

Convencidos de la importancia capital de las cartografías para entender no solo la geografía del planeta, sino también su política, sus relaciones humanas, su economía, su sociedad o su psicología, desde Altaïr Magazine propusimos hace unos meses un 360º conceptual, dedicado íntegramente a las cartografías, a los mapas, a la manera que el ser humano ha tenido de ordenar y comprender el funcionamiento del globo terráqueo. Los nuevos mapas del siglo xxi sometidos al análisis y el excrutinio de los autores más prestigiososo y más lúcidos y agudos.

Desde la deificación de Google Earth, en su imperfección, como poseedor de la verdad geográfica del planeta a la necesidad imperiosa de cartografiar los cielos para extender la comprensión del propio universo; de los mapas imaginados en la ficción y en los libros a las regiones cuasi infinitas creadas para videojuegos y realidades virtuales; de los renovados trayectos turísticos en el milenio que empieza a los mapas creados por el comercio marítimo, con rutas dibujadas sobre el agua; desde, en fin, la geografía de los afectos y las relaciones con la patria a la humanización de los propios mapas.

Como dice el propio Robert D. Kaplan: «Especialmente si eres periodista, cuanta más geografía sepas y más la respetes, mejor reportero serás.»


La venganza de la geografía, una conversación entre Robert D. Kaplan y Pere Ortín. Voces en Altaïr Magazine.

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Martín Caparrós y su incorfomismo

Caparros

Por María Angulo Egea

Martín Caparrós es un cronista y escritor argentino destacado: como su bigote, como su acentazo porteño. Es un escritor y periodista ambicioso y prolijo. Solo en este 2015 ha publicado El Hambre (Anagrama, 652 páginas), las serie de «Los viajes del Hambre» y «Argentinas que desaparecen» en Altäir Magazine, numerosos artículos y crónicas en El País, colaboraciones futboleras en Olé, y acaba de editar, para cerrar el año a lo grande, un nuevo volumen, Lacronica (Círculo de Tiza, 620 páginas); porque con Caparrós parece que el tamaño importa y lo del «largo aliento» deja de ser una metáfora. Por si fuera poco, parece que ya tiene en la nevera otro libro de ficción. Martín es un cronista abarcador que desde siempre se ha embarcado en grandes empresas.

Ahora, que se cumplen 40 años desde que publicara su primer artículo, rescatemos brevemente tres ejemplos de su trayectoria:

1) La Voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978, junto con el periodista Eduardo Anguita. Se publicó a finales de los noventa y fue reeditada en tres voluminosos tomos en 2007-2008; y ahora en el 2013 de nuevo por Planeta. Es una obra definitiva, atenta a la exactitud de la cronología y contextualización de aquel período en Argentina, con toda la información sobre los movimientos sociales de aquella época. Es un libro de referencia hasta para la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

2) La Historia (Norma, 1999). Un libro que intenta la creación de un mundo y que según ha declarado Caparrós en algunas entrevistas prácticamente no ha leído nadie. En La Historia y en sus notas se recoge la vida de una civilización imaginaria. Se despliegan sus costumbres sexuales, su gastronomía, sus ritos mortuorios, su historia, su idioma, su literatura, sus amores, enfermedades, comercio, sus formas de guerra, su música, su industria, sus relaciones familiares, su políticas, sus viajes, sus crisis… y su final. En 880 páginas, Caparrós se inventa una civilización.

3) El Interior (2005. Editado el año pasado por Malpaso en España). Otro ambicioso libro de crónicas que recoge sus viajes por el norte y oeste de Argentina, que es como se entiende a esa parte geográfica que no es Buenos Aires. Una inmensidad de territorio. Algo tan difícil de contar como tu propio país, tratando de buscar en el interior de los otros y de uno mismo; buscando la idea de patria que ya obsesionaba a Caparrós en Larga Distancia. Con una apuesta formal brutal también para el periodismo, con la incorporación incluso de poemas. Casi 700 páginas de argentinidad.

Y entre estos libros un montón de obras singulares y fundamentales. De manera muy relevante para lo que al periodismo y la crónica se refiere: Larga distancia, Una Luna y Contra el Cambio. Por no hablar de todo lo escrito y publicado en diversidad de medios de aquí y de allá.

Y ahora, en 2014-2015, El Hambre, un libro sobre el hambre en el mundo. Tampoco parece una tarea chiquita. Un trabajo de 5 años con una documentación abrumadora. Un libro que nació de un momento epifánico, como denomina la cronista colombiana Patricia Nieto a estos reconocimientos de los periodistas. Su encuentro con una mujer en Niger, Aisha, a quien le pidió que formulase un deseo, que imaginase algo que un mago le pudiera conceder para que todo cambiase, para que mejorase. Y Aisha no fue más allá de concebir como máximo sueño que le tocasen dos vacas, con dos vacas todas sus necesidades quedaban cubiertas. El hambre, un problema antiguo de difícil solución.

Vengo denominando al estilo caparrosiano como realismo intransigente. Y este realismo intransigente se sustenta en tres ejes que se encuentran tanto en su trabajo de campo, como en su proceso narrativo. Pueden sistematizarse en: 1) compromiso político, 2) conciencia histórica y 3) voluntad literaria. Tres pilares que se combinan en su producción, pero que siempre están presentes articulando su voz y el ethos de este cronista poco complaciente con los discursos oficiales. Inconformista con dar por válida la realidad que encuentra en sus viajes; y con permanecer pasivo ante las desigualdades sociales.

Inconformista también narrativamente; porque siempre está explorando nuevas formas discursivas: aquellas que mejor sirvan a su propósito, en los últimos tiempos, incluso de denuncia.

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Llega Medellín a Altaïr Magazine

Por fin llega nuestro esperado nuevo 360º monográfico dedicado a Medellín, esa ciudad que nadie quería visitar a finales del siglo y que es hoy uno de los lugares viajeros más atractivos de América. Una metrópolis que ha demostrado la importancia de la resiliencia y el impacto de los pequeños grandes cambios. Y llega con dos novedades: por un lado, publicamos en abierto y en forma de Voz el editorial que nuestro editor jefe, Pep Bernadas, ha escrito para presentar este nuevo 360º. Por otro, lanzamos una oferta de suscripción: 20% de descuento si te suscribes ahora al Magazine.


«Medellín. Metrópolis. Campo y ciudad. Movimiento pendular entre lo local y lo global. En Medellín, la capital colombiana del departamento de Antioquia, en el centro de gravedad del universo paisa se hace realidad ese «localismo globalizado» que hace años describió el filósofo argentino Jesús Martín Barbero»

Así empieza Pep Bernadas la descripción de la ciudad protagonista de nuestro flamante monográfico 360º en el editorial que encabeza este nuevo especial. Durante muchos años, todo el final del siglo xx, Medellín ha sido para el mundo sinónimo de violencia, de guerrilla, de narcotráfico, de la etiqueta pegajosa y casi imposible de despegar de «ciudad más peligrosa de América Latina». Hoy, la capital de Antioquia se ha convertido en uno de los destinos más atractivos del continente. Los últimos quince años la ciudad colombiana ha experimentado una transformación interna y externa, social y política, de ideología y de ética, de relaciones con el mundo y entre sus propios habitantes.

Dice Pep: «Como siempre hacemos en Altaïr Magazine, hemos abordado todo el proceso de trabajo en Medellín con la colaboración directa de narradores locales que nos han aportado sus ideas, perspectivas y conceptos; que nos han llevado a esos espacios físicos, mentales e intelectuales a los que jamás se puede llegar sin ayuda local muy comprometida.»

Tal y como marca nuestra filosofía, irrenunciable, no hemos intentado ir desde aquí a explicar cómo es allí; hemos ido allí a que sus habitantes, sus escritores, sus intelectuales, sus profesionales nos expliquen en qué consiste Medellín en 2015 y de dónde viene la ciudad que es hoy. Hemos contado con la ayuda de la gran cronista y profesora Patricia Nieto, nuestra cicerone en Medellín y un buen pedazo del alma de este monográfico, y protagonista del vídeo que encabeza esta entrada y que también puede encontrarse en el editorial del monográfico.

Dice Patricia Nieto en el vídeo que su llegada a Medellín de adolescente supuso «una epifanía dolorosa: descubrir una ciudad con tanta desigualdad social, pobreza extrema, violencia urbana que tomaba las calles de casi todos los barrios. Crecí en una Medellín de miedo, de toque de queda, de no se puede, de represión de la fuerza pública…» Ella contó durante años, como periodista, qué ocurría en la ciudad de su vida, la necesidad de narrar lo que estaba pasando.

Esa realidad abrumadora toca una cima en el año 1997, momento en el que Patricia Nieto siente la necesidad de pararse a pensar por un momento. Cuenta en el vídeo: «En el año 97 un grupo guerrillero voló con dinamita un tubo que transportaba petróleo y, al mismo tiempo, rompió el tubo del gas de un pueblo. Murieron 89 personas en casi nada por la explosión. Regresé a Medellín y no pude escribir hasta hoy. Ahí es dónde pienso “¿Qué es lo que estamos contando?”» Dieciocho años después de aquello, la profesora Nieto descubre en Medellín no solo su asombrosa capacidad de reinventarse y rehacerse, sino también su función como «laboratorio de lo que pasa en Colombia».

«Medellín es una ciudad que logró demostrarse a sí misma que puede cambiar.»

Patricia Nieto, junto a nombres del prestigio del escritor Hector Abad Faciolince o la periodista Ana Cristina Restrepo, son solo una parte «la veintena de autores y autoras (cronistas, escritores, fotógrafos, videocreadores, reporteros, investigadores, académicos, etc.) de Medellín que, desde sus muy diversas perspectivas, llenan este monográfico de historias que nos hablan de la particular configuración geográfica de una ciudad que ama las flores, que tiene una curiosa gastronomía y particulares tradiciones musicales que se desarrollan en una nueva geografía urbana en construcción donde persisten las dificultades cotidianas del tráfico y también los problemas en los barrios menos favorecidos. O sea, un Medellín poliédrico.»


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Argentinas que desaparecen

Fotografía de Dani Yako en la primera entrega de la serie.
Las minas de carbón en Rio Turbio, en Santa Cruz

(En la primera década del siglo XXI, la economía argentina cambió drásticamente y para siempre. Antiguos oficios y profesiones desaparecían y así los lugares donde se realizaban esos trabajos dejaban de tener sentido por sí mismos. Cada lunes, Martín Caparrós y el fotógrafo Dani Yako buscarán, entre otras cosas, la respuesta a la pregunta de qué queda de un lugar cuando la razón que todos tenían para ir allí ya no existe. «Argentinas que desaparecen», una nueva serie de Voces en Altaïr Magazine. Aquí debajo la introducción de Martín Caparrós al proyecto.)

Primero trabajaron; después, si acaso, los hombres empezaron a narrarlo. Y sus relatos fueron cambiando con los días.

Hubo tiempos en que el trabajo fue la condena que el hombre recibió por su soberbia: por su ambición desmesurada. El fulano se pasó de listo; para disciplinarlo –para ponerlo en su lugar– un tal Dios lo condenó a ganarse el pan con el sudor de su frente. Sólo así podía justificarse semejante castigo. Y así nos fue, durante siglos: trabajar era algo que quien podía despreciaba. Después, hace quinientos años, otros religiosos del mismo Dios imaginaron que, en realidad, la labor era una oportunidad que nos daba su Señor para vindicar nuestro paso por esta vida de pesares: de ahí en más, para muchos, el trabajo se volvió el espacio donde escribir sus propias vidas. Había sido condena; se volvió, por un tiempo, salvación.

En esos días empezaron a aparecer las máquinas, las fábricas, el hombre maquinita, los obreros: las nuevas formas de producir moldeaban el crecimiento de ciudades, el establecimiento de un sistema mundial, la formación de una clase que se definía por su relación con el trabajo y que, por ella, imaginó que merecía el poder. Mientras no lo conseguía intentó limitar su dependencia de esa carga que la determinaba: los obreros, entonces, luchaban para trabajar menos y, un par de veces, esas luchas desbordaron lo suficiente como para producir nuevos estados, ensayos desastrosos.

Parecen tiempos muy lejanos. Ahora aquel trabajo de los hombres maquinitas está por acabarse: las máquinas ya no necesitan fulanos a su vera. Y aparecen nuevas formas que, en algunos lugares, no aparecen. En la Argentina actual, sin ir más lejos, el trabajo se ha convertido en un bien raro: los trabajos perdidos, superados por el avance técnico o por el nuevo reparto global de los roles económicos, no son reemplazados por otros y hacen, sobre todo, falta.

El trabajo es un desaparecido del proceso democrático. Y se ha convertido en una aspiración: millones de argentinos desesperan por conseguir el privilegio de entregar, todos los días, ocho, diez o trece horas de sus vidas a cambio de una cantidad de plata apenas suficiente para pagarse lo más básico. El trabajo, ahora, se ha convertido en el objeto del deseo. No es poco: Dios, en su omnipotencia, sólo se había atrevido a justificarlo con aquella historia turbia de crimen y castigo.

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Un año de Voces

Fotografía de la Voz «Mimando la tierra», de Gary Manrique
Fotografía de la Voz «Mimando la tierra», de Gary Manrique

«Una sección abierta para un mundo polifónico»

Con esa frase recibimos en Altaïr Magazine a los lectores que llegan a la sección gratuita y en abierto, la que funciona como cara más visible e inmediata de nuestra publicación. Los lectores fieles, los veteranos, los que lo primero que hacen por la mañana al levantarse es prepararse un café pero lo segundo es entrar en www.altairmagazine.com… todos ellos se cruzan en las Voces con los lectores y lectoras primerizos, los que entran por casualidad, los que buscaban algo diferente en Google y acabaron dando con nosotros, los que entran por un tuit o por un enlace de Facebook, los que pinchan el enlace ese que ha puesto una en el grupo de WhatsApp de la oficina.

Una sección abierta, para todos los lectores, y en un mundo polifónico, porque sólo hay que echar un vistazo a las Voces para darse cuenta de que hemos convertido la sección en un «Gran Magazine sobre el Mundo», donde recorremos cada punto del globo buscando, principalmente, conocer y comprender, no poner nuestros ojos allí sino pedir prestadas las miradas de los habitantes de cada uno de esos lugares, llevando a los lectores una visión anti-paternal, no occidental, ex-céntrica en el sentido más etimológico de la palabra.

Hemos preguntado en la redacción por las Voces preferidas de nuestro equipo editorial y la discusión ha subido de tono, han volado cuchillos, se han declarado guerras. Porque, de manera inevitable, cada uno tiene sus Voces favoritas, a las que tiene un cariño especial, o le parece la mejor en este o aquel aspecto, por algo puramente personal o defendiéndolo como elección objetiva.

El director, Pere Ortín, apunta enseguida a la primera entrega de la serie de Voces «Los viajes del hambre» que hizo para nosotros Martín Caparrós, con sus fotografías personales tomadas en el proceso de documentación de su libro El hambre. El primer texto es sobre Níger y marca el estilo de su autor: «Corto, concreto, conciso. Las palabras, como la madera, cuanto más secas, mejor arden…», dice Pere. También recuerda la entrevista que hizo Paty Godoy a nuestro editor, Pep Bernadas, por la profundidad en el retrato del personaje a partir de un diálogo que era mucho más una conversación que una entrevista. «¡Qué difícil hacer una entrevista así!», dice Pere, y luego se reafirma en que ese, y no otro, es el mejor modo de hacerlo. «La máquina de hacer preguntas» se llama ese diálogo con Bernadas, uno de nuestros textos más leídos.

También apunta Pere aquel «Narrar el conflicto», la crónica dibujada que hizo Pedro Strukelj del encuentro que tuvieron en la librería Altaïr las periodistas Marcela Turati y Patricia Nieto. Una forma diferente de contar las cosas, una aproximación gráfica innovadora y muy atractiva, algo que funciona también como «marca de la casa» en Altaïr Magazine y en sus Voces. De las crónicas dibujadas que ha hecho para nosotros Strukelj, a Alberto Haj-Saleh, de las redes sociales de Altaïr le gustó aún más aquel encuentro en el Forum Altaïr con el escritor sardo Marcello Fois, tremendamente expresivo.

Aquel encuentro lo condujo Mario Trigo, redactor jefe, que cuando le preguntamos señala inmediatamente una de las Voces que ha escrito Xavier Aldekoa para Altaïr Magazine durante este verano, concretamente la llamada «Tigres», que transcurre en Johannesburgo. «Es una Voz cercana y medida», dice Mario, dentro de esa asombrosa habilidad que tiene Aldekoa para narrar lo general desde las historias más pequeñas y particulares. En cambio a Bárbara M. Díez, responsable de nuestra edición visual, le gusta más otra de las «Historias africanas» de Aldekoa, «Maldita buena suerte», que tiene lugar en Nigeria, que, según dice ella misma, es una de esas Voces que «deja el corazón encogido».

Bárbara también recuerda la fascinación que le produjo la Voz que Intan Cheria nos escribió sobre el batik indonesio, una de esas artes que ha pasado a realizarse de forma completamente informatizada en Occidente «pero que en Asia todavía se elaboran de manera artesanal dejando al ordenador como actor secundario, como mera herramienta para que la tradición perdure, pero no para malearla». En cambio Belén Herrera, responsable de administración editorial, elige rápidamente las diez horas que pasaron Jordi de Miguel Capell y Fran Afonso con el Padre Rogelio en la República Dominicana. Y además lo hace con todo el entusiasmo: «Quiero pasar YA 10 horas con el Padre Rogelio para que me cuente en primera persona todas sus aventuras y despropósitos de cura punki».

Aunque hay una de las Voces en la que concidimos todos: «La soledad del Sobrepuerto», la primera gran producción propia de Altaïr Magazine, un texto que quizás nos defina más que ningún otro, que funciona como declaración de intenciones y principios de cómo queremos y sentimos que tenemos que contar las historias. Y aquí citaremos al jefe de nuevo, que dice:

«Un compendio de lo que -como conceptos y desarrollo- me gustaría leer siempre en una publicación digital: crónica periodística sobre el terreno apoyada en una propuesta audiovisual y estética con interés. 

O sea: una producción de Altaïr Magazine»
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MALDITA BUENA SUERTE, por Xavier Aldekoa

Nam Monzo nunca había querido ser rico. Al menos, no especialmente rico. Sí le habría gustado tener lo suficiente para no invertir salud en sus anhelos, pero a sus 54 años, tres hijas y dos hijos, los deseos materiales le cabían en unas manos llenas de callos y una red de pesca mal zurcida.

Monzo había empezado a pescar con su padre y de mayor continuó haciendo lo mismo. Durante un tiempo, alimentó a su mujer y sus hijos de los peces y crustáceos del Delta del Níger (Nigeria) y la vida casi amagó con ser sencilla.

Su vida era una canoa de madera, madrugones diarios y, al atardecer, llevar a los niños a nadar a una poza que se formaba en un recoveco del río. En la otra orilla, a menudo veían monos, ciervos e incluso algún cocodrilo. Todo eso acabó por un golpe de suerte.

A mediados del siglo XX, ingenieros británicos, holandeses y alemanes se adentraron en las zonas pantanosas del delta. Al principio, los lugareños pensaron que los hombres blancos buscaban aceite de palma, la mayor riqueza del lugar. Pronto descubrieron que no.
En 1956, los europeos anunciaron exultantes que debajo de las fértiles tierras del delta del Níger se escondían las reservas más importantes de petróleo de África. Aún faltaban cuatro años para que Nam Monzo llegara al mundo y acababan de condenarle. Maldita buena suerte…

Una nueva historia de Xavier Aldekoa y Muzungu Producciones en AltaïrMagazine.com

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