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Cautivos de su fe. Un Paso de Ralph Zapata Ruiz

Fotogradía de Sebastian Castañeda
Fotogradía de Sebastian Castañeda

EL PERIODISTA RALPH ZAPATA RUIZ Y EL FOTÓGRAFO SEBASTIÁN CASTAÑEDA ,SE RECORRIERON LOS MÁS DE DOSCIENTOS KILÓMETROS DE PEREGRINACIÓN HASTA LLEGAR AL SANTUARIO DEL SEÑOR CAUTIVO DE AYABACA (PERÚ). SU VIAJE (¿PERIODÍSTICO O ESPIRITUAL?) QUEDA RECOGIDO EN ESTE NUEVO PASO DE ALTAÏR MAGAZINE, DEL QUE OFRECEMOS AHORA UN ADELANTO EN ABIERTO PARA TODOS NUESTROS LECTORES.


¿QUÉ MOTIVA A UNA PERSONA A CAMINAR 230 KILÓMETROS EN CINCO DÍAS? ¿A arrastrarse, cual culebra, por calles empedradas en una ciudad ubicada a 2.700 metros sobre el nivel del mar? ¿Por qué soporta hambre, dolor físico, un sol asesino, lluvia y frío? ¿Acaso la desesperación? ¿La pérdida de la fe en el mundo terrenal? ¿O el fanatismo hacia una imagen guardada en un templo? Esas preguntas brotan en mi cabeza mientras —acompañado por el aguerrido fotógrafo Sebastián Castañeda— nos unimos a la hermandad religiosa del Caserío Miraflores.

Es mediodía en Piura, y el sol está asesino. Imposible no echarse bloqueador, y protegerse el cuerpo entero para evitar futuras insolaciones y otras dolencias en la piel. Unos cincuenta peregrinos reposan bajo un algarrobo, en las inmediaciones del penal Río Seco. Hay niños, jóvenes, adultos y adultos mayores. Todos visten un hábito morado, que es el color representativo del Señor Cautivo de Ayabaca. Un santo peruano que congrega todos los 13 de octubre a miles de peregrinos que llegan hasta su iglesia en busca de un milagro. O para agradecerle alguno concedido.

Creer o no creer. Esa es la cuestión. No se trata de una dualidad. Es la vida misma, pues esta —al fin y al cabo— se reduce a un acto de fe. Una creencia invisible a los ojos, pero real en el fondo de los corazones de los peregrinos que esta mañana del 5 de octubre inician una larga caminata hacia el Cautivo. El Cristo moreno que vive en Ayabaca, una ciudad ubicada en el departamento de Piura, a 1.213 kilómetros de la capital peruana.

O a 230 kilómetros desde Piura. O a cinco días, como lo prefieran, me dice María Temoche de Chorres, de 75 años, piel tostada por el sol, pantalón y chaleco morados, zapatillas negras y una camisa azul que usa para proteger su rostro del sol. Este es su vigésimo año de peregrinación. ¿Qué la motivó? Cierto día —cuenta mientras avanza por la pista que conduce hacia el Medio Piura— unos ladrones la asaltaron cuando pastaba 35 ovejas y 11 cabras. La golpearon, y le apuntaron con una pistola.

Fotografía de Sebastian Castañeda
Fotografía de Sebastian Castañeda

Pero ella se encomendó al Señor Cautivo, y —como por arte de magia— apareció una camioneta de la policía. Los rateros huyeron solo con una cabrita.

—Estoy viva por Él —relata mientras el resto de peregrinos alegra el viaje con cánticos—. Desde entonces le prometí que caminaría hasta el día que ya no pueda más.

—¿Y ustedes? —pregunta.

—Nosotros somos periodistas, venimos a hacer un reportaje —le respondo.

Aunque hubiera querido decirle que —a diferencia de ella— vengo en busca de respuestas a mis inquietudes más profundas. Pero mi silencio lo dice todo.

Y María Temoche es una mujer de fe que no se anda con complicaciones filosóficas. Ni ella ni sus hijos Fanny y José, ni sus nietos Richard, Jean Paul, Renzo y Leynicar. Ellos creen en los milagros del Señor Cautivo. Tienen esperanza en que, si se lo piden de corazón, el Cristo Moreno les concederá sus deseos. Que no son riqueza, glamour, posición social, lujos o una vida de excesos. Es algo más simple, pero a la vez más esencial: salud y trabajo. Lograr sobrevivir en un mundo ancho y ajeno, como decía el escritor peruano Ciro Alegría en uno de sus libros.

(…)


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