Cruzando fronteras en Traficantes

Por Gloria Serrano

¿Desde dónde mirar? ¿Desde dónde mirar cuando el ojo observa a través de la ventanilla de un avión rumbo a Jordania o desde un vagón del subte en Buenos Aires o desde la multitud en la Gran Vía? ¿Desde dónde mirar aquello que se mira? ¿Desde la identidad, desde una problemática, desde cierta ideología?

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Paty Godoy, Clara Serra y Pere Ortín en la librería Traficantes de Sueños

Cómo abordar en un viaje la relación entre «nosotros» y «los otros» —o como sugirió Todorov, entre la diversidad de los pueblos y la unidad de la especie humana— es una de las cuestiones fundamentales que inspiró la publicación de A bordo del género. Cruzando fronteras, «una maleta llena de historias» confabulada por los magazines Altaïr y Píkara, y en particular por las cabezas de ambos proyectos periodísticos, Pere Ortín y June Fernández, quienes se hicieron estas y otras tantas preguntas. Todas las necesarias, las más impertinentes y descabelladas, hasta tener como deriva este monográfico de 18 crónicas de viaje que privilegian la mirada femenina o, mejor aún, se deslindan de la dominante: la patriarcal.

El miércoles 25, en una tarde de mayo con un sol delicioso que anticipa un verano de incendio, Pere Ortín, la periodista mexicana Paty Godoy y Clara Serra, diputada en la Asamblea de Madrid, se reunieron en la librería Traficantes de Sueños, en el barrio de La Latina en Madrid, para presentar esta propuesta que —así lo creo— no es un mero compendio de viajes narrados con perspectiva de género, sino que persevera en el esfuerzo para hacer de cada viaje más que un estilo, una aventura con nombre y apellido y, además, una provocación respecto al lugar desde el que se mira. Para Pere, se trató de transgredir los estereotipos, desmitificar la cultura viajera y recuperar sus singularidades, su espesura.

Y es que, por contradictorio que parezca, vivimos una época en la que todo parece estar tan próximo, tan a la mano de cualquiera que tenga un teléfono o un ordenador, pero lo cierto es que sabemos muy poco unos de otros. La periodista argentina Leila Guerriero lo explica de esta forma en su columna semanal en El País: «De lejos no se ven los salones de la colonia Guerrero, en ciudad de México, donde los viejos bailan danzón con ropas que los hacen parecer pimpollos ajados: sólo se ve el problema del narco. De lejos no se ve la efervescencia estudiantil del barrio de La Candelaria, en Bogotá: sólo se ve el conflicto armado. Hay caos y espanto en todas partes, pero también en todas partes la gente sale, come, trabaja: vive. Los países son mucho más que sus mejores lacras». 

A bordo del género. Cruzando fronteras es, frente a la mercadotecnia simplificante del turismo de masas, una pikardía que deja expuestos los pensamientos, las averiguaciones, los pedazos de realidad que ofrecen diversas voces, en su mayoría —y para restituir un derecho por siglos negado— de mujeres

Si los países son mucho más que sus mejores lacras, los viajes son mucho más que los escenarios paradisiacos de revista o los souvenirs que hay en los aeropuertos o las postales que se consiguen en cada quiosco. Por eso la necesidad de reivindicar la mirada cronista —aguda y sosegada, que no fija— de quien se adentra, mira al centro y a los costados, percibe, palpa, hurga para hacer inteligible nuestra presencia en el planeta y encontrar qué hay de relevante en la vida cuando todo parece homogéneo y liviano, abrumadoramente banal.

Viajar entonces se convierte —nos dijo Ortín— en un acto emancipador, en un nunca estar seguro, en una búsqueda continua y, siempre, en una transformación. A bordo del género. Cruzando fronteras es, frente a la mercadotecnia simplificante del turismo de masas, una pikardía que deja expuestos los pensamientos, las averiguaciones, los pedazos de realidad que ofrecen diversas voces, en su mayoría —y para restituir un derecho por siglos negado— de mujeres. Paty Godoy fue la encargada de hacer una breve introducción a las historias escritas en distintos momentos y bajo variadas circunstancias: desde Marcela Turati y la guerra contra el narcotráfico en México, pasando por Marc Serena en el Carnaval de Sao Vicente, en Cabo Verde, hasta Lucía Martínez Odriozola, de viaje por el diccionario.

Clara Serra puso el acento en la migración como un desplazamiento, las más de las veces forzado, que nada tiene que ver con los cruceros por el Caribe promocionados por las agencias de viaje, aunque también sea una travesía. Sus reflexiones fueron más allá para hablar de las diferencias entre viajeros y turistas —o si se prefiere— entre quienes intentan otro tipo de acercamiento a lo real y los contemplativos que viendo el programa de Andrew Zimmern en Damasco tienen la ilusión, la creencia, de haber conocido Siria. Y para explicarlo hizo referencia a Turismo: la mirada caníbal, texto imprescindible de Santiago Alba Rico:

«La figura del “turista”, en efecto, sólo puede comprenderse a la luz de la del “inmigrante”, como su reverso y su denuncia, en el cruce de dos flujos desiguales, uno ascendente y otro descendente, que reproduce la explotación económica a nivel planetario y legitima ideológica, antropológica y psicológicamente una relación neocolonial a nivel local. Blancos, negros, mujeres, hombres, ricos, pobres, en algún sentido el mundo se divide en realidad en “turistas” e “inmigrantes”, de manera que estas dos categorías modelan y agotan todas las posibilidades de relación subjetiva entre los hombres: los “turistas” lo son en sus propias ciudades, antes y después de sus vacaciones, y los “inmigrantes” lo son desde su nacimiento, en sus propios países, con independencia de que crucen o no las fronteras de Occidente.»

Todavía hubo tiempo para que Serra hablara del viaje como método de autoconocimiento —de entender el adentro a partir del afuera, el sujeto a partir del conjunto— y como facilitador de una filosofía sensible a los interlocutores, a las situaciones, a los entornos, a las relaciones que conforman el entramado que llamamos sociedad. Sí, lo sabemos, los viajes ilustran, amplían nuestro horizonte, expanden nuestra capacidad de pensar, plantean alternativas, invitan a cambiar de paradigmas. Es la evolución humana a modo de viaje. Y recordó que el mejor ejemplo lo tenemos en los griegos que cruzaron el Mediterráneo para ver, para descubrir qué más había allá afuera, como lo cuenta Kavafis en su poema:

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que, con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.    

Solo que, ahora, el trayecto de regreso a Ítaca planteado por estos disidentes es uno donde el Ulises de las hazañas no tiene rostro de macho alfa ni de mujer desvalida porque es, en definitiva, un ser humano que —sin negar sus subjetividades— desdibuja los límites del género. Y del orden global establecido y de los imperativos que dicta la economía y del andamiaje social preexistente y, con suerte, de sí mismo. A bordo del género. Cruzando fronteras es el viaje como vanguardia que desafía, que explora nuevas llegadas y salidas, que ilumina otro punto, que interpela al poder contemporáneo negándose a clasificar y a ser clasificado, o lo que es peor, a ser engullido.

«Un reto importante en la cultura viajera y la crónica periodística —resumió Ortín— que se propuso subvertir los códigos y las miradas asociadas a lo que significa la cultura viajera y la figura —tan masculinizada— de “El Viajero”», mediante un «observar, analizar y modificar las actitudes con las que nos relacionamos con las ciudades, con las montañas, con los valles, con las fronteras, con los visados, pero, sobre todo y lo más importante, con los otros seres humanos con los que nos encontramos en el camino del viaje».   

Estas son algunas de las inquietudes compartidas que Pere Ortín y June Fernández, con la compañía de más cómplices —entre ellos la periodista María Angulo—. Para decirnos que, en un mundo que figura ser un producto terminado, hay insertas narraciones que se salen de la norma para sugerir, para invitarnos a pensar otro viaje y otro vivir juntos, posibles.

Toda una agitación en medio del estatismo.