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DESDE LA MESA, UN PASO DE MARTA FERNÁNDEZ

Propuesta cabecera Jaime 1La periodista y presentadora de televisión Marta Fernández nos cuenta un viaje por los eventos informativos más importantes desde la perspectiva de un plató. Un nuevo artículo en nuestra sección Pasos (para suscriptores).


En aquellos días de la infancia, Londres siempre quedaba eclipsado por una señora con un bolso. Decían que la dama era de hierro. Y parecía posible. Aquella mujer tenía la carne gris y la mirada de plomo. Y por mucho que lleváramos años pintando con la mente el blanco y negro de las pantallas de televisión, ella era inmune al color. Aunque más allá de su contorno macilento, más allá del uniforme negro de los policías que siempre corrían detrás de los manifestantes, se adivinaban los rojos de la ciudad. Las cabinas. Los autobuses de dos plantas que parecían seres quiméricos de un universo superior. «Allí van por el otro carril», decía tu padre. Y confirmabas con asombro que el mundo reservaba muchas sorpresas fuera del hormigón de tu suburbio particular.

En aquellos días de los incipientes colores televisivos, los informativos —que entonces se llamaban telediarios— te brindaban la ilusión de viajar. De acercarte al otro lado del planeta a lomos de un reportero que se aferraba al micrófono como el aventurero a la brújula. Allí estaba la Casa Blanca que nunca era lo suficientemente blanca en la nebulosa del betacam. Y la gomina de Ronald Reagan frente al Capitolio, con las mejillas sonrosadas y la gravedad impostada de falso barítono en su voz. Allí estaba la mancha sobre la frente de Gorbachov. Y la Plaza Roja que más tarde sería noticia porque el rojo de MacDonalds le había quitado el brillo al rojo de la Revolución. Allí estaba esa otra plaza que veíamos una y otra vez en el corazón de la cristiandad: la explanada de San Pedro conmocionada por el disparo de Alí Agca. Aunque las cámaras nos escamotearon la escena del atentado: apenas alcanzamos a ver gentes arremolinadas tras el coche de un Papa que parecía agonizar.

En el mundo siempre pasaba algo. Bueno o malo. Pero algo. Y querías estar ahí. Llorando en Central Park frente a los que amaban a Lennon. Celebrando en Los Ángeles que un hombre llamado Carl Lewis parecía tener el don de volar. Temblando de miedo ante la nube de muerte de Chernóbil. Esperando el destino incierto del último vuelo que acababan de secuestrar. Algún día tú también viajarías en avión. Algún día pasarías al otro lado de la pantalla para ver cómo la historia se elevaba a tu alrededor. O como caía. Como cayó el muro de Berlín.

En aquellos días descubrimos que no sólo queríamos ver el mundo. Lo queríamos comprender. Queríamos preguntar. No nos bastaba la belleza de una postal. Necesitábamos sentir que el globo se movía bajo nuestros pies. Temblar. Y buscando el movimiento, acabamos atrapados en una mole de hormigón: eso que se llamaba Facultad de Ciencias de la Información. Un barco varado que nunca zarpaba. Entonces no sabíamos que aquella era la primera lección. Que nos hacíamos periodistas para ir, pero que muchas veces nos tocaría quedarnos. Convertirnos en eso que con cierta gracia amarga llamamos «quedado especial».

Y nos quedamos. En nuestras mesas. En nuestras redacciones. En nuestros platós. Y aprendimos que el mundo también se podía mirar desde las cámaras de otros. Como cuando éramos pequeños. Para que los nuevos pequeños que estaban al otro lado de la pantalla, tuvieran aquella ilusión lejana de viajar.

Frente a las pantallas multiplicadas hasta el infinito de los controles de televisión, empezamos a sospechar que la realidad era como el fútbol: que se veía mejor con su cadena de cámaras y sus planos ralentizados, que la mirada más enfocada para comprender el mundo era la del gran hermano de la información.

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El control de realización de CNN parecía el refugio de un mago de Oz voyeur. Desde aquel útero hermético, oscuro y recóndito, nos dejábamos iluminar por la realidad convertida en un mosaico de pantallas. Con su rompecabezas de señales en directo. Que no siempre cuadraba. Había que hacerlo coincidir. Darle un sentido. Desde Rusia hasta Chile. Desde Haití a Japón. La vida convertida en hercios incandescentes. Al alcance de un botón. Bastaba con pinchar una cámara o pinchar otra para cruzar de la bolsa de Nueva York a un reportero empotrado en el desierto. Era la película de la Historia desplegándose ante nuestros ojos. Ni en los mejores sueños de aquellos días de la Dama de Hierro podíamos haber imaginado algo así. Y sin embargo, ahí estaba: viajábamos de una conmoción a otra, de una revolución a la siguiente, de una guerra a una tregua, pasando de pantalla en pantalla. Sin salir de aquel agujero que llamábamos redacción. Ya que estábamos condenados a ser quedados especiales, al menos miraríamos el mundo desde nuestras falsas ventanitas tecnológicas. Y saldríamos ganando con el truco: porque lo veíamos todo a la vez.


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