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EL DESENTIERRO DEL DIABLO, UN PASO DE MARINA HERNÁNDEZ

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Marina Hernández vuelve a nuestros Pasos de Altaïr Magazine con la segunda y última parte de la historia de Raúl Prchal, el último anarquista de la puna: «El desentierro del diablo». También podéis leer aquí el comienzo de la historia, «La realidad no existe» .


 

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En las calles de Humahuaca las comparsas se encargan del ruido y los vecinos, del talco y la espuma. En Carnaval ha comenzado y por el espacio de nueve días y nueve noches este municipio y otros muchos del norte argentino se ocuparán de festejar el desentierro del Diablo, la tradición más respetada de la región en la que «se baila, se canta y se bebe con sagrada dedicación». El humo de colores provoca sensación de alucinación o tal vez es que las calles se han convertido en un espectáculo onírico en el que sus asistentes se divierten con toda libertad. Los diablos, hombres en sus trajes de telas de raso, lentejuelas, una larga cola, flecos de colores, careta y cuernos, aceptan de buen ánimo su misión: alegrar y entretener a los presentes con su picaresca, sus bailes y sus pecados. A la media tarde del primer día de Carnaval han acudido a las faldas de los cerros, donde se encuentra el mojón del pujllay y han desenterrado al diablo original de su hueco de tierra y piedras, devolviéndole a él la libertad y a ellos suficiente impunidad para divertirse hasta la extenuación. Se acompaña el rito con abundante chicha de maíz o maní y con saratoga, la mezcla de alcoholes locales con fruta fresca que se almacena en las casas de familia y que surtirán las gargantas de todos los presentes durante los días que aún le restan a la gran fiesta de los norteños.

«Llegando está el Carnaval
Quebradeño mi cholitay
Fiesta de la quebrada
Humahuaqueña para cantar
Erke charango y bombo
Carnavalito para cantar»

Y después:

«Yo soy el hijo del Inti Sol
De la Pachamama y el Inti Sol
Yo soy hermano del pueblo Coya
Del Inca hermano y del Aymará»

El ritmo es de charango y quena, reyes de las melodías de altura, pero ningún otro instrumento queda aparte, del mismo modo que en este sincretismo tampoco los turistas se han quedado afuera de la festividad tradicional y con su presencia y su hacer la completan y la actualizan. Saben bien cómo integrarse: agarran el vaso con pasión. En las calles se venden recuerdos de este Carnaval fabricados en Bolivia y en China y las zambas, las sayas y los carnavalitos se mezclan con voces foráneas, palabras inventadas casi siempre, y la certidumbre de que no son muchos los recién llegados que saben quién es el susodicho pueblo coya, ni el aymará tampoco, pero qué bien bailan. En el patio de la Huayra alguien ha prendido fuego a la basura al ritmo de una gangosa chacarera.

Me imagino que los mejores años del Carnaval humahuaqueño debieron parecerse a este, solo que por entonces Raúl participaba activamente en los delirios alcohólicos de la festividad como un vecino más y ya no lo hace. Aquellos años solía dejarse la voz en las coplas que él mismo inventaba y tocaba el derbake marroquí (puede que el mismo que percute Alfonso Kumovic en El Francotirador) hasta que le sangraban las manos. La comparsa Huayra Huasi del año 2000 enarboló las banderas negras del anarquismo y recorrió las calles de Humahuaca acompañada de malabaristas y lanzallamas en un gran número de fuego que no dejó a nadie indiferente —ni a las autoridades. Cada año una repetición de la misma juerga: damajuanas de vino Socompa vaciándose con la misma velocidad que los vientos de la puna y sayas, chacareras y carnavalitos que se bailaban descalzos. Sabían que la comuna era transitoria y por eso había que vivirla con intensidad. Al amanecer el viejo se levantaba y religiosamente acudía a su puesto de trabajo en la planta de Aguas Potables.

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Un día comenzaron las hemorragias: le sangraba la nariz. Se ponía un taponcito para parar la sangre y continuaba «chupando», hasta que en un pico de hipertensión se lo llevaron al hospital. Pasó tres días conectado a una bolsa de suero y sintiéndose profundamente humillado. No volvió a emborracharse, «si acaso un vasito de vino blanco, al principio, para la abstinencia». Aquella decisión marcó también el fin de la carnavaleada como la había vivido hasta entonces. Dice que tomando agua no tiene sentido festejar. Habían pasado treinta y cinco años desde que comenzó a beber, en ese antiguo sueño juvenil de integrarse entre los indios.

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