EL METEORÓLOGO

Por Silvia Cruz Lapeña

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Esta es la historia de Alekséi Feodósievich Vangengheim, meteorólogo que empezó su carrera como representante de la URSS en la Comisión Internacional para el Estudio de las Nubes. «Las nubes no eran un pretexto para soñar», dice Olivier Rolin en las páginas de El meteorólogo (Libros del Asteroide, 2017) informando de lo literales que eran la ciencia, el lenguaje y la muerte en manos de Stalin.

Vangengheim, burgués que renunció a su clase y sus privilegios por el socialismo, fue movilizado como Jefe de Meteorología en la I Guerra Mundial porque «para los ataques de gas es importante prever por dónde vendrá el viento». Poco después lo nombran director del Servicio Hidrometeorológico del Partido, un cargo importantísimo en un país con once husos horarios y del que deberá obtener y analizar sus pulsos atmosféricos y climáticos.

Más allá de las guerras, esa información es vital para beneficiar a la agricultura socialista. Entre sus tareas, crear una red de estaciones meteorológicas e iniciar un «catastro de los vientos». Rolin lo califica de profeta porque anticipa la importancia de la energía eólica cuando aún ni se sospechaba su enorme potencial y su limpieza: «El viento permitirá calentar e iluminar», escribió el científico antes de convertirse en enemigo de la Unión Soviética.

«También en el cielo se edificaba el socialismo», dice Rolin en este perfil apasionante que construye con entrevistas, trabajo de hemeroteca e investigación de archivos que ha realizado en sus viajes a Rusia, país que visita y conoce desde hace décadas. Cuando le faltan datos, completa el relato con referencias literarias y pictóricas. Entre las más logradas, la descripción de un paisaje del pasado hecho a partir de fotografías tomadas a principios del siglo XX por Serguéi Prokoudin-Gorski, un noble aficionado a la ciencia. Con una vida cercenada y falta de documentos, esta es una solución que Rolin, viajero aguafiestas y autor de La invención del mundo (Reverso Ediciones, 2005), maneja con maestría: no novela, no fábula y si infiere algún detalle, advierte siempre de que son suposiciones suyas.

Una biblioteca en el campo de concentración

En 1933 se descubre en las filas del Comisariado del Pueblo para la Tierra, del que dependen los servicios que dirige Vangengheim, una supuesta organización contrarrevolucionaria formada por burgueses y terratenientes. Las cartas de un subordinado en su contra acaban de ponerlo en la diana. Él no sabe de qué le hablan pues es un socialista convencido, un hombre de ciencia con fe en Stalin, un padre que ha llamado a su hija Eleonora, como hizo Karl Marx con la suya.

Le acusan de falsear resultados meteorológicos para perjudicar a la agricultura socialista y también de recopilar datos para el espionaje. De nada sirven sus súplicas, ni su rango: lo retienen cuatro meses y después, lo transportan a la Lubianka, sede de la policía política de la URSS. «Lo que significa dejar de disponer del cuerpo propio, no se sabe hasta después del primer registro en la Lubianka». Las palabras son de Margaret Buber-Neumann, miembro del Partido Comunista alemán, deportada por Stalin y entregada a Hitler. En ese sótano pasará Vangengheim poco tiempo: su próximo destino es un campo de concentración en Solovkí.

Aquel campo eclipsó a todos los campos. Construido tras expulsar a los monjes del monasterio allí enclavado y pegarle fuego al edificio, sirvió para desarrollar y probar las técnicas de adiestramiento que permitían explotar hasta la muerte a la inmensa fuerza de trabajo en forma de hombres que habitaba esos infiernos. «Reeducar por el trabajo» era el lema  que ejecutó tan al dedillo que logró pasar a la Historia como «la madre del gulag».

Que tuviera una biblioteca con 30.000 volúmenes convirtió a Solovkí en un ejemplo para la propaganda, que lo vendía más como un balneario que como un campo de concentración. De esa librería se encargaría durante su estancia Vangengheim, a quien le ayudó un quinceañero deportado, Yuri Chirkiv, que dejó unas memorias por las que sabemos que en Solovkí había libros en muchos idiomas, primeras ediciones e incluso ejemplares que habían pertenecido a gente ilustre: un ejemplar de La doncella de Orleans, de Voltaire propiedad de Ivan Turguenev era un ejemplo.

En Solovkí malviven con Vangengheim otros intelectuales y científicos: desde uno de los traductores de Dante al ruso hasta el barítono Leónid Priválov o el matemático Florenski. Había también una orquesta al completo y su director, Gogo Stanescu, rey de los zíngaros. Montan un teatro, hay conciertos y el meteorólogo sigue dando conferencias sobre la conquista del Ártico, los vientos o el mar. Sigue fiel a sus principios socialistas, sigue haciendo retratos de Stalin con piedrecitas y enviándolos a su mujer y a su hija mientras comprueba que su nombre se ha borrado de las traducciones que un día firmó y que ayudaron a divulgar la obra del meteorólogo sueco Bergeron.

Un buen militante

Vangengheim no fue un héroe. El meteorólogo no cuenta la historia de un hombre que se rebela y da la vida luchando por mantenerla. Su ceguera decepciona, pero es un inocente. Y como recuerda Rolin, eso ya es mucho. «Nos habría gustado que hubiera sido más lúcido, más rebelde, pero no, seguía siendo un buen militante comunista». Y es cierto, tanto como que toda la potencia del relato y de la investigación de Rolin pierden algo de fuerza cada vez que intenta aleccionar al lector con sus opiniones sobre lo que supuso el estalinismo.

Uno de los detalles más emotivos del libro son las cartas que Vangengheim envía a su hija, que tiene cuatro años cuando a él lo deportan y a la que no volverá a ver. Están llenas de ilustraciones hermosas y detallistas hechas a color. Se pueden ver algunas en las láminas finales que incluye el libro. “Juzgarme ante sus ojos llegó a ser mi forma de vida», dijo sobre su padre Eleonora. A ella le escribe para no caer en el olvido, para que sepa que logró cosas, que su padre no fue un «ahumador del cielo», es decir, un vago. A ella le dibuja fresas, cerezas, mirtillas, arándanos y todo tipo de frutas rojas. También hay setas y bichos de todas clases con los que fragua adivinanzas para su pequeña.

Un día de 1937, un convoy lo recoge a él y a otros 1.115 hombres junto a los que morirá esa misma noche aunque su mujer, a la que dejó plantada sin querer a las puertas del Teatro Bolshói la noche que lo detuvieron, no lo sabrá hasta 19 años más tarde. La confirmación de su ejecución la obtendrá el mismo día en que las investigaciones iniciadas por el XX Congreso del Partido, ya en manos de Nikita Kruschev, reconocen los abusos cometidos por Stalin y determinan que Vangengheim era inocente. Su mujer no sabrá nunca qué ocurrió aquella noche, pues murió antes de que la asociación Memorial reconstruyera esta y otras historias a partir de los años 90.

Gracias a dicha entidad, se conoció el final de miles de personas, también la de Vangengheim, estudioso y relator de vientos, lluvias y auroras boreales, que descansa en un paraje donde hay un cartel que dice: «Hombres, no os matéis unos a otros» y las flores con las que se les recuerda son todas artificiales.