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El periodismo en la guerra que no llamó a la puerta

Un texto de María Angulo Egea sobre la presentación de Sarajevo (Malpaso, 2015) de Alfonso Armada

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Sánchez, Otero, Armada, Calaf y Garcia Planas durante la presentación.

 

En la planta baja de la librería Altaïr de Barcelona son las siete y media y la sala está abarrotada. Muchos tienen silla, pero una treintena al menos atendemos de pie y algunos sentados en la escalera. Personas de toda condición, de diversas edades. Ciudadanos interesados. Esto debería ser un oxímoron. Ciudadanos movilizados y convocados para escuchar a un cuarteto de reporteros de guerra: Gervasio Sánchez, Rosa María Calaf, Placid Garcia Planas y Alfonso Armada. Periodismo con mayúsculas, de ese que aún nos desgarra, nos inquieta, nos zarandea y nos permite soñar con esa figura de las películas viejas: el reportero intrépido, aguerrido, que se juega la vida por cubrir una noticia en el frente.

Corresponsales de guerra. Cuatro periodistas, que coincidieron hace 20 años en el conflicto de los Balcanes, se reunieron este miércoles para celebrar la publicación de Sarajevo (Malpaso, 2015), de Alfonso Armada. Un libro «pertinente», como señaló su editor, Malcolm Otero, porque se publica con la distancia necesaria para reflexionar con cordura sobre lo que significó aquel conflicto en el corazón de Europa. En aquella guerra que nos estalló en la cara, aquí al lado, y que nadie supo prever. Aquella guerra que, como en tantas ocasiones, nadie supo evitar, y que, por lo que comentaron estos periodistas, tampoco supieron terminar; porque la paz de Bosnia no cerró el conflicto. «Según Wikipedia hace 20 años del fin de la guerra», apuntó Gervasio, pero las consecuencias siguen.

Sarajevo es un texto híbrido, anfibio. Un libro que surfea entra la literatura y el periodismo, señaló Placid Garcia Planas. Puso ejemplos, y se preguntaba una y otra vez tras cada caso, tras cada fragmento: ¿Qué es esto? ¿Información o literatura? ¿Qué es esto? ¿Literatura o información? Así con muchos pasajes de este diario de guerra.

Pero, por encima de todo, lo que representa este volumen es una exquisita sensibilidad. Sensibilidad que es la mejor herramienta con la que puede contar un reportero de guerra. No se puede desnudar al mundo, dijo Placid, si primero no se desnuda uno. Y eso es lo que hace Alfonso en Sarajevo.

Rosa María Calaf subrayó la capacidad de este libro de Armada para hacernos pensar, para hacernos preguntas. Su capacidad para incluirnos como lectores en ese cuestionamiento vital. Un libro que combina hechos y emociones. Valioso nuevamente por recordar la barbarie y el dolor del conflicto. Por obligarnos a recuperar la memoria; a rescatarlo del olvido y la indiferencia. Calaf se detuvo en subrayar la importancia de los medios en esta guerra, («mercenarios sumisos» los llama Armada), que solo piensan en los intereses de la corporación que les paga.

Gervasio y Alfonso recordaron cómo se conocieron hace 23 años en Sarajevo, un 21 de agosto, el día del cumpleaños del fotoperiodista. Cómo ese encuentro feliz, pese al horror, ha construido una amistad sólida y una admiración mutua, con el paso de los años, las colaboraciones y reencuentros posteriores. «Con Alfonso», dijo Gervasio, «me iría al fin del mundo» y Armada apuntó que prácticamente han hecho de todo juntos. Menos sexo, lo han compartido todo; hasta han dormido juntos en la misma cama, ¡que en el Sarajevo en guerra hacía mucho frío por las noches! Colaboración que también refleja este diario, que aparece sustentado con un conjunto de fotografías de Gervasio, tomadas esos mismo días en Sarajevo.

El reportero gráfico, en su línea combativa y con su agudeza de siempre, comenzó su intervención con una sentencia: «El periodismo serio está muerto». Sentencia que repite en ocasiones y que sus colegas de profesión le piden que matice. Pero Gervasio no matiza porque cree a pies juntillas en esta idea. «Los medios tienen dinero para la opinión (la vinculada al circo) pero no tienen dinero para la información.» ¿Qué periodismo es este? Y habló de la guerra. Del miedo como el mejor antídoto contra la estupidez en un conflicto armado. El mecanismo más valioso para cualquier periodista en un territorio en guerra.

Por último, Alfonso Armada, el verdadero protagonista de ayer por la tarde, habló de su «esquizofrenia bien llevada» al referirse a este diario y a otros de sus libros. Y leyó:

Domingo, 6 de septiembre

La ciudad me rodea por todas partes. Es como si el cerco de Sarajevo estuviera ya dentro de mí. ¿Qué sabía antes? Una frase en un libro de historia: el asesinato del heredero del trono austrohúngaro en Sarajevo desencadenó la Primera Guerra Mundial. Nunca imaginé que vendría a escribir acerca de esta ciudad, sin luz, sin agua, y bajo las bombas. Ahora el cerco se estrecha y tengo ganas de huir de aquí. ¿Quién se hace cargo del sufrimiento de la gente, quien administrar algo más reparador que la piedad?

Esquizofrenia por la que mostró interés, en el turno de preguntas, el periodista Pere Ortín. Y en la que Armada profundizó y trató de explicar como una suerte de dos escrituras en las que normalmente se mueve. La que le sirve para los medios y la que construye su diario, sus libros. Dos escrituras, aunque al final «las palabras y la sintaxis son las mismas». Kapuscinsky también hablaba de dos cuadernos en los que registraba lo sucedido. Uno donde recogía lo publicable en la prensa; otro donde se narraban los detalles, las emociones y que utilizaba para sus libros. Lo normal en un periódico es que uno no pueda contar con todo el espacio que desea; por eso existen tantos libros de corresponsales de guerra que, tras el conflicto, conmocionados y llenos de información y vivencias, se sienten impelidos a narrar en profundidad lo sucedido. Sarajevo muestra esta esquizofrénica escritura. Diario y noticia se complementan.

Domingo, 6 de diciembre

LAS BOMBAS NO IMPIDEN QUE LOS SEFARDÍES DE SARAJEVO CELEBREN SU «SEFARAD 92»

David Kamhi saca la pistola que llevaba oculta bajo la camisa vaquera y la guarda en un armario. Tiene 56 años, es profesor de violín en la Academia de Música (el conservatorio de Sarajevo) y vicepresidente de la sociedad humanitaria y cultural La benevolencia. La sociedad tiene más de 100 años de vida y, a pesar del sitio que sufre Sarajevo, acaba de celebrar en la capital bosnia «Sefarad 92»: el 500 aniversario de la pérdida del paraíso.

Nos explica Alfonso Armada que ninguna de las dos escrituras ha sido alterada ni modificada en Sarajevo. Que a pesar de ser un diario de hace 20 años nada se ha modificado. Nada se ha intervenido pese a la juventud en la que fue redactado.

Los dos amigos, Gervasio y Armada, realizaron juntos un viaje en coche desde Zaragoza hasta Sarajevo. Regresaron a la ciudad. En el caso de Armada veinte años después. Y la impresión fue grande, tan grande que quiso recogerla también para este volumen. Palabras con las que quiso concluir su intervención.

Cosas que nunca había podido hacer en Sarajevo:

Coger el tranvía

Entrar por la puerta principal del hotel Holiday Inn

Recorrer la orilla del río

Dedicar la tarde de domingo a recorrer Ilidza

Visitar el viejo cementerio judío desde el que los serbios disparaban contra la ciudad

Recorrer Grbavica

No sentir miedo

Salir de noche sin desafiar ningún toque de queda

Intimidad y periodismo. Sensibilidad e información camparon ayer en Altäir. Y una última advertencia de Placid García Planas: «La guerra llega sin avisar. No llama a la puerta. Llega y punto».