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Fondo de armario, por Andrea Momoitio

Andrea

En cada viaje, la comunidad LGTB se expone a un mal trago. Fuera de las zonas de confort, muy lejos o muy cerca de casa, hay amores que no sólo no se entienden sino que se violentan. El turismo se convierte en una aventura activista cuando no se tiende a la estrategia más habitual: esconderse en el armario. Escribe Andrea Momoitio para nuestro 360º «A bordo del género», y dejamos aquí un adelanto.


Cogieron dos autobuses urbanos para llegar a aquella zona de Sofía, muy alejada de la catedral San Alejandro Nevski. Apenas había gente por la calle y entender los carteles, en cirílico, les llevó a situaciones que hoy recuerdan muy cómicas. Google Maps hizo el resto y se plantaron allí, ante lo que parecía un edificio de oficinas, donde, según habían leído en Internet, se encontraba el único bar de lesbianas abierto en la ciudad. No encontraron la puerta para entrar y, entre risas y frustración, volvieron al centro.

Vania y Alba viajaron de Estambul a Berlín en tren. En apenas 30 días visitaron 11 capitales. Muchas, de esa Europa que no sabemos poner en el mapa. Enamoradas, entusiasmadas y sin saber casi ni cómo presentarse en inglés, recorrieron un verano inolvidable entre el espíritu de Thelma y Louise; unas ganas locas por saber cómo eran y a qué se enfrentaban las lesbianas de las ciudades que visitaron; y el miedo a ser agredidas si se reconocían como pareja. Aquel verano, su afecto fue clandestino. No se besaron en la calle hasta llegar a Praga. Embriagadas de recelo por la Europa del Este no se hicieron ningun selfie besándose en ese punto mágico de Belgrado donde se juntan el Sava y el Danubio; ni en las calles empedradas de Sarajevo; tampoco mientras viajaban al otro lado del Bósforo; ni mientras caminaban por el caótico Bucarest.

Los prejuicios hicieron que apostasen por presentarse como dos buenas amigas en busca de aventura, pero lo cierto es que la manta mágica que te convierte en invisible lo mismo se necesita tras un vuelo transoceánico que para visitar un pueblo limítrofe al tuyo. A pesar de los innegables logros en materia de derechos civiles en muchos países del mundo, la violencia que sufre la población LGTB es cotidiana y universal. La condena más habitual: la invisibilidad. El tema ha sido abordado por el movimiento LGTB desde que nació. Lo cotidiano se convierte en resistencia cuando los quehaceres del día a día están sometidos al escarnio público. Las violencias más habituales se sufren al intentar vivir con naturalidad el amor, al reclamar espacios públicos o derechos civiles que garanticen la presencia libre de la población LGTB en cualquier rincón de las sociedad. Pero, ¿y a la hora de viajar? ¿Es peligroso para gays, transexuales, bisexuales o lesbianas viajar a ciertos países del mundo? ¿Qué postura se debe tomar al visitar un lugar en el que las leyes o las costumbres no te permiten demostrar afecto a tu pareja en público? La información escasea y, en la práctica, aludir a otro tipo de relaciones para evitar situaciones incómodas es la pericia más habitual. Quedarse en casa tampoco garantiza sentirse libre.

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