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HUIR O VIAJAR, UN PASO DE SILVIA CRUZ LAPEÑA

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Silvia Cruz Lapeña vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine para hablarnos de ferrys, de escapar, de hacer turismo, y de cómo los desplazamientos marítimos no son iguales si los hace usted que si los hace «cualquiera»: Huir o Viajar


Pireo, Atenas, verano de 2016. Son las seis de la mañana y en el puerto más importante de Grecia hay más policía que control. La gran cantidad de gente que atesta el muelle complica las tareas de vigilancia. Por eso, da la sensación de que aquí puede entrar cualquiera. «Cualquiera» se ha convertido en una palabra despectiva de amplio espectro. Antes, «cualquiera» era como algunos se permitían llamar a la mujer dueña de su vida y de su cuerpo y la misma palabra podía hacer referencia a un delincuente. Hoy, en Europa, «cualquiera» puede ser un refugiado.

Entro al ferry que va a Paros, uno con capacidad para mil personas. Los turistas nos metemos en tropel por la boca de una máquina que parece animal. Resopla y expulsa el agua de la que cogerá impulso para moverse y hasta en el ruido parece el zumbido de un balénido. Ya dentro, doy una vuelta por la planta VIP, por turista y por la baja, que no tiene nombre ni asientos numerados. En un banquillo se acomodan varias personas, parecen familia, cargan con bolsas de plástico. Me pregunto si huyen. Y también si es posible identificar por el aspecto a alguien que busca refugio.

Lesbos, primavera de 2015. En 2015, 402 millones de personas se desplazaron en barco por la Unión Europea. Más de las mitad lo hicieron en ferrys, palabra que ya existía en el siglo XV para referirse a cualquier nave que uniera dos puntos que sólo se podían comunicar por mar. Hoy los ferrys son otra cosa, pues el trayecto Paros-Atenas puede hacerse en avión. Es más rápido y más barato: 30 minutos por 39 euros pero no permite los encantos de una nave: llenarse de salitre la laringe o comprobar si el cuerpo soporta el vaivénque le dio flow a las novelas de Joseph Conrad. Esos lujos, perder el tiempo y elegir el transporte más asequible, no están al alcance de «cualquiera» y los que huyen cogen el ferry por obligación: distancias cortas y menos control. Con un turismo asustado, quizás fueron los «cualquieras» quienes en 2015 colocaron a Grecia por delante de Italia en tráfico de pasajeros marítimos por primera vez en muchos años.

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Pero en marzo de 2016, las autoridades marcaron un límite de refugiados por cada ferry que fuera de la isla de Lesbos a la península griega. Cuando «cualquiera» quería comprar un pasaje, el personal contestaba «No hay billetes» para racionar su presencia en los navíos. Para entrar en esta mole acuática nadie me ha pedido el pasaporte, tampoco para comprar el tique. ¿Cómo se distingue al que viaja del que huye? El barco coge velocidad y algunas personas del banquillo salen a cubierta. Compartimos el espacio, el aire, la vista de una Atenas que amanece y decido no preguntarles nada. En realidad, sólo sospecho que escapan, pero no sé quiénes son. ¿Cómo lo sabe con certeza quien les niega su pasaje?

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