El viaje al desencanto de Jean Paul y Simone

Por Silvia Cruz

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Malentendido en Moscú (Editorial Navona, 2016) narra cómo se cuaja la decepción. Simone de Beauvoir usa sus viajes con Jean Paul Sartre por la Unión Soviética para explicar la historia de sus protagonistas, Nicole y André, espejos de ella misma y del autor de La náusea. Durante el trayecto, que les lleva por ciudades como Moscú, Rostov Veliki o Leningrado, hacen en realidad un viaje triple: político, personal y de pareja.

El marco en el que sucede todo no es cualquier marco, es la Unión Soviética.

Este país le concernía más que cualquier otro. Lo habían educado en el culto a Lenin. (…) Siempre había pensado que la Unión Soviética guardaba las llaves del porvenir.

Así habla Nicole, Simone, sobre lo que supone para André ese lugar en el mapa. Vuelven al terreno que visitaron tres años atrás para constatar que el socialismo que imaginó y por el que luchó está ahí, pero no como él y otros muchos lo habían soñado. El contrapunto a esa decepción política es la hija de André, Masha, que vive en Moscú y no es hija de Nicole. Ella acepta ese socialismo que para su padre es sucedáneo porque tiene tics capitalistas.

Incluso en un régimen socialista los ciudadanos tienen derecho a darse algunas satisfacciones de orden privado.

Eso le dice la hija al padre, que empieza a pensar que esa versión descafeinada de lo que él ansiaba no merecía tanta lucha, tanta militancia, tanto tiempo invertido:

Mi vida no habrá servido para nada.

André habla de la URSS con la boca agria. A esas alturas de su existencia, empieza a molestarle, y mucho, que las cosas que había planeado, por ejemplo una revolución, necesiten más años para hacerse realidad que los que dura una vida humana. Ya no le consuela pensar que quizás sean sus nietos quienes gocen de algo que él empezó. Ni en política ni en nada. Su hija lo intenta convencer de que ese modelo político social que él imagina es perfecto sobre el papel, pero complicado en la práctica. Sobre todo, en un país como la URSS:

Según ella, no cabía extrañarse de ninguna incoherencia, de ninguna absurdidad. El país seguía soportando un aparato burocrático esclerótico, responsable de enormes despilfarros y de medidas paralizantes.

André tampoco soporta ser turista. Pero en la Unión Soviética el extranjero siempre lo es. Lo comprueban al intentar visitar sitios prohibidos para los visitantes. La URSS es su modelo ideológico y vital, pero él no forma parte de ese lugar ni sus gentes lo reconocen como uno de ellos. En realidad, lo ha observado siempre desde la teoría, que es lo mismo que decir desde muy lejos. Es, efectivamente, un turista:

Nunca le había gustado esa condición. Pero en fin, en los países donde el turismo es una industria nacional, pasearse es una forma de integrarse en ellos.

La condición de visitante se percibe también en las descripciones que hace Simone de Beauvoir. A excepción del marido de Masha, no tratan con nadie del lugar y los paisajes y la gente, siempre en grupo, están explicadas con trazos gruesos, algo borrosos. La comida ubica más al lector que las personas o las conversaciones. Piroshki (empanadillas de carne), shasliks (brocheta de carne marinada) o kvas (bebida alcohólica de centeno y malta) aparecen para darle sabor pero también contexto a la historia.

La vejez es el otro tema de este libro. La última etapa vital. Cada miembro de la pareja lo sufre y lo divaga por su cuenta. Ambos tienen cuitas sobre la pérdida de agilidad, de belleza, de frescura, de energía.

Cuando un hombre lleva tus paquetes, es porque eres una mujer; si lo hace una mujer, es porque es más joven que tú, y te sientes vieja.

Así se expresa Nicole, que acaba de jubilarse del instituto en el que daba clases. Echa de menos a los chavales, sentirse activa. Lee sin parar, viaja. Pero no tiene horarios, se siente inútil. André es algo mayor y casi se ha acostumbrado a ese ritmo. Demasiado para el gusto de Nicole, también para él mismo.

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Ambos tienen miedo pero lo digieren por separado. La autora se pone en la cabeza de André y en la de Nicole, habla por ambos. Les da la razón y se la quita a los dos. En esas reflexiones no compartidas sobre el hecho de hacerse viejos se crea la fricción y el malentendido que da título al libro. Y se dan cuenta, en silencio, de que su relación hace tiempo que se fractura. Poco a poco, como los ideales políticos, como los huesos y salud.

Nicole llega a sentir celos de Masha, con la que tiene buena relación. La correspondencia del relato con la vida real tiene aquí su punto más morboso: el viaje que narra De Beauvoir es el que hizo en 1966 con Sartre y la amante de éste, Zonina, que también fue su traductora al ruso. De Beuvoir la convierte en este libro en su hijastra, una mujer joven, inteligente y práctica, con la que tiene buena relación pero que le rebota la imagen de todo lo que ella ya no es ni volverá a ser: joven.

Este libro, con muchos cambios y elipsis, formó parte de una de las obras capitales de la autora francesa, La mujer rota. En aquella versión, por ejemplo, no está la voz de André ni aparece la URSS. Malentendido en Moscú es un relato más crudo, tiene menos disfraces. Es una historia de decepciones, de las muchas que se desvelan durante el viaje que comparten André y Nicole, Jean Paul y Simone, por un lugar que un día se lo prometió todo. Pero no es pesimista. No lo es porque al chasco político y a la estafa vital que es llegar a viejo los abriga un calor en descenso, casi templado, a veces frío al que los dos siguen llamando “amor.”