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JON LEE ANDERSON, EL GRINGO MÁS RARO DEL MUNDO

Durante el festival de literatura amplificada Kosmópolis 2015, que se celebró en Barcelona en fechas recientes, Pere Ortín y Paty Godoy tuvieron la ocasión de encontrarse con Jon Lee Anderson para realizar una entrevista que podrá verse próximamente en Altaïr Magazine. Aquí ofrecemos una crónica de backstage realizada por Berta Jiménez, de la revista Zero Grados.

JLAnderson-Altaïr

«Negociemos… ¿Cuál es el precio de mi ausencia?»

Cuando se entera de que vamos a entrevistar a Jon Lee Anderson sin él y mientras intenta conseguir su habitual café americano, Martín Caparrós bromea con Pere Ortín, director de Altaïr Magazine, sobre el encuentro que esa tarde y en el festival de literatura Kosmópolis, ambos tendrán para charlar sobre el hambre y la guerra.

Entre risas y referencias boxísticas sobre la velada que nos espera con dos pesos pesados de la literatura periodística, dejamos al cronista del hambre de camino a una hackaton de «periodismo de datos» (sic) y nos encaminamos a nuestro encuentro con el cronista de la guerra.

La entrevista con Jon Lee Anderson está programada para las once y media, pero el reportero de The New Yorker se retrasa casi una hora, y eso que su reloj de muñeca, de tira de cuero roja bien desgastada, está en hora. Él, consciente de nuestra cita, nos esperaba en su hotel, no en el CCCB de Barcelona. Malentendidos inevitables.

Al fin llega, con su cara de yankee de Long Beach, su acento de colombiano de Barranquilla y su camisa africana comprada en Liberia. Una mezcla de miradas, culturas y pensamientos, que bien describe lo que ha sido su vida.

«Eres un gringo bien raro», ríe Pere Ortín mientras discuten por un café con una de esas máquina suizas infernales que han encapsulado el sabor de una infusión. Hijo de una «multitalentosa» escritora de novelas juveniles y de un «nómada»; hermano de dos norteamericanos, una china y una costarricense, Jon Lee Anderson vivió en ocho países hasta los 18 años y no olvida cómo a los doce años, cuando vivía en Estados Unidos, lo llamaban «el chino blanco» (white chink) por haber interiorizado tanto la cultura asiática. Eso sí, tiene claro que con su aspecto nunca deja de ser «gringo en todas partes» a las que viaja.

Una vez preparado el equipo y sentados los conversadores —Ortín y Anderson— la entrevista todavía se demora. Ambos charlan de amigos cronistas comunes, de la crudeza de un país al que adoran, México, y que pasa por momentos muy difíciles: «Monterrey es una ciudad Zeta» concluye Jon Lee Anderson. Entre disquisiciones varias, Ortín le hace entrega de un regalo especial: Cinco Viajes al infierno, el libro de Martha Gellhorn, una de las periodistas más admiradas por Anderson y en una edición en español —de la colección Heterodoxos de Altaïr— que Anderson no conocía.

A pesar de que el tiempo no corría a nuestro favor, la conversación sigue siendo tranquila y distendida —porque si algo es Jon Lee Anderson es tranquilo—; el tono y la atmósfera del encuentro son los propios de una charla entre amigos.

Bucean en la actualidad política, de Siria a Ucrania, de Guinea Ecuatorial a México, hablan del «poder transformador de la empatía», de las diferencias entre «mirar»y «ver» y de los ojos con los que hay que observar el mundo para ser un buen cronista —que en el caso de Jon Lee Anderson, según afirma, son los de «un niño», con esa capacidad de sorprenderse y esa dificultad de atarse a una sola realidad—.

Durante la entrevista, Anderson confiesa que el hecho de que su nombre aparezca entre el de grandes figuras del nuevo periodismo literario como Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote o Gay Talese es una «errata» que le hace muy feliz, aunque añade que es muy joven para pertenecer esa lista.

Anderson y Ortín discuten, mucho más allá del tiempo previsto, sobre cosmopolitismo, los peligros de la vuelta de los nacionalismos identitarios, el gran peso de la historia y lo difícil que resulta reconocerla. Comparten su oposición frontal a todo dogmatismo. «Somos más patológicos de lo que creemos», afirma Anderson, que, tras expresar opiniones contundentes y nada políticamente correctas sobre lo que sucede en el mundo musulmán, opina que el mal cercano siempre resulta el más incómodo: «Los judíos en Europa son molestos porque recuerdan el Holocausto. Hablar de eso sería uncool en una redacción».

Jon Lee Anderson se mueve mucho y gesticula cuando habla. Los focos con los que se ilumina la grabación de vídeo hacen que en la pared y detrás de su cabeza se cree un juego de sombras chinescas que provocan que tengamos ante nosotros a un Jon Lee Anderson completo y natural, desde sus orígenes nómadas a la actualidad de gran reportero de The New Yorker. Una entrevista larga y profunda, tan larga y profunda como una conversación entre amigos a la que, por desgracia, no pudo asistir Martín Caparrós.