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LA BASTARDA, LA VOZ DE LAS MUJERES SIN NOMBRE

Por Silvia Cruz Lapeña

la bastarda

«¿Sabías que las niñas de tu edad en el pueblo ya alimentan a sus familias trayendo amantes ricos a casa? ¿A qué esperas tú?», le dice a Okomo su abuela materna. Le dice eso y se lo repite cada vez que tiene ocasión a una niña fang, tribu mayoritaria de Guinea Ecuatorial. Pero a Okomo no le gusta maquillarse, ni acicalarse y no tiene ningún interés en buscar marido. «Avergonzada de mis ojos», dice cuando se da cuenta de que su mirada busca la carne, el pecho, y la boca de otras chicas, no de los hombres a los que su familia quiere que se entregue para mantener su casa.

La bastarda es el primer testimonio de una lesbiana en Guinea Ecuatorial y lo firma Trifonia Melibea Obono. La bastarda es una novela corta que tiene como protagonista a una chica nacida de una mujer soltera que murió en el parto. Al no tener padre, es hija de todos los hombres fang, pero en realidad, está a cargo de su abuelo, que impide a la pequeña que busque a su padre. La niña se cría con los progenitores de su madre en una casa donde la abuela pelea cada día a brazo partido con la segunda mujer de su marido, más joven y más fértil, porque quiere que el viejo vuelva a su cama. Para conseguirlo, recurrirá a los servicios de curanderas y brujas, que más que color o contexto, dan cuenta de lo complejo que es para los ojos occidentales el funcionamiento de la sociedad fang.

Cosas de blancos

En ese ambiente crece Okomo, que es, en muchos aspectos, la propia Trifonia Melibea Obono, escritora y activista de los derechos de los gays y lesbianas nacida en 1982. Ella ha sido la primera en atreverse a poner negro sobre blanco lo que siente una mujer por otra en un país, como ocurre en muchos de África, que sigue negando la homosexualidad. Esto no es África, tituló el periodista Marc Serena su libro-reportaje sobre parejas homosexuales desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo y resume muy bien por qué en el continente se sigue diciendo que las relaciones entre personas del mismo sexo son cosas de blancos.

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No es así y lo explica y documenta perfectamente en la introducción de La bastarda Arturo Arnalte, autor de Redada de violetas. La represión de los homosexuales durante el franquismo. Arnalte detalla prácticas homosexuales que se dan en muchas sociedades africanas entre hombres y chavales que se consienten básicamente por dos motivos: porque se dan entre determinadas clases sociales y porque se hacen en privado.

La bastarda saca de la oscuridad esas relaciones y narra las dificultades de una chica que descubre su homosexualidad, pero hay un tema aún más básico en este libro, uno que no tiene que ver con la persona con la que cada cual decide acostarse sino con la propia entrepierna. Porque en cada línea, cada diálogo y cada descripción, La bastarda habla de las condiciones de vida y de relegación en las que viven millones de africanas. Si la homosexualidad le sirve a la autora como metáfora de la libertad, las mujeres le dan la percha sobre la que armar su relato.

Mujeres relegadas

Entre esas féminas está Okomo, pero también su abuela, que refuerza y no cuestiona ni una de las normas a las que se somete a las mujeres fang. Está su tía, que la trata con más mimo pero tampoco rompe las reglas y la anima a que se depile las cejas, se haga trenzas y busque un hombre. Están las amigas que la apoyan y también las que la traicionan pero todas, más libres o menos, no se explican más que mirándose en los hombres. Son básicamente madres y esposas: carne dispuesta para el hombre y los partos.

Entre todos esos silencios y acatamientos, Okomo habla. No alza la voz porque conoce su casa y su entorno, pero va conquistando espacios de libertad en silencio, segura de que no hace nada malo. Primero avanza en privado, en su cabeza, observando y escuchando órdenes que no la convencen: «Los mayores siempre tienen razón», dice la abuela y su entorno, y ella no puede aceptarlo. Avanza también en la práctica, donde se deja ir y prueba el sexo con otras mujeres, toma decisiones que van en contra de las órdenes que recibe y vence su propio miedo.

Una voz en la dictadura

Escuchar la voz de una ecuatoguineana lesbiana es el principal valor de La bastarda porque entre los suyos, los fang, entorno del que procede la autora, ni siquiera hay una palabra para referirse a ellas. «Si un hombre que mantiene relaciones con otro se llama hombre-mujer, ¿cómo se denomina a las mujeres que hacen lo mismo?», pregunta la joven Okomo a su tío. «No existís», le replica él, desterrado de su familia y de su pueblo por ser gay, y el encargado de aclararle que por mal que estén él y su novio, ella siempre estará peor.

Otra de las fuerzas de esta novela radica en que se carga en pocas páginas la imagen de mujer sumisa que se da de las africanas. En los últimos años se han publicado libros con protagonistas homosexuales pero casi siempre son hombres. La senegalesa Mariètou Mbaye Biléoma es una de las pocas que antecede a Obono y ataca el colonialismo al tiempo que presente mujeres valientes que aman a otras mujeres. Obono también rompe ese tabú a través de Okomo y con su propio ejemplo de lesbiana orgullosa, de profesora en la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial y de rompedora de convenciones. Una que se atreve a publicar en sus redes cosas como «Quiero tener orgasmos, no dejo de ser una mujer fang por eso» o «Cualquier hombre fang tiene un imperio: la familia que malgobierna por decreto» en un país que dirige con mano dictatorial Teodoro Obiang.