Hasta la cumbre, siempre

Por David Torres Bosque

cabecera.Speed

¿Tiene sentido escalar las grandes paredes alpinas de forma acelerada con el único propósito de batir un nuevo récord? Para Ueli Steck sí: esta era su forma de vida, su manera de sentir la escalada. Aunque él parecía restar importancia al éxito o al fracaso, a si rebajaba los tiempos o no, lo cierto es que siempre andaba pendiente del cronómetro —o mejor dicho de los cronómetros, ya que solía ir con dos—.

Es evidente que puede criticarse lo que hacemos, pues en el fondo no tiene ningún sentido. Pero lo que vives ahí arriba no lo puede vivir ningún otro, ni tampoco te lo puede quitar nadie. La vivencia, ese momento, es la mayor recompensa. Es algo que no puede explicarse y que nadie puede aprender de un libro, pues te pertenece únicamente a ti

Ueli empezó a escalar a la edad de 12 años a través de Fritz Morgenthaler, un amigo de su padre que lo llevó al Schrattenfluh (2.092 m) en Suiza. Fritz era escalador de la vieja escuela y le enseñó poco a poco y con disciplina todo lo que hacía falta para llevar a cabo una escalada de forma segura. Más tarde ya de manera frecuente iban a los Heftizähne (Suiza) y esta pasión que comenzó a crecer fue lo que le llevó a dejar de lado el hockey —deporte que hasta ese momento practicaba con regularidad—. A pesar de que su padre no estaba muy conforme con la decisión, le dijo una frase que le marcaría para siempre: «si haces algo, hazlo de la mejor manera posible». Tal vez fue aquí cuando comenzó su obsesión con el rendimiento: pasaba la semana leyendo los relatos de la revista Rotpunkt sobre los que entonces eran sus mitos Wolfgang Güllich i Kurt Albert, mientras esperaba a que llegase el fin de semana para ir a escalar. Primero se acercó a Grindelwald, y marcó su primer objetivo: subir el Eiger (3.970 m). Para entonces tenía 19 años y una lectura obligada La araña blanca de Heinrich Harrer (Ediciones Desnivel, 2016). Fue aquí, en 2007, cuando ganó fama a nivel mundial tras escalar los 1.800 metros de desnivel de la cara norte del Eiger en tan solo 3 horas 54 minutos. Solo un año más tarde él mismo rebajó el récord a 2 horas 47 minutos 33 segundos. En 2015 lo volvió a pulverizar dejándolo en 2 horas 22 minutos 50 segundos, sin cuerda ni arnés. A lo largo de su vida Ueli acabó subiendo al Eiger 28 veces, llegando a pasas más de cincuenta días de su vida en esa pared.

Ueli se propuso completar la trilogía de las grandes caras norte de los Alpes en un tiempo récord. En el 2008 subió por la Vía Colton-McIntyre (1.200 metros de desnivel) en las Grandes Jorasses (4.208 m) en 2 horas 21 minutos 26 segundos y un año más tarde, 2009, la del Cervino (4.478 m) en 1 hora 56 minutos 40 segundos. Estas experiencias, junto a las conversaciones que mantuvo con Reinhold Messner, Christophe Profit y Walter Bonatti, así como una serie de entrevistas con la periodista Karin Steinbach, autora de las biografías de Ines Papert, Peter Habeler y Gerlinde Kaltenbrunner, son el resultado del libro Speed (Ueli Steck, Ediciones Desnivel, 2017).

Las ascensiones rápidas fueron para mí también un modo de seguir escribiendo la historia del alpinismo, la historia de la humanidad a través del alpinismo, en este caso con las caras norte

Aunque ya había realizado alguna ascensión en Nepal, —cara este del Tawoche (6.515 m) y la norte del Cholatse (6.440 m) en 2005; la cumbre este del Gasherbrum II (7.710 m, Karakórum) donde realizó la apertura de la vía Magic Line en 2006; Pumori (7.161 m, Nepal) el 2007; Teng Kampoche (6.500 m, Nepal) por una vía nueva de 2.000 metros en su cara norte el 2008 o el Ama Dablam (6.856 m, Nepal) por la vía normal en 2011—, su gran ambición eran los ochomiles. En el libro 8.000+, Ueli Steck junto con Karin Steinbach (Ediciones Desnivel, 2017) narra sus expediciones a través de varias cimas como Gasherbrum II (8.035 m, Karakórum), Makalu (8.463 m, Nepal), Shishapangma (8.027 m) o el Cho Oyu (8.201 m, Tíbet) y el Everest (8.848 m, Nepal).

Para mí la escalada no es una disciplina deportiva más, y supone mucho más que una afición. La escalada se ha convertido en algo que da sentido a mi vida. Yo me defino en gran medida a través del alpinismo, y por lo tanto a través de mis logros. Tal vez no sea muy buena astucia, pero el camino que me he trazado transcurre entre el éxito y el fracaso. Así es como encuentro mi bienestar

La cima del Annapurna se había convertido en su imprescindible tras dos intentos fallidos. El primero en el año 2007 cuando estaba subiendo por su cara sur y una roca golpeó su casco dejándolo inconsciente y provocando que se deslizase durante 70 metros por la vertiente. El segundo fue debido a una avalancha que le impidió el ascenso. Ya en el campamento, mientras estaba cenando junto a su compañero Simon Anthamatten, recibió una llamada del alpinista rumano Horia Colibasanu, donde le pedía ayuda para poder salvar al navarro Iñaki Ochoa de Olza que se encontraba en el campo IV con síntomas de mal de altura. Tanto Ueli como Simon no se lo pensaron y corrieron hacia el campo base del Annapurna para ayudar en el intento de rescate. Por desgracia no pudieron salvar a Iñaki, quién murió el 23 de mayo del 2008: 

«también soy consciente de que en la vida no existe el riesgo cero. Eso deberíamos aceptarlo todos»

. Finalmente, en otoño de 2012 consiguió escalar el Annapurna (8.091 m, Nepal) ida y vuelta en 28 horas en solitario por la vía comenzada por Pierre Beghin y Jean-Christophe Lafaille. 

Ya el mero hecho de ascender una montaña a un ritmo normal, únicamente para tener que descenderla a continuación. Tiene poco sentido, dejando a un lado los intensos momentos y emociones que dicha experiencia proporciona al alpinista que la realiza. Son sensaciones y experiencias que nadie más le puede dar, que se le graban en la memoria y que yo encuentro que merece la pena vivir

El 30 de abril del 2017, Ueli Steck, todavía por causas desconocidas, sufrió un accidente en Nepal que lo llevó a la muerte. Según afirma Reinhold Messner, cuando murió podía estar realizando la llamada «Herradura del Khumbu», es decir, ascender las cimas del Nuptse (7.861 m), Lhotse (8.516 m) y el Everest (8.848 m) en el menor tiempo posible. Hasta el momento esta proeza solo ha sido efectuada por el británico Kenton Cool y el sherpa Dorje Gylgen que lo hicieron en tres días consecutivos en mayo del 2013 utilizando oxígeno artificial.

Para mí, el alpinismo significa que salgo a la naturaleza y me expongo a ella. Y cuanto más directamente lo haga, más cerca estaré de ella. Otro ejemplo: cuando vivaqueo al raso, percibo la naturaleza de una forma completamente distinta a si duermo en una tienda, y en una tienda de forma diferente a si lo hago en la furgoneta. Con el alpinismo ocurre lo mismo: cuantos menos medios de ayuda empleo, menos adulterada, más pura es la experiencia. En el mundo actual todo es posible, técnicamente todo es factible. Si quieres que te lleven a la cumbre, puedes volar hasta lo alto del Eiger en helicóptero y que te dejen ahí arriba, pero la experiencia sería nula. Habrás contemplado unas vistas hermosas, pero al día siguiente ya no recordarás nada de ello. Será banal

La familia del suizo, el día de la incineración del cuerpo en el monasterio de Tengboche (Nepal), manifestó que […el 20 de abril del 2017, Ueli Steck ascendió desde el campo base del Everest al Campo II, a unos 6.400 m. Su plan original era escalar a la mañana siguiente para seguir aclimatando por la ruta normal hacia el Collado Sur a casi 8.000 m de altura, para regresar al Campo II el mismo día. Desde este campo, Ueli percibió que las condiciones de la pared del Nuptse eran ideales, razón por la cual decidió por la tarde modificar su plan y escalar el Nuptse a la mañana siguiente. El 30 de abril, salió a las 4:30 h junto con el francés Yannick Graziani, cruzando el gran glaciar. Después, Graziani continuaba por la ruta normal del Everest hacia el Campo III, mientras que Ueli entraba en el flanco del Lhotse. El accidente del suizo sucedió a unos 7.600 m hacia las 9:00 h (hora local). Su cuerpo fue finalmente recuperado por el piloto de helicóptero italiano Maurizio Folini a una altura de unos 6.600 m…]

Al final, la meta no fue la cumbre, sino tener el valor de atreverse a probarlo. La meta siempre es el desafío personal. Para algunos, la meta puede ser pisar la cumbre del Everest, para lo que puede ayudarse con sherpas y oxígeno, lo que siempre es una decisión personal. El que uno suba una montaña en estilo alpino o en expedición pesada, lo haga en solitario o con un equipo numeroso, es realmente secundario. Cada persona debe encontrar su propio camino, tanto en alpinismo como en la vida normal. Reglas del juego hay muchas, pero al final es uno mismo quien debe poner sus propias reglas y guiarse por ellas. Lo que cuenta son las impresiones y las sensaciones que uno vive, y para ello hay que salir y hacerlo