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La meca de las vanidades, por Ana Cristina Restrepo Jiménez

Fotografía de Julián Roldán

Colombia es un país al que a menudo se le ha asociado con la belleza y la voluptuosidad de sus mujeres, una suerte de paraíso de la cirugía estética donde personas de todo el mundo van en busca de un nuevo estatus físico a buen precio. La periodista y profesora Ana Cristina Restrepo Jiménez escribe en nuestro 360º sobre Medellín un reportaje sobre uno de los destinos de «turismo estético» más frecuentados del mundo. Aquí dejamos un fragmento gratis y en abierto para todos los lectores.


La voluptuosidad nunca le ha sido ajena a Medellín.

La fractura de Pangea moldeó el Valle de Aburrá en el corazón de los Andes, donde se ubica la capital de Antioquia. En las sinuosas curvas de la cadena montañosa que desafió a generaciones de campesinos colonizadores, los árboles no se cansan de florecer, mecidos por los vientos alisios que refrescan el atardecer. La temperatura promedio es de 27° C durante todo el año.

«La ciudad de la eterna primavera», como es conocida en el resto de Colombia, parece el lugar perfecto para unas vacaciones. No obstante, la imagen del turista tendido en una hamaca, en una pradera apacible o sobre una colchoneta flotando en las aguas de una piscina, sufre una leve alteración en Medellín, destino frecuente de visitantes cuyo propósito es ser más bellos.

Cada época de la historia se caracteriza por iconos e ideales estéticos. En la nuestra, los medios de comunicación son legitimadores de unos patrones prácticamente inalcanzables, vinculados a ciertos factores culturales que superan la presión de la «eterna juventud» y sitúan la apariencia física en el centro de la discusión. Para empezar, la inmediatez: pese a los riesgos, un quirófano arroja resultados más rápidos que un gimnasio; por otra parte, el consumismo determina que no basta con contemplar lo bello: es preciso tenerlo. Y, por último, un asunto más local: la mezcla del machismo imperante en Latinoamérica con los rezagos de la llamada «narco-estética», ilustrada en una frase callejera, reiterativa en Medellín: «No hay mujeres feas sino maridos pobres».

Desde los años del dominio de Pablo Escobar, la mafia impuso la ostentación como manifestación estética para equipararse con las élites sociales. Los excesos marcaron una dicotomía entre el «buen» y el «mal» gusto en el arte, la moda y la arquitectura. Sin embargo, las cirugías plásticas se asoman como un punto de confluencia de la estética de las clases altas y la del mafioso: lucir una intervención que parezca natural otorga un estatus, comparable con los actos tribales de las sociedades primitivas —como perforaciones y ablaciones—.

A partir de los años 90, el auge de estas intervenciones en el físico de las personas convirtió a los cirujanos plásticos en Pigmaliones, cuyas obras deambulan por las calles de la ciudad.

Fernando Botero no es el único escultor de figuras voluptuosas que viajan por el mundo…

En Medellín, quienes ingresan por primera vez en un consultorio de cirugía plástica, se presentan así ante la secretaria:

«Estoy aquí para hacerme valorar.»

(…)

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