La niña que a veces era niño, por Lucía Martínez Odriozola

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En 2008, en una alocución parlamentaria, una ministra se dirigió a los «miembros y miembras» del legislativo. Fue tildada de «ignoranta». Ello desencadenó un intenso debate sobre la corrección del término. Citando aquel suceso y determinados usos y situaciones de la lengua española, Lucía Martínez Odriozola analiza, en nuestro 360º sobre viaje y perspectiva de género, temas tales como el sexismo en el uso del lenguaje, la inclusión y el femenino genérico. Dejamos aquí un fragmento.


El experimento se realizó con escolares de España y Alemania. Se les pidió que dibujaran la boda entre una cuchara y un tenedor. Todos los dibujos de la escuela española eran similares: a la cuchara la vistieron de novia y al tenedor, de novio. También los dibujos de la escuela alemana eran idénticos. Con una diferencia. En este caso, la novia era el tenedor y la cuchara, el novio. El experimento lo contó Álvaro García Meseguer en julio de 2007, en uno de los últimos cursos de verano que impartió.

Él fue uno de los pioneros en hablar de sexismo y lengua. Su libro ¿Es sexista la lengua española? fue publicado en 1994. Pero la especialidad de este profesor del Centro Superior de Investigaciones Científicas no fue, como podría imaginarse, la Filología, sino el hormigón armado. Meseguer era ingeniero y una de las referencias del movimiento feminista en los años ochenta.

Pero, ¿cómo se explica que en un país la cuchara fuera la novia y en el otro, el tenedor, y viceversa? En alemán, «löffel» es «cuchara» y «gabel», «tenedor». Pero, contrariamente a la norma española, «löffel» es masculino, mientras que «gabel» es femenino. El experimento no dejaría de ser un divertimento si no fuera por la importancia que parece tener el género, también el gramatical, a la hora de configurar nuestra forma de concebir el universo que nos alberga.

El gramático Ignacio del Bosque elaboró en 2012 un informe sobre las muchas guías para usos no sexistas de la lengua, en el que hablaba de la falta de correspondencia entre género (gramatical, claro) y sexo. Ese informe fue ratificado por cuantos académicos acudieron al pleno que la Real Academia Española (RAE) celebró el 1 de marzo de aquel año. No seré yo quien enmiende la plana a los miembros de tan importante institución. Aunque es cierto que hay muchas palabras de género femenino que se aplican a varones —alteza, eminencia—, también es cierto que no es inhabitual, como en el caso de los escolares, relacionar las palabras de género femenino con las mujeres y las de género masculino con los varones.

De ahí la importancia de que uno de los primeros pasos que se dieron en este mundo de los lenguajes inclusivos tuviera que ver con las profesiones. En la primera mitad del siglo XX, las mujeres salieron de los espacios privados, de los hogares en los que vivían con «la pata quebrada» y se incorporaron al mundo del trabajo, primero tímidamente, y en profesiones consideradas «femeninas» y propias de su sexo. Pocos años después, y de forma más decidida, lo hicieron al mundo de la universidad y del trabajo, y ahí surgió la necesidad de enunciar las profesiones en femenino. No sólo las profesiones; también los cargos y la práctica de otras actividades.

La mujer tenía conquistadas ciertas parcelas: había lavanderas, enfermeras, costureras, bordadoras, cocineras, remendadoras… En esos primeros momentos, se crea la necesidad, hasta entonces inexistente, de expresar en femenino ciertas profesiones y oficios que antes ejercían ellos en exclusiva: carpintero, minero, juez… Y cuando las mujeres alcanzan esas plazas, se produce un chirrido en nuestro viejo oído castellano: esos oficios en femenino suenan raro —carpintera, minera, jueza—, pero suenan peor cuando se produce la falta de concordancia entre el artículo femenino y el nombre en masculino: «¡La carpintero!» Aquellas palabras que acaban en «o», dan el salto al femenino con absoluta rapidez y agilidad: carpintera, minera, herrera.

Otras, por el contrario, producen dudas que pueden confundirse con la timidez: ¿la jueza o la juez? ¿La presidente o la presidenta? El uso de este término en femenino es viejo, se introduce en los diccionarios de la Real Academia Española en 1803. Sin embargo, las juezas no son incorporadas al DRAE hasta 1992.

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