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LA REALIDAD NO EXISTE, UN PASO DE MARINA HERNÁNDEZ

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Marina Hernández vuelve a nuestros Pasos de Altaïr Magazine para contarnos la historia —tal vez real, tal vez no— del último anarquista de la puna. «La realidad no existe» y por eso Raúl Prchal elige los márgenes y la coherencia para intentar que el capitalismo no lo devore a él también.


 

A medio camino entre la ciudad de Jujuy y el fin de la Argentina un hombre blanco ha construido un castillo de adobe para vivir entre los indios. Un cráneo de buey cuelga de la puerta de entrada a modo de mascarón de proa. Debajo se evidencian las señas del anarquismo: una A mayúscula que alimenta y rebasa una circunferencia. La única ventana está cerrada porque el viento rojo comienza su andadura de otoño por estas tierras de altura; se avecina el frío otra vez. Es la tercera vez que la ruta me trae hasta esta casa, comuna anarquista, refugio de malabaristas y de soñadores utópicos y de los jóvenes recién graduados que emprenden su ruta hacia el Norte como rito de paso hacia la edad adulta. También de los artesanos que cambiaron capitalismo por vino Toro y cigarrillos de intemperie a la sombra de los cardones abuelos —los cactus de altura— que inundan la quebrada y la puna. Esta vez la puerta está cerrada. Un cartel invita a largarse de allí y no molestar. Toco la puerta.

—¿Raúl?

—Qué carajo, ¿no viste el cartel? —responde una voz desde el interior de esta oscuridad de cueva.

El fuego ya está prendido y cruje el serrín chamuscándose bajo los plásticos y papeles de la jornada. Descubro al viejo ocupando la esquina de la mesa de madera frente al hogar, con el gesto en sombra bajo el sombrero de ala que siempre le cubre la cabeza. Tiene ante él una bolsa de coca y se afana en elegir cuidadosamente la próxima hoja que formará parte de ese enorme bolo que ocupa su boca. Una a una, separa la nervadura de la carne verde y fresca y envuelve, con ella, pedazos de llipta, la ceniza que activa los alcaloides de la planta sagrada del originario pueblo inca. Es un hombre exquisito y no cualquier coca le sirve.

—¿Qué querés? —me pregunta.

—Escribir tu historia —respondo. Se lo piensa.

—Pero voy a mentirte.

Así que supongo que esta es la historia de una mentira narrada a la luz de las lámparas de queroseno un día de fuerte viento en la quebrada roja.

Que cada uno juzgue si merece ser creída.

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2

El día 1 de enero de 1975 Raúl Prchal llegó a Humahuaca, Jujuy, acompañado de su esposa Graciela, sus dos hijas, y una cohorte de compañeros con el objetivo de construir una comunidad autogestiva que les permitiera, de una vez por todas, abandonar la sociedad de consumo circundante. Aquella no era la primera vez que Raúl participaba en un proyecto comunitario ni tampoco la primera vez que fracasaba. Recién volvían de la lejana Francia, en cuya cavernosa costa mediterránea habían participado por dos años en la Comunidad del Arca. Fundada por el discípulo de Gandhi, Lanza de Vasto, esta institución basaba su existencia en la no-violencia, la justicia, la búsqueda espiritual, el autoabastecimiento y el trabajo artesanal. Por su rechazo al gregarismo y a su férrea disciplina monástica, el irreverente Prchal pronto se ganó el sobrenombre de Guanaco —camélido tozudo y salvaje del que desciende la llama— y un billete de regreso a la Argentina con la promesa —que nunca llegó a concretarse— de formar una filial del Arca en el Norte.

(…)


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