Publicado el

LA TIERRA QUE RESPIRA, UN PASO DE PEDRO MONTESINOS

6287581473_51ecf452f2_o

Pedro Montesinos vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine para sumergirnos, de nuevo, en un mundo de sonidos y onomatopeyas al más puro estilo Tom Wolfe. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Hace varios años que voy regularmente, a finales del mes de agosto, a la isla en la que presencié un extraordinario fenómeno geológico poco conocido y, me atrevería a decir, también, poco valorado. Y no era la primera vez que pisaba su suelo volcánico y negro, porque allí trato de desarrollar, en colaboración con una asociación local, un proyecto de registro y archivo de paisajes sonoros. Pero aquel encuentro —intenso, emocionante y revelador—, fue definitivo para reafirmar mi decisión de seguir yendo hasta aquel rincón del mundo con la ilusión y la convicción del explorador que se adentra en terrenos desconocidos en busca de las más sorprendentes maravillas, en mi caso, perceptibles al oído y susceptibles de ser capturadas con un micro y una grabadora. Un poco, como el buscador de oro que una y mil veces vuelve al mismo tramo del río en el que un día obtuvo la deseada recompensa a su esfuerzo.

Allí, en ese recóndito pedazo de lava solidificada que sigue emergiendo del océano, desfigurado por un corrimiento de tierra que esculpió el sobrecogedor espectáculo que es El Golfo. Allí donde los vientos alisios doblan las sabinas y el bosque de laurisilva se resiste a desaparecer. Allí, donde los primeros pobladores sobrevivieron gracias al agua que condensa de las nubes el «Árbol de la Vida» (el garoé) y durante siglos estuvo el principio del «Fin del Mundo» y, posteriormente, el «Meridiano 0» (antes de Greenwich). Allí, en la isla canaria de El Hierro, no es difícil dar con alguno de esos, a veces delicados guiños, otras feroces zarpazos que encierran auténticos tesoros de un mundo en el que se entremezclan de manera sutil pero firme el tiempo geológico y el tiempo humano.

Un bufadero poco conocido

Hasta ese apartado lugar, en el extremo Norte de la isla, fui una tarde siguiendo la recomendación de Janay, una amiga herreña, guía ocasional y enamorada hasta el tuétano de este que es su terruño. En una pequeña presentación que hice del proyecto para algunos amigos de la asociación (en el marco de su festival Bimbache openART), no dudó en hablarnos de aquel sitio y de aquel extraño bufadero. «Son bastante comunes en costas acantiladas labradas en terrenos volcánicos o kársticos», asegura desde el comité científico del Geoparque de El Hierro don Ramón Casillas, doctor por la Universidad de La Laguna (ULL). Remitiéndose al Diccionario de Térrminos geográficos (1978) de F. J. Monkhouse, define un bufadero como una «hendidura subvertical que enlaza una cueva marina con la superficie del borde de un acantilado; en ocasiones, la fuerza de compresión de las olas que irrumpen en el interior de la gruta expulsa por la hendidura o chimenea espuma pulverizada del agua del mar».

En su intervención, Janay señaló la zona en la que podía encontrarlo y ofreció, de viva voz, las indicaciones que me permitirían llegar al punto exacto en el que se produce esta rareza sonora casi desconocida, incluso para muchos habitantes de la isla: el bufadero escondido del Charco Manso. O como lo denominó la propia Janay: «La tierra que respira».

Presencié un extraordinario fenómeno geológico poco conocido y, me atrevería a decir, también, poco valorado

A pesar de que la ubicación exacta no me había quedado muy clara, dos o tres días después de aquella fructífera charla decidí acercarme hasta esta zona de baño a la que se accede desde Echedo, bajando por la serpenteante carretera que desciende hasta el mar. Una vez allí, cargado con el equipo de grabación completo (trípode incluido), me dispuse a buscar, encontrar y capturar un fenómeno sonoro natural, no biológico propio de este hábitat. Exactamente lo que el investigador y divulgador norteamericano Bernard Krause llama una Geofonía.

CTA-premium-con-precio

Y para alcanzar ese evanescente objetivo, únicamente contaba con  algunas indicaciones que se repetían una y otra vez en mi cabeza, entremezcladas con una tímida pero certera onomatopeya «…ffffffh… por el lado izquierdo, mirando al mar, siguiendo un pequeño camino que sale desde el aparcamiento, …ffffffh… hasta un primer bufadero grande …ffffffh… Y desde allí te acercas un poco más hacia el mar y lo encontrarás…ffffffh…».

Envuelto en una vespertina luz anaranjada que realzaba el intenso azul de un cielo raso y plano, no tardé en confirmar las indicaciones sobre el terreno. Me adentré por el sendero que sale desde la zona de aparcamientos y, a unos 50 ó 60 metros aproximadamente, a mi derecha, ya pude identificar un hundimiento en el terreno, a otros 10 ó 15 metros en dirección al mar. Al acercarme, comprobé que, a través de un orificio redondo de unos 40 ó 50 centímetros de radio, se veían las olas que entraban y salían de una cavidad que se abría en la roca, debajo de mis pies.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE