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Libros: Domingo de Revolución, de Wendy Guerra

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Por Esteban Ordóñez

Giraba sobre sí misma hasta agotarse. Bailaba sola, con una copa de vino y, cuando ya se había castigado lo suficiente, engullía pastillas para dormir como un oso amaestrado al que lo recompensan con terrones de azúcar. «Mi premio era rendirme». Cleo, la protagonista de Domingo de Revolución, comienza el relato hundida en una depresión llena de cubanía.

«En el socialismo uno no sabe el pasado que le espera». La autora de la novela, Wendy Guerra (1970), recuperó esta cita de Milán Kundera en su blog Habáname allá por 2010, y de esta frase, que también aparece en la novela, brota gran parte del aliento de Domingo de Revolución. La vida de la protagonista está intervenida. Las intromisiones de las fuerzas de seguridad convierten su existencia en algo ajeno, sobre lo que ella apenas puede intervenir. Toda la rebeldía que podía permitirse era no ventilar la fetidez de su cuarto cuando los oficiales con guayabera acudían a revisar su casa.

Hacía un año que sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando recibe la noticia de que su poemario Antes del suicidio ha ganado un gran premio español. El galardón la obliga a abandonar su régimen de cama y poca ducha. Viaja a España. Su llegada es celebrada con la pantomima y los laureles del reconocimiento de la comunidad literaria. Al regresar a Cuba, de pronto, la catalogan como disidente. «No se trataba de mi poesía… Tenían que colocarme en un lugar, no importaba si era real, había que colgarme un cartel, y así lo hicieron. Nadie me preguntó si mi corazón estaba a la izquierda o a la derecha, nadie averiguó cuál era mi posición con respecto a este largo gobierno. Eso ellos ya lo habían resuelto por mí». Se convierte en opositora por indicación gubernamental.

En Domingo de Revolución la trama pierde relevancia en favor de lo que conforma un tratado lírico sobre la soledad y la «cubanidad». No sólo habla de la soledad de quien reniega de cualquier vínculo emocional tras el golpe de la muerte de sus padres, sino de una soledad a la vez íntima y social, cimentada en la diáspora, el exilio y en un sistema de delaciones asumido como parte de la cotidianidad.

En Domingo de Revolución la trama pierde relevancia en favor de lo que conforma un tratado lírico sobre la soledad y la ‘cubanidad’.

Cleo detesta Cuba y, a la vez, la adora y la requiere. Su simbiosis con el territorio es brutal: ella también es una isla que vive acosada por el desánimo, la estridencia caribeña y por sopetones de sexualidad catártica. Cuba es una grasa, un sudor que te impregna durante la lectura de la novela —incluso cuando la historia cambia de escenario— unas veces fatigándote y otras erizándote las papilas, procurándote buenas dosis de sensualidad. Wendy Guerra mapea el paisaje sensorial de Cuba. La Habana es una palangana de sal rodeada de agua, es el vómito de los portales, el olor «a frito y a petróleo, creolina para baldear, perfume de puta enmarañado con pastelitos de guayaba; hiede a fosa, alquitrán, a marisma, a costa norte revuelta».

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Domingo de Revolución se aleja mucho del concepto de novela política. No hay una sola tentación ideológica. Cuando Cleo viaja a México y se reúne con la comunidad cubana en aquel país, acaba concluyendo que «no hay nada más parecido a un comunista que un decepcionado del comunismo». En la hostilidad de DF, el círculo de emigrados la ayuda a defenderse del desarraigo, incluso cuando la desprecian por no adaptarse a los moldes de la épica disidente: «… aunque sentían cierto desprecio por esta díscola…, estaba a salvo en sus gestos, en su acento, en el semblante y hasta en la intolerancia.»

La capacidad de observación de Wendy Guerra limita con la poesía, pero también con la crónica. Es capaz de balear la línea de flotación de todo un sistema político a partir de la descripción de los vestuarios de la oficialidad del régimen: «… su empeño en ser o lucir humildes, en transcurrir de espaldas al mercado, la necesidad, la opción única de ponerse lo que hay, porque tampoco tienen medios para comprar un vestuario adecuado, pero, de paso, en recalcar que menosprecian el valor de la moda, que disfrutan de estar fuera de ella… en ese no estilo germina una condición inconfundible: el desprecio a lo bello, al valor de lo contemporáneo y sus estremecedores y simbólicos cambios estéticos e históricos».

Cleo detesta Cuba y, a la vez, la adora y la requiere. Su simbiosis con el territorio es brutal.

El humor irradia en algunos pasajes del libro, pero nunca despunta ni lleva a la carcajada. Se trata un humor latente, a medio gas, que nace de la rendición y del acto de relativizar la tragedia para sobrevivir.

En un momento, Cleo descubre, gracias a Gerónimo, un afamado actor que investiga la historia de su familia, que su pasado no es el que creía, que su padre podía no ser aquel que se esfumó en el coche siniestrado, sino El Macho, un mítico guerrillero que acabó pereciendo ante un pelotón de fusilamiento.

En la tristeza de Cleo cuesta definir cuánto hay de su propia psicología y cuánto del acoso, las trampas y las mentiras del sistema. La narración discurre con un tejemaneje de fondo, un ruido en segundo plano, que se sirve de cámaras y micrófonos, y que parece caminar siempre dos pasos por delante de la historia. Las amenazas perviven tan insertadas en lo habitual que los oficiales no necesitan pronunciarlas. Cleo ha perdido el control de su identidad, no es dueña de su propio relato: desde instancias superiores, han redefinido su historia y sus opiniones a conveniencia.

Domingo de Revolución no busca ninguna conclusión, pero la encuentra: «Sin Cuba no existo», dice Cleo. La esperanza asoma en la novela a través de la geografía de la ciudad, nunca a través de la gente. Hay mucha Habana y pocos habaneros. Sin embargo, incluso esos arrebatos de esperanza, llegan moteados de ironía: «… siempre que doblas una calle aparece el mar, lo veo como una broma bien pensada del trazado urbanístico.»


Domingo de revolución
Wendy Guerra
Anagrama, 2016. 232 páginas.