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Los bosques de Julius. Un paso de Gabi Martínez

Cabecera Gabi Martínez - Tyto Alba1Regresa Gabi Martínez a los Pasos en Altaïr Magazine, y en esta ocasión lo hace acompañando al psiquiatra Julius, protagonista de la novela Ciudad abierta de Teju Cole, una especie de flâneur del siglo xxi, cuyo entorno paseante natural es, en realidad, la metrópolis, esos bosques de cemento y metal. Dejamos aquí un adelanto para los lectores del blog.


De vez en cuando, los revulsivos se presentan de una forma muy tranquila, sin ni siquiera parecer que lo son. En realidad, hay bastantes cosas que son lo que no parecen. La novela Ciudad abierta de Teju Cole, por ejemplo, no parece ser uno de los libros de viaje más interesantes que se han escrito en los últimos años y sin embargo…

Es cierto que la obra del afroamericano (Kalamazoo, Michigan, 1975) no responde a varias claves básicas del género. De hecho, Cole no focaliza su relato sobre un territorio muy determinado —aunque recorra Nueva York y Bruselas—, y viaja por una especie de iconosfera tan global como, por eso, imprecisa. Pero también es verdad que Julius, el psiquiatra residente en un hospital de Manhattan que protagoniza la historia, no deja de desplazarse y de descubrir y revelar matices del mundo que va emergiendo ante él. Y que lo hace al estilo del wanderer purasangre, recogiendo el testigo de Henry David Thoreau para perfilar a un paseante del nuevo milenio capaz de embriagarse mientras camina metrópolis.

Ciudad abierta es dispersa. Lo necesario para definir el alma del lugar del que se habla: la Tierra

Los «bosques» de Julius proponen un tipo de sombras, estímulos, hallazgos muy diferentes a los de Thoreau. Su naturaleza es de hormigón, asfalto y cristal, y la sobreinformación sopla en ellos como un viento de fondo que casi parece arrullar a ese hombre que avanza tranquilo sabiéndose un punto más de la inmensidad, nada más y nada menos que un punto, permitiendo que el entorno le penetre, le enseñe, le integre en su sustancia. Da gusto ver a Julius pasear, siempre con las orejas altas, la mirada presta, creciendo a cada paso como los caballeros de La dolce vita o La grande bellezza, esos virtuosos de la passegiatta urbana que tan fácil contagian el deseo de perderse civilizadamente.

Como pasear es un verbo de difícil traducción literaria, un libro basado en ese acto puede hoy intimidar, porque amenaza aburrimiento. Por eso, al principio de la lectura uno teme haber topado con el clásico batiburrillo de anécdotas sin dirección sólo mantenido a flote por —eso sí— la brillantez expositiva de un joven americano muy culto. Pronto, empiezas a percibir que, línea a línea, se va desplegando una atmósfera tan dispersa como familiar, y que el texto cobra sentido justamente gracias a esa dispersión, fundamental para definir el alma del lugar del que se habla, y que resulta ser la Tierra (o buena parte de ella). Cada paso es un detalle, una acción, una sugerencia que se suma a las demás conformando un universo homogéneo.

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