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MONTES DE ANAGA: EL MUNDO ANTIGUO, UN PASO DE ANDER IZAGIRRE

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Ander Izagirre vuelve con la cuarta y última crónica de la serie «Aquí se agachó Humbodlt». En esta ocasión el periodista nos hace viajar por Anaga… Dejamos aquí un adelanto en abierto para los lectores de nuestro blog.


Pide una cerveza sin alcohol, porque está de servicio. Es el policía de Anaga, el que patrulla esta comarca de montañas abruptas, bosques, barrancos y costa desierta, en la punta norte de Tenerife. El policía tiene cuarenta y tantos, es fibroso, enérgico, pelo canoso cortado a cepillo, lleva todo el día patrullando solo y tiene ganas de hablar. En la taberna solo estamos el camarero, un vecino, el policía y yo.

—Fíjate en los pueblos —me dice—. Están construidos en la crestas de los montes. Aquí todo son barrancos, casi no hay tierra cultivable, por eso hacen las casas en la punta de las rocas y dejan las laderas más suaves para plantar. Aquí los conflictos siempre son por límites. Vecinos que discuten por un metro de terreno. Es que eso te da la vida. Y siempre tenemos líos así.

Bebe media cerveza de un trago. Empieza con otra historia. Por la pausa y la media sonrisa, da la impresión de que ahora viene la buena.

—Aquí también pasó lo del Maso, lo del Brujo –dice, y se calla otro poco.

—¿El Brujo?

El Brujo, el Maso: Dámaso Rodríguez, antiguo legionario, mirón, violador y asesino. Le gustaba espiar a las parejas que se iban en coche a rincones apartados de Anaga para darse el lote, conocía los lugares más habituales de esas escapadas amorosas. En 1981 se acercó al coche de una pareja, sacó una pistola, mató de un tiro al chico, pegó y violó a la chica, se llevó el coche con la chica y el cadáver del chico hasta otra zona, los dejó allí y desapareció.

—La gente de la zona sabía en qué andaba el Maso —cuenta el policía—. Lo detuvieron, la chica lo reconoció y lo condenaron a un montón de años. Pero en 1991 un juez le dio un permiso de tres días, salió y no volvió.

Una semana después de que Rodríguez saliera de la cárcel, apareció el cadáver de un turista alemán en el bosque. Al día siguiente apareció el cadáver de la mujer del turista, también alemana, que había sido violada. La Guardia Civil buscó a Dámaso Rodríguez por las montañas de Anaga, pero el antiguo legionario conocía palmo a palmo los senderos, los barrancos, las cuevas en las que dormía, y siempre se escabullía. Los habitantes de algunas casas aisladas en la montaña escucharon a alguien que merodeaba cerca. En otras casas denunciaron pequeños robos de comida y ropa. Luego aparecían restos de esa comida y de esas ropas en cuevas y chabolas que el Maso iba utilizando. Durante una temporada incluso se cerró la escuela, para que los niños no anduvieran por los caminos de la comarca.

—El Maso estuvo cosa de un mes escapado. Al final lo pillaron en una casa, en Solís. Era una casa en el monte, la familia no vivía allí. Pero un día fueron, vieron que la puerta estaba forzada y que dentro andaba alguien. Se marcharon echando leches y llamaron a la Guardia Civil. Esos días todo el mundo andaba acojonado. Vinieron los guardias, rodearon la casa y el Maso se lió a tiros. Al final se mató con una escopeta. Lo encontraron tumbado en la cama de una habitación.

El policía termina la cerveza.

—Pero bueno, esto es una zona muy tranquila.

El vecino, que ha callado todo el rato, dice que en aquellos días de la fuga del Maso él se llevaba siempre la escopeta en el coche, cuando tenía que conducir por el monte.

—Hombre, sí que hay que tener cuidado con los ladrones —sigue el policía—… Se esconden en el bosque, cerca de los miradores de las carreteras, porque allí los turistas dejan el coche, salen a sacar unas fotos o a dar un paseo. Entonces bajan rápido, abren el coche, roban lo que pillan y vuelan. Si paras en algún mirador, no dejes nada en el coche. Y cuidado con las carreteras, que son muy estrechas, ya has visto cómo bajan por los barrancos, son peligrosas. Cuando llueve, caen muchas piedras, tenemos que andar limpiando. Pero bueno, como se ve que son carreteras tan peligrosas, la gente conduce con mucho cuidado y casi nunca tenemos accidentes. Esta zona es muy tranquila, yo estoy muchísimo más tranquilo aquí que cuando trabajaba en Santa Cruz.

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Anaga, a solo veinte kilómetros de Santa Cruz de Tenerife, es un mundo remoto, tranquilo y muy viejo.

(…)


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