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Oriente de mujer, por Patricia Almarcegui

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Acosadores, interpretaciones machistas, juicios familiares. Autoprotección y reflexión sobre las barreras culturales. A una viajera le pasan estas cosas. Con estas tres estampas, Patricia Almarcegui aterriza en su propia experiencia personal muchas de las vivencias que afrontan las mujeres que deciden desplazarse solas por el mundo. Un texto para nuestro 360º «A bordo del género» del que dejamos un adelanto aquí.


(…)

Me gustan las noches en los viajes. Ver las ciudades iluminadas y descubrir por las ventanas el interior de las casas. Elegir un sitio para cenar y pasear después en el silencio y la oscuridad para recordar y fijar el día. No recuerdo qué cené aquella noche, probablemente raviolis o mantis, almendras tiernas y albaricoques perfumados naranja oscuro, pero sí recuerdo que fui después a un pequeño parque detrás de la Mezquita Azul. La cúpula irisada se recortaba espléndida en el cielo. Busqué un banco donde hubiera mujeres —quién sabe si consciente o inconscientemente— y me senté a su lado. No sé cuándo pasó. Debí de quedarme escribiendo en mi cuaderno o mirando el mapa y, al levantar la cabeza para ver de nuevo la cúpula, me di cuenta de que las mujeres ya no estaban y que, en su lugar, se habían sentado un padre con su hijo. El joven se puso a mi lado y el padre en el extremo izquierdo del banco. Me preguntaron de dónde venía. Con cierta parquedad, casi descortesía, contesté y centré de nuevo la mirada en el cuaderno.

—¿Tiene un mapa?— preguntó el hijo.

Extendí la mano y se lo di. Se puso a mirarlo dándole vueltas y buscando la luz de las farolas para iluminarlo. Seguí con la vista fija en el cuaderno. El joven se levantó y se acercó a la luz para verlo mejor. En un segundo, el padre le quitó el puesto y se apostó a mi lado. El hijo volvió a sentarse. Noté que un brazo me rodeaba por los hombros y me abrazaba por detrás.

—¿Qué hace?— pregunté al padre.

Sonrió y continuó con su brazo.

—¡No!— exclamé y empujé mi cuerpo hacia adelante.

Me preguntó con suavidad.

—¿No quieres?

No contesté. Me levanté y volví al hotel. Durante varios años seguí saliendo después de cenar a dar un paseo. Si no me equivoco, la decisión la tomé en Isfahán. Fue allí donde opté por recogerme en el hotel tras la cena. Es más, cenar en el hotel en el que me alojara para no tener que andar sola por la noche. Tengo recuerdos de los pasos huecos de un hombre en Damasco; los ojos desmesuradamente abiertos de un demente en la estación central de Bruselas; los gritos de dos bárbaros extramuros del Coliseo. Aunque no hace falta irse muy lejos, también ocurre en el parque de la Ciutadella de Barcelona. A una viajera le pasan estas cosas.

(…)


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