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Un paseo a la playa: un Paso de José Guarnizo Álvarez

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Unos 12.000 cubanos pasan al año por Colombia rumbo a EE.UU. El punto de partida es Ecuador, pero su destino está en la frontera de Colombia con Panamá, en La Miel, el pueblo fronterizo que se intuye en esta fotografía. Los cubanos —y los asiáticos, y los africanos— que esperan alcanzar el «paraíso» estadounidense tienen que pasar por varios infiernos antes de llegar, y en los ríos y selvas del Darién está uno de ellos. Nos lo cuenta el cronsita José Guarnizo Álvarez, que recibió en 2011 el Premio Internacional Rey de España de Periodismo por su trabajo en el terreno.


Se llama Jairo Junior. Tiene tres años. Y, como nunca lo entendería, sus padres no le han dicho que los ilegales como él no se pueden dejar ver por la policía. Le han contado, mientras pasan horas encerrados en un hotel barato del irrespirable y ruidoso puerto de Turbo, en el caribe colombiano, que están en la mitad de unas vacaciones al mar.

Había visto el rostro de Jairo días antes en una fotografía que me mostró un médico cubano llamado Johan Michel García, al que conocí en el mismo momento en que era capturado.

Aquella vez y antes de que lo subieran a una camioneta de la Policía, junto con más de veinte compatriotas suyos que llevaban para los calabozos, Johan Michel me extendió su teléfono celular para que viera la pantalla.

—Mira, mira esta foto. Hay niños, mujeres embarazadas… Necesitamos ayuda y la policía lo único que hace es quitarnos el dinero— alcanzó a decir.

La foto, esa imagen de Jairo con las piernas embarradas, sudoroso, jugando con un barquito de papel que le armó su papá con hojas de cuaderno, fue como un aviso descarnado de la realidad. El telón de fondo de la foto era lo más parecido a un campo de concentración: cubanos arremolinados, uno al lado del otro como en una caja de fósforos, dentro de una casa hecha con troncos de madera y sin piso. Allí pasaron la noche, durmiendo parados, con la expectativa de poder embarcarse con un coyote al día siguiente.

Pero el viaje se frustró. Una llamada anónima advirtió a los policías que en aquella casa insalubre del barrio Las Flores, una de las zonas más pobres de Turbo, los coyotes escondían migrantes ilegales para llevarlos en una lancha hasta Acandí, un pueblo rodeado de selva húmeda a orillas del Caribe a pocos kilómetros de Panamá.

Se trata de un trayecto de cuatro horas que sólo se hace de noche, un viaje flanqueado por el mar picado, las tormentas y la negrura de un cielo que hace que los buques de la Armada colombiana se estrellen de cuando en cuando con las embarcaciones ilegales. El año pasado había escrito una noticia sobre un ahogamiento en la mitad de ese mismo recorrido: un africano se cayó de una lancha. Se lo tragó el mar que rodea al pequeño islote de La Virgencita, cercano a las playas de Acandí, allí donde al día siguiente apareció el cuerpo boca abajo, golpeado por las rocas de los arrecifes. Los africanos que iban con él en la lancha tardaron varias horas en acercarse a la Policía para proporcionar la identidad del amigo fallecido, pues temían ser capturados y devueltos a comenzar de cero la travesía.

Pero esta vez no hubo viaje. Todos los cubanos, incluyendo a Jairo y sus padres, fueron a dar entonces a la estación de policía, luego a la oficina de Migración Colombia. Finalmente, como suele suceder, los dejaron libres bajo una advertencia: que se regresaran para Ecuador, el país por donde habían ingresado.

Pero los padres de Jairo no estuvieron dispuestos a devolverse. Desviaron su camino y se escondieron en este hotel de pocas ventanas, mientras esperan a que alguien les consiga un nuevo contacto para montarse en una lancha que viajará atiborrada de cubanos sin documentos al albedrío de la noche. Comparten una diminuta habitación con dos viajeros más: Sandy González Tamayo, informático de profesión; y su esposa, Margarita Bousa Pérez, de 22, una chica con tres meses de embarazo.

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Jairo Junior duerme ahora arropado con el fresco del aire acondicionado. Pese a creer que está en la mitad de unas vacaciones al mar, Javier Otero Same, su papá, dice que percibe cosas y hace preguntas. «Por qué dejamos a la abuela en Cuba? ¿Por qué estamos encerrados? ¿Por qué no me puedo estrenar el salvavidas?» Su madre, Vidalis Rodríguez González, sale al paso con un argumento que considera infalible:

—Tiene 3 años; sabe que algo anda mal, pero aún así ha demostrado más fortaleza que todos nosotros.


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