SHE WORKS HARD FOR THE MONEY, UN PASO DE CARLOS VELÁZQUEZ

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Carlos Velázquez vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine con una nueva crónica vándala en primera persona sobre una gran noche financiada por una tarjeta de crédito extraviada. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Las mejores pedas poseen algo de esotéricas. Y las borracheras más memorables son producto del patrocinio. No existe mecenazgo superior.

La CDMX (Ciudad de México) es un monstruo que se caga en ti: en tu tiempo, tu salud, tu dinero, tu paciencia. Te roba, te roba, te roba, no se cansa nunca de robarte, pero en ocasiones: retribuye. Un día te acomodan un levantón, un secuestro express para obligarte a ordeñar tu cuenta en un ATM y otro, aunque se antoje imposible, la suerte te muestra su chimuela sonrisa.  

Me cité con Ike en la cantina la India, Bolívar y República del Salvador. El centro de Ciudad Godínez es como las relaciones enfermizas. Si te atrapa ya te jodiste. Te va a costar escapar. Yo tardé años en desenamorarme. En asumir que existe otro DF. Pero si te descuidas te vuelves a enganchar con facilidad. Era mi caso. Atravesaba por un segundo aire. 

Una calle antes de aproximarme a la India vi algo destellar en el piso. Era una tarjeta de crédito. Un policía estaba de pie a un lado del plástico. Me agaché sin disimulo, lo recogí y me lo metí a la bolsa del pantalón. Entré a la cantina y pedí una cerveza. Cuando ocurren este tipo de fenómenos no hay nada escrito. Lo mismo da que te lo tomes con calma que con celeridad. Saqué la tarjeta. La firma era casi infantil. Claudia con la a del final que se confundía con una o. Es un momento mágico. Casi puedes saborear el universo de oportunidades que se expande ante ti. Pero la ilusión no paga los tragos. Lo más probable es que el plástico estuviera ya reportado.

Cuando ocurren este tipo de fenómenos no hay nada escrito. Lo mismo da que te lo tomes con calma que con celeridad

Ike apareció acompañado por el Negro Fake, que también se llama Carlos Velázquez. Lo apodamos así porque en el círculo existe otro, el Negro Real. «Qué transa, pandilla, vámonos a Old Town», saludó Ike. Old town es el mote con el que bautizó a la colonia Guerrero, en alusión a Sin City. No es una exageración. La Warrior es un barrio bravo digno de las fantasías de Fran Miller. En contra esquina del estudio de Ike hay un motel acondicionado como fumadero de crack en cuya acera pasean travestis con navajas (como en las canciones de Javier Corcobado). La renta baja y la ubicación lo convierten en un excelente base de operaciones. A unos pasos se encuentran La Lagunilla y Tepito. «Cámara», le respondí, «deja voy al Oxxo». Y me tomé la chela de hidalgo. «Sígueme», le ordené al Negro Fake.

Rumbo a la esquina comencé a invocar el espíritu de El Pájaro, un malandro que era más que un hermano para mí. El güey se ahorcó en 2005 porque no soportó el síndrome de abstinencia que produce la heroína. Siempre que vayas a pagar con una tarjeta ajena necesitas recurrir al más allá. Empecé a repetir el nombre de El Pájaro en voz baja: «Gerardo Didier Nava Lozano», «Gerardo Didier Nava Lozano», «Gerardo Didier Nava Lozano». Entré al Oxxo y pedí una tella de Jack Daniel’s y dos cajetillas de cigarros para el Negro Fake. Los Oxxo son el sitio ideal para defraudar a un tarjethabiente. Se ahorran la monserga de solicitarte identificación. Les importa un carajo si eres el titular o no. Si le robaste el plástico a tus padres o a tu vieja. No me desampares Pajarito, «Gerardo Didier Nava Lozano», recé en la mente. El cajero me extendió un ticket. La tarjeta había pasado.

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