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Tacones (lejanos), un Paso de Rodrigo Blanco Calderón

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Imagen de John St. John (cc)

Un mes más, continuamos con Ficciones cortas, viajes largos, nuestra serie de ficciones viajeras escritas por los mejores autores en lengua española para Altaïr Magazine. Después de inaugurar la serie con Rodrigo Fresán el mes pasado, esta segunda entrega nos la trae el escritor venezolano Rodrigo Blanco Calderón con Tacones (lejanos) una historia de mujeres, pasado, presente y aprendizaje. Dejamos aquí el comienzo del relato en abierto para todos nuestros lectores.


—Acompáñame a almorzar y te enseño a caminar en tacones— dijo Edith.

Adriana se puso roja y comenzó a voltear hacia los lados. Sentía que todo el mundo la estaba mirando. Por fortuna, el sombrero era tan grande que le cubría el rostro.

Edith la tomó de un brazo y bajaron con cuidado la rampa de entrada (o de salida) de la Escuela de Letras.

Me trata como si fuera mi madre, pensó Adriana. Aquello le molestó, pero sólo un poco.

Adriana no sabía mayor cosa de la vida de Edith. Era una señora que aparentaba unos cuarenta y cinco años, pequeña, de una hermosa cabellera negra que apenas mostraba las primeras canas.

—No me gusta comer sola— le dijo, cuando ya estaban sentadas en una mesa del cafetín.

Desde la terraza contemplaban el paisaje de las piscinas. El equipo de waterpolo, a lo lejos, y más cerca, dos clavadistas primerizas, que tentaban los dos trampolines bajos, dando pequeños saltos.

Adriana puso su sombrero en la mesa. Cuando llegó el mesonero para colocar el servilletero y la sal y el aceite, este le pidió que por favor lo acomodara en una de las sillas.

—¿De dónde sacaste eso?— preguntó Edith, después de que ordenaron la comida.

—¿No te gusta? Soy fan de Audrey Hepburn.

—Se parece al de Speedy González.

Qué ignorante, pensó Adriana. Aunque sabía que más nunca se volvería a poner ese sombrero.

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Permanecieron calladas y Adriana supuso que era normal. ¿De qué podían hablar una señora de cuarenta y cinco (quizás cincuenta) años y una muchacha de dieciocho? En la Escuela de Letras se daban esos cruces de edad, que a ella le parecían como atascos en la autopista.

—En Puerto Ordaz, me llevaba el desayuno al negocio para no tener que comer sola en mi casa. Claro que, también, terminaba desayunando con los borrachitos y las prostitutas que salían a esa hora.

(…)


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