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Una África diferente

Llega el segundo número en papel de Altaïr Magazine. 200 páginas de un nuevo monográfico que nos invita a visitar una ciudad «recorrida por una corriente subterránea de amor y odio», adorada en la nostalgia, llena de fuerza vital y de entropía y abierta al mundo: Dakar, la capital de Senegal.

Lo dice claro nuestro director, Pere Ortín, en el editorial del monográfico: «las grandes ciudades africanas no existen para formar una suerte de segunda división o liga B de los destinos mundiales. De Ciudad del Cabo a Nairobi o Maputo y de Lagos a Dakar o Douala, existen, también, para ser vividas y disfrutadas más allá de las postales turísticas estandarizadas».Y en este número vivimos y disfrutamos Dakar con la mirada de sus escritores (Boubacar Boris Diop o Ken Bugul), sus activistas (Fadel Barro y Cheikh Fall), sus animadores culturales (Sy Ken Aicha), sus diseñadoras de moda (Adama París)… Repasando la historia de barrios únicos como la Medina de Yossou Ndour y las biografías de líderes que hicieron del Senegal moderno lo que es: Leopold Sédar Senghor y Cheikh Anta Diop. La Dakar, en fin, de la comida tradicional, de la lucha senegalesa que llena estadios, de las fotografías de Mamadou Gomis, que ilustran en exclusiva este número y nos llevan a pie de calle, entre los dakareses.

Dakar, un océano «donde nada millones de personas» y que, por encima de «los clichés del afropesimismo» se levanta como una ciudad fascinante y contradictoria como la propia vida.

¿Cómo conseguir el magazine en papel? Desde ya, en la librería Altaïr y en otras librerías especializadas de toda España*; online, en nuestra tienda virtual, o con una de nuestras suscripciones, creadas a medida de tus necesidades y tus viajes: papel, web magazine y premium.

Si tienes cualquier duda, escríbenos a suscripciones@altairmagazine.com o llámanos al (+34) 933 42 71 71.

*Aquí la lista completa de librerías:

En toda España: Casa del Libro, el Corte Inglés, FNAC / En Catalunya: Abacus / En Euskadi: Elkar

A Coruña: 7 mares / Badalona: Saltamarti Llibres /Banyoles: Llibreria Forum / Barberà del Vallès: LLar del Llibre – Baricentro / Barcelona: Al Peu de la Lletra, La Central del Raval, Llibreria Guia, Llibreria Horitzons, Laie, Nollegiu, Llibreria Pau Bosch, Santos Ochoa /Berga: Llibreria Huch / Bilbao: Librería Tintas / Burgos: Música y Deportes, Sedano / Calella: Llibreria La Llopa /Cambrils: Galatea / Cardedeu: Badallibres (Bestiari) /Castellón: Argot / Cerdanyola del Vallès: Llibreria Aranya / Figueres: Viñolas, Llibres & Viatges / Girona: Llibreria Geli, Ulyssus / Granollers: La Gralla (Bestiari) /Hospitalet de Llobregat: Perutxo (Rambla Just Oliveras) / Igualada: Llibreria Aqualata (Bestiari), Llibreria Cal Rabell / La Seu d’Urgell: Fiord Llibreria de Viatges /León: Librería Iguazú / Les Franqueses del Vallès: L’Espolsada Llibres / Lleida: Llibreria Caselles / Madrid: Desnivel, Deviaje, Tierra de Fuego / Málaga: Mapas y Compañía, Librerías Prometeo y Proteo / Manresa: Parcir / Mataró: El Tramvia de Mataró (Bestiari) / Mollerussa: Llibreria Dalmases (Bestiari) / Mollet del Vallès: Llibreria L’Illa (Bestiari) / Palma de Mallorca: Born de Llibres, Embat / Pamplona: Librería Muga / Reus: Galatea, Llibreria Gaudí / Rubí: Llibreria L’Ombra, Racó del Llibre (Bestiari) / Sabadell: Llar del Llibre /Salamanca: Victor Jara / San Sebastián: Librería Hontza / Sant Celoni: Llibreria Alguer Set, Els Quatre Gats /Sevilla: La Extra·Vagante, Ultramar / Sant Cugat del Vallès: Alexandria Llibres (Bestiari) / Santa Coloma de Gramanet: Llibreria Carrer Major (Bestiari) /Tarragona: La Capona (Bestiari) / Tortosa: Llibreria La 2 de Viladrich / Valencia: Librería Patagonia / Valladolid: Librería Beagle / Vic: Muntanya de Llibres / Vilafranca del Penedès: Llibreria Cusco, Odissea Llibres y Música (Bestiari), Llibreria Rafols / Vilanova i la Geltrú: Llorens Llibres, La Mulassa Vilanova (Bestiari) / Vilassar de Mar: Llibreria Index / Zaragoza: Librería Cálamo

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#VolvemosalPapel

Podemos decirlo ya: promesa cumplida. Dos años después de la aparición digital de Altaïr Magazine, volvemos a renacer también en papel. Dejad que os presentemos la primera monografía en formato libro/revista que traslada al mundo impreso la filosofía editorial y de contenidos de los especiales 360˚ online de Altaïr Magazine: Cerdeña, una isla en movimiento.

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Tras unos años muy difíciles, somos ambiciosos: nos reinventamos manteniendo el rigor periodístico y el sello de independencia que definen Altaïr, nos enriquecemos con la mirada de colaboradores locales que nos transmiten puntos de vista muy variados sobre las realidades de sus lugares de origen. Buscamos formular preguntas complejas; apostamos por el trabajo lento, artesanal y cuidado, ambicioso intelectual y estéticamente. Asumimos que, como escribe Leila Guerriero: «Una crónica de viajes no es un folleto turístico, pero más largo; ni una publicidad de hotel, pero mejor escrita; ni un puñado de adjetivos previsibles —encantador, mágico, asombroso— apiñados en torno a las montañas, la puesta de sol, el mar, el puente, el río».

Tendremos el placer de presentar esta nueva etapa en la librería Altaïr de Barcelona (Gran Via 616) el jueves 21 de julio a las 19:30. Una fiesta para celebrar el viaje y celebrar a los lectores; y para brindar y disfrutar la comida de Cerdeña de la mano de Estrella Damm y el restaurante sardo Terra Mia. ¡Estáis invitados! Y si estáis fuera de Barcelona o no podéis asistir, atentos a esta página y nuestras redes sociales, porque retransmitiremos la presentación a través de Periscope.

¿Cómo conseguir el nuevo magazine en papel? Desde ya, en la librería Altaïr y en otras librerías especializadas de toda España*; online, en nuestra tienda virtual, o con una de nuestras suscripciones, creadas a medida de tus necesidades y tus viajes: papel, web magazine y premium.

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La niña que a veces era niño, por Lucía Martínez Odriozola

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En 2008, en una alocución parlamentaria, una ministra se dirigió a los «miembros y miembras» del legislativo. Fue tildada de «ignoranta». Ello desencadenó un intenso debate sobre la corrección del término. Citando aquel suceso y determinados usos y situaciones de la lengua española, Lucía Martínez Odriozola analiza, en nuestro 360º sobre viaje y perspectiva de género, temas tales como el sexismo en el uso del lenguaje, la inclusión y el femenino genérico. Dejamos aquí un fragmento.


El experimento se realizó con escolares de España y Alemania. Se les pidió que dibujaran la boda entre una cuchara y un tenedor. Todos los dibujos de la escuela española eran similares: a la cuchara la vistieron de novia y al tenedor, de novio. También los dibujos de la escuela alemana eran idénticos. Con una diferencia. En este caso, la novia era el tenedor y la cuchara, el novio. El experimento lo contó Álvaro García Meseguer en julio de 2007, en uno de los últimos cursos de verano que impartió.

Él fue uno de los pioneros en hablar de sexismo y lengua. Su libro ¿Es sexista la lengua española? fue publicado en 1994. Pero la especialidad de este profesor del Centro Superior de Investigaciones Científicas no fue, como podría imaginarse, la Filología, sino el hormigón armado. Meseguer era ingeniero y una de las referencias del movimiento feminista en los años ochenta.

Pero, ¿cómo se explica que en un país la cuchara fuera la novia y en el otro, el tenedor, y viceversa? En alemán, «löffel» es «cuchara» y «gabel», «tenedor». Pero, contrariamente a la norma española, «löffel» es masculino, mientras que «gabel» es femenino. El experimento no dejaría de ser un divertimento si no fuera por la importancia que parece tener el género, también el gramatical, a la hora de configurar nuestra forma de concebir el universo que nos alberga.

El gramático Ignacio del Bosque elaboró en 2012 un informe sobre las muchas guías para usos no sexistas de la lengua, en el que hablaba de la falta de correspondencia entre género (gramatical, claro) y sexo. Ese informe fue ratificado por cuantos académicos acudieron al pleno que la Real Academia Española (RAE) celebró el 1 de marzo de aquel año. No seré yo quien enmiende la plana a los miembros de tan importante institución. Aunque es cierto que hay muchas palabras de género femenino que se aplican a varones —alteza, eminencia—, también es cierto que no es inhabitual, como en el caso de los escolares, relacionar las palabras de género femenino con las mujeres y las de género masculino con los varones.

De ahí la importancia de que uno de los primeros pasos que se dieron en este mundo de los lenguajes inclusivos tuviera que ver con las profesiones. En la primera mitad del siglo XX, las mujeres salieron de los espacios privados, de los hogares en los que vivían con «la pata quebrada» y se incorporaron al mundo del trabajo, primero tímidamente, y en profesiones consideradas «femeninas» y propias de su sexo. Pocos años después, y de forma más decidida, lo hicieron al mundo de la universidad y del trabajo, y ahí surgió la necesidad de enunciar las profesiones en femenino. No sólo las profesiones; también los cargos y la práctica de otras actividades.

La mujer tenía conquistadas ciertas parcelas: había lavanderas, enfermeras, costureras, bordadoras, cocineras, remendadoras… En esos primeros momentos, se crea la necesidad, hasta entonces inexistente, de expresar en femenino ciertas profesiones y oficios que antes ejercían ellos en exclusiva: carpintero, minero, juez… Y cuando las mujeres alcanzan esas plazas, se produce un chirrido en nuestro viejo oído castellano: esos oficios en femenino suenan raro —carpintera, minera, jueza—, pero suenan peor cuando se produce la falta de concordancia entre el artículo femenino y el nombre en masculino: «¡La carpintero!» Aquellas palabras que acaban en «o», dan el salto al femenino con absoluta rapidez y agilidad: carpintera, minera, herrera.

Otras, por el contrario, producen dudas que pueden confundirse con la timidez: ¿la jueza o la juez? ¿La presidente o la presidenta? El uso de este término en femenino es viejo, se introduce en los diccionarios de la Real Academia Española en 1803. Sin embargo, las juezas no son incorporadas al DRAE hasta 1992.

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Pikara/Altaïr Magazine. Un encuentro feliz

De: June Fernández – Pikara Magazine

A: Altaïr Magazine – Director

Hola, Pere:
He trasladado vuestra propuesta al colectivo editor de Pikara. Todas están entusiasmadas con la propuesta. En su lluvia de ideas han salido tres temas que nos parecen muy importantes y atractivos:

En realidad no es necesario desglosar esos tres temas que comentaba June Fernández, directora de Pikara Magazine, a Pere Ortin: podéis verlos vosotros mismos (esos temas y muchos más) en nuestro monográfico 360º especial «A bordo del género» dedicado a los viajes desde una perspectiva de género. Aquel e-mail fue enviado a principios de junio de 2015, y siete meses y pico después lo que fue un encuentro feliz en unas jornadas apenas unos días antes se ha concretado en uno de los 360º de los que nos sentimos más orgullosos en Altaïr Magazine.

Pere nos cuenta cómo empezó todo: «Me encontré con June en la Universidad de Zaragoza, en un acto sobre crónica periodística en el que también participaban otros medios amigos como Frontera D o El Estado Mental. Lo organizaba la profesora María Angulo y la revista Zero Grados. Nos entendimos rápidamente: comimos, intercambiamos ideas, análisis, correos, algún skype… al final nos vimos en junio en la librería Altaïr. Recuerdo que cuadramos el encuentro después de una reunión que tenía June con Oxfam y también de entrevistar a FEMEN. Ahí empezó a coger forma todo.»

Hablar de viajes y género no es solo hablar de mujeres viajeras: es cuestionarnos toda la cultura viajera en sí.

En la presentación del monográfico el sábado 13 de febrero en la librería Altaïr, June nos decía: «Una de las cosas que más me ha gustado de cómo hemos enfocado el monográfico ha sido que hablar de género no ha significado sólo hablar de mujeres. Nos hemos cuestionado toda la cultura viajera, vivida siempre desde un punto de vista masculino, de la conquista, de la hombría. Pero hemos ido más allá, y hemos conseguido también hacer un auto cuestionamiento sobre nosotras mismas, las mujeres viajeras, que nos recorremos el mundo desde nuestros propios privilegios de mujeres blancas occidentales. Y eso es un enfoque muy interesante.»

Mario Trigo, el redactor jefe de Altaïr Magazine, explicaba los contenidos del monográfico y el enfoque que, Pikara y Altaïr Magazine juntos, se le ha dado al 360º.

El editor del magazine, Pep Bernadas, califica este 360º como «atípico», y Pere va más allá y afirma sentirse «orgulloso de lo que hemos hecho. Creo que sus contenidos abordan unas perspectivas complejas y lo hacen construyendo un relato tan ágil, inteligente, divertido (o no), profundo y contradictorio como la vida misma.»

Y una conclusión del director de Altaïr Magazine: «Es un número que demuestra que los viajes (al menos como los entendemos en Altaïr Magazine y Pikara) también pueden servir para analizar y cambiar perspectivas, para mirar con unas gafas diferentes y para subvertir ideologías.»


Si quieres leer el 360º «A bordo del género» puedes comprarlo en nuestra tienda.

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Oriente de mujer, por Patricia Almarcegui

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Acosadores, interpretaciones machistas, juicios familiares. Autoprotección y reflexión sobre las barreras culturales. A una viajera le pasan estas cosas. Con estas tres estampas, Patricia Almarcegui aterriza en su propia experiencia personal muchas de las vivencias que afrontan las mujeres que deciden desplazarse solas por el mundo. Un texto para nuestro 360º «A bordo del género» del que dejamos un adelanto aquí.


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Me gustan las noches en los viajes. Ver las ciudades iluminadas y descubrir por las ventanas el interior de las casas. Elegir un sitio para cenar y pasear después en el silencio y la oscuridad para recordar y fijar el día. No recuerdo qué cené aquella noche, probablemente raviolis o mantis, almendras tiernas y albaricoques perfumados naranja oscuro, pero sí recuerdo que fui después a un pequeño parque detrás de la Mezquita Azul. La cúpula irisada se recortaba espléndida en el cielo. Busqué un banco donde hubiera mujeres —quién sabe si consciente o inconscientemente— y me senté a su lado. No sé cuándo pasó. Debí de quedarme escribiendo en mi cuaderno o mirando el mapa y, al levantar la cabeza para ver de nuevo la cúpula, me di cuenta de que las mujeres ya no estaban y que, en su lugar, se habían sentado un padre con su hijo. El joven se puso a mi lado y el padre en el extremo izquierdo del banco. Me preguntaron de dónde venía. Con cierta parquedad, casi descortesía, contesté y centré de nuevo la mirada en el cuaderno.

—¿Tiene un mapa?— preguntó el hijo.

Extendí la mano y se lo di. Se puso a mirarlo dándole vueltas y buscando la luz de las farolas para iluminarlo. Seguí con la vista fija en el cuaderno. El joven se levantó y se acercó a la luz para verlo mejor. En un segundo, el padre le quitó el puesto y se apostó a mi lado. El hijo volvió a sentarse. Noté que un brazo me rodeaba por los hombros y me abrazaba por detrás.

—¿Qué hace?— pregunté al padre.

Sonrió y continuó con su brazo.

—¡No!— exclamé y empujé mi cuerpo hacia adelante.

Me preguntó con suavidad.

—¿No quieres?

No contesté. Me levanté y volví al hotel. Durante varios años seguí saliendo después de cenar a dar un paseo. Si no me equivoco, la decisión la tomé en Isfahán. Fue allí donde opté por recogerme en el hotel tras la cena. Es más, cenar en el hotel en el que me alojara para no tener que andar sola por la noche. Tengo recuerdos de los pasos huecos de un hombre en Damasco; los ojos desmesuradamente abiertos de un demente en la estación central de Bruselas; los gritos de dos bárbaros extramuros del Coliseo. Aunque no hace falta irse muy lejos, también ocurre en el parque de la Ciutadella de Barcelona. A una viajera le pasan estas cosas.

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Fondo de armario, por Andrea Momoitio

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En cada viaje, la comunidad LGTB se expone a un mal trago. Fuera de las zonas de confort, muy lejos o muy cerca de casa, hay amores que no sólo no se entienden sino que se violentan. El turismo se convierte en una aventura activista cuando no se tiende a la estrategia más habitual: esconderse en el armario. Escribe Andrea Momoitio para nuestro 360º «A bordo del género», y dejamos aquí un adelanto.


Cogieron dos autobuses urbanos para llegar a aquella zona de Sofía, muy alejada de la catedral San Alejandro Nevski. Apenas había gente por la calle y entender los carteles, en cirílico, les llevó a situaciones que hoy recuerdan muy cómicas. Google Maps hizo el resto y se plantaron allí, ante lo que parecía un edificio de oficinas, donde, según habían leído en Internet, se encontraba el único bar de lesbianas abierto en la ciudad. No encontraron la puerta para entrar y, entre risas y frustración, volvieron al centro.

Vania y Alba viajaron de Estambul a Berlín en tren. En apenas 30 días visitaron 11 capitales. Muchas, de esa Europa que no sabemos poner en el mapa. Enamoradas, entusiasmadas y sin saber casi ni cómo presentarse en inglés, recorrieron un verano inolvidable entre el espíritu de Thelma y Louise; unas ganas locas por saber cómo eran y a qué se enfrentaban las lesbianas de las ciudades que visitaron; y el miedo a ser agredidas si se reconocían como pareja. Aquel verano, su afecto fue clandestino. No se besaron en la calle hasta llegar a Praga. Embriagadas de recelo por la Europa del Este no se hicieron ningun selfie besándose en ese punto mágico de Belgrado donde se juntan el Sava y el Danubio; ni en las calles empedradas de Sarajevo; tampoco mientras viajaban al otro lado del Bósforo; ni mientras caminaban por el caótico Bucarest.

Los prejuicios hicieron que apostasen por presentarse como dos buenas amigas en busca de aventura, pero lo cierto es que la manta mágica que te convierte en invisible lo mismo se necesita tras un vuelo transoceánico que para visitar un pueblo limítrofe al tuyo. A pesar de los innegables logros en materia de derechos civiles en muchos países del mundo, la violencia que sufre la población LGTB es cotidiana y universal. La condena más habitual: la invisibilidad. El tema ha sido abordado por el movimiento LGTB desde que nació. Lo cotidiano se convierte en resistencia cuando los quehaceres del día a día están sometidos al escarnio público. Las violencias más habituales se sufren al intentar vivir con naturalidad el amor, al reclamar espacios públicos o derechos civiles que garanticen la presencia libre de la población LGTB en cualquier rincón de las sociedad. Pero, ¿y a la hora de viajar? ¿Es peligroso para gays, transexuales, bisexuales o lesbianas viajar a ciertos países del mundo? ¿Qué postura se debe tomar al visitar un lugar en el que las leyes o las costumbres no te permiten demostrar afecto a tu pareja en público? La información escasea y, en la práctica, aludir a otro tipo de relaciones para evitar situaciones incómodas es la pericia más habitual. Quedarse en casa tampoco garantiza sentirse libre.

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La Tienda de Altaïr Magazine

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¡Por fin llega la Tienda de Altaïr Magazine!

Lo cierto es que llevabais un tiempo pidiéndolo: ¿De qué manera podemos leer los 360º monográficos de Altaïr Magazine sin ser suscriptores? Como respuesta a esa pregunta hemos abierto nuestra Tienda aquí mismo, en el blog, justo en el menú de arriba podéis ver el enlace directo.

A partir de ahora podréis comprar cada 360º monográfico de forma independiente, en formato PDF. ¿Habéis oído hablar del estupendo número «A bordo del género» que hemos hecho junto con Pikara Magazine y queréis leerlo? ¿Os puede vuestra pasión por los mapas y las Cartografías? ¿Queréis saberlo todo de México, Medellín, Dakar, Paraguay o Cerdeña? Pues con un par de clics y por solo 3,99€ podéis tener el número en PDF en vuestro ordenador, tableta o dispositivos móviles.

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La compra la hacéis directamente a Altaïr Magazine y el proceso es sencillísimo: eliges el 360º o los 360º que quieras, los pagas (puedes pagar con tarjeta de crédito o a través de una cuenta PayPal) y recibirás en tu correo electrónico un enlace para que descarges el PDF. Es inmediato: eliges, pagas y en cinco segundos descargas el PDF en tu dispositivo.

¡Visita nuestra Tienda de Altaïr Magazine y compra tu monográfico 360º por solo 3,99!

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Lieve Joris en El Cairo, por Marina Hernández

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En nuestro 360º «A bordo del género», Marina Hernández comenta A room in Cairo, un texto aún no traducido al español de la escritora belga Lieve Joris, donde relata su experiencia personal en la capital egipcia, una etapa de su vida de un profundo vacío existencial. Afectada de un desarraigo crónico, lejos ya de un pueblo natal irrecuperable, viaja para descubrir en los lugares imaginados una identidad propia. Aquí dejamos un adelanto.


El oficio de contar el mundo no es para todos. Para atreverse a devenir el canal a través del que otros escriben la historia no oficial del mundo hace falta algo. No es un abultado bolsillo ni un gadget tecnológico. Sí es curiosidad, sí es pasión, pero a todo esto le falta una especia que no todos poseemos. Parece ínfima, pero marca la diferencia. Es lo que hace que unos comprendan y otros no, la superestructura del detalle.

Esa falla existencial se encuentra en la piel y en los zapatos y se llama incomodidad.

Lieve Joris, osada escritora en el ámbito del periodismo literario —sus obras de no ficción han sido reconocidas con premios literarios en Francia, Holanda y Bélgica— ha escrito en A room in Cairo una carta para sí misma en la que nos muestra esa piel incorrecta que le ha llevado alrededor del mundo en busca de su lugar de pertenencia. En esta recapitulación del self encontramos por primera vez en su obra que el motivo de la escritura no es otra cosa que el nombre propio: por fin, persona y personaje se desdoblan y el viaje interior se nos muestra como tapiz de los hechos y encuentros que han marcado cada decisión tomada. Después de haber cedido su voz a cientos de personas para construir países enteros en palabras, Joris emprende un viaje expiatorio a través de sus recuerdos para entender los acontecimientos que han hecho de ella una de las mejores reporteras y escritoras de no ficción de la actualidad. Una escritora cuyo trabajo se amerita por sí mismo, sin necesidad de aditivos.

Su trabajo literario ha sido desarrollado en diversos países de África, Oriente Medio y recientemente en China. Es probable que Lieve no quiera ser una experta en el mundo árabe (ella misma dice: «Yo no iba a ser una experta en Oriente Medio. El lenguaje duro de los boletines de noticias no era el mío») pero lo que sí es seguro es que se recibió con matrícula en contar las historias de todos aquellos que se sintieron alguna vez fuera de su lugar, sin importar si ese lugar es un país, una región o una metáfora para nombrar el ostracismo. En A room in Cairo (Ámsterdam, 1991) Lieve reconoce en cada marca de su cuerpo las trazas de su periplo vital, intelectual y casi siempre siguiendo el rastro que dejaron sus sueños de infancia.

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En su libro experimental Agua Viva, la escritora brasilera Clarice Lispector escribe: «¿Mi tema es el instante?, mi tema de vida». Esta es la pregunta muda aunque evidente a través de la que Lieve Joris deshilvana, nudo por nudo, los principales fracasos y crisis de su trayectoria como mujer, estudiante, escritora, aventurera: persona. Las imágenes de infancia, los sueños postadolescentes, las primeras decepciones y tropiezos se convierten en los hitos de los que extrae su paradoja y su enseñanza. Sólo al final del relato se adivinan por fin todos los intentos de hacernos conocer el nombre de esa incomodidad secreta: el desarraigo. Uno tan enorme que en él se puede habitar.

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Los mejores viajes horribles, por Martha Gellhorn

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Nacida en 1908 de una sufragista y un ginecólogo, Martha Gelhorn siempre llevó las riendas de su vida: primero arriesgó, y abandonó sus estudios en el elitista Bryn Mawr College para ir a Francia —con solo 75 dólares y una máquina de escribir— y tomar experiencia como corresponsal en el extranjero. Publicamos el prólogo de su libro Cinco viajes al infierno (Altaïr, 2011) en nuestro 360º «A bordo del género», del que dejamos aquí un breve adelanto.


No todos podemos ser Marco Polo ni Freya Stark, pero aun así millones de personas viajamos. Los grandes viajeros, vivos y muertos, constituyen una especie en sí mismos, son profesionales únicos. Nosotros somos aficionados, y sin embargo también tenemos nuestros momentos de gloria, nos cansamos, los ánimos flaquean, y pasamos nuestros momentos de rencor. ¿Quién no ha oído, sentido, pensado o dicho, en el transcurso de un viaje, estas palabras?: «Por el amor de Dios, ¿han vuelto a perder el equipaje?», «¿Hemos venido hasta aquí solo para ver esto?», «¿Es necesario que hagan tanto ruido, maldita sea?», «¿A esto lo llaman habitación con vistas?», «Más que darle propina le daría una patada en la boca».

No obstante, perseveramos y hacemos todo lo posible por ver mundo y desplazarnos. Vamos a todas partes. Al regresar, nadie está dispuesto a escuchar nuestras anécdotas de viajeros. «¿Cómo ha ido el viaje?», preguntan. «Genial», decimos. «En Tiflis vi…» Mirada perdida. Tan pronto como la buena educación lo permite, o incluso antes, la conversación deriva a noticias locales como los cotilleos, el escándalo político de turno, quién ha leído qué, la serie de la noche anterior… La gente prefiere hablar del tiempo que oír nuestras entusiastas crónicas de Copenhague, el Gran Cañón o Katmandú.

El único aspecto de nuestros viajes que tiene público garantizado es el desastre. «¿Que el camello te hizo caer en la Gran Pirámide y te rompiste una pierna?», «¿Perseguisteis al carterista por la Galería y todo Nápoles, y perdisteis todos los cheques de viaje y el pasaporte?», «¿Os quedasteis encerrados y se olvidaron de vosotros en una sauna en Viipuri?», «¿Os intoxicasteis con tomaína* por comer ojos de oveja en un banquete druso?» Eso es lo que les gusta. Están impacientes por que acabemos para ponerse a contar historias de su propio sufrimiento en tierras extrañas. El caso es que apreciamos nuestros desastres, y en eso aventajamos a los grandes viajeros, que reúnen todos los impresionantes requisitos necesarios para su trabajo, pero carecen de humor.

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La guerra me hizo feminista, por Marcela Turati

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Marcela Turati habla en nuestro 360º monográfico sobre Viajes y Perspectiva de género de la «narcoguerra», de sus víctimas; no sólo de los levantados, también de las que siguen aquí: las que perdieron a su hijo, a su hermano, a su padre, a su esposo. Ellas no cesan en su lucha por la justicia y por la paz (también la suya interna). Aquí dejamos un adelanto de este sobrecogedor texto.


Es difícil ubicar un momento preciso en que me volví feminista, pero sé que mi transformación comenzó a partir de que reporteé una guerra, la guerra que desde hace más de una década ocurre en mi país. Me atrevo a esbozar dos referencias: Ciudad Juárez, año 2010.

Entonces era freelance con 12 años en el periodismo y me había ofrecido a cubrir la que llamamos «guerra contra el narco» desde esa ciudad considerada epicentro de la violencia mexicana y en competencia con Bagdad por el título de la más mortífera del planeta. Aunque esos datos al principio los desconocía. En ese momento sólo sabía que Juárez me era familiar, una frontera donde había reporteado antes ubicada a tres horas de la ciudad donde me crié.

No hubo un momento epifánico de conversión. En la memoria tengo un caleidoscopio de instantes significativos. Me recuerdo siguiéndole los pasos a la muerte en esa ciudad plana, desértica, con la zona centro arruinada, dispersa y extendida hasta lo absurdo por una mala planeación urbana, en la que conviven fábricas maquiladoras, fraccionamientos cerrados, deshuesaderos de autos y lotes baldíos, donde las tolvaneras levantan dunas, los árboles y las banquetas escasean, y los climas son extremos.

Para entonces Ciudad Juárez ya se había convertido en la maquiladora nacional de muertos y los periódicos llevaban un conteo diario de asesinatos, conocido como «el ejecutómetro», que registraba número de cadáveres cual si fueran goles de un partido de fútbol.

Escribía notas como esta:

«La violencia en esta ciudad ha incubado todo tipo de relatos sórdidos, pero todos verídicos. Está la historia del hombre de la colonia Champotón que, cansado de encontrar por las mañanas muertos arrojados afuera de su negocio, colocó un letrero: “Se prohíbe tirar cadáveres o basura”. En noviembre, uno de los cadáveres encontrados en el mismo terreno fue el de su hija. El hombre no lo vio porque él mismo ya había sido asesinado. Está la de una mujer del Valle de Juárez que vio pasar un perro que, con el hocico, jugueteaba con una especie de pelota; la maraña redonda, pegajosa, color carne, resultó ser la cabeza de un hombre. Está la de los bachilleres que descubrieron un cadáver con máscara de cerdo, colgado de una reja de su escuela. O la de los puentes en los que amanecen hombres sin cabeza. O la de los policías que huyeron porque se sienten inseguros. O la de la niña que fue sacrificada cuando un hombre en fuga la utilizó como escudo contra los balazos».

Recorría la ciudad junto a agentes funerarios conocidos como buitres o hacía guardias nocturnas con reporteros de nota roja que enseñaban los lugares donde habían ocurrido masacres; entrevistaba a policías, empresarios, sacerdotes, académicos o políticos en sus lugares de trabajo; sólo de vez en cuanto me llevaban a donde se desarrollaba la acción.

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Fue en las colonias devastadas por la tragedia, las zonas peligrosas donde «la plaza se había calentado», donde comencé a notar a una cofradía de mujeres que parecían que trabajaban solas, pero después descubrí que se organizaban con otras, y eran decenas, laborando sin alarde en aquellos frentes de nuestra guerra doméstica.

Las seguí un par de veces y ya nunca pude quitarles de encima la mirada.

A su lado me encontré con el mundo secreto que despliegan las mujeres cuando les toca enfrentar una guerra. Vi con una intensidad nunca antes tan bien perfilada lo que significa la ética del cuidado por los otros, la manera femenina de enfrentar la emergencia social (no sabía entonces que el suyo sería también mi destino).

(…)


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