Publicado el

Un año de Pasos

«Reflexiones creativas sobre el hecho de viajar»

Una de las obsesiones más frecuentes del periodismo contemporáneo es la fijación por el «aquí y ahora». La actualidad ha pasado de elemento importante a único factor a tener en cuenta por los medios de comunicación, un fenómeno que además se ha visto acentuado por la aparición de Internet primero y de las redes sociales a continuación. Los medios corren desaforadamente en busca de ser los primeros en poner un tuit que dé una noticia, aunque para ello sea irrelevante si es una noticia real o no, si está verificada, si tiene alguna importancia. Se olvida, pues, una máxima que una vez marcó la diferencia entre el periodismo de calidad y el tabloide: No me lo cuentes primero, cuéntamelo bien.

En Altaïr Magazine estamos en contra del «aquí» casi por principios. Nuestras Voces lo demuestran, que son siempre «allí», es decir, siempre un lugar diferente al que estamos, siempre con la intención de mirar más allá de las cuatro paredes a las que llamamos «casa». Y no estamos en contra del «ahora», pero sí sabemos y defendemos que no es el único momento temporal posible. Nuestros Pasos, esas «reflexiones creativas sobre el hecho de viajar», huyen del aquí y ahora para rastrear otros caminos físicos y temporales del viaje. La historia, la antropología, las huellas de los primeros viajeros, las reflexiones sobre el mismo acto de viajar… También un vistazo a aquellos y aquellas que han viajado desde la literatura, o la música, o el cine, o el cómic. Viajar a través de los sonidos, de los ruidos de cada lugar, de las melodías cantadas por otros hombres y mujeres. Más que ninguna otra sección de Altaïr Magazine, los Pasos son una reflexión que deja de lado el dónde viajar por el cómo hacer ese viaje.

A Pere Ortín, nuestro director, en seguida le viene a la cabeza el viaje por los sonidos del océano que hace Pedro Montesinos, usando el oído como otro modo de narrar. «Es el atrevimiento de hacer lo que nadie más hace con mirada y oído propio», dice Pere, y es verdad, porque el autor consigue hacernos entender de forma cristalina cómo se oye el mar embravecido del Perú.

En la redacción, al preguntar por los Pasos favoritos, hay quien rápidamente se muestra fan de la serie «La tradición inquieta» de Jorge Carrión, ese recorrido tan peculiar que hace por los grandes viajeros literarios. El nombre que más se repite es el de Burton Holmes y sus travelogues, porque en el fondo todos añoramos un poco un pasado en el que los viajeros contaban sus hazañas en teatros abarrotados, sacando objetos increíbles de un baúl. Otros apuntan más a los textos de Gabi Martínez, como esa defensa suya tan peculiar de la aventura, como palabra, como concepto y casi como ideología. «Yo soy friki», se confiesa, y nos sentimos identificados con él.

Mario Trigo, redactor jefe de Altaïr Magazine, interviene para recordar uno de los Pasos más impactantes que hemos tenido: «Un imperio pobre», de Ralph Zapata Ruiz, un reportaje sobre la vida dura en el valle peruano de Lares. Periodismo de sensaciones, más de sangre y carne que de epidermis. Dice Mario: «Me gusta porque consigue transmitir el cansancio físico sin que sudemos una gota y la situación de lucha y pobreza de la región sin que sintamos la mínima condescendencia o dramatismo».

Sin embargo todos recuerdan con especial cariño el texto de Carolina Reymúndez sobre la primera vez que se atraviesa una frontera. Es uno de los Pasos más recordados y del que más hablamos a menudo porque apela directamente a las primeras sensaciones viajeras, irrepetibles, la primera carretera larga, el primer avión, el primer tren, el primer lugar donde al llegar la gente hablaba una lengua extraña. La esencia de los Pasos, la sección de Altaïr Magazine que más que hablar del viaje, piensa el viaje.

Publicado el

Un septiembre para cruzar fronteras

Cabecera-Reymúndez-Fronteras

Termina el verano en el hemisferio norte y muchos en esta parte del mundo sienten que los viajes quedan aparcados hasta nueva orden, porque un poco así está construido el mundo: a golpe de vacaciones y de calendarios. Como si el resto del mundo sólo abriese sus puertas un par de meses al año y el resto del tiempo se lo pasase hibernando, esperando a que lo visitemos.

Para Altaïr Magazine septiembre es el mes donde empieza de nuevo todo, donde volvemos a buscar cada lugar que no conocemos aún o, mejor todavía, cada lugar que creemos conocer pero desde un punto de vista nuevo. Preguntando a sus pobladores, pidiéndoles que sean ellos los que nos cuenten su historia, sus ciudades, sus pueblos, sus paisajes, sus espacios.

Por eso traemos una oferta para nuestros nuevos suscriptores. Hasta el día 10 de septiembre, por 60€ al año puedes tener:

¡Promoción limitada hasta el día 10 de septiembre!

Porque para ALTAÏR MAGAZINE, septiembre es el mes en el que comienzan todos los viajes, el momento de cruzar las fronteras con vosotros y seguir intentando comprender todo lo que sucede más allá de nuestra casa.

Publicado el

MALDITA BUENA SUERTE, por Xavier Aldekoa

Nam Monzo nunca había querido ser rico. Al menos, no especialmente rico. Sí le habría gustado tener lo suficiente para no invertir salud en sus anhelos, pero a sus 54 años, tres hijas y dos hijos, los deseos materiales le cabían en unas manos llenas de callos y una red de pesca mal zurcida.

Monzo había empezado a pescar con su padre y de mayor continuó haciendo lo mismo. Durante un tiempo, alimentó a su mujer y sus hijos de los peces y crustáceos del Delta del Níger (Nigeria) y la vida casi amagó con ser sencilla.

Su vida era una canoa de madera, madrugones diarios y, al atardecer, llevar a los niños a nadar a una poza que se formaba en un recoveco del río. En la otra orilla, a menudo veían monos, ciervos e incluso algún cocodrilo. Todo eso acabó por un golpe de suerte.

A mediados del siglo XX, ingenieros británicos, holandeses y alemanes se adentraron en las zonas pantanosas del delta. Al principio, los lugareños pensaron que los hombres blancos buscaban aceite de palma, la mayor riqueza del lugar. Pronto descubrieron que no.
En 1956, los europeos anunciaron exultantes que debajo de las fértiles tierras del delta del Níger se escondían las reservas más importantes de petróleo de África. Aún faltaban cuatro años para que Nam Monzo llegara al mundo y acababan de condenarle. Maldita buena suerte…

Una nueva historia de Xavier Aldekoa y Muzungu Producciones en AltaïrMagazine.com

PARA IR MÁS LEJOS, SUSCRÍBETE AQUÍ.

Publicado el

LA REPÚBLICA BANANERA, por Roberto Herrscher

En el siglo XIX el fundador de la República Bananera, Minor Keith, tardó dos décadas en construir un ferrocarril para unir estos dos mundos: el centro del país, el eje de su economía cafetalera, y su lejana costa infestada de malaria y paludismo. Con el ferrocarril, Keith se apropió de las tierras circundantes, plantó bananos (lo que en España se llaman plátanos) e inició la United Fruit Company con el dueño de los barcos y el banquero que se encargó de la distribución. En los ochenta el Estado construyó esta carretera y el ferrocarril murió de inanición. Miles de trabajadores, sobre todo negros de Jamaica, habían muerto abriendo montaña y montando sus rieles, y hoy la selva cubre lo que queda de las vías.

De Limón tomo el camino de las playas caribeñas, donde manadas de norteamericanos y europeos viven su sueño rasta y fuman sus porros y se hacen trenzas greñudas en el pelo y se revuelcan riendo en la arena antes de entrar a la vida de verdad. Para los jóvenes negros de la zona la vida de verdad es esta, entre el orgullo de la identidad, la mirada pastosa de la droga y la sonrisa ladeada del turismo.

Camino a Cahuita y Puerto Viejo, los reductos turísticos de carretera ya anuncian el mapa sonoro: cambiaron los viejos casetes por listas digitales, pero siguen repitiendo día tras días los éxitos de siempre de Bob Marley. Con los cansados himnos de la rebelión, llego a un puesto del Ministerio del Ambiente.

El fundador de la República Bananera, Minor Keith, tardó dos décadas en construir un ferrocarril para unir estos dos mundos: el centro del país y su lejana costa

En este puesto me espera el guardaparque Henri Rojas. Yo estuve hace 20 años en la inauguración de esta oficina de control forestal. Todo estaba reluciente, los pickups blancos y los uniformes verdes. El caso es que en los años siguientes el Ministerio, con un presupuesto cada vez más estrecho, fue dejando a este puesto desprovisto de los recursos básicos para operar.
El día que llegué la escuálida delegación casi no tenían gasolina para salir a atender denuncias. Había visto varias veces a Henri en los noventa, y siempre me llamó la atención lo que le preocupaba el cuidado del ambiente, la degradación social de la zona, la corrupción, la burocracia. Y escribía cuentos para concienciar a los niños sobre el medio ambiente, y poemas para mitigar su pena.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE.

Publicado el

Entrevista a Boubacar Boris Diop, por Pere Ortín

Boubacar-Boris-Diop

Novelista, ensayista, dramaturgo, articulista, guionista, conferenciante y profesor universitario, Boubacar Boris Diop es uno de los intelectuales más importantes de África. Nació en 1946 en la Medina de Dakar y, según él, este hecho define su inconformismo perpetuo. Pere Ortín habló con él para el monográfico 360º dedicado a Dakar y ahora ofrecemos en abierto un fragmento de dicha entrevista.


(…)

Aunque no podemos vernos las caras —la cámara de su ordenador no funciona— la conversación empieza a fluir: comentamos su autoexilio voluntario en la tranquila cuidad de Saint Louis, donde se dedica a la docencia y en la que «aún se puede ver el mar»; detalles casi inconfesables relacionados con nuestra pasión común por el fútbol; la admiración compartida por la ironía de Borges; y, entre risas, de una antigua portada del número 16 de la ya desaparecida revista francesa Sépia que tengo en mis manos y dónde hace 20 años se le veía «muy joven» bajo un titular que sirve de inicio a esta larga conversación y preguntaba: «Qui êtes-vous, Boubacar Boris Diop?» 

—¿Quién es usted, Boubacar Boris Diop?

—Soy la suma de los libros que he escrito, de las vidas que he vivido, de toda gente que he conocido y de las muchas experiencias que he tenido y que me cambiaron. Soy ese itinerario vital. Soy también un niño de la Medina de Dakar y eso es una forma de rebelión. Ser un niño de la Medina es, de algún modo, estar en disidencia perpetua.

Boris Diop es un senegalés del mundo: vivió dos años en México, cuatro años en Túnez, un año en Suiza y otro en Sudáfrica. Nunca ha dejado de viajar, de desplazarse allá donde sus conocimientos han sido requeridos para enseñar, en África, Europa o EE.UU., pero cuando hace unos años le ofrecieron volver a Senegal para enseñar en la universidad le gustó la idea de instalarse en Saint Louis, cerca del mar, y no en Dakar, que es su ciudad, pero que, dadas sus inhumanas dimensiones, «hoy se le escapa de las manos entre recuerdos nostálgicos». Imparte su saber en la Universidad Gaston Berger de Saint Louis y trata de transmitir «experiencias vitales» a unos estudiantes que poco o nada tienen que ver con la época en la que él estudió Letras, Filosofía y Periodismo.

Influenciado por las obras de Cheikh Hamidou Kane, autor de Los guardianes del templo y La aventura ambigua —«un texto capital», según Boris Diop— y también por trabajos como La plaie de Malick Fall, Boris Diop tiene muy clara la respuesta a una pregunta clave:

—¿Cuál es tu autor y atmósfera senegalesa de referencia?

—Sembéne. Para mí, de todo lo que creó Sembéne, como cineasta y escritor, lo más importante es Les bouts de bois de Dieu (Las astillas de Dios). Es un libro que nos acompañó a toda una generación y que contiene una gran idea de justicia basada en una especie de respeto de uno mismo. Creo que Sembéne piensa, realmente, en nuestro espíritu y en nuestro corazón. Si sólo hubiese escrito ese libro, si no hubiese dirigido sus magníficas películas o escrito sus otros libros, creo que ya hubiese merecido seguir presente en nuestra memoria.

En las novelas de Boris Diop casi nada es lo que parece ya que, como ha escrito Alioune Badara Diane, profesor de letras de la UCAD de Dakar, «la polisemia, el polimorfismo, la polifonía, la paradoja y la ambigüedad» son términos muy importantes a la hora de descifrar las obras de un narrador al servicio de su pueblo y cuya obra, realista y, al tiempo, ensoñadora, involucra el enigma. Y es sabido que, como asegura poéticamente el personaje Fartamio Andra en Las Siete Soledades de Lorna López de Sony Labou Tansi, «el enigma es la mejor y más bonita explicación del mundo».

Enigmas, polimorfismos, paradojas, polisemias. Boubacar Boris Diop comparte la idea de Milan Kundera de que «El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela le dice al lector: “Las cosas son más complicadas de lo que piensas”. Esta es la verdad eterna de una novela». Y puede que también sea la verdad eterna de la vida.

(…)


PARA LEER ESTE ARTÍCULO ENTERO, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE O BUSCA NUESTROS MONOGRÁFICOS 360º EN LOS QUIOSCOS DIGITALES MAGZTER Y ZTORY.

Publicado el

Un diálogo con Jon Lee Anderson, por Paty Godoy y Pere Ortín

frame-jon-lee-anderson_2

Cuando una persona tiene a las espaldas los años y las experiencias como reportero de Jon Lee Anderson, con tan sólo hablar con ella ya podemos trazar un mapa de la profesión. Que, en este caso, es como trazar un mapa de muchos conflictos patentes y secretos de los últimos veinte años de la historia internacional. Paty Godoy y Pere Ortín se sentaron precisamente a eso, a hablar con el maestro de reporteros y colaborador de The New Yorker, y aquí podéis empezar a leer el resultado, parte de nuestro 360º sobre Cartografías.


«Negociemos… ¿Cuál es el precio de mi ausencia?»

Entre risas, mientras sorbe su habitual café americano y recién llegado de Madrid maleta en ristre, el escritor argentino Martín Caparrós discute con nosotros «el precio de su ausencia» en el encuentro que tendremos al rato con su colega Jon Lee Anderson, el reportero de la revista norteamericana The New Yorker.

Sin cerrar ningún trato y poco antes de las once y media de la mañana, dejamos a Caparrós apurando su café y de camino a un encuentro sobre «periodismo de datos» (sic) y buscamos a Jon Lee Anderson. No ha llegado…

Cuando aparece —casi una hora después y a pesar de que su reloj de muñeca, de correa de cuero roja bien desgastada, parece en hora— nos explica la «confusión»: nos esperaba en su hotel y no en el museo de Barcelona donde, por fin, nos hemos encontrado.

Aclarada la situación entre sonrisas, y tras pelear por otro café con una de esas infernales máquinas suizas que han encapsulado el sabor de la infusión con nombre de antiguo reino etíope (Kaffa), nos sentamos a charlar en un amplio despacho con sillones cómodos que nos presta el director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Cinco Viajes al infierno

Aunque no hay necesidad de romper ningún hielo, le hemos traído a Jon Lee Anderson un regalo que sabemos apreciará: Cinco Viajes al infierno, un libro de la gran cronista norteamericana Martha Gellhorn que, junto a su marido Ernest Hemingway y George Orwell, es una de esas referencias clásicas admiradas por Anderson. Anderson recibe el libro —un ejemplar de la edición en español de la colección Heterodoxos de Altaïr que no conocía— con una sonrisa agradecida. Lo hojea con detenimiento y, aunque tanto él como nosotros sabemos que no dispondrá de demasiado tiempo libre para leerlo, todos ponemos cara de satisfechos.

«Saki»

Jon Lee Anderson, como Gellhorn, también ha descendido a unos cuantos infiernos. Y, como la gran cronista norteamericana, lo ha hecho sin perder una predisposición innata para la sonrisa cómplice. Se siente bien en cualquier lugar del mundo y tiene «por instinto» esa maravillosa facultad humana «de la adaptación».

Alto y fuerte —de joven, en Liberia, le pusieron el sobrenombre de Saki («hombre alto» en lengua kpelle)—, en su conversación se nota que conserva aquella misma actitud curiosa que, según recuerda, tenía cuando, con dos años, empezó a escudriñar el mundo «desde su caja de arena». A pesar de todo lo que ha visto y oído, sigue siendo aquel niño que nunca se ha dejado vencer por esos momentos de la vida en los que el cinismo y la depresión parecen ser las únicas salidas posibles. Perfeccionista, pero sin alardes retóricos, reconoce que sólo necesita «café y una silla cómoda» para escribir y que lo más importante en su trabajo es «tener muy claras cuáles son tus prioridades».

Rigor y veracidad

Hace años —preparando un retrato sobre Gabriel García Márquez— que Jon Lee Anderson dejó de utilizar grabadora y libreta de notas frente a sus entrevistados. No se trataba de imitar el método de Truman Capote en su proceso de creación de A sangre fría, sino de no «intimidar» a las personas con las que hablaba. ¿Método? Pues el más exitoso de todos los que existen: no tenerlo. Su estrategia, reconoce, no es muy ortodoxa. Se trata de entrenamiento y oficio para, primero, propiciar conversaciones con enjundia, diálogos vivos y situaciones coloquiales que, luego, se desarrollarán en un periodismo que usa las herramientas de la literatura para contar historias basadas en hechos reales, explicados con rigor y veracidad.

White chink

Aunque no le gusta que le pregunten por su vida personal, el asunto surge de manera natural. Jon Lee Anderson es fruto de una pareja que lloró cuando se enteró por la radio del asesinato de John F. Kennedy en Dallas. Su madre era una «extrovertida y multitalentosa» escritora de cuentos juveniles que también bailaba y pintaba (y a la que Anderson le debe el amor por los libros). Su papá era «un nómada» que se definía como un «socialista de corazón» que se amoldó a la categoría de los «liberales» norteamericanos. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, navegó por los mares del sur antes de trabajar para el servicio exterior norteamericano y construir, junto a su esposa, una familia en mudanza constante.

Jon Lee Anderson vivió en ocho países distintos hasta los 18 años (Taiwan, Colombia y Corea del Sur, entre otros) y eso marca. Nunca ha olvidado, por ejemplo, cómo a los doce años, instalado temporalmente en Estados Unidos, lo llamaban «white chink» («el chino blanco») en el colegio por haber interiorizado tanto sus vivencias asiáticas.

(…)


PARA LEER ESTE ARTÍCULO ENTERO, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE O BUSCA NUESTROS MONOGRÁFICOS 360º EN LOS QUIOSCOS DIGITALES MAGZTER Y ZTORY.

 

Publicado el

Cartógrafos del cielo, por Natalia Ruiz Zelmanovitch

Nuestro 360º sobre Cartografías ha buscado explorar muchas dimensiones. Si nos hemos preguntado por los mapas íntimos, los que nos guían en el terreno de la identidad, ¿cómo no hacerlo por los más grandes, los que sitúan esta roca que es la Tierra en el cosmos infinito? La periodista Natalia Ruiz Zelmanovitch, experta en divulgación de la ciencia, nos explica cómo intentamos entender un poco mejor lo que está a la vuelta de la esquina en nuestro vecindario galáctico.

 

Elevar la mirada a los cielos oscuros es casi tan consustancial al ser humano como respirar. Observar los fenómenos de esa oscuridad de un modo científico nos ha llevado a construir instrumentos increíbles, potentes máquinas cada vez más precisas que, como extensiones de nuestros propios ojos, nos desvelan la física, la química, la historia de un universo complejo y variado. Pero, al igual que en la Tierra —nuestro diminuto punto azul pálido, como dijo Carl Sagan—, también buscamos referencias espaciales allá arriba. Hacemos mapas del cielo.No tenemos remedio: necesitamos mojones, carteles, indicaciones, referencias. Necesitamos mapas. Nuestra vida de conductores (y de peatones) ha sufrido un vuelco vertiginoso con el desarrollo de aplicaciones digitales que nos colocan en el mundo. Basta con conocer la dirección para llegar a nuestro destino (con más o menos desvíos, lo que depende de la persona y de sus habilidades —en mi caso, relativas—). Pero eso ya era una actividad común hace siglos: nuestros antecesores escrutaban el cielo y, utilizando sus conocimientos sobre astronomía de posición, navegaban más allá de los mares, viajando de un extremo a otro del mundo. Estudiaban el cielo marcando su movimiento. Cuántas preguntas debió generar esto… Que se lo digan a Galileo, que fue el primero en apuntar un telescopio para observar las estrellas y fue perseguido por afirmar que la Tierra era la que se movía alrededor del Sol, y no al revés.

Ha costado, pero ahora sabemos que la Tierra, esa mota azul e insignificante en el vasto universo, es el tercero de ocho planetas del Sistema Solar, una familia formada por el Sol, nuestra estrella anfitriona. También sabemos que esta pequeña familia monoparental (es muy común que las estrellas vivan en pareja; son las conocidas estrellas binarias) está en un brazo espiral de la galaxia Vía Láctea. Ésta, a su vez, forma parte de un conjunto de unas 40 galaxias llamado Grupo Local, que se encuentra en el denominado Supercúmulo de Virgo, el cual… Bueno, digamos que a partir de aquí las dimensiones se vuelven difíciles de manejar.

Entre quienes estudian el cielo hay una obsesión: hacer (fíjense en que siempre encontrarán esta frase) el mapa del cielo más preciso obtenido hasta el momento. Esa coletilla, «hasta el momento», es nuestra eterna cantinela. Porque, afortunadamente, seguimos mejorando y ampliando nuestra visión del universo.

Dado que la Tierra se mueve, nuestro cielo también se mueve. Este hecho, que parece tan sencillo, supuso un reto para poder elaborar los primeros mapas que situasen a las estrellas en el cielo.

Pero en el antiguo Egipto, en Mesopotamia, en China y en América Central dedujeron su movimiento relativo y empezaron a plasmar lo que veían; dieron a luz mapas donde se pintaban las estrellas que podían verse a ojo. Luego irrumpirían los sabios griegos, revolucionando el mundo con sus teorías.

Siglos después, tras la llegada de la astronomía moderna a Europa de la mano de Nicolás Copérnico, el siguiente gran salto fue la astrofotografía; con ella, los mapas comenzaron a crecer y poblarse. El acoplamiento de cámaras fotográficas a los telescopios supuso un golpe brutal: tanto en lo relacionado al almacenaje de las placas fotográficas (y no es broma) como en lo que atañía a su análisis. De hecho, examinarlas se llegó a considerar una tarea tediosa. Por ejemplo, en el Observatorio de Harvard se contrató a mujeres para esta tarea tan «aburrida», dando lugar a una generación de astrónomas (las llamadas «calculadoras») que revolucionó por completo nuestro concepto de la materia.

(…)

PARA LEER ESTE ARTÍCULO ENTERO, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE O BUSCA NUESTROS MONOGRÁFICOS 360º EN LOS QUIOSCOS DIGITALES MAGZTER Y ZTORY.

Publicado el

Viaje al centro de Google Earth, por Simon Sellars

Google-Earth
Ver más allá, ver mejor, ver siempre, ver ahora y no perderse nunca. Los nuevos mapas digitales prometen (y han concedido) aplicaciones casi mágicas para nuestras vidas diarias; casi ya no podemos pensarnos sin ellos. En el 360º sobre Cartografías ofrecemos las reflexiones de Simon Sellars, periodista experto en tecnología, arquitectura y la obra del novelista J.G. Ballard —uno de los grandes cartógrafos de un presente indistinguible del futuro—. Aquí podéis empezar a leer gratis su texto, que nos lleva del punto de vista de Dios al recuerdo de nuestros propios fantasmas en una pantalla plana.

«Queremos crear un espejo digital del mundo.»

Karin Tuxen-Bettman, geoestratega de comunicación de Google Earth, a bordo de un barco de Google que mapeaba el Amazonas en 2011.

Cuando abres Google Earth, se sitúa por defecto a una altura de 11.000 kilómetros sobre el planeta. El efecto es de placidez, en parte por el ligero brillo de la panorámica espacial y en parte por la sensación de no estar atado a nada. Las límpidas imágenes, aportadas por la NASA, muestran el mundo con un detalle fotorrealista. Es la expresión definitiva de lo que los cartógrafos llaman el punto de vista de Dios: el deseo de una objetividad visual absoluta en los mapas, presentando cada región del globo en su lugar correcto.

Pero los mapas mienten. Naturalizan los límites y extremos del planeta de modos que responden a razones ocultas. El mapa más popular del mundo, la proyección Mercator, es un modelo cartográfico de la realidad basado en una tergiversación descarada. En el mundo de Mercator, los países no tienen tamaños relativos entre sí. Los tamaños de los países norteamericanos y europeos están tremendamente exagerados, mientras que los de las naciones del Tercer Mundo están muy reducidos. Durante los años 70 y 80 del siglo pasado tuvieron lugar las llamadas «guerras de los mapas», en las que un nuevo modelo de mapa, la proyección Gall-Peters, se enfrentó al Mercator, al que se acusaba de ser un símbolo represor del colonialismo eurocéntrico.

Google Earth es más que el punto de vista de Dios, más que un mortal mirando a través de los ojos de Dios. En Google Earth, nosotros somos Dios. Vemos por encima, por debajo, dentro y afuera. Vemos en el más allá, con una visión extra fuera del alcance de nuestra condición mortal. Vemos los fantasmas de amigos y extraños fallecidos. Nos vemos a nosotros mismos. Si el punto de vista colonial de los mapas Mercator es un modo incómodo de instalarse sobre el planeta (esperando que los salvajes se queden en su lugar y no agiten el orden establecido), entonces Google Earth, con sus derivaciones —Google Maps y Google Street View— es un mundo paralelo que se infiltra en este.

Las «trampas de copyright» son detalles falsos que los cartógrafos insertan en los mapas para pillar a los plagiadores. Se puede demostrar que alguien ha copiado y publicado el mapa sin permiso porque incluye una calle que lleva en la dirección equivocada o un edificio que no existe. En Street View, esos objetos imposibles son el pan nuestro de cada día. Los límites de Google son porosos. Se disuelven. Nunca en mi vida he visto algo tan hermoso como las autopistas fundidas de EEUU, resultado de los fallos técnicos en las proyecciones de Google. Google Earth juntas imágenes tomadas en momentos diferentes del día. A veces se pueden ver las costuras donde el proceso no se ha cerrado del todo. Puede ser una nube de luz separada por colores RGB alrededor de un objeto, o un tornado de píxeles erróneos, amarillos y rosados, ascendiendo hacia el cielo. A veces, cuando la conexión es lenta, al moverse a través de una ciudad con Street View se revela el mecanismo de entrelazado de las imágenes. Puede verse cómo el frente de un edificio se desliza desde el fondo, comprimiendo la arquitectura en una delgada banda de luz, de modo que semeja una fachada delgada como un folio que encaja en su lugar. La realidad se convierte en un escenario y los decorados cambian ante tus ojos.

A veces, el algoritmo de Google Earth mapea una textura sobre otra, produciendo paisajes encantadores. El paso elevado de una autopista, suspendido sobre la tierra, sigue con precisión el terreno ondulado de un amplio valle, produciendo un sistema vial retorcido y fluido de otra dimensión. Las nubes manchan los contornos de una montaña como una manta blanca, esponjosa y ajustada. Hay rascacielos aplastados contra el suelo que, de algún modo imposible, proyectan una sensación tridimensional de altura. Google Earth es un Mercator digitalizado, aplastando las dimensiones desproporcionadas en un sistema totalizador con su propia lógica interna (en realidad, Google Maps está basado en una variante de la proyección Mercator). Cuando también los mapas del iPhone de Apple empezaron —involuntariamente— a escupir extrañas topologías nuevas a toda velocidad, la empresa fue objeto de mofa generalizada, pero yo pensé que eran enormemente poéticas, un mundo en el que me gustaría mucho vivir: el campo de distorsión de la realidad de Steve Jobs.

De niño me fascinaban los mapamundis, que eran siempre los de Mercator. Hasta la adolescencia no me di cuenta de que Groenlandia no era el doble de grande que Australia, como afirma la proyección de Mercator, sino que en realidad Australia era tres veces más grande que Groenlandia. Mi hija tiene dos años y ya está fascinada con mi iPhone, que a menudo, siguiendo mi obsesión, muestra mapas de Google y Apple. Quizás se pase los próximos años pensando que es completamente natural que las autopistas se hundan y doblen en el paisaje como tiras de regaliz. Google Earth puede ser un Mercator digital, pero no miente. No lo necesita. Lo expone todo y puede permitírselo, pues su arma es la seducción.

(…)


PARA LEER ESTE ARTÍCULO ENTERO, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE O BUSCA NUESTROS MONOGRÁFICOS 360º EN LOS QUIOSCOS DIGITALES MAGZTER Y ZTORY.

Publicado el

Mapas del turismo global, por Yolanda Onghena y Claudio Milano

Turistas ante la famosa Pedrera del Paseo de Gracia, en Barcelona.
En un 360º sobre Cartografías no podía faltar la reflexión sobre cómo cambia el mapa del turismo, cómo y por qué los destinos que atraen a visitantes de todo el mundo cambian o se popularizan, y de qué modo el turismo es o no una posibilidad para un sincero encuentro cultural. Aquí podemos empezar a leerlo de la mano de los antropólogos Yolanda Onghena y Claudio Milano.

Una de cada siete personas del mundo se desplazó por turismo durante 2014. A mediados del siglo XX, un número muy reducido de países acogía a 25 millones de turistas. En 1995 eran 528 millones; en 2014, 1.138. Quien viva en uno de los lugares que reciben a parte de esos visitantes no necesitará que le digamos que el turismo se ha convertido en uno de los sectores de mayor crecimiento de la economía global, tanto en economías avanzadas como en las emergentes. ¿Pero ha cambiado el turismo o sigue sólo la estela de otros cambios globales? Algunos acontecimientos de ámbito mundial —el fin de la Unión Soviética y la transformación de China y Vietnam en economías de mercado, o los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos— han afectado al fenómeno turístico tanto dentro como fuera de Occidente. En palabras de los investigadores Erik y Scott Cohen, lo primero generó «la apertura de estas enormes regiones a la llegada de turismo, sobre todo occidental, mientras que sus florecientes economías liberalizadas hicieron crecer el flujo de turismo saliente hacia sus países vecinos y hacia Occidente»; lo segundo «fue seguido de ataques terroristas contra instalaciones turísticas en otras partes del mundo, acentuando la relación entre turismo y terrorismo, agravando la sensación de riesgo en los viajes y llevando a medidas de seguridad más estrictas en el turismo mundial».

El turismo es el producto de una confluencia de elementos, materiales e imaginarios, subjetivos y colectivos, contextualizados en entornos políticos, económicos, culturales y sociales determinados. Cualquier transformación de uno de los factores modifica la naturaleza del turismo. ¿Cómo generan estas transformaciones un cambio en la demanda, la experiencia, el éxito o el abandono de un destino turístico? ¿Qué análisis crítico podemos inferir del modo en que el sistema turístico se hace cargo de los cambios, en la constante búsqueda para diversificar la oferta?

En este panorama, esos cambios no son cortes tajantes sino procesos de transformación, de un flujo a otro, de una relación a otra, de un destino a otro. Puede sernos de ayuda plantear el cambio del fenómeno turístico a partir de la movilidad —su elemento esencial— y de la seguridad —su condición necesaria—. La pregunta final que se planteará entonces es: ¿El turismo favorece o banaliza la dimensión cultural del encuentro entre personas, entre sociedades?

Hoy en día la movilidad no es sólo movimiento físico sino también de ideas e imágenes, expectativas, paisajes virtuales. «El concepto de movilidades abarca tanto los movimientos a gran escala de personas, objetos, capital e información a nivel global, como los procesos a escala local, como el transporte diario, el movimiento a través del espacio público y el recorrido de cosas materiales dentro de la vida cotidiana», afirman los estudiosos Hannam, Sheller y Urry.

Taleb Rifai, secretario general de la Organización Mundial del Turismo (OMT), lo tenía claro cuando en la reciente ITB de Berlín de 2014, la feria de turismo más importante del mundo, afirmó que «la revolución en el mundo de los viajes, unida a la revolución tecnológica, está reconfigurando nuestra sociedad, mientras las tecnologías están transformando el sector turístico». Dos revoluciones vinculadas con un resultado clave: en una especie como la nuestra, que siempre se ha desplazado, las transformaciones del fenómeno turístico están relacionadas con nuevos tipos de tecnologías que posibilitan viajes más cómodos.


PARA LEER ESTE ARTÍCULO ENTERO, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE O BUSCA NUESTROS MONOGRÁFICOS 360º EN LOS QUIOSCOS DIGITALES MAGZTER Y ZTORY.

Publicado el

El sexto continente, por Mattia Insolera

Dos estudiantes de Alejandría, en Egipto, ensayan una obra de teatro para la escuela junto al astillero tradicional.
Los mapas cambian de significado, las fronteras cambian de significado. También los espacios que son casi todo a la vez, patio de juegos de todas las culturas, lugares de tránsito, de evocación… Como el Mediterráneo. En nuestro 360º sobre Cartografías incluimos un mapa digital con el reportaje que el fotógrafo italiano Mattia Insolera realizó durante varios años, viajando de una punta a otra del antiguo Mare Nostrum para entender que, efectivamente, lejos de ser un negativo, un vacío entre Asia, África y Europa, era de pleno derecho un sexto continente.

Este proyecto tiene origen en un viaje abortado que dio lugar a muchos otros. En 2007, zarpé de Italia con un amigo que quería cruzar el Atlántico a vela. Tras dos semanas de navegación me di cuenta de que me interesaba más la vida en la costa que en alta mar, y bajé a tierra en el estrecho de Gibraltar, donde pude ver por primera vez un entorno verdaderamente mediterráneo, un mundo habitado por marineros y estibadores, contrabandistas y migrantes.Durante los siguientes años, me dediqué a llevar adelante un proyecto fotográfico completo sobre la cultura mediterránea. Viví en Barcelona —bien conectada con todas las costas de este mar— y desde allí pude visitar 13 países del mediterráneo, viajando en barcos de todo tipo, desde veleros hasta cargueros, y recorriendo 25.000 kilómetros en moto.

Hoy en día, para mucha gente el Mediterráneo es sinónimo de un paraíso de mar, sol y cielos azules. Pero es necesario rascar la superficie del cliché turístico y capturar la esencia de este espacio. El Mediterráneo del siglo XXI se ha convertido en una división: una valla de alambre entre el Norte y el Sur del mundo.

También es la cuenca donde se están produciendo algunos de los mayores conflictos del mundo, una zona de paso peligrosa para quienes huyen de la miseria y la guerra y un cementerio para los 20.000 migrantes que se ahogaron en sus aguas en los últimos 20 años.

Melilla: Sufien, un joven migrante marroquí, espera en el puerto una oportunidad para colarse en un ferry hacia España.

Hoy en día, para mucha gente el Mediterráneo es sinónimo de un paraíso de mar, sol y cielos azules. Pero es necesario rascar la superficie del cliché turístico y capturar la esencia de este espacio. El Mediterráneo del siglo XXI se ha convertido en una división: una valla de alambre entre el Norte y el Sur del mundo.

También es la cuenca donde se están produciendo algunos de los mayores conflictos del mundo, una zona de paso peligrosa para quienes huyen de la miseria y la guerra y un cementerio para los 20.000 migrantes que se ahogaron en sus aguas en los últimos 20 años.

No siempre fue así. En el pasado, este mar interior era incluyente: un puente entre costas y culturas diferentes, un campo fértil para las primeras civilizaciones. Según el Pescador de Halicarnaso (seudónimo del influyente escritor turco Cevat Sakir) se trataba de un sexto continente, diferente de los cinco continentes arbitrarios de los geógrafos. Uno que asimilaba a gentes provenientes de las antípodas de la Tierra, convirtiéndolos en mediterráneos.

Con mi labor fotográfica, quería buscar si quedaba algo de ese tiempo. Y así centré mi cámara en quienes aún utilizan el mar como superficie de transporte, lugar de trabajo, zona de intercambio… En otras palabras, la gente que aún vive el mar como un sexto continente.

(…)


PARA LEER ESTE ARTÍCULO ENTERO, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE O BUSCA NUESTROS MONOGRÁFICOS 360º EN LOS QUIOSCOS DIGITALES MAGZTER Y ZTORY.