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En Cusco una vez hubo un imperio

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Luis conoce su desorden y lo administra con eficacia. Su casa es gélida y afuera el aire azota la cara como un latigazo endemoniado. Vivir en la cresta de los cerros de Ccollana es un desafío a la resistencia humana. Un acto heroico. Pero eso no lo sabe Luis ni le importa saberlo. Hay preocupaciones más tangibles, como pastar las ovejas y los cerdos, cultivar la chacra, pescar truchas en el río Huasacmayo, o hacer ayni (trabajo comunal que aún pervive en los Andes). No hay tiempo para filosofar sobre su estilo de vida.

La región de Cusco, en Perú, alberga la ciudad homónima, considerada la ciudad habitada más antigua de América, que fue capital del otrora poderoso Imperio inca. Hoy es una región deprimida, en la que se sitúa el distrito de Lares, el más pobre de todo el país, con un 97,8% de pobreza y un 89.2% de pobreza extrema. Ccollana es una de sus comunidades, y allá fueron el periodista Ralph Zapata Ruiz y el fotógrafo Álvaro Franco para contar cómo se vive de aquella parte.

Frío, condiciones extremas, distancias larguísimas que recorrer a pie, ya sea para ir al médico, a la escuela, a llevar al ganado a pastar o cualquier otra cosa. Ser habitante de Lares es un acto de supervivencia en sí mismo.

Luis ha servido el desayuno: café con papas nativas y maíz cancha. Es el segundo día que comemos lo mismo. Pero aquí, en esta comunidad ausente en los mapas y en las guías de turismo, no hay mucho que elegir. La gente se alimenta con lo que cultiva. Su dieta alimenticia carece de proteínas, minerales y vitaminas. Álvaro se disculpa porque no comerá nada: su estómago es un revoltijo de dolores.

Ir a la escuela es otra odisea: no solo por lo que tardan los chicos y las chicas en llegar a clase sino porque la mayoría no terminarán sus estudios. Se pondrán a trabajar con sus familias apenas puedan, aunque ya ayudan en la faena desde bien pequeños. Solo cuatro o cinco acabarán la secundaria.

En la institución educativa 50206 de Pampacorral-Lares estudian cincuenta alumnos de las comunidades de Ccollana, Mauccau, Quinzapuccio, Qolqanpata y Mapacocha. La mayoría de ellos camina entre dos y cuatro horas todos los días, para llegar hasta el colegio. Hay una movilidad del municipio que los recoge, pero solo a quienes viven cerca de la carretera. La justicia, en este lugar como en otros recovecos del Perú, se mide por la cercanía o la lejanía. La mayoría de niños, me dice el director, habitan en las faldas del nevado Colque Cruz, o en la cumbre de los cerros.  

Después de un par de días, Ralph se siente exhausto, aterido, hambriento y dolorido. Mira a los habitantes de Lares, que simplemente siguen adelante, sin hacerse muchas más preguntas y comprende, porque lo comprende, que cuando tienes que sobrevivir, no cabe espacio ni tiempo para lamentarse por nada.

Hemos cruzado el valle de postal. Hemos soportado el frío y la falta de oxígeno en los pulmones. Nos hemos detenido varias veces a mitad de camino para recobrar fuerzas. Hemos envidiado a los extranjeros echados sobre bellos campos de papa. Hemos sentido el punzón de los peñascos en los pies. Nos hemos doblado los tobillos no pocas veces. He querido volverme a Lares porque ya no soportaba caminar y caminar y caminar sin llegar a nuestro destino. He renegado y me he arrepentido: quejarse aquí es una pérdida de tiempo.

Lee completo «Un imperio pobre, la vida en el valle peruano de Lares» (solo para suscriptores). Un magnífico Paso de Ralph Zapata Ruiz en ALTAÏR MAGAZINE.