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CRÓNICAS DE EL HAMBRE, DE MARTÍN CAPARRÓS

Por Esteban Ordóñez

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El Hambre arranca dejando claro que si podemos seguir viviendo con la conciencia tranquila ante la miseria de millones de personas es por indiferencia voluntaria o por ignorancia. Una cita marca el camino. La producción agrícola mundial de hoy podría alimentar casi al doble de la población que vive sobre la tierra: «No es una fatalidad. Un chico que se muere es un chico asesinado». Lo dijo Jean Ziegler, de las Naciones Unidas. Martín Caparrós empieza lanzando preguntas y quemando esos conceptos que solemos usar para disimular nuestra parte en la tragedia global.

El objetivo del autor, un objetivo fracasado de antemano, como reconoce en las primeras páginas, es desvelar las perversiones del sistema que posibilitan la existencia de decenas de miles de fallecimientos diarios vinculados a la falta de comida. Caparrós busca una revelación teórica y emocional, intenta que la pobreza cale en el lector. Escribe para resucitar en nosotros una empatía embotada por tantas imágenes y campañas que dan lugar a una idea del hambre manejable a través de apadrinamiento o lagrimitas ante el televisor, un hambre casi irreal, lejana, que nos permite, además, concedernos dosis de bondad y comprar muy barata la sensación de solidaridad.

Un reto casi inasumible para el que hacen falta 700 páginas soberbias, y ni aun así. La batalla contra el hambre es, también, una batalla contra la abstracción léxica. Porque la solución está en nosotros, en los ricos del mundo, y nuestra conciencia se prende a través de las palabras.«Los términos técnicos suelen tener una ventaja: no producen efectos emotivos.» Se refiere a expresiones que hacen muertos porque ralentizan el ritmo de la cooperación, expresiones como «seguridad alimentaria»: un ejemplo de ese idioma tramposo que Martín Caparrós denomina burocratés.

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El libro no se encajona en ningún género: es crónica y ensayo y poesía. Prueba diferentes vehículos expresivos para propagarse por todos los niveles de la percepción y de la comprensión. El Hambre pugna por ser una experiencia completa. Por un lado, la meta es que vivamos la miseria y, por otro, que detectemos con nitidez nuestra parte de responsabilidad en esa miseria. Colaboramos con la pobreza, por ejemplo, al gastar euros en cosas inútiles —«la conquista del derecho a lo inútil, lo contrario al hambre»— o al comer sin medida —«una persona que come carne se apropia de recursos que, repartidos, alcanzarían para cinco o diez personas»—. Y todo se articula por medio de la pulsación rítmica habitual del autor: su trabajo del silencio, de los párrafos ínfimos, su dominio de la tosquedad y de los brotes de dulzura imprevisibles.

Escribe para resucitar en nosotros una empatía embotada por tantas imágenes y campañas que dan lugar a una idea del hambre manejable a través de apadrinamiento o lagrimitas ante el televisor, un hambre casi irreal

El volumen se arma con decenas de entrevistas sobre el terreno, de casos de hambrientos y malnutridos. Caparrós transcribe diálogos que evidencian que la pobreza no es sólo un agujero en el estómago, sino la ausencia de expectativas, el desconocimiento absoluto del concepto «expectativa».

—¿Cuál es tu plato favorito, el que más te gusta comer?
—La bola de mijo.
—¿Sí?¿Es mejor que el pollo?
—¿Pollo? Pollo no puedo comer nunca. ¿Para qué quiero que me guste?

Los relatos dan muchas excusas para caer en la irracionalidad o en la facilidad de un dogma ideológico. En la exaltación, en el condenarlo todo. Sin embargo, el autor consigue sortear los prejuicios —tanto los condenatorios como los benevolentes— acerca de la gente pobre: expone la cerrazón de las sociedades, el machismo, la ignorancia y la violencia sin perdonar un gramo de crudeza y, por supuesto, sin dejar de explicar por qué sucede todo esto. Tampoco se pliega al primitivismo de quienes repudian y demonizan el progreso técnico. Deja claro que, en el fondo, todo es cosa de codicia y no de falta de recursos.

«Seguridad alimentaria» es un ejemplo de ese idioma tramposo que Martín Caparrós denomina burocratés

No sólo sufren malnutrición los niños de África o la India que mueven su barriga hinchada como una bola, también hay carencias nutricionales en el Primer Mundo. El periodista viaja a EE.UU. Allí los desheredados son obsesos, adictos a la comida basura porque es más barata. En ese rodeo por la nación más rica del mundo, acude a la Bolsa de Chicago para detallar cómo los tratantes de acciones, futuros y derivados del mercado bursátil matan de hambre, desde lejos y —algunos— sin saberlo, a centenas de miles de seres humanos.

Martín Caparrós no vende el libro desde un atrincheramiento en la pureza, él no se excluye del sistema; se inculpa. Se cuestiona a sí mismo continuamente en un ejercicio ya clásico en el periodismo narrativo, aunque no consigue sacudirse del todo ciertos asomos de superioridad moral.

El Hambre trabaja en la retaguardia, a la espalda de las grandes catástrofes; busca la tragedia diaria. La mayoría de muertes por esta lacra no suceden a causa de hambrunas, sino del hambre perpetuada. Las hambrunas sí mueven la solidaridad de Occidente, pero «en la sociedad del espectáculo, la malnutrición no tiene cómo ponerse en escena». Eso intenta Caparrós, ponernos ante las narices la película interminable del hambre.

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Kapuscinski: primeros encuentros con África

Por Virginia Mendoza

 

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Ryszard Kapuscinski era un desastroso dibujante que lloraba en clase ante un dibujo pésimo, impotente ante su incapacidad de retener y registrar las «cosas maravillosas» que sucedían a su alrededor. Por eso, empezó a interesarse por la fotografía justo antes de partir a la India y, quizá por ese vacío infantil, se dedicó a recorrer el mundo para contarlo. Y, así, sin darse cuenta, llorando ante aquella acuarela porque no podía registrar el mundo, aquel niño polaco se convirtió en periodista. Aunque fue boxeador, promesa del fútbol y poeta hasta que fue consciente de su sino.

Lo que tampoco sabía entonces era una realidad de la que solo pudo ser consciente al llegar a África. A finales de 1959, Kapuscinski llega para abrir una corresponsalía de la agencia nacional de noticias e instala su base en Ghana. Allí se descubre blanco ante los ojos atónitos y reconoce así su estigma, el del «elemento indeseable». El momento en el que uno descubre el color de su piel es como una epifanía: «es una revelación, una sacudida, una conmoción. Había vivido veinticinco años sin tener conciencia de mi piel».

En el patio del edificio varsoviano donde vivo juegan cientos de niños que nunca se han preguntado por su piel. Saben tan sólo que es malo que esté sucia. ¿Y si está limpia, toda blanca? ¡Eso está bien! Pues no, está mal. Muy mal. Porque precisamente la piel blanca es ese estigma del indeseable.

Reconocido anti imperialista, comunista desde joven y metido en líos desde los diecisiete años, Kapuscinski no sólo no se planteó el color de su piel en Polonia (¿para qué?), sino que reconoció abiertamente que no soportaba los libros sobre África «por tanta mención de lo blanco y de lo negro». Explica el periodista que esta fue su percepción hasta que llegó a África: «Y comprendí. Allí, a uno lo encasilla y encarrilan al instante. Enseguida esa piel escuece. O enfada o impone».

Estrellas negras (Anagrama, 2016) recoge los dos primeros libros inacabados (uno sobre Ghana y otro sobre el Congo) que escribió durante sus primeras visitas al continente que le acabó apasionando y que despertó al Kapuscinski antropólogo.

El Congo que descubre en 1961 es «un país diezmado, roto, casi incomunicado; unos encarcelando a otros; desorientación, hostilidad y muerte» y un lugar del mundo que muestra como alcoholizado, caótico y habitado por personas contradictorias que hoy echan al colono belga y mañana lo invitan o que llegan a una mesa de negociaciones sin haber elegido un líder.

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No le tiembla el pulso a la hora de adjetivar a quienes no son de su agrado, como cuando, tras explicar por qué Tshombe no fue un traidor, no duda en llamarle «canalla». Pero es al colono al que ataca y caricaturiza con dureza.

La noche tropical es un aliado incondicional de todas las fábricas del mundo de whisky, coñac, licores, aguardientes y cervezas, y a todo aquel que no reporte beneficios a las destilerías lo combate esgrimiendo su mejor arma: el insomnio.

A mitad del libro, nos encontramos con un Kapuscinski cansado y vago. Deja caer frases sueltas, enumeraciones, citas prácticamente aisladas. No explica. Parece que hemos pasado de lo que empezaba a ser un libro al cuaderno de notas. Los reportajes se vuelven tan esquematizados que cuesta ver al Kapuscinski que conocemos hoy. Él mismo se pregunta qué le estaría pasando para no interesarse por ciertas cuestiones: «No sé qué me ocurría en aquellos momentos, pero el hecho de que en Kindu alguien tuviera muchos partidarios me tenía sin cuidado».

Estrellas negras es un libro escrito en caliente, que transmite cotidianidad y rapidez. Esa pereza que se infiere de esta parte del libro se revela como real cuando Kapuscinski, después, confiesa que hubo un tiempo durante su estancia en África en el que ni salía del hotel.

Tal es su desidia que ni el momento en el que sospecha su propia muerte parece alterarle demasiado, sino que acepta su destino con resignación y se presta a la muerte con un «se acabó lo que se daba». Esta indiferencia ante la muerte antecede lo que bien podría haberse convertido en una costumbre en los años venideros, en los que llegó a ser condenado a muerte hasta cuatro veces.

Es al final del libro cuando Kapuscinski recupera el pulso narrativo y, yendo un poco más lejos, nos desvela al escritor que acabaremos conociendo y que alcanzaría prestigio internacional tras publicar El Emperador.

He oído pronunciar discursos a Nasser. Y a Nkrumah. Y a Sékou Touré. Ahora escucho a Lumumba. Hay que ver cómo los escucha África.

Kapuscinski se dedicó a desmontar estereotipos. No lo hizo sólo dirigiéndose al lector, sino al propio interlocutor. A menudo, de la misma manera: buscando ejemplos reales. Cuando descubrió que los colonos estaban atemorizados ante una supuesta oleada de asesinatos, pidió: «Nómbreme una localidad en la que los negros hayan asesinado a un belga». Cuando alguien le contó que los negros eran unos ladrones, inquirió: «¿Ah, sí? ¿Le han robado algo?». En ambos casos, ningún interlocutor pudo aportar ejemplos.

Tanto llega a meterse en la piel negra que el periodista polaco se describe desde el punto de vista de un africano. Se caricaturiza a sí mismo casi tanto como lo hace con el colono y reconoce su piel blanca como un estigma que le convierte en un ser despreciable porque le equipara a quienes han venido para saquear y humillar.

En un África efervescente donde los primeras naciones actuales estaban a punto de emerger, Kapuscinski se codeó con los revolucionarios que conocía en la calle y en el bar. En Ghana y el Congo pasó sus días yendo de un mitin a otro y descubrió que en África «un mitin siempre es una fiesta popular, llena de alborozo y de dignidad, como la fiesta de la cosecha».

El otro pilar de la vida diaria era el bar, segunda casa y garante de libertad: «La casa es una obligación, en cambio el bar proporciona libertad», escribió. El bar africano era para Kapuscinski el foro de la Antigua Roma, el mercado medieval y la taberna parisiense de Robespiere, un lugar en el que todo es posible y que resume el pueblo. Allí estaba todo: «el club y la casa de empeños, la alameda y el pórtico, el teatro y la escuela, la taberna y el mitin, el burdel y el comité del partido».

En Estrellas negras, Kapuscinski relata una historia a punto de acabar: la del colonialismo que muere en un África en pleno cambio. Un continente habitado por personas que quieren tener voz y un futuro diferente. Estrellas negras no es un libro magistral al nivel de Ébano, El Imperio o El Sha, pero se revela como un germen de Ébano, su gran obra africana, que incluye algunos fragmentos de los reportajes de Estrellas negras.

Frente a las narrativas hegemónicas de sus predecesores, Kapuscinski mostró un África protagonizada por sus verdaderos protagonistas defenestrados: autóctonos, negros, africanos y, sobre todo, revolucionarios. No es un África protagonizada por blancos colonos como se había visto hasta entonces. Es la versión del león y no la del cazador la que muestran sus reportajes. Y al león, le quiere poner nombre para paliar la injusticia de siglos de anonimato: «¿Quién pondrá apellido a una víctima? La lucha contra la invasión blanca se ha prolongado durante siglos. ¿Quién pondrá apellido a un combatiente? ¿Qué nombres recuerdan el sufrimiento de generaciones de negros? ¿Qué nombres inmortalizan el valor de las tribus aniquiladas?»

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Libros: Domingo de Revolución, de Wendy Guerra

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Por Esteban Ordóñez

Giraba sobre sí misma hasta agotarse. Bailaba sola, con una copa de vino y, cuando ya se había castigado lo suficiente, engullía pastillas para dormir como un oso amaestrado al que lo recompensan con terrones de azúcar. «Mi premio era rendirme». Cleo, la protagonista de Domingo de Revolución, comienza el relato hundida en una depresión llena de cubanía.

«En el socialismo uno no sabe el pasado que le espera». La autora de la novela, Wendy Guerra (1970), recuperó esta cita de Milán Kundera en su blog Habáname allá por 2010, y de esta frase, que también aparece en la novela, brota gran parte del aliento de Domingo de Revolución. La vida de la protagonista está intervenida. Las intromisiones de las fuerzas de seguridad convierten su existencia en algo ajeno, sobre lo que ella apenas puede intervenir. Toda la rebeldía que podía permitirse era no ventilar la fetidez de su cuarto cuando los oficiales con guayabera acudían a revisar su casa.

Hacía un año que sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando recibe la noticia de que su poemario Antes del suicidio ha ganado un gran premio español. El galardón la obliga a abandonar su régimen de cama y poca ducha. Viaja a España. Su llegada es celebrada con la pantomima y los laureles del reconocimiento de la comunidad literaria. Al regresar a Cuba, de pronto, la catalogan como disidente. «No se trataba de mi poesía… Tenían que colocarme en un lugar, no importaba si era real, había que colgarme un cartel, y así lo hicieron. Nadie me preguntó si mi corazón estaba a la izquierda o a la derecha, nadie averiguó cuál era mi posición con respecto a este largo gobierno. Eso ellos ya lo habían resuelto por mí». Se convierte en opositora por indicación gubernamental.

En Domingo de Revolución la trama pierde relevancia en favor de lo que conforma un tratado lírico sobre la soledad y la «cubanidad». No sólo habla de la soledad de quien reniega de cualquier vínculo emocional tras el golpe de la muerte de sus padres, sino de una soledad a la vez íntima y social, cimentada en la diáspora, el exilio y en un sistema de delaciones asumido como parte de la cotidianidad.

En Domingo de Revolución la trama pierde relevancia en favor de lo que conforma un tratado lírico sobre la soledad y la ‘cubanidad’.

Cleo detesta Cuba y, a la vez, la adora y la requiere. Su simbiosis con el territorio es brutal: ella también es una isla que vive acosada por el desánimo, la estridencia caribeña y por sopetones de sexualidad catártica. Cuba es una grasa, un sudor que te impregna durante la lectura de la novela —incluso cuando la historia cambia de escenario— unas veces fatigándote y otras erizándote las papilas, procurándote buenas dosis de sensualidad. Wendy Guerra mapea el paisaje sensorial de Cuba. La Habana es una palangana de sal rodeada de agua, es el vómito de los portales, el olor «a frito y a petróleo, creolina para baldear, perfume de puta enmarañado con pastelitos de guayaba; hiede a fosa, alquitrán, a marisma, a costa norte revuelta».

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Domingo de Revolución se aleja mucho del concepto de novela política. No hay una sola tentación ideológica. Cuando Cleo viaja a México y se reúne con la comunidad cubana en aquel país, acaba concluyendo que «no hay nada más parecido a un comunista que un decepcionado del comunismo». En la hostilidad de DF, el círculo de emigrados la ayuda a defenderse del desarraigo, incluso cuando la desprecian por no adaptarse a los moldes de la épica disidente: «… aunque sentían cierto desprecio por esta díscola…, estaba a salvo en sus gestos, en su acento, en el semblante y hasta en la intolerancia.»

La capacidad de observación de Wendy Guerra limita con la poesía, pero también con la crónica. Es capaz de balear la línea de flotación de todo un sistema político a partir de la descripción de los vestuarios de la oficialidad del régimen: «… su empeño en ser o lucir humildes, en transcurrir de espaldas al mercado, la necesidad, la opción única de ponerse lo que hay, porque tampoco tienen medios para comprar un vestuario adecuado, pero, de paso, en recalcar que menosprecian el valor de la moda, que disfrutan de estar fuera de ella… en ese no estilo germina una condición inconfundible: el desprecio a lo bello, al valor de lo contemporáneo y sus estremecedores y simbólicos cambios estéticos e históricos».

Cleo detesta Cuba y, a la vez, la adora y la requiere. Su simbiosis con el territorio es brutal.

El humor irradia en algunos pasajes del libro, pero nunca despunta ni lleva a la carcajada. Se trata un humor latente, a medio gas, que nace de la rendición y del acto de relativizar la tragedia para sobrevivir.

En un momento, Cleo descubre, gracias a Gerónimo, un afamado actor que investiga la historia de su familia, que su pasado no es el que creía, que su padre podía no ser aquel que se esfumó en el coche siniestrado, sino El Macho, un mítico guerrillero que acabó pereciendo ante un pelotón de fusilamiento.

En la tristeza de Cleo cuesta definir cuánto hay de su propia psicología y cuánto del acoso, las trampas y las mentiras del sistema. La narración discurre con un tejemaneje de fondo, un ruido en segundo plano, que se sirve de cámaras y micrófonos, y que parece caminar siempre dos pasos por delante de la historia. Las amenazas perviven tan insertadas en lo habitual que los oficiales no necesitan pronunciarlas. Cleo ha perdido el control de su identidad, no es dueña de su propio relato: desde instancias superiores, han redefinido su historia y sus opiniones a conveniencia.

Domingo de Revolución no busca ninguna conclusión, pero la encuentra: «Sin Cuba no existo», dice Cleo. La esperanza asoma en la novela a través de la geografía de la ciudad, nunca a través de la gente. Hay mucha Habana y pocos habaneros. Sin embargo, incluso esos arrebatos de esperanza, llegan moteados de ironía: «… siempre que doblas una calle aparece el mar, lo veo como una broma bien pensada del trazado urbanístico.»


Domingo de revolución
Wendy Guerra
Anagrama, 2016. 232 páginas.

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Martín Caparrós y los viajes del hambre

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«Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre —y, al mismo tiempo, para muchos de nosotros, nada más lejano que el hambre verdadera—.»

Si algo señala constantemente Martín Caparrós en su ensayo El hambre (Ed. Anagrama) es el hecho de que la palabra «hambre» ha perdido su significado. Es un conjunto vacío, dos sílabas sin contenido, un vocablo que no provoca reacción alguna cuando se pronuncia o se escucha. Y sin embargo el hambre es la mayor lacra de la humanidad, la que más enfermedades provoca, la que más muertos se cobra. El de Caparrós es un libro profundamente incómodo porque nos dice a todos, sin excepción, que aunque no queramos saberlo, el hambre está junto a nosotros y destruyendo todo lo que encuentra a su paso.

Los viajes del hambre es la serie de artículos que Martín Caparrós ha escrito para nuestas Voces en ALTAÏR MAGAZINE. Es una especie de cuaderno breve de notas donde el autor ha apuntado algunas de las cosas que se ha encontrado mientras viajaba por todo el mundo para documentarse para su ensayo, acompañado de las fotografías que él mismo tomó con su cámara personal. Esta semana hemos llegado al sexto y último capítulo de la serie y queríamos recordar, con apenas una o dos frases por capítulo, lo que Martín nos ha contado a lo largo de este último mes y medio.

1. Níger: «Para decirlo más o menos claro: comer la bola de mijo todos los días es vivir a pan y agua. Pasar hambre.»

2. Calcuta: «En un puesto escondido un hombre vende pescaditos rojos: en una pecera con adornos de plástico, los pescaditos rojos. Hambre es comerse los pescaditos rojos.»

3. Biraul: «Los humanos sobrevivieron, conquistaron la tierra porque saben adaptarse a tantas cosas: aquí se adaptaron a casi no comer y, por eso, millones son bajos, flacos, módicos, cuerpos que saben subsistir con poco.»

4. Chicago: «Ahora en la Bolsa de Chicago se negocia cada año una cantidad de trigo igual a cincuenta veces la producción mundial de trigo. Dicho de otro modo: la especulación con el trigo mueve cincuenta veces más dinero que la producción de trigo.»

5. Daca: «En Daca, como en tantas ciudades, el agua que los pobres deben comprarle al aguatero que pasa con un carro cuesta mucho más —cuatro, cinco veces más— que el agua corriente de los que tienen agua corriente.»

6. Bentiu: «Hay quienes dicen que el Plumpy es un típico producto de la época del sucedáneo: dulzura sin azúcar, café sin cafeína, manteca sin colesterol, bicicletas sin desplazamiento, cigarrillos sin humo, sexo sin contacto, alimentación sin comida: un modo de simular que esos chicos que no comen comen, que esos millones de paupérrimos van a seguir viviendo.»

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Los libros que lee la redacción

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Fotografía de Jorge Mejía Peralta (CC-BY 2.0)

Es una pregunta común, miles de personas la hacen cada día en todo el mundo. «¿Qué estás leyendo ahora mismo?» Y en seguida te cuentan lo que leen pero también lo que rodea a lo que leen. «Yo no leo ficción, me aburre», dice uno; «Yo al contrario, sólo me engancho a novelas, los ensayos no son para mí», contesta otra. «Apenas tengo tiempo para leer, sobrevivo con lo que leo en el metro y cinco minutos antes de dormir.» «Yo me levanto a las seis y media para poder leer un rato antes de empezar la jornada.» «Yo soy de noches en vela sin poder parar de leer y luego, claro, al día siguiente voy a trabajar dando tumbos.» Porque leer es a veces mucho más un «cómo» que un «qué».

Así que hemos cogido a parte de la redacción de ALTAÏR MAGAZINE y les hemos preguntado qué están leyendo. Y con sus respuestas hemos elaborado un catálogo de lecturas recomendadas para el día del libro. ¡Que las disfrutéis!

Mario: El espíritu viajero impregna sus lecturas, y navega desde el recorrido sentimental y emocional que hace John Berger por Europa en Aquí nos vemos (Alfaguara, 2005) hasta el crudo ensayo gráfico sobre la turbia Rusia actual que hace Igort en Cuadernos rusos (Salamandra, 2011. Aquí sus primeras páginas), pasando por la Nigeria inmersa en la guerra civil en los años sesenta en Medio sol amarillo (Random House, 2014) de la gran Chimamanda Ngozi Adichie. Aunque dice que el próximo que le apetece leer es la autobiografía de Lemmy, fundador y alma de Motörhead, que acaba de sacar Es Pop (aquí su primer capítulo).

Bárbara: Historia y antropología, esos son los dos temas por los que navega en sus lecturas, sean del género que sean: en ensayo, con La sociedad de castas (Kairos, 2014) de Agustín Pániker, sobre la india; o Las mujeres en el antiguo Egipto (AKAL, 1996), de Gay Robins. En novela histórica, con El cátaro imperfecto (Ediciones B, 2013) de Víctor Amela. E incluso en poesía, con los muy fálicos poemas dedicados al dios Príamo, Poemes priapeus (Adresiara, 205, edición catalana).

Pere: El periodismo entrelazado con el viaje, esa es la obsesión de Pere, que no puede dejar de ser las dos cosas todo el tiempo: periodista y viajero. Por eso sus libros de estos últimos meses giran en torno a esas dos facetas, y de ahí que sus recomendaciones pasen por Martín Caparrós y la dupla El interior (Malpaso, 2014) y El hambre (Anagrama, 2015), por la crónica asombrada del Levante español de Íñigo Domínguez en su Mediterráneo descapotable (Libros del KO, 2015), o las reflexiones sobre el oficio de escribir que hace Leila Guerreiro en Zona de obras (Círculo de Tiza, 2014), entre otras muchas cosas.

Belén: Como lectora, Belén «come de todo», y mezcla ensayo con ficción y con cómic sin ningún problema. Acaba de terminar de leer Sin ti no hay nosotros (Blackie Books, 2015), el testimonio sobrecogedor de la profesora Suki Kim en su afán por enseñar valores prohibidos a un grupo de estudiantes norcoreanos; pero recomienda encarecidamente El quinto en discordia (Libros del Asteroide, 2006), una muestra magnífica de la espléndida prosa del canadiense Robertson Davies. Su próximo objetivo es el último cómic de la serie «Love & Rockets» de Jaime Hernández, Chapuzas de amor (La Cúpula, 2015).