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Las reglas del mundo: Llega el segundo número de 5W

Por Berta Jiménez

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Después de la guerra alguien marcó Las reglas del mundo. Esas que nos hablan sobre «la compleja relación entre las autoridades, las leyes y las personas». ¿Quién decide estas normas? El segundo número de la revista 5W vuelve un año después —como prometió— con otros cinco capítulos cargados de crónicas que apuntan al mundo con sus signos de interrogación.

Who? / ¿Quién?

5W anhela contar el mundo. Y se hace evidente en sus textos, en su forma, en los lugares en los que ponen el foco: casi todos los continentes están representados en estas 250 páginas de periodismo «de larga distancia». Su director, Agus Morales, apunta que «la idea no es tanto hablar de marcos legales como de las leyes que afectan a las personas. Cómo es la relación —una cosa que creo que es muy actual y a la vez eterna— del individuo y las comunidades con el estado; explorar todas esas contradicciones no solo con los estados sino también con las organizaciones criminales y sobre todo hacerlo desde una perspectiva que sea humana, que esté en la línea, en la esencia de la crónica, que es lo más complicado de un número así».

Por eso Who pretende perfilar el mundo, retratarlo. Elegir unos protagonistas: 5 hombres muy diferentes, cuya etnia, clase social, ideología, experiencia vital y objetivos no se parecen pero a los que podríamos etiquetar como luchadores por unos ideales. El activismo negro de Biram Dah Abeid —en un país como Mauritania, último en el mundo en abolir la esclavitud en 1981—; las operaciones del «Doctor Congo», Denis Mukwege, la perseverancia de Sonam Topgyal para cuidar la biblioteca del exilio del Tíbet, el desafiante —en nombre de Dios— padre Giacomo. Todas historias apasionantes en las que, eso sí, se echa de menos a la mitad del rostro humano global que se aspira a retratar: las mujeres.

When? / ¿Cuándo?

Conocer el contexto es vital. No solo para el periodismo, sino para cualquier disciplina interesada en descubrir e intentar entender las realidades que conforman el mundo —desde lo cercano hasta lo desconocido—. Sin él sería demasiado fácil hacer el trabajo; demasiado fácil analizarlo todo, demasiado fácil asumir que poseemos la verdad absoluta. Por eso When aporta algo de background a 5W. Mònica Bernabé, por ejemplo, explica los frágiles cimientos de los derechos de las mujeres afganas, que son vulnerados a diario bajo la excusa de leyes tradicionales no recogidas en el Corán. Rodrigo Hernández muestra una cara del narcotráfico en México, donde «muchos temen más la pobreza que la violencia». Un hecho difícil de comprender y transmitir cuando el sujeto que lee o que escribe jamás ha vivido —ni posiblemente vivirá— esa violencia. Cristina García Casado reflexiona sobre el debate siempre abierto de la tenencia civil de armas en Estados Unidos; o más bien de su uso.

El activismo negro de Biram Dah Abeid —en un país como Mauritania, último en el mundo en abolir la esclavitud en 1981—; las operaciones del «Doctor Congo», Denis Mukwege, la perseverancia de Sonam Topgyal para cuidar la biblioteca del exilio del Tíbet.

La necesidad de reposar las cosas marca los tiempos de 5W: «La razón fundamental por la que este número es anual es porque necesitamos tiempo para pensar, no es que el proceso físico de pedir textos, de editar, etc., no se pueda hacer en menos tiempo», dice Agus Morales. «Pero está bien que sea mucho tiempo para que se haga bien. Lo que te permite es pensar y tener dos, tres, cuatro ideas que compitan y al final, con la cabeza fría, decidir cuál es el tema que tú crees que debes de hacer. No el que va a vender más, no el correcto (porque no existe), sino al que tú crees que le ha llegado su momento.»

Where? / ¿Dónde?

En 5W, revista, al fin y al cabo, de periodismo internacional, es innegable el imperio del dónde. Dónde miramos, dónde no miramos, dónde deberíamos mirar. Pero, por supuesto, no tendría ningún sentido un «dónde» sin plantear su otra cara: «desde dónde». Desde dónde se narra. En un sentido estrictamente personal —quiénes somos, cómo hemos vivido, por qué nos interesa esto, qué eje vamos a elegir para contarlo—. Y por tanto, —y evocando inevitablemente a la escritora feminista Kate Millet —desde lo estrictamente político: «quiénes no somos», «cómo no hemos vivido» y, también, «por qué no nos interesa esto».

Where, en 5W, es el ojo que ve, el dominio de los fotorreportajes. El objetivo de la cámara, siempre, y como todo, subjetivo, que en este número enfoca la política del hijo único en China, una de las caras LGBTI de África, a los nómadas del Sahel, los Cascos Blancos de Alepo y los vientres de alquiler en la India, en los trabajos de César Dezfuli, Frédéric Noy, Samuel Aranda, J.M. López y Serena de Sanctis. Un terreno, el de la edición visual del número, en el que brilla el trabajo del equipo de Anna Surinyach, encargada del área.

Why? / ¿Por qué?

El primero de los reportajes en profundidad —agrupados bajo el epígrafe Why,— nos lleva a Dakar de la mano de Marta Arias y nos sitúa en una forma de «esclavitud del siglo XXI», la de los talibés, niños mendigos de las calles senegalesas. Igor G. Barbero también se centra en un grupo específico: los rohinyá de Birmania, una comunidad apátrida invisibilizada para la que «el rechazo no se limita al individuo o a la comunidad. El mero uso de la palabra “rohinyá” es difícilmente tolerado en Birmania. Muchas organizaciones internacionales y humanitarias han sido reprendidas por ello».

Desde dónde se narra. En un sentido estrictamente personal —quiénes somos, cómo hemos vivido, por qué nos interesa esto, qué eje vamos a elegir para contarlo—. Y por tanto, —y evocando inevitablemente a la escritora feminista Kate Millet —desde lo estrictamente político.

Mikel Ayestaran nos traslada a Siria para demostrar que hasta la brutalidad de apariencia más caótica responde a normas precisas —más de esas «reglas del mundo»—: «A la hora de decidir las penas, los yihadistas [del Estado Islámico] cuentan con el manual Gestión de la brutalidad, escrito en 2004 y que explica la forma de comportarse en la yihad y en el trato a los infieles y apóstatas». En cuanto a Alberto Arce, narra El Salvador de las pandillas en tonos crudos: «la morgue siempre llena, toques de queda informales, desplazamiento forzado, extorsión, comisarías con barricadas para impedir ataques, policías encapuchados, ejecuciones, disparos en la noche». Por último, Ander Izagirre dedica su why —su búsqueda de razones— al trabajo infantil en las minas de Bolivia, tema que está en la raíz de su último libro de crónica periodística, Potosí.

What? / ¿Qué?

Preguntado por ello, Agus Morales resume así esta entrega de la revista: «Es puro 5W porque no es un tema comercial, no es una propuesta que persiga llegar a muchísima gente. Lo que propone al lector es una reflexión. Es sumergirse en un problema que creo que es fundamental en la vida contemporánea. Y al final es una apuesta por decir: esta es nuestra esencia y que nadie piense que no vamos a seguir por ese camino, porque ese es el camino. Y, bueno, esperamos que tenga largo recorrido».

What, entonces, es la sección más breve de una revista de largo recorrido. Y, en cierto sentido, la que lo vertebra. Cinco conceptos—palabra, semilla, túnel, desierto, solsticio— expresados en un puñado de párrafos, con libertad formal, para recordar las corrientes subterráneas que recorren todos los temas incluidos en la revista. Cinco puntos de apoyo para ver con más claridad por qué importan «las reglas del mundo».

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Villa Factoría. Averly, el tedio y sus flores del mal, un Paso de Berta Jiménez

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En las ruinas crecen las flores como el tedio. Hasta que una sociedad no decide qué hacer con su patrimonio, los recuerdos y los trabajos del pasado son la maleza de esas islas que la revolución industrial fue dejando en nuestras ciudades. En este nuevo Paso de Altaïr Magazine, Berta Jiménez nos describe el limbo particular de la Fundición Averly de Zaragoza, «historia de la industria en Aragón», esperando que se resuelva su incierto futuro.


El paseo María Agustín de Zaragoza es aburrido; una calle más, larga y llena de tráfico que no se sitúa ni en el centro ni en el extrarradio. Jalonada por edificios que parecen tragarse la calzada, es un paseo monótono y gris. «¡Es el tedio! ese delicado monstruo que tú, lector, conoces.» A pesar de todo, el paseo María Agustín es una calle importante. Cuenta con el Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos Pablo Serrano, un edificio que evoca a la película Transformers y ante el que los zaragozanos se polarizan: amor-odio. También se encuentra en esta larga calle la Puerta del Carmen, uno de los ocho accesos de la Zaragoza de antaño, la que sirvió como fortaleza a la resistencia aragonesa durante los Sitios de Zaragoza, por la que entró el ejército en la Primera Guerra Carlista, y contra la que, ya en los noventa, colisionó un autobús urbano. Además está el colegio Joaquín Costa, el centro de especialidades médicas Ramón y Cajal, la plaza de toros; y muy cerca, el nuevo edificio Caixa Forum, la estación de trenes antigua y la salida a la carretera de Logroño. Lo que pocos asociarán a esta calle larga y llena de tráfico es a la Fundición Averly, porque a pesar de ser una industria centenaria y la más antigua de Aragón, las instituciones públicas —tanto regionales como autonómicas— se han esforzado por borrarla del mapa patrimonial.

¡Qué débil y qué inútil ahora el viajero alado!

Él, antes tan hermoso, ¡qué grotesco en el suelo!

Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,

otro imita, renqueando, del inválido el vuelo. 

Los recuerdos que la dueña —ahora propietaria en precario del inmueble— Carmen Hauke guarda de su infancia en Averly tienen como escenario el jardín. Tras 70 años de vida en la fundición no olvida aquel tiempo ni aquel espacio que configuran el germen, el comienzo: se acuerda de los paseos en bicicleta entre las acacias, y de la búsqueda de los huevos de Pascua; y aún le duele cuando recuerda cómo se rompía la piel con las escorias, sorprendida mientras jugaba por el escozor de los restos del hierro martilleado que, camuflados entre la hierba, se clavaban en sus tobillos. Una imagen que no puede compartir cualquier patrón, porque el diseño de Averly es diferente al de otras industrias; la fábrica para los trabajadores y la vivienda de los dueños están unidas, forman parte del mismo complejo de edificios. Es decir, a la villa burguesa de Carmen, formada por su vivienda de ladrillos roji-blancos y su rincón verde de retiro, hay que sumarle otros 8.000 metros de talleres, entre la carpintería, la fundición, la sala de moldes y las oficinas. Por eso Averly ha sido denominado «villa-factoría», porque aúna los espacios de la bourgeoisie con los de los obreros. Ambas clases convivían; vivían pared con pared, aunque no codo con codo. Es el valor histórico-cultural de un entorno donde los jardines, los huertos y las alfombras de césped y flores silvestres, que tan bella hicieron la vida a los propietarios, se prolongaban hasta la grava sobre la que se fatigaban los obreros. Desde las ventanas de la vivienda a los señores les era posible presenciar la llegada de los trabajadores, que en comparsa atravesaban el portón. Esta unidad de espacios en la fundición guarda un formato similar al de una granja en la que siempre conviven el tipo de villa campestre o vivienda personal con el tipo de villa fabril, o lugar de trabajo. Algo nada habitual en una fundición, por lo que parece que se trata de un modelo importado de Francia que incorporó el fundador Antonio Averly. (Jiménez, F. J.,La industrialización en Aragón. La fundición Averly de Zaragoza, 1987)

Una riqueza exaltada por muchos que hoy exalta a otros.

En 1999 la asociación Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés (APUDEPA) solicitó, según el Plan de Ordenación Urbana, la protección de Averly como Bien de Interés Cultural. «La respuesta fue que como la industria estaba en uso, la mayor protección de ese bien era la actividad que en él se desarrollaba», recuerda el presidente de APUDEPA, Carlos Bitrián. Un planteamiento que APUDEPA no compartía. Ellos defienden que la Ley de Patrimonio debe proteger el valor de un edificio como Averly, que conforma la base de la historia de la industria en Aragón, independientemente de que continúe o no su actividad, ya que la relevancia de la industria es la misma. Aún así aceptaron la respuesta institucional porque «parecía tener cierta lógica».

Pero a comienzos del 2013 la historia del edificio dio un giro inesperado. Dos noticias, dos titulares: Averly cesaba su actividad y una inmobiliaria, Brial, tenía la intención de adquirir los suelos. De pronto, se quebraron los argumentos que hasta el momento habían asegurado la protección de la fundición. «Alarmados por la situación que parecía avecinarse solicitamos, de nuevo, la catalogación de la industria como bien de interés cultural», cuenta Carlos Bitrián. Una acción de denuncia a la que se sumó la filial española del Comité Internacional para la Conservación y Defensa del Patrimonio Industrial (TICCIH), que también reclamaba la conservación de la centenaria industria y su reconocimiento como patrimonio cultural. Y así comenzó la batalla —burocrática— entre la inmobiliaria y las asociaciones en defensa del patrimonio.


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JON LEE ANDERSON, EL GRINGO MÁS RARO DEL MUNDO

Durante el festival de literatura amplificada Kosmópolis 2015, que se celebró en Barcelona en fechas recientes, Pere Ortín y Paty Godoy tuvieron la ocasión de encontrarse con Jon Lee Anderson para realizar una entrevista que podrá verse próximamente en Altaïr Magazine. Aquí ofrecemos una crónica de backstage realizada por Berta Jiménez, de la revista Zero Grados.

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«Negociemos… ¿Cuál es el precio de mi ausencia?»

Cuando se entera de que vamos a entrevistar a Jon Lee Anderson sin él y mientras intenta conseguir su habitual café americano, Martín Caparrós bromea con Pere Ortín, director de Altaïr Magazine, sobre el encuentro que esa tarde y en el festival de literatura Kosmópolis, ambos tendrán para charlar sobre el hambre y la guerra.

Entre risas y referencias boxísticas sobre la velada que nos espera con dos pesos pesados de la literatura periodística, dejamos al cronista del hambre de camino a una hackaton de «periodismo de datos» (sic) y nos encaminamos a nuestro encuentro con el cronista de la guerra.

La entrevista con Jon Lee Anderson está programada para las once y media, pero el reportero de The New Yorker se retrasa casi una hora, y eso que su reloj de muñeca, de tira de cuero roja bien desgastada, está en hora. Él, consciente de nuestra cita, nos esperaba en su hotel, no en el CCCB de Barcelona. Malentendidos inevitables.

Al fin llega, con su cara de yankee de Long Beach, su acento de colombiano de Barranquilla y su camisa africana comprada en Liberia. Una mezcla de miradas, culturas y pensamientos, que bien describe lo que ha sido su vida.

«Eres un gringo bien raro», ríe Pere Ortín mientras discuten por un café con una de esas máquina suizas infernales que han encapsulado el sabor de una infusión. Hijo de una «multitalentosa» escritora de novelas juveniles y de un «nómada»; hermano de dos norteamericanos, una china y una costarricense, Jon Lee Anderson vivió en ocho países hasta los 18 años y no olvida cómo a los doce años, cuando vivía en Estados Unidos, lo llamaban «el chino blanco» (white chink) por haber interiorizado tanto la cultura asiática. Eso sí, tiene claro que con su aspecto nunca deja de ser «gringo en todas partes» a las que viaja.

Una vez preparado el equipo y sentados los conversadores —Ortín y Anderson— la entrevista todavía se demora. Ambos charlan de amigos cronistas comunes, de la crudeza de un país al que adoran, México, y que pasa por momentos muy difíciles: «Monterrey es una ciudad Zeta» concluye Jon Lee Anderson. Entre disquisiciones varias, Ortín le hace entrega de un regalo especial: Cinco Viajes al infierno, el libro de Martha Gellhorn, una de las periodistas más admiradas por Anderson y en una edición en español —de la colección Heterodoxos de Altaïr— que Anderson no conocía.

A pesar de que el tiempo no corría a nuestro favor, la conversación sigue siendo tranquila y distendida —porque si algo es Jon Lee Anderson es tranquilo—; el tono y la atmósfera del encuentro son los propios de una charla entre amigos.

Bucean en la actualidad política, de Siria a Ucrania, de Guinea Ecuatorial a México, hablan del «poder transformador de la empatía», de las diferencias entre «mirar»y «ver» y de los ojos con los que hay que observar el mundo para ser un buen cronista —que en el caso de Jon Lee Anderson, según afirma, son los de «un niño», con esa capacidad de sorprenderse y esa dificultad de atarse a una sola realidad—.

Durante la entrevista, Anderson confiesa que el hecho de que su nombre aparezca entre el de grandes figuras del nuevo periodismo literario como Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote o Gay Talese es una «errata» que le hace muy feliz, aunque añade que es muy joven para pertenecer esa lista.

Anderson y Ortín discuten, mucho más allá del tiempo previsto, sobre cosmopolitismo, los peligros de la vuelta de los nacionalismos identitarios, el gran peso de la historia y lo difícil que resulta reconocerla. Comparten su oposición frontal a todo dogmatismo. «Somos más patológicos de lo que creemos», afirma Anderson, que, tras expresar opiniones contundentes y nada políticamente correctas sobre lo que sucede en el mundo musulmán, opina que el mal cercano siempre resulta el más incómodo: «Los judíos en Europa son molestos porque recuerdan el Holocausto. Hablar de eso sería uncool en una redacción».

Jon Lee Anderson se mueve mucho y gesticula cuando habla. Los focos con los que se ilumina la grabación de vídeo hacen que en la pared y detrás de su cabeza se cree un juego de sombras chinescas que provocan que tengamos ante nosotros a un Jon Lee Anderson completo y natural, desde sus orígenes nómadas a la actualidad de gran reportero de The New Yorker. Una entrevista larga y profunda, tan larga y profunda como una conversación entre amigos a la que, por desgracia, no pudo asistir Martín Caparrós.