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Los impasibles. Un paso de Marina Hernández

Menonitas

VIAJERA, FOTÓGRAFA Y, SOBRE TODO, CRONISTA, MARINA HERNÁNDEZ NARRA EN PRIMERA PERSONA Y SIN FILTROS SU ENCUENTRO CON UN GRUPO DE MENONITAS EN EL MUNICIPIO DE AGUAS CALIENTES, EN BOLIVIA. EN UN DELICIOSO PASO QUE NOS TRAE A ALTAÏR MAGAZINE, MARINA NOS CUENTA SUS INTENTOS POR RELACIONARSE CON ELLOS, SU HISTORIA EN EUROPA Y LUEGO EN BOLIVIA, Y LO QUE PIENSAN SUS VECINOS DE ESTA SINGULAR COMUNIDAD RELIGIOSA QUE, COMO LA PROPIA AUTORA DICE, ANDAN CON LA ROPA MOJADA, PUESTO QUE SE BAÑAN VESTIDOS EN EL RÍO. AQUÍ DEJAMOS EL COMIENZO DE UN ARTÍCULO APASIONANTE:


Cuando he abierto los ojos esta mañana he encontrado a un grupo de personas mirándome fijamente. Impasibles. No he podido ni levantarme del suelo donde estaba durmiendo. La rigidez de sus expresiones me ha asustado: creí que pasaba algo grave, pero alrededor todo parecía normal. Ningún alboroto. Aún siguen mirándome y no sé cómo reaccionar. ¿Les saludo? Les saludo. Ni una sonrisa o gesto de haber comprendido. Duros. Me fijo en que todos ellos parecen sospechosamente iguales. Tienen la piel rosada y las orejas grandes. Me observan y yo a ellos. Más allá, las mujeres que se afanan con el desayuno, también me miran. ¿Quiénes son? Y, ¿quién soy yo para ellos? A juzgar por su curiosidad ilimitada, un elemento extraño. Me levanto y paso junto a ellos. Siguen mis pasos con la mirada, en silencio absoluto. Empiezo a pensar que durante la noche me he hundido en un agujero cuántico. Parecen amish pero el río de agua hirviendo y los tucanes recién amanecidos me indican que estoy en el pequeño municipio de Aguas Calientes, en la provincia de Roboré, Santa Cruz, Bolivia, y no en una granja de Ohio. Le pregunto a la chica que recoge las hojas caídas de los árboles:

– Oye, y todos estos, ¿quiénes son?

– Los menonos.

La sorpresa de encontrarme en un campamento menonita se va reemplazando por una curiosidad extrema. Quiero sentarme a hablar con ellos pero sé que algo así es impensable. Muchos ni siquiera hablan español, sino un alemán que se ha mantenido puro desde la fundación de sus colonias; la lengua que los grupos menonitas que huyeron de sus tierras en el antiguo Sacro Imperio Romano Germánico llevaron consigo a todas partes. Su extremo aislamiento para con el resto de las comunidades con las que conviven, junto al rechazo a la tecnología y el bautismo adulto, forma parte de los pilares iniciales de las comunidades menonitas. Son cristianos y —me dice Mati más tarde, cuando cruzo el río y me establezco en la orilla opuesta a modo de observatorio— quieren vivir del modo en que se vivía en tiempos de Jesús. Sin embargo, yo encuentro que sus ropas, todas iguales, se asemejan más a las vestimentas de la Europa rural del siglo XVI, cuando abandonaron sus tierras y emigraron a Ucrania. Vestidos largos, por debajo de la rodilla, faldas plisadas o lisas, colores uniformados: grises, azules oscuros, malvas, con estampados de flores, muy tenues. Algunas mujeres se cubren el cabello con un pañuelo. Los hombres visten pantalón negro, a veces peto o sujeto con tirantes, camisas a cuadros y gorra negra. Un ejército. Intento quitarme de la cabeza la idea de que son una extraña secta, no quiero juzgarlos sin conocerlos en absoluto. Pero no puedo.

Un grupo de hombres que pasa junto a mí carga algo que de primeras me parece insólito: cada uno lleva una sandwichera bajo el brazo. Después entiendo que también han traído consigo una cocina completa, dos docenas de sillas de plástico, baldes, vajilla y ollas de sobra para alimentarlos a todos. El carromato tirado por un tractor que está aparcado en uno de los extremos del camping les pertenece: con él han recorrido los casi 350 kilómetros que separan la comunidad de Tres Cruces —donde viven— de Roboré y Aguas Calientes. Allí se dedican al cultivo de la tierra y al ganado, principalmente a los productos lácteos y el grano. El fin de las cosechas marca el comienzo de las vacaciones. Entonces enfilan la carretera y conducen hasta la selva para pasar unos días adentro de los pozos termales del río Aguas Calientes. Mujeres y hombres por separado: ni siquiera se mezclan durante el desayuno. Los sándwiches humean y son los hombres los custodios, mientras las mujeres preparan los huevos y las bebidas. Un gallo y dos gallinas corretean por el pasto: un despertador y dos proveedoras de huevos matutinos. El silencio es el protagonista principal de la velada, opacado a veces por el ruido de platos y vasos chocándose. Tres o cuatro intentos de conversar con los menonitas les obliga por fin a indicarme en un español con marcado acento alemán:

– No hablamos español. Dutch.– y los señala a todos con ademán abarcador con el resto y exclusivo conmigo.

En el año 1537, el sacerdote católico Menno Simons, originario de la zona de Frisia, Holanda, se unió a los anabaptistas, una corriente del protestantismo que niega la validez del bautismo infantil y sostiene la necesidad de un segundo bautismo a partir de una experiencia religiosa adulta. Como líder y gracias a sus escritos pro-pacíficos, Menno Simons consiguió muchos adeptos en Holanda, que fueron llamados «menonitas». Más tarde tomarían ese nombre otras comunidades en Suiza, Francia y Alemania compartiendo el rechazo a adoptar la religión del gobernante en turno. Los menonitas se constituyeron como una comunidad de creyentes libres y contrarios a la máxima «Cuius regio, eius religio», que significa literalmente «a tal rey, tal religión».

Algunos de estos grupos emigraron, empujados por las fuertes represiones y las ejecuciones en sus tierras, a Ucrania, que por entonces pertenecía al Imperio Ruso, donde la emperatriz Catalina la Grande los eximió de prestar servicio militar y les permitió tener escuelas sólo para ellos. Cuando estos privilegios fueron abolidos en 1870, partieron hacia Canadá y los Estados Unidos, donde ya existían otros grupos amish desde hacía dos siglos. La primera comunidad sudamericana se fundó en Argentina en 1877, pero sus miembros acabaron fundiéndose con otras iglesias luteranas de la época. Entre este año y 1945 se sucedieron varias olas migratorias, que se establecieron en Paraguay, México, Uruguay, Belice y Brasil. La primera oleada de menonitas en Bolivia se registró en 1954 cuando once familias de la colonia Fernheim y una familia de la Colonia Menno, ambas del Paraguay, se asentaron en las cercanías de la próspera ciudad de Santa Cruz.

(…)


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Una mapa de voces

Mapa-blog-Voces

«¿Habremos recorrido ya todo el mundo?»

La pregunta se formula en la redacción de ALTAÏR MAGAZINE casi por casualidad, pero es pertinente: llevamos diez meses en marcha en esta nueva andadura digital del magazine y tenemos la sensación de haber estado en casi todas partes. Vamos al ordenador y abrimos nuestra sección de Voces y un mapa del mundo al lado y nos ponemos, como se hacía antes, a clavar chinchetas en él.

«Lo que más ha sido Sudamérica, ¿no?»

Esa sensación da, aunque hemos prestado especial atención a México, que después de todo fue el material de nuestro primer 360º monográfico. Pero también hemos recorrido lugares como El Salvador, a veces para hablar de feminismo, a veces para hablar de cementerios habitados; o Colombia, asistiendo a la ceremonia de los espíritus, o Bolivia, aprendiendo medicina indígena. «¿Y Norteamérica?» La hemos visto menos, pero nos ha dado tiempo de recorrer las llanuras de Utah o de buscar oro en Klondike, por ejemplo.

«¿Estás apuntando los países africanos?»

Siempre nos ha importado mucho conocer el continente más desconocido, dejar de acercarnos a él con paternalismo o desde un punto de vista pesimista, o colonial, y tratar de conocer a sus gentes y sus ciudades tal y como son, no como las dibujamos desde los prejuicios. Y para ello hemos buscado los temas de los que nunca se habla cuando se mira hacia el sur desde Europa. De la literatura de las mujeres del norte de África hasta la situación de la comunidad LGTB en el continente; desde la comida y la cocina en Senegal hasta los sonidos y las músicas que vienen de Mali.

«Lo más difícil ha sido siempre llegar a Asia.»

Todos decimos que sí con la cabeza, porque Asia está lejos geográfica y culturalmente, porque no tenemos el agarre del idioma ni los pasados comunes. Y a lo mejor por eso nos resultan fascinantes de un modo particular Japón o Indonesia, o Birmania. Para llegar a ellas tenemos las extensiones infinitas de Siberia —y hay quien hace escala viviendo tres días en la URSS—. Y aún más lejos nos queda Oceanía, donde nos hemos acercado a conocer la lengua de signos de los aborígenes de Australia.

«El problema de Europa es que todos creemos ya conocerla.»

Uno de nosotros dice que de eso nada, que aún nos queda muchísimo por conocer. ¿O es que acaso todo el mundo cree conocer los volcanes de Islandia y cada barrio de París? Si ni siquiera en España podemos decir eso, donde nos hemos recorrido la meseta con los pastores trashumantes, la marina gallega más salvaje o los pirineos en mulas, como se hacía antes.

Y sí. Echando un vistazo al mapa lleno de chinchetas nos damos cuenta de que hemos estado incluso en el profundo océano. Entonces, ¿habremos recorrido ya todo el mundo?

Nos reímos. No. Apenas acabamos de empezar.