Publicado el

Un año de Pasos

«Reflexiones creativas sobre el hecho de viajar»

Una de las obsesiones más frecuentes del periodismo contemporáneo es la fijación por el «aquí y ahora». La actualidad ha pasado de elemento importante a único factor a tener en cuenta por los medios de comunicación, un fenómeno que además se ha visto acentuado por la aparición de Internet primero y de las redes sociales a continuación. Los medios corren desaforadamente en busca de ser los primeros en poner un tuit que dé una noticia, aunque para ello sea irrelevante si es una noticia real o no, si está verificada, si tiene alguna importancia. Se olvida, pues, una máxima que una vez marcó la diferencia entre el periodismo de calidad y el tabloide: No me lo cuentes primero, cuéntamelo bien.

En Altaïr Magazine estamos en contra del «aquí» casi por principios. Nuestras Voces lo demuestran, que son siempre «allí», es decir, siempre un lugar diferente al que estamos, siempre con la intención de mirar más allá de las cuatro paredes a las que llamamos «casa». Y no estamos en contra del «ahora», pero sí sabemos y defendemos que no es el único momento temporal posible. Nuestros Pasos, esas «reflexiones creativas sobre el hecho de viajar», huyen del aquí y ahora para rastrear otros caminos físicos y temporales del viaje. La historia, la antropología, las huellas de los primeros viajeros, las reflexiones sobre el mismo acto de viajar… También un vistazo a aquellos y aquellas que han viajado desde la literatura, o la música, o el cine, o el cómic. Viajar a través de los sonidos, de los ruidos de cada lugar, de las melodías cantadas por otros hombres y mujeres. Más que ninguna otra sección de Altaïr Magazine, los Pasos son una reflexión que deja de lado el dónde viajar por el cómo hacer ese viaje.

A Pere Ortín, nuestro director, en seguida le viene a la cabeza el viaje por los sonidos del océano que hace Pedro Montesinos, usando el oído como otro modo de narrar. «Es el atrevimiento de hacer lo que nadie más hace con mirada y oído propio», dice Pere, y es verdad, porque el autor consigue hacernos entender de forma cristalina cómo se oye el mar embravecido del Perú.

En la redacción, al preguntar por los Pasos favoritos, hay quien rápidamente se muestra fan de la serie «La tradición inquieta» de Jorge Carrión, ese recorrido tan peculiar que hace por los grandes viajeros literarios. El nombre que más se repite es el de Burton Holmes y sus travelogues, porque en el fondo todos añoramos un poco un pasado en el que los viajeros contaban sus hazañas en teatros abarrotados, sacando objetos increíbles de un baúl. Otros apuntan más a los textos de Gabi Martínez, como esa defensa suya tan peculiar de la aventura, como palabra, como concepto y casi como ideología. «Yo soy friki», se confiesa, y nos sentimos identificados con él.

Mario Trigo, redactor jefe de Altaïr Magazine, interviene para recordar uno de los Pasos más impactantes que hemos tenido: «Un imperio pobre», de Ralph Zapata Ruiz, un reportaje sobre la vida dura en el valle peruano de Lares. Periodismo de sensaciones, más de sangre y carne que de epidermis. Dice Mario: «Me gusta porque consigue transmitir el cansancio físico sin que sudemos una gota y la situación de lucha y pobreza de la región sin que sintamos la mínima condescendencia o dramatismo».

Sin embargo todos recuerdan con especial cariño el texto de Carolina Reymúndez sobre la primera vez que se atraviesa una frontera. Es uno de los Pasos más recordados y del que más hablamos a menudo porque apela directamente a las primeras sensaciones viajeras, irrepetibles, la primera carretera larga, el primer avión, el primer tren, el primer lugar donde al llegar la gente hablaba una lengua extraña. La esencia de los Pasos, la sección de Altaïr Magazine que más que hablar del viaje, piensa el viaje.

Publicado el

«Travelogues»: los conferenciantes de viajes

Travelogue1

El diccionario Merriam-Webster de inglés recoge el término «Travelogue» con la siguiente definición: «Una charla, película o texto sobre las experiencias de viaje de alguien».

Sin embargo, para los viajeros más románticos, los que se ensueñan pensando en finales del siglo XIX y principios del XX, cuando aún había zonas oscuras en los mapas europeos y se podían señalar territorios inexplorados pensando «Hic sunt dracones»… Para esos viajeros, «Travelogue» significa un señor sobre un atril, describiendo con una prosa cuidadísima su viaje por algún lugar inaudito de oriente o de África.

Lo explicaba Jorge Carrión en su nueva entrega de «La tradición inquieta» en ALTAÏR MAGAZINE, dedicada a Burton Holmes:

Durante el último cuarto del siglo XIX, un nutrido grupo de travel lecturers alimentaba el circuito de los teatros de los Estados Unidos. Acompañados por las imágenes que proyectaba la linterna mágica, narraban los paisajes y las costumbres de culturas lejanas, topografías que ellos habían recorrido para poder después contarlas. En la conferencia de viaje se confunden los motivos: el viajero se convierte en conferencista porque así puede sufragar sus periplos; pero con el tiempo los propios desplazamientos van siendo modificados por la necesidad del relato futuro.

El «travel lecturer» no es más que una prolongación natural del narrador que ha existido siempre en la Historia de la humanidad, un híbrido entre el cuentacuentos y viajero. Uno de sus pioneros fue Edward L. Wilson, editor del Philadelphia Photographer desde 1864. Wilson se recorrió el mundo y fotografió lo que veía para luego contarlo desde las páginas de su magazine y también desde la cátedra de auditorios y universidades. Sus escritos se recopilaron con este nombre tan significativo: Wilson’s Lantern Journeys, y se subtitulaba: «Una serie de descripciones de viajes en casa y en el extranjero». Y añadía estas instrucciones en la portada: «Para ser usado con vistas fotográficas en «touroscope», «graphoscope», «stereoscope» o «La Linterna Mágica»». Todo un sentido del espectáculo. En el listado de lugares de los que habla encontramos sitios tan dispares como Cádiz, Heliópolis, Samaria o Nubia.

Travelogue wilson

Ilustración de Wilson

Sin embargo el gran «travel lecturer» del cambio de siglo fue John L. Stoddard, tal y como señala Carrión:

A finales del siglo XIX, el gran mago de las conferencias de viaje era John L. Stoddard, quien —gracias al mérito de haber creado un público masivo— recorría incansablemente América del Norte con sus monólogos ilustrados por instantáneas de los cinco continentes.

Era una auténtica estrella y la gente se agolpaba en escaleras, pasillos y ventanas para escuchar todo lo que tenía que contar sobre Noruega o Atenas a los ciudadanos norteamericanos. Su obra se recopiló en diez volúmenes editados por la Balch Brothers Co. de Boston. La titularon John L. Stoddard Lectures y su subtítulo aclaraba: «Ilustrada y embellecida con las vistas de lugares famosos del mundo y de sus gentes». Sin embargo, dice Carrión, la fuerza de Stoddard se diluye leyéndolo: «El valor no estaba en la letra escrita, sino en la hablada. En la actuación.»

Travelogue stoddard

Fotografía de Stoddard

Nueve años tenía Burton Holmes cuando asistió a una conferencia de Stoddard que cambió su vida y la historia de los «travelogues». Holmes se convirtió en el mayor «travel lecturer» de la historia y sus viajes, sus narraciones y su manera de contarlas e ilustrarlas con fotos y pequeñas películas aún resuena en los periodistas y cronistas de viajes actuales. Incluidos nosotros.

Desde sus primeras actuaciones, Holmes contó con la colaboración de Oscar Bennett Depue, quien fue su técnico durante muchos años. Gracias a su habilidad, en 1897, con una cámara llamada cronofotógrafo, la pareja se convirtió en pionera del séptimo arte. Como ha escrito Genoa Caldwell en el prólogo de Travelogues. Crónicas del mayor viajero de su tiempo (1892-1952), «en el caso de países como Corea, Japón, China y Filipinas, fue el responsable del primer metraje filmado en esos territorios». Mientras los hermanos Lumière filmaban las calles de París, Holmes y Depue documentaban lugares remotos del globo.

Así pues, se puede decir que Holmes inventó el documental de viajes, hace ya casi ciento veinte años. Y gracias a Internet podemos seguir leyendo sus palabras, viendo sus imágenes y contemplando, con el mismo asombro que vivieron sus coetáneos, las sorprendentes filmaciones que aquel viajero recogió en todo el mundo y enseñó a los demás. ¡Larga vida a los «travelogues»!