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Una ciudad diversa, por P. Godoy y B. Jiménez Luesma

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A través de Caín, el primer boliche gay de todo Montevideo, Paty Godoy y Berta Jiménez Luesma se adentran en los últimos 20 años de la ciudad: cómo ha pasado a convertirse en «la isla» latinoamericana en lo que a diversidad sexual se refiere. Una urbe LGTBIQ, abierta y friendly no sólo en el ámbito institucional, sino también en el social. Dejamos aquí un adelanto de este texto de nuestro 360º sobre Montevideo.


Un día más, Gerardo Palabés se dirige hacia el barrio Cordón, a unos 40 minutos de la Ciudad Vieja. Baja por Arenal Grande y tuerce la esquina al llegar a Cerro Largo. Ahí está su negocio, Caín, el primer boliche gay que abrió en la ciudad, y que todavía hoy ameniza las noches montevideanas. La fachada, cubierta de un grafiti en tonos fríos, plasma la dualidad que ha representado Caín: el yo público y el yo privado, el libre o el liberado, y el oculto o enclosetado. Un rostro dividido: una mitad tradicional y otra mitad, transformada, maquillada y con una larga y furiosa melena azul que se enreda por toda la pared: la normatividad y lo queer. El transformismo, la performance del género y la textualidad de los cuerpos. Parece que Montevideo es una ciudad LGTBIQ (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, Intersexuales y Queer), diversa y abierta, pero un día todo fue marginal, minoritario. Todo fue secreto.

En estos últimos años, Uruguay —y en concreto Montevideo— ha (re)aparecido en el mapa. El ahora expresidente Mujica, o el Pepe, como lo conocen los uruguayos, ha convertido al país en uno de los punteros en lo que a derechos sociales se refiere. Unas reformas que buscan la diversidad interseccional: por etnia, clase, género y sexualidad. En 2013 se aprobó la ley que permitía el matrimonio igualitario, coronándose así Uruguay entre los 12 países mundiales en tenerla —y siendo el segundo país en Latinoamérica en hacerlo, después de Argentina—. Pero no se trata sólo de una diversidad oficial e institucionalizada. La sociedad uruguaya parece haberlo interiorizado: en pocos años, la LGTBIQfobia ha dejado paso a generaciones inclusivas. Jóvenes abiertos, que no temen y que trascienden la norma heterosexual y cisgénero (cuando la identidad de género de una persona concuerda con la que le asignaron al nacer) y que acogen todas las opciones. La esfera social ha crecido y evolucionado, y con ella (¿qué fue antes, el huevo o la gallina?) la legal. Y, cuando lo social y lo legal van de la mano, todo se armoniza para que lo económico también encuentre su nicho.

Gerardo levanta la persiana metálica de Caín; un gesto que repite desde hace 19 años, jornada tras jornada, y cuyo significado ha pasado del activismo y la clandestinidad a la modernidad y la reinvención.

La localización de Caín no es casual. Como el homónimo bíblico, expulsado al este del Edén por homicida, el boliche se instaló en el extrarradio. Fruto del pecado, que no podía sino ser origen de más pecado, Caín fue condenado a vagar eternamente por la Tierra. Dice Gerardo: «En aquel momento nadie quería que lo vieran entrar a una disco gay, por eso estamos aquí, en un barrio que no está dentro de la movida de fiesta de la noche».

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En ese momento, como nos cuentan sus propietarios, se trataba de un lugar underground, escondido; recuerdan que hasta había gente que, para no ser reconocida, llevaba ropa para cambiarse dentro de Caín.

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