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La era de la bestia. Un paso de Carolina Reymúndez

Fotografía – (CC) Davide D’Amico

A PESAR DEL TERRORISMO, LOS ACCIDENTES AÉREOS, LAS EPIDEMIAS Y LAS CRISIS ECONÓMICAS, EL NÚMERO DE TURISTAS QUE SE DESPLAZA POR EL MUNDO ESTÁ EN ASCENSO. EL PLACER Y LA EXPERIENCIA; EL CONSUMO EFÍMERO Y LA «SOBRETURISTIFICACIÓN», LOS RASGOS DEL NUEVO TURISMO. CAROLINA REYMÚNDEZ REFLEXIONA SOBRE ELLO EN SU PASO DE ESTA SEMANA PARA ALTAÏR MAGAZINE. AQUÍ DEJAMOS UN ADELANTO.


En los últimos ocho años hubo más de setenta mil muertos por el narcotráfico en México. Michoacán es uno de los estados devastados. Hace unos meses la policía capturó a Servando Gómez Martínez, alias La Tuta, líder del narco en ese estado, primero a través de la Familia Michoacana y luego de los Caballeros Templarios. Muchas muertes fueron en Morelia, la hermosa capital michoacana donde poco después de la captura de La Tuta se celebró el Festival Internacional de Gastronomía y Vino de México.

Hubo mariachis, chefs de renombre internacional y platos tradicionales de un país donde la comida es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Llegaron visitantes que comieron tacos con chile y limón, y brindaron con tequila.

El turismo es una industria millonaria, en millones de personas y de dólares. En 2014 se movilizaron 1.138 millones de turistas, 51 millones más que en 2013, y se gastaron 1,4 billones de dólares.

A pesar de las crisis globales, la violencia del narco, los actos terroristas, las catástrofes aéreas, las guerras y las epidemias, el turismo no deja de crecer. Eso dice el último informe de Tendencias de la feria de turismo más importante del mundo, la ITB de Berlín. Según la Organización Mundial del Turismo, la tasa de crecimiento de los últimos años supera el 4% anual. Crece más que la economía global. Hace seis décadas que el turismo está en expansión y genera uno de cada once trabajos en el mundo. Crece, como un monstruo omnívoro que produce ganancias y se alimenta de lo que sea, incluida la desgracia. O como un prodigio que se recupera de todos los reveses y vuelve a levantar la cabeza. Y sigue vivo. Igual que los malos en las películas norteamericanas. Están en el suelo, los creemos muertos, hasta que los vuelven a enfocar y todavía respiran, se paran y dan pelea.

Guerrero, el estado donde desaparecieron los 43 estudiantes y donde está el balneario en el que en los años cincuenta veraneaban y filmaban películas Liz Taylor y Elvis Presley, se vio afectado por la violencia del crimen organizado. Los hoteles de veinte pisos y miles de habitaciones están medio vacíos en un territorio donde las balaceras y las ejecuciones son parte de la agenda del día.

Cae Acapulco, pero el turismo no muere. Se fortalece el Caribe: Cancún, Playa del Carmen, Cozumel; Puerto Vallarta y Rivera Nayarit. En marzo último llegaron más de cincuenta mil springbreakers, los estadounidenses de diecisiete años que se van una semana de vacaciones y toman margaritas hasta emborracharse, hacen concursos de remeras mojadas y dejan más de setenta millones de dólares. Según los análisis estadísticos de la Subsecretaría de Planeación y Política Turística de México, en 2014 hubo más de 29 millones de turistas internacionales, un 20,5 % más que el año anterior. Y el ingreso de divisas por visitantes extranjeros registró un récord histórico: más de 16.000 millones de dólares. Sigue la fiesta, sigue el show. ¡Viva el turismo!

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Un año de Pasos

«Reflexiones creativas sobre el hecho de viajar»

Una de las obsesiones más frecuentes del periodismo contemporáneo es la fijación por el «aquí y ahora». La actualidad ha pasado de elemento importante a único factor a tener en cuenta por los medios de comunicación, un fenómeno que además se ha visto acentuado por la aparición de Internet primero y de las redes sociales a continuación. Los medios corren desaforadamente en busca de ser los primeros en poner un tuit que dé una noticia, aunque para ello sea irrelevante si es una noticia real o no, si está verificada, si tiene alguna importancia. Se olvida, pues, una máxima que una vez marcó la diferencia entre el periodismo de calidad y el tabloide: No me lo cuentes primero, cuéntamelo bien.

En Altaïr Magazine estamos en contra del «aquí» casi por principios. Nuestras Voces lo demuestran, que son siempre «allí», es decir, siempre un lugar diferente al que estamos, siempre con la intención de mirar más allá de las cuatro paredes a las que llamamos «casa». Y no estamos en contra del «ahora», pero sí sabemos y defendemos que no es el único momento temporal posible. Nuestros Pasos, esas «reflexiones creativas sobre el hecho de viajar», huyen del aquí y ahora para rastrear otros caminos físicos y temporales del viaje. La historia, la antropología, las huellas de los primeros viajeros, las reflexiones sobre el mismo acto de viajar… También un vistazo a aquellos y aquellas que han viajado desde la literatura, o la música, o el cine, o el cómic. Viajar a través de los sonidos, de los ruidos de cada lugar, de las melodías cantadas por otros hombres y mujeres. Más que ninguna otra sección de Altaïr Magazine, los Pasos son una reflexión que deja de lado el dónde viajar por el cómo hacer ese viaje.

A Pere Ortín, nuestro director, en seguida le viene a la cabeza el viaje por los sonidos del océano que hace Pedro Montesinos, usando el oído como otro modo de narrar. «Es el atrevimiento de hacer lo que nadie más hace con mirada y oído propio», dice Pere, y es verdad, porque el autor consigue hacernos entender de forma cristalina cómo se oye el mar embravecido del Perú.

En la redacción, al preguntar por los Pasos favoritos, hay quien rápidamente se muestra fan de la serie «La tradición inquieta» de Jorge Carrión, ese recorrido tan peculiar que hace por los grandes viajeros literarios. El nombre que más se repite es el de Burton Holmes y sus travelogues, porque en el fondo todos añoramos un poco un pasado en el que los viajeros contaban sus hazañas en teatros abarrotados, sacando objetos increíbles de un baúl. Otros apuntan más a los textos de Gabi Martínez, como esa defensa suya tan peculiar de la aventura, como palabra, como concepto y casi como ideología. «Yo soy friki», se confiesa, y nos sentimos identificados con él.

Mario Trigo, redactor jefe de Altaïr Magazine, interviene para recordar uno de los Pasos más impactantes que hemos tenido: «Un imperio pobre», de Ralph Zapata Ruiz, un reportaje sobre la vida dura en el valle peruano de Lares. Periodismo de sensaciones, más de sangre y carne que de epidermis. Dice Mario: «Me gusta porque consigue transmitir el cansancio físico sin que sudemos una gota y la situación de lucha y pobreza de la región sin que sintamos la mínima condescendencia o dramatismo».

Sin embargo todos recuerdan con especial cariño el texto de Carolina Reymúndez sobre la primera vez que se atraviesa una frontera. Es uno de los Pasos más recordados y del que más hablamos a menudo porque apela directamente a las primeras sensaciones viajeras, irrepetibles, la primera carretera larga, el primer avión, el primer tren, el primer lugar donde al llegar la gente hablaba una lengua extraña. La esencia de los Pasos, la sección de Altaïr Magazine que más que hablar del viaje, piensa el viaje.

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Las primeras fronteras, un Paso de Carolina Reymúndez

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COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, EN EL QUE LA PERIODISTA ARGENTINA CAROLINA REYMÚNDEZ NOS HABLA DE LA EMOCIÓN Y EL MIEDO DE CRUZAR POR PRIMERA VEZ LOS LÍMITES GEOGRÁFICOS Y POLÍTICOS QUE PONEN EN JUEGO OTRAS BARRERAS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD.


Salir para emerger. Salir de la casa, salir del barrio, salir de la provincia, salir del país. Las primeras fronteras, las que uno cruza a los veinte o veinticinco años, con mochila y poca plata, funcionan como un rito de pasaje hacia el mundo adulto. Salir en un viaje de descubrimiento e iniciación. Salir para encontrar el camino propio. Las primeras fronteras son pruebas de responsabilidad, seguridad, éxito en la hazaña que es el viaje. Todos recordamos nuestras primeras fronteras como un hito. Salir como metáfora de la constitución personal.Para conocer sesenta países tuve que cruzar muchas fronteras. Alguna vez un empleado de migraciones hizo alguna broma, dijo «Maradona» o «Messi», pero la mayoría de las veces miraron con desconfianza mientras preguntaban: «Cuánto se va a quedar, dónde, ya vino, a qué viene, conoce a alguien». En Jamaica me invitaron a pasar a una cabina y me revisaron entera y en República Checa fue necesario explicar en lenguaje de gestos qué era la yerba mate. En Chile casi voy presa por un mango (fruta) que se había caído en el asiento del auto sin que lo advirtiera, y en Perú tuve que aclarar por qué viajaba con un cuchillo afilado. La explicación fue mentirosa porque si les decía que era para cortar el queso que llevaba en la mochila no hubiera podido pasar.

Desde que empecé a cruzarlas sola, a los veinte, las fronteras me intimidan. Tienen un factor incierto: el factor humano con poder. Son como un examen en el que algo puede fallar por causas que uno no controla. Aunque haya estudiado, aunque no lleve droga. A pesar de haber respondido bien, aún con los papeles en regla.

Las primeras fronteras, las que se cruzan a pie y en auto, son quizás las de sentido más amplio. Al cruzarlas, uno no sólo cambia de país, también toma consciencia en vivo y en directo —no por las pantallas— de la identidad colectiva, la historia común y las diferencias. Lo que nos separa nos legitima.

Después de años de viajes todavía me suelo sentir incómoda en las fronteras. Me vienen imágenes de películas, de cruces durante las guerras, de huidas y contrabando. Una vez del otro lado, libre y con el pasaporte sellado, es un alivio y quiero salir a festejar. Sí, vamos al bar, yo invito: ¡Crucé la frontera!

Viajábamos en auto por Europa en 1996, cuando cada país tenía su moneda. En España, las pesetas y en República Checa, las coronas. La globalización estaba en marcha, pero faltaba. También faltaba para la «sinfronterización» del continente. Praga todavía no era una de las preferidas del turismo internacional y se podía caminar por el Puente de Carlos sin agacharse para no ser parte de una selfie. La ciudad guardaba resabios de los años de comunismo y probablemente no había Mc Donald’s ni cola para comprar merchandising de Kafka.

Cruzamos por Alemania. Veníamos de Holanda y antes de Marruecos —la trazabilidad constaba en el pasaporte—, quizás por eso les resultamos sospechosos a los oficiales de migraciones que indicaron estacionar el auto a un costado y esperar. Con señas, nadie hablaba otro idioma que no fuera checo. Era un día gris y hacía frío. Después de un rato vino una brigada de cuatro uniformados altos y corpulentos vestidos de azul y con guantes. En el recuerdo son parecidos a SWAT. Sacaron las mochilas del baúl, sacudieron la ropa, palparon la suela de los borceguíes, observaron el termo por arriba y por abajo. Me acerqué para explicarles cómo se abría un bolsillo, pero me apartaron con una mirada de reprobación. Tenía que esperar al costado. Era una sensación extraña, como estar viendo los movimientos de un ladrón en tu propia casa. Estaban concentrados, atentos, perros con sed. No buscaban dinero, sino droga, pero la actitud era similar. Cuando terminaron, pasaron al interior del auto: levantaron las alfombras, corrieron los asientos, se agacharon y olieron. Hasta que llegaron a la guantera y encontraron una cucharita con yerba pegada. Entonces traté de explicarles con gestos y palabras sueltas, que en Argentina tomamos mate, que es más popular que el café, que la yerba es una planta como el té, que para tomarlo se usa una calabaza y una bombilla. Pero no me seguían. El módulo cultural no les interesó para nada. Busqué el paquete de yerba y se había terminado. Las explicaciones se hacían difíciles. Ellos se comportaban como si estuvieran seguros de haber encontrado a una pareja de narcotraficantes sudamericanos y no dejaban de hurgar la privacidad.

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Cerrando el año entre viajes y crónicas

Ya llevábamos algunas semanas apareciendo en las redes, haciendo Voces, creando Pasos, avisando de que llegábamos. Anunciando que empezaríamos por irnos a México pero que eso solo era el principio. Entonces, un 3 de julio, nos presentamos en sociedad, en la librería de siempre —nobleza obliga— para no olvidarnos de donde venimos, pero con el propósito firme de salir de sus muros y trasladarnos al resto de lugares de habla hispana. Nacía ALTAÏR MAGAZINE y nuestra nueva casa era la Red.

Lo dijimos desde el principio, como base inamovible: el nuestro es periodismo de largo aliento y de gran recorrido, «cada historia es repasada, leída, editada, y puesta en duda varias veces antes de ver la luz. Lo mismo con cada fotografía, con el orden en el que van colocadas para fortalecer la narración; con el audiovisual ocurre del mismo modo. No precipitarnos es una decisión tomada a conciencia: si no trabajamos duro para entregaros las mejores historias, ¿por qué habríais de acompañarnos?».

Y a pesar de ello, en apenas medio año hemos producido tres monográficos completos y complejos sobre tres puntos muy diferentes del globo (México, Cerdeña y Dakar); numerosos Pasos reinventando los géneros, donde mezclamos crónica y reseña, ficción y ensayo, ilustración y prosa; y decenas de Voces de todo el mundo contando sus realidades, publicadas en abierto y gratuitas para todos los lectores. Esto es un pequeño resumen de todo ello, de lo que ALTAÏR MAGAZINE quiere ser y ha ofrecido a sus lectores:

–       En nuestros monográficos hemos ensayado nuevas formas de contar los lugares, usando nuevos formatos, como el mapa interactivo de contenidos sobre Dakar que presentamos en su 360º. También hemos dado la relevancia que se merece a la fotografía, buscando que no sea una simple ilustración sino un modo más de narrar, como la sorprendente historia de los Luchadores del polvo de Lizeth Arauz en nuestro especial sobre México. Y por supuesto no olvidamos a nuestros autores, que cuentan la realidad desde dentro y no como meros visitantes: desde Ana Claudia Rodríguez haciendo una crónica tanto personal como histórica de la emigración sarda en Argentina, hasta Simona Manna, ilustrando todo un territorio a partir de una conversación íntima y familiar. Por no hablar de nuestra apuesta por la producción local en nuestro 360º sobre Dakar, donde por una vez África no está contada desde Europa, sino desde dentro, con las voces de intelectuales como Boubacar Boris Diop, Oumar Ndao, Ken Bugul y muchos otros.

–       En nuestros Pasos hemos tenido el privilegio de contar, entre muchos otros, con dos de las mejores plumas en español a la hora de hablar y reflexionar sobre la literatura de viajes. Jorge Carrión y su serie de «La tradición inquieta», con grandes escritores y viajeros como Juan Goytisolo o Jan Morris; y Gabi Martínez y sus artículos a medio camino entre la narración y la crónica, como aquel texto espectacular sobre el zoólogo Vicente Uríos y la «resurrección» de algunas especies extintas. Eso son los Pasos en ALTAÏR, una revisión de los modos de contar, que tan bien ejemplifica el reportaje que dedicó Ralph Zapata Ruiz a la pobreza en el valle peruano de Lares: directo, preciso y sin melodrama.

–       Y nuestras Voces, nuestra cara más visible, textos en abierto y gratuitos para todos los lectores donde caben desde reseñas, como la de Belén Herrera sobre Un dragón latente de Norman Lewis, hasta crónicas de eventos relacionados con Altaïr, como la que dibujó —sí, dibujóPedro Strukelj cuando nos visitó el escritor Marcello Fois. Un espacio para voces del periodismo viajero latinoamericano, como Carolina Reymúndez y su «fin de la veranada» en Chile. Un espacio también para la producción propia de ALTAÏR MAGAZINE, como ese viaje mágico, literario y árido que hicieron nuestras redactoras por la soledad de Sobrepuerto, en el Pirineo aragonés.

Medio año. Seis meses que nos han parecido una vida, la primera de la que vamos a vivir con nuestros lectores y nuestros autores. Porque ALTAÏR MAGAZINE no es solo «una revista de viajes»: es una manera de entender el viaje, el periodismo y la vida.

¡Feliz 2015 a todas y todos!