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Farselona y las realidades inventadas

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Cuenta Agustín Fernández Mallo en su texto para el 360º monográfico sobre cartografías que en su viaje a Turín siguiendo el rastro de Nietzsche se alojó por pura casualidad en el Hotel Roma e Rocca di Cavour.

Supongo que fue al preguntarme por mi profesión cuando la recepcionista se animó a informarme de que en ese hotel había pasado su última noche Cesare Pavese. De hecho —aseguró— si así yo lo quisiera podría darme la habitación en la cual el 7 de agosto de 1950 el escritor de El oficio de vivir se quitó la vida. Naturalmente, me negué.

Aparentemente no le hicieron demasiado caso porque apenas unas horas después regresó al hotel después de un paseo y pidió su llave al empleado del turno de tarde.

«¿En qué habitación está usted?», me dice. «En la 49», respondo. «Ah, la que fuera de Cesare Pavese.» «No, no, pedí expresamente otra.» «Debe haber un error, señor, esa es la habitación en la cual se alojó Pavese, ¿quiere que le dé otra? Tenemos libres.»

¿Hubo un error y le dieron accidentalmente la habitación del autor de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos? Es posible, pero es más probable que el recepcionista hiciera algo tan habitual y permitido de forma generalizada como es modificar la realidad para hacer más interesante, mejor, más auténtica la visita del turista. Esa es la paradoja: para vivir la «verdadera experiencia» no queda más remedio que transformarla para que sea más real que la propia realidad.

Farselona y el pasado reconstruido

Cada año millones de visitantes pasean impresionados por las calles del barrio gótico de Barcelona, un espacio estrecho y lleno de historia y de monumentalidad: lugares como la fachada gótica de la catedral hacen sentir al turista que está delante de un pedazo auténtico de historia. Y es cierto, lo están: de historia del siglo XX, para ser más exactos, ya que la fachada fue inaugurada en 1913, como respuesta al deseo de la burguesía comerciante barcelonesa de crear un espacio cultural y artístico deseable para los viajeros que explorasen la ciudad.

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Farselona es un documental escrito y dirigido por la mexicana Paty Godoy y la brasileña Kika Serra, dos extranjeras en la ciudad condal que recorren el barrio gótico y sus monumentos recreadores de un pasado mítico y con forma de museo urbano. Ellas no «descubren» la realidad, sino que se preguntan por qué esa realidad reconstruida es mostrada como auténtica al turista y al visitante.

«El problema de fondo no es, estrictamente, la falsedad o invención del barrio sino que esta historia —bien conocida por políticos, arquitectos, historiadores e investigadores— no forma parte de la historia oficial que se cuenta a los millones de turistas que visitan el barrio».

La Venecia del Norte

San Petersburgo, la Venecia del Norte. ¿O era Estocolmo? O quizás fuese Amsterdam, o Brujas, o cualquier ciudad con canales que recuerde vagamente a la ciudad del Véneto. Aunque si nos acercamos a China allí nos dirán que Suzhóu es la Venecia de Oriente, situada al sur del río Yangtsé. En la ciudad de Bolonia hay una «pequeña Venecia» que se puede observar abriendo un ventanuco de madera que hay en un edificio de la Via Piella.

Es la mayor de las paradojas del turismo: los lugares buscan la autenticidad a través de la imitación, de parecerse al otro. «Tan hermosa o más que la Venecia italiana», subrayan, y el turista siente y cree que accede a una realidad más escondida, más exclusiva, que asiste a algo que los demás, que solo conocen Venecia, no pueden ver. Como la burguesía barcelonesa de Farselona, re-creando una mitología gótica que haga sentir al viajero que está delante de historia viva, de pasado, del peso del tiempo delante de sus ojos y bajo sus pies.

El diario italiano La Stampa reseñaba el libro Welcome to Venezia, un ensayo bastante divertido en el que se daba cuenta de la existencia de (al menos) 97 Venecias por todo el mundo, con ese mismo nombre. Desde la conocida Venice de Los Ángeles, paraíso de los beatniks de los años setenta, hasta el monstruoso hotel The Venetian en Las Vegas, que cuenta con más de tres mil habitaciones y reproducciones «fieles» de lugares como el Palacio Ducal o el Puente de los Suspiros.

La última vuelta de tuerca la encontramos ya en el siglo XXI. En 2007 se construyó en Macao el hotel The Venetian, a imagen y semejanza del de Las Vegas y en el que se pueden dar hasta paseos en góndola. Como en Baku, Azerbaiyán, aunque aquí las góndolas son de plástico y a motor. Es el último paso de las realidades inventadas para el turista: la realidad como puro parque temático.

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Los expulsados de la tierra, por Saskia Sassen

Plantaciones de palma de aceite en BorneoLa compra de tierras por parte de grandes empresas y gobiernos (llamado landgrabbing) expulsa a los habitantes tradicionales de su lugar en el mapa y a las tierras de su condición natural. En este ensayo de su última obra Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global (Katz Editores, 2015), la socióloga Saskia Sassen, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2013, explica en nuestro 360º sobre Cartografías el fenómeno y cómo condiciona los mapas geopolíticos del mundo, hoy.


La adquisición de tierras de cualquier lugar por gobiernos extranjeros y empresas extranjeras es un proceso que se inició hace siglos en buena parte del mundo. Pero podemos detectar fases específicas en las diversas historias y geografías de esas adquisiciones. Un cambio importante se inició en 2006, marcado por un rápido aumento del volumen y la difusión geográfica de las adquisiciones extranjeras, así como por la diversidad de los compradores. Según estimaciones, entre 2006 y 2011 gobiernos y empresas adquirieron más de 200 millones de hectáreas de tierra en otros países. Buena parte de las tierras compradas están en África, pero hay una parte cada vez mayor en América Latina y, por primera vez desde el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial, en varios países de Europa y Asia, principalmente Rusia, Ucrania, Laos y Vietnam. Finalmente, los compradores son cada vez más diversos, incluidos individuos originarios de países que van desde China hasta Suecia, y empresas de sectores tan diferentes como la biotecnología y las finanzas.

Lo que importa para mi análisis es ese cambio tan abrupto en el nivel total y el alcance geográfico de las adquisiciones de tierras por extranjeros. Eso representa una ruptura en una tendencia de larga duración y por lo tanto se convierte en un indicador de un cambio sistémico mayor, un cambio que va más allá de los viejos patrones de adquisición establecidos. Hay dos factores significativos que contribuyen a ese brusco aumento de las adquisiciones. Uno es la creciente demanda de cultivos industriales, principalmente palma para biocombustibles pero también cultivos alimenticios, esta última proveniente sobre todo de los estados del Golfo Pérsico y de China.

El segundo es que la creciente demanda de tierras y el notable aumento de los precios globales de los alimentos en la década de 2000 hicieron de la tierra una inversión deseable, incluso por razones especulativas. Hoy es de público conocimiento que ya desde 2006 los principales bancos estaban preocupados por indicios de la extraordinaria crisis financiera que estaba a punto de estallar. No es coincidencia que la tierra haya surgido entonces como destino de capitales de inversión, no solo por su materialidad (la cosa misma, y no algún derivado que representa la tierra) sino también como medio de acceder a una gama cada vez mayor de mercancías (alimentos, cultivos industriales, minerales raros y agua).

La adquisición de tierras en el extranjero no es un acontecimiento solitario. Requiere, y a su vez estimula, la formación de un vasto mercado global de tierras. Implica el desarrollo de una infraestructura de servicios igualmente vasta para permitir las ventas y adquisiciones, obtener propiedades o derechos de arrendamiento, desarrollar instrumentos legales apropiados e incluso presionar en favor de la creación de nuevas leyes para hacer espacio para tales compras en un país soberano. Se trata de una infraestructura que va mucho más allá de apoyar el mero acto de comprar: no solo facilita sino que además estimula ulteriores adquisiciones extranjeras de tierras. Ese sector de servicios especializados, cada vez más sofisticado, inventa nuevos tipos de contratos y formas de propiedad y crea instrumentos innovadores en la contabilidad, los seguros y la legislación. Ese sector especializado, a su vez, a medida que se desarrolla depende de ulteriores adquisiciones de tierras como fuente de beneficios. Estamos viendo los inicios de una mercancificación a gran escala de la tierra, que a su vez podría conducir a la financialización de la mercancía que seguimos llamando simplemente tierra.

La escala de las adquisiciones de tierras deja una vasta impronta en el globo. Se caracteriza por un enorme número de microexpulsiones de pequeños agricultores y pequeñas poblaciones, y por crecientes niveles de toxicidad en las tierras y las aguas que rodean las plantaciones construidas en las tierras adquiridas. Hay números cada vez mayores de personas desplazadas —migrantes rurales que se mudan a barrios míseros en las ciudades—, aldeas y economías de subsistencia destruidas, y a la larga, mucha tierra muerta.

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Un paseo por Turín, por Agustín Fernández Mallo

Agustín Fernández Mallo hace un viaje a Turín para tratar de reproducir el brevísimo recorrido que llevó a Nietzsche de su casa al acontecimiento (¿anecdótico? ¿Insignificante? ¿Todo lo contrario?) que le llevó al mutismo durante casi una década. Y como en todos los viajes en los que uno va persiguiendo fantasmas, acaba por encontrarlos, incluso algunos otros con los que no había contado. En nuestro 360º sobre Cartografías, Fernández Mallo se rodea de espíritus de la literatura y la filosofía en la capital piamontesa.


Se sabe que la mañana del 3 de enero de 1889 Friedrich Nietzsche sale de su casa de Turín, calle de Carlo Alberto, con intención de ir al centro de la ciudad. Cuando lleva caminados apenas 200 metros, en la Piazza Carignano ve algo que le obliga a detenerse: un cochero está pegando a su caballo, que se niega a dar un paso más. Entonces Nietzsche se acerca, se abraza al cuello del caballo y le susurra unas palabras que aún hoy resultan un misterio: «Madre, soy tonto». Regresa de inmediato a su casa, momento en el que enmudece y pierde la conciencia durante casi diez años, hasta poco antes de su muerte en 1900. Nietzsche no guardaría conciencia de ese periodo.

En mayo de 2012 viajo a Turín con la fetichista intención de repetir, paso por paso, tal caminata de Nietzsche, la cual —de (A) a (B)— me resulta muy fácil de localizar en el mapa.

No era mi intención hacer de ese viaje un repaso por significativos lugares literarios, de los cuales Turín es un verdadero semillero, pero la casualidad hizo que me hospedara en el Hotel Roma e Rocca di Cavour, cuyo nombre, como puede verse, se halla compuesto por dos nombres; ante su puerta, leí un par de veces el letrero para comprobar que no me había equivocado. Supongo que fue al preguntarme por mi profesión cuando la recepcionista se animó a informarme de que en ese hotel había pasado su última noche Cesare Pavese. De hecho —aseguró— si así yo lo quisiera podría darme la habitación en la cual el 7 de agosto de 1950 el escritor de El oficio de vivir se quitó la vida. Naturalmente, me negué. En primer lugar por razones de obvio pudor: resulta pretencioso desear dormir en la misma habitación en la cual murió alguien por tantos admirado. Y en segundo lugar porque, de entrada, no guardo simpatía por los suicidas. He pensado muchas veces en ello, creo que se trata de un atávico rencor por mi parte hacia quien ha decidido renunciar a pertenecer a mi misma especie —porque está claro que un muerto no pertenece a la especia humana, sino a otra que desconocemos—.

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Un diálogo con Jon Lee Anderson, por Paty Godoy y Pere Ortín

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Cuando una persona tiene a las espaldas los años y las experiencias como reportero de Jon Lee Anderson, con tan sólo hablar con ella ya podemos trazar un mapa de la profesión. Que, en este caso, es como trazar un mapa de muchos conflictos patentes y secretos de los últimos veinte años de la historia internacional. Paty Godoy y Pere Ortín se sentaron precisamente a eso, a hablar con el maestro de reporteros y colaborador de The New Yorker, y aquí podéis empezar a leer el resultado, parte de nuestro 360º sobre Cartografías.


«Negociemos… ¿Cuál es el precio de mi ausencia?»

Entre risas, mientras sorbe su habitual café americano y recién llegado de Madrid maleta en ristre, el escritor argentino Martín Caparrós discute con nosotros «el precio de su ausencia» en el encuentro que tendremos al rato con su colega Jon Lee Anderson, el reportero de la revista norteamericana The New Yorker.

Sin cerrar ningún trato y poco antes de las once y media de la mañana, dejamos a Caparrós apurando su café y de camino a un encuentro sobre «periodismo de datos» (sic) y buscamos a Jon Lee Anderson. No ha llegado…

Cuando aparece —casi una hora después y a pesar de que su reloj de muñeca, de correa de cuero roja bien desgastada, parece en hora— nos explica la «confusión»: nos esperaba en su hotel y no en el museo de Barcelona donde, por fin, nos hemos encontrado.

Aclarada la situación entre sonrisas, y tras pelear por otro café con una de esas infernales máquinas suizas que han encapsulado el sabor de la infusión con nombre de antiguo reino etíope (Kaffa), nos sentamos a charlar en un amplio despacho con sillones cómodos que nos presta el director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Cinco Viajes al infierno

Aunque no hay necesidad de romper ningún hielo, le hemos traído a Jon Lee Anderson un regalo que sabemos apreciará: Cinco Viajes al infierno, un libro de la gran cronista norteamericana Martha Gellhorn que, junto a su marido Ernest Hemingway y George Orwell, es una de esas referencias clásicas admiradas por Anderson. Anderson recibe el libro —un ejemplar de la edición en español de la colección Heterodoxos de Altaïr que no conocía— con una sonrisa agradecida. Lo hojea con detenimiento y, aunque tanto él como nosotros sabemos que no dispondrá de demasiado tiempo libre para leerlo, todos ponemos cara de satisfechos.

«Saki»

Jon Lee Anderson, como Gellhorn, también ha descendido a unos cuantos infiernos. Y, como la gran cronista norteamericana, lo ha hecho sin perder una predisposición innata para la sonrisa cómplice. Se siente bien en cualquier lugar del mundo y tiene «por instinto» esa maravillosa facultad humana «de la adaptación».

Alto y fuerte —de joven, en Liberia, le pusieron el sobrenombre de Saki («hombre alto» en lengua kpelle)—, en su conversación se nota que conserva aquella misma actitud curiosa que, según recuerda, tenía cuando, con dos años, empezó a escudriñar el mundo «desde su caja de arena». A pesar de todo lo que ha visto y oído, sigue siendo aquel niño que nunca se ha dejado vencer por esos momentos de la vida en los que el cinismo y la depresión parecen ser las únicas salidas posibles. Perfeccionista, pero sin alardes retóricos, reconoce que sólo necesita «café y una silla cómoda» para escribir y que lo más importante en su trabajo es «tener muy claras cuáles son tus prioridades».

Rigor y veracidad

Hace años —preparando un retrato sobre Gabriel García Márquez— que Jon Lee Anderson dejó de utilizar grabadora y libreta de notas frente a sus entrevistados. No se trataba de imitar el método de Truman Capote en su proceso de creación de A sangre fría, sino de no «intimidar» a las personas con las que hablaba. ¿Método? Pues el más exitoso de todos los que existen: no tenerlo. Su estrategia, reconoce, no es muy ortodoxa. Se trata de entrenamiento y oficio para, primero, propiciar conversaciones con enjundia, diálogos vivos y situaciones coloquiales que, luego, se desarrollarán en un periodismo que usa las herramientas de la literatura para contar historias basadas en hechos reales, explicados con rigor y veracidad.

White chink

Aunque no le gusta que le pregunten por su vida personal, el asunto surge de manera natural. Jon Lee Anderson es fruto de una pareja que lloró cuando se enteró por la radio del asesinato de John F. Kennedy en Dallas. Su madre era una «extrovertida y multitalentosa» escritora de cuentos juveniles que también bailaba y pintaba (y a la que Anderson le debe el amor por los libros). Su papá era «un nómada» que se definía como un «socialista de corazón» que se amoldó a la categoría de los «liberales» norteamericanos. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, navegó por los mares del sur antes de trabajar para el servicio exterior norteamericano y construir, junto a su esposa, una familia en mudanza constante.

Jon Lee Anderson vivió en ocho países distintos hasta los 18 años (Taiwan, Colombia y Corea del Sur, entre otros) y eso marca. Nunca ha olvidado, por ejemplo, cómo a los doce años, instalado temporalmente en Estados Unidos, lo llamaban «white chink» («el chino blanco») en el colegio por haber interiorizado tanto sus vivencias asiáticas.

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Mapamundi de ficciones, por Gabi Martínez

Utopia.orteliusDe la Atlántida a Macondo, de Utopía a la Tierra Media: a lo largo de la historia los escritores y creadores han imaginado mundos diferentes al nuestro, ciudades inventadas, océanos inexplorados, tierras por descubrir. Por cada mundo imaginado por las ficciones, hay una cartografía susceptible de ser hecha, unos mapas que dibujar para trazar los caminos del héroe y para ubicar en el espacio (imaginado) dónde transcurren las aventuras y los sucesos. En el 360º sobre Cartografías el escritor Gabi Martínez investiga sobre esos mapas inventados y ese urbanismo que dibuja otros mundos posibles. Aquí podéis empezar a leer gratis su texto.

Imaginar lugares que no existen es más difícil de lo que parece. «He encontrado un mundo en el que ya no osaba creer», escribió Sophia de Mello Breyner al recalar en Grecia, resumiendo el sentimiento de numerosos escritores y personas con tendencia a soñar. Yo mismo descubrí en el Sudd un espacio natural que hasta entonces sólo había asociado al mundo de los videojuegos. El Sudd, situado al sur de Sudán, es un pantano grande como Gran Bretaña y repleto de islas flotantes. En su interior han perecido cientos de marineros y tripulaciones enteras de los barcos que quedaron atrapados en ese laberinto móvil, tan acorde con los escurridizos tiempos «líquidos» que vivimos. Se trata de una metáfora tan perfecta que se me antojó exclusiva de un sueño. Y entonces, la realidad.

De todos modos, como a ese otro laberinto de neuronas que nos mueve le encantan los desafíos, el empeño de superar al mundo físico a fuerza de fantasías va procurando un mapamundi alternativo que se funde de un modo apasionantemente raro con nuestra normalidad. Desde nuestros orígenes hemos necesitado un espacio para contar y, como aún no conocemos la medida de nuestra imaginación, el mundo siempre se nos queda pequeño. De vez en cuando, a alguien le da por ampliarlo inaugurando paisajes o ciudades de lo más mentales, y nos lleva a plantearnos espacios más allá de cualquier galaxia.

El primer lugar alevosamente imaginado para la literatura del que se tiene noticia fue la Atlántida, el continente que Platón ideó para rivalizar con Atenas. Sofisticado ejemplo de civilización, el mito de la Atlántida perdura por ser el primero de esta clase y porque, al haberla engullido el mar, aún invita a ser un poco Platón, imaginando el diseño de los canales que regaban la descomunal llanura oblonga, las vías abiertas para extraer el preciado cobre, el emplazamiento de las Columnas de Hércules.

La Atlántida, sobre todo, descorcha la posibilidad de una cartografía nacida directamente de la imaginación. Más adelante llegarían los relatos de maravillas de Benedeit, Mandeville o Marco Polo, si bien sus unicornios y gigantes y lotófagos, así como los territorios que describieron, guardan una correspondencia real con seres vivos y lugares que, si los autores no vieron, al menos creyeron ver. Sus relatos intentan apegarse a lo visto más que a lo imaginado, y por eso los pasaremos de largo. Aquí preferimos hablar de la Babel con Biblioteca; de la borgiana Babilonia donde se jugaba a la lotería; la Utopía de Tomás Moro, isla famosa por proscribir tiranías, penas de muerte y guerras; o de las ciudades invisibles con las que Italo Calvino recordó hasta qué punto «un paisaje invisible condiciona el visible».

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Cartógrafos del cielo, por Natalia Ruiz Zelmanovitch

Nuestro 360º sobre Cartografías ha buscado explorar muchas dimensiones. Si nos hemos preguntado por los mapas íntimos, los que nos guían en el terreno de la identidad, ¿cómo no hacerlo por los más grandes, los que sitúan esta roca que es la Tierra en el cosmos infinito? La periodista Natalia Ruiz Zelmanovitch, experta en divulgación de la ciencia, nos explica cómo intentamos entender un poco mejor lo que está a la vuelta de la esquina en nuestro vecindario galáctico.

 

Elevar la mirada a los cielos oscuros es casi tan consustancial al ser humano como respirar. Observar los fenómenos de esa oscuridad de un modo científico nos ha llevado a construir instrumentos increíbles, potentes máquinas cada vez más precisas que, como extensiones de nuestros propios ojos, nos desvelan la física, la química, la historia de un universo complejo y variado. Pero, al igual que en la Tierra —nuestro diminuto punto azul pálido, como dijo Carl Sagan—, también buscamos referencias espaciales allá arriba. Hacemos mapas del cielo.No tenemos remedio: necesitamos mojones, carteles, indicaciones, referencias. Necesitamos mapas. Nuestra vida de conductores (y de peatones) ha sufrido un vuelco vertiginoso con el desarrollo de aplicaciones digitales que nos colocan en el mundo. Basta con conocer la dirección para llegar a nuestro destino (con más o menos desvíos, lo que depende de la persona y de sus habilidades —en mi caso, relativas—). Pero eso ya era una actividad común hace siglos: nuestros antecesores escrutaban el cielo y, utilizando sus conocimientos sobre astronomía de posición, navegaban más allá de los mares, viajando de un extremo a otro del mundo. Estudiaban el cielo marcando su movimiento. Cuántas preguntas debió generar esto… Que se lo digan a Galileo, que fue el primero en apuntar un telescopio para observar las estrellas y fue perseguido por afirmar que la Tierra era la que se movía alrededor del Sol, y no al revés.

Ha costado, pero ahora sabemos que la Tierra, esa mota azul e insignificante en el vasto universo, es el tercero de ocho planetas del Sistema Solar, una familia formada por el Sol, nuestra estrella anfitriona. También sabemos que esta pequeña familia monoparental (es muy común que las estrellas vivan en pareja; son las conocidas estrellas binarias) está en un brazo espiral de la galaxia Vía Láctea. Ésta, a su vez, forma parte de un conjunto de unas 40 galaxias llamado Grupo Local, que se encuentra en el denominado Supercúmulo de Virgo, el cual… Bueno, digamos que a partir de aquí las dimensiones se vuelven difíciles de manejar.

Entre quienes estudian el cielo hay una obsesión: hacer (fíjense en que siempre encontrarán esta frase) el mapa del cielo más preciso obtenido hasta el momento. Esa coletilla, «hasta el momento», es nuestra eterna cantinela. Porque, afortunadamente, seguimos mejorando y ampliando nuestra visión del universo.

Dado que la Tierra se mueve, nuestro cielo también se mueve. Este hecho, que parece tan sencillo, supuso un reto para poder elaborar los primeros mapas que situasen a las estrellas en el cielo.

Pero en el antiguo Egipto, en Mesopotamia, en China y en América Central dedujeron su movimiento relativo y empezaron a plasmar lo que veían; dieron a luz mapas donde se pintaban las estrellas que podían verse a ojo. Luego irrumpirían los sabios griegos, revolucionando el mundo con sus teorías.

Siglos después, tras la llegada de la astronomía moderna a Europa de la mano de Nicolás Copérnico, el siguiente gran salto fue la astrofotografía; con ella, los mapas comenzaron a crecer y poblarse. El acoplamiento de cámaras fotográficas a los telescopios supuso un golpe brutal: tanto en lo relacionado al almacenaje de las placas fotográficas (y no es broma) como en lo que atañía a su análisis. De hecho, examinarlas se llegó a considerar una tarea tediosa. Por ejemplo, en el Observatorio de Harvard se contrató a mujeres para esta tarea tan «aburrida», dando lugar a una generación de astrónomas (las llamadas «calculadoras») que revolucionó por completo nuestro concepto de la materia.

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Viaje al centro de Google Earth, por Simon Sellars

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Ver más allá, ver mejor, ver siempre, ver ahora y no perderse nunca. Los nuevos mapas digitales prometen (y han concedido) aplicaciones casi mágicas para nuestras vidas diarias; casi ya no podemos pensarnos sin ellos. En el 360º sobre Cartografías ofrecemos las reflexiones de Simon Sellars, periodista experto en tecnología, arquitectura y la obra del novelista J.G. Ballard —uno de los grandes cartógrafos de un presente indistinguible del futuro—. Aquí podéis empezar a leer gratis su texto, que nos lleva del punto de vista de Dios al recuerdo de nuestros propios fantasmas en una pantalla plana.

«Queremos crear un espejo digital del mundo.»

Karin Tuxen-Bettman, geoestratega de comunicación de Google Earth, a bordo de un barco de Google que mapeaba el Amazonas en 2011.

Cuando abres Google Earth, se sitúa por defecto a una altura de 11.000 kilómetros sobre el planeta. El efecto es de placidez, en parte por el ligero brillo de la panorámica espacial y en parte por la sensación de no estar atado a nada. Las límpidas imágenes, aportadas por la NASA, muestran el mundo con un detalle fotorrealista. Es la expresión definitiva de lo que los cartógrafos llaman el punto de vista de Dios: el deseo de una objetividad visual absoluta en los mapas, presentando cada región del globo en su lugar correcto.

Pero los mapas mienten. Naturalizan los límites y extremos del planeta de modos que responden a razones ocultas. El mapa más popular del mundo, la proyección Mercator, es un modelo cartográfico de la realidad basado en una tergiversación descarada. En el mundo de Mercator, los países no tienen tamaños relativos entre sí. Los tamaños de los países norteamericanos y europeos están tremendamente exagerados, mientras que los de las naciones del Tercer Mundo están muy reducidos. Durante los años 70 y 80 del siglo pasado tuvieron lugar las llamadas «guerras de los mapas», en las que un nuevo modelo de mapa, la proyección Gall-Peters, se enfrentó al Mercator, al que se acusaba de ser un símbolo represor del colonialismo eurocéntrico.

Google Earth es más que el punto de vista de Dios, más que un mortal mirando a través de los ojos de Dios. En Google Earth, nosotros somos Dios. Vemos por encima, por debajo, dentro y afuera. Vemos en el más allá, con una visión extra fuera del alcance de nuestra condición mortal. Vemos los fantasmas de amigos y extraños fallecidos. Nos vemos a nosotros mismos. Si el punto de vista colonial de los mapas Mercator es un modo incómodo de instalarse sobre el planeta (esperando que los salvajes se queden en su lugar y no agiten el orden establecido), entonces Google Earth, con sus derivaciones —Google Maps y Google Street View— es un mundo paralelo que se infiltra en este.

Las «trampas de copyright» son detalles falsos que los cartógrafos insertan en los mapas para pillar a los plagiadores. Se puede demostrar que alguien ha copiado y publicado el mapa sin permiso porque incluye una calle que lleva en la dirección equivocada o un edificio que no existe. En Street View, esos objetos imposibles son el pan nuestro de cada día. Los límites de Google son porosos. Se disuelven. Nunca en mi vida he visto algo tan hermoso como las autopistas fundidas de EEUU, resultado de los fallos técnicos en las proyecciones de Google. Google Earth juntas imágenes tomadas en momentos diferentes del día. A veces se pueden ver las costuras donde el proceso no se ha cerrado del todo. Puede ser una nube de luz separada por colores RGB alrededor de un objeto, o un tornado de píxeles erróneos, amarillos y rosados, ascendiendo hacia el cielo. A veces, cuando la conexión es lenta, al moverse a través de una ciudad con Street View se revela el mecanismo de entrelazado de las imágenes. Puede verse cómo el frente de un edificio se desliza desde el fondo, comprimiendo la arquitectura en una delgada banda de luz, de modo que semeja una fachada delgada como un folio que encaja en su lugar. La realidad se convierte en un escenario y los decorados cambian ante tus ojos.

A veces, el algoritmo de Google Earth mapea una textura sobre otra, produciendo paisajes encantadores. El paso elevado de una autopista, suspendido sobre la tierra, sigue con precisión el terreno ondulado de un amplio valle, produciendo un sistema vial retorcido y fluido de otra dimensión. Las nubes manchan los contornos de una montaña como una manta blanca, esponjosa y ajustada. Hay rascacielos aplastados contra el suelo que, de algún modo imposible, proyectan una sensación tridimensional de altura. Google Earth es un Mercator digitalizado, aplastando las dimensiones desproporcionadas en un sistema totalizador con su propia lógica interna (en realidad, Google Maps está basado en una variante de la proyección Mercator). Cuando también los mapas del iPhone de Apple empezaron —involuntariamente— a escupir extrañas topologías nuevas a toda velocidad, la empresa fue objeto de mofa generalizada, pero yo pensé que eran enormemente poéticas, un mundo en el que me gustaría mucho vivir: el campo de distorsión de la realidad de Steve Jobs.

De niño me fascinaban los mapamundis, que eran siempre los de Mercator. Hasta la adolescencia no me di cuenta de que Groenlandia no era el doble de grande que Australia, como afirma la proyección de Mercator, sino que en realidad Australia era tres veces más grande que Groenlandia. Mi hija tiene dos años y ya está fascinada con mi iPhone, que a menudo, siguiendo mi obsesión, muestra mapas de Google y Apple. Quizás se pase los próximos años pensando que es completamente natural que las autopistas se hundan y doblen en el paisaje como tiras de regaliz. Google Earth puede ser un Mercator digital, pero no miente. No lo necesita. Lo expone todo y puede permitírselo, pues su arma es la seducción.

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Mapas del turismo global, por Yolanda Onghena y Claudio Milano

Turistas ante la famosa Pedrera del Paseo de Gracia, en Barcelona.
En un 360º sobre Cartografías no podía faltar la reflexión sobre cómo cambia el mapa del turismo, cómo y por qué los destinos que atraen a visitantes de todo el mundo cambian o se popularizan, y de qué modo el turismo es o no una posibilidad para un sincero encuentro cultural. Aquí podemos empezar a leerlo de la mano de los antropólogos Yolanda Onghena y Claudio Milano.

Una de cada siete personas del mundo se desplazó por turismo durante 2014. A mediados del siglo XX, un número muy reducido de países acogía a 25 millones de turistas. En 1995 eran 528 millones; en 2014, 1.138. Quien viva en uno de los lugares que reciben a parte de esos visitantes no necesitará que le digamos que el turismo se ha convertido en uno de los sectores de mayor crecimiento de la economía global, tanto en economías avanzadas como en las emergentes. ¿Pero ha cambiado el turismo o sigue sólo la estela de otros cambios globales? Algunos acontecimientos de ámbito mundial —el fin de la Unión Soviética y la transformación de China y Vietnam en economías de mercado, o los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos— han afectado al fenómeno turístico tanto dentro como fuera de Occidente. En palabras de los investigadores Erik y Scott Cohen, lo primero generó «la apertura de estas enormes regiones a la llegada de turismo, sobre todo occidental, mientras que sus florecientes economías liberalizadas hicieron crecer el flujo de turismo saliente hacia sus países vecinos y hacia Occidente»; lo segundo «fue seguido de ataques terroristas contra instalaciones turísticas en otras partes del mundo, acentuando la relación entre turismo y terrorismo, agravando la sensación de riesgo en los viajes y llevando a medidas de seguridad más estrictas en el turismo mundial».

El turismo es el producto de una confluencia de elementos, materiales e imaginarios, subjetivos y colectivos, contextualizados en entornos políticos, económicos, culturales y sociales determinados. Cualquier transformación de uno de los factores modifica la naturaleza del turismo. ¿Cómo generan estas transformaciones un cambio en la demanda, la experiencia, el éxito o el abandono de un destino turístico? ¿Qué análisis crítico podemos inferir del modo en que el sistema turístico se hace cargo de los cambios, en la constante búsqueda para diversificar la oferta?

En este panorama, esos cambios no son cortes tajantes sino procesos de transformación, de un flujo a otro, de una relación a otra, de un destino a otro. Puede sernos de ayuda plantear el cambio del fenómeno turístico a partir de la movilidad —su elemento esencial— y de la seguridad —su condición necesaria—. La pregunta final que se planteará entonces es: ¿El turismo favorece o banaliza la dimensión cultural del encuentro entre personas, entre sociedades?

Hoy en día la movilidad no es sólo movimiento físico sino también de ideas e imágenes, expectativas, paisajes virtuales. «El concepto de movilidades abarca tanto los movimientos a gran escala de personas, objetos, capital e información a nivel global, como los procesos a escala local, como el transporte diario, el movimiento a través del espacio público y el recorrido de cosas materiales dentro de la vida cotidiana», afirman los estudiosos Hannam, Sheller y Urry.

Taleb Rifai, secretario general de la Organización Mundial del Turismo (OMT), lo tenía claro cuando en la reciente ITB de Berlín de 2014, la feria de turismo más importante del mundo, afirmó que «la revolución en el mundo de los viajes, unida a la revolución tecnológica, está reconfigurando nuestra sociedad, mientras las tecnologías están transformando el sector turístico». Dos revoluciones vinculadas con un resultado clave: en una especie como la nuestra, que siempre se ha desplazado, las transformaciones del fenómeno turístico están relacionadas con nuevos tipos de tecnologías que posibilitan viajes más cómodos.


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El sexto continente, por Mattia Insolera

Dos estudiantes de Alejandría, en Egipto, ensayan una obra de teatro para la escuela junto al astillero tradicional.
Los mapas cambian de significado, las fronteras cambian de significado. También los espacios que son casi todo a la vez, patio de juegos de todas las culturas, lugares de tránsito, de evocación… Como el Mediterráneo. En nuestro 360º sobre Cartografías incluimos un mapa digital con el reportaje que el fotógrafo italiano Mattia Insolera realizó durante varios años, viajando de una punta a otra del antiguo Mare Nostrum para entender que, efectivamente, lejos de ser un negativo, un vacío entre Asia, África y Europa, era de pleno derecho un sexto continente.

Este proyecto tiene origen en un viaje abortado que dio lugar a muchos otros. En 2007, zarpé de Italia con un amigo que quería cruzar el Atlántico a vela. Tras dos semanas de navegación me di cuenta de que me interesaba más la vida en la costa que en alta mar, y bajé a tierra en el estrecho de Gibraltar, donde pude ver por primera vez un entorno verdaderamente mediterráneo, un mundo habitado por marineros y estibadores, contrabandistas y migrantes.Durante los siguientes años, me dediqué a llevar adelante un proyecto fotográfico completo sobre la cultura mediterránea. Viví en Barcelona —bien conectada con todas las costas de este mar— y desde allí pude visitar 13 países del mediterráneo, viajando en barcos de todo tipo, desde veleros hasta cargueros, y recorriendo 25.000 kilómetros en moto.

Hoy en día, para mucha gente el Mediterráneo es sinónimo de un paraíso de mar, sol y cielos azules. Pero es necesario rascar la superficie del cliché turístico y capturar la esencia de este espacio. El Mediterráneo del siglo XXI se ha convertido en una división: una valla de alambre entre el Norte y el Sur del mundo.

También es la cuenca donde se están produciendo algunos de los mayores conflictos del mundo, una zona de paso peligrosa para quienes huyen de la miseria y la guerra y un cementerio para los 20.000 migrantes que se ahogaron en sus aguas en los últimos 20 años.

Melilla: Sufien, un joven migrante marroquí, espera en el puerto una oportunidad para colarse en un ferry hacia España.

Hoy en día, para mucha gente el Mediterráneo es sinónimo de un paraíso de mar, sol y cielos azules. Pero es necesario rascar la superficie del cliché turístico y capturar la esencia de este espacio. El Mediterráneo del siglo XXI se ha convertido en una división: una valla de alambre entre el Norte y el Sur del mundo.

También es la cuenca donde se están produciendo algunos de los mayores conflictos del mundo, una zona de paso peligrosa para quienes huyen de la miseria y la guerra y un cementerio para los 20.000 migrantes que se ahogaron en sus aguas en los últimos 20 años.

No siempre fue así. En el pasado, este mar interior era incluyente: un puente entre costas y culturas diferentes, un campo fértil para las primeras civilizaciones. Según el Pescador de Halicarnaso (seudónimo del influyente escritor turco Cevat Sakir) se trataba de un sexto continente, diferente de los cinco continentes arbitrarios de los geógrafos. Uno que asimilaba a gentes provenientes de las antípodas de la Tierra, convirtiéndolos en mediterráneos.

Con mi labor fotográfica, quería buscar si quedaba algo de ese tiempo. Y así centré mi cámara en quienes aún utilizan el mar como superficie de transporte, lugar de trabajo, zona de intercambio… En otras palabras, la gente que aún vive el mar como un sexto continente.

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Lejos de Ghana, cerca del mundo, por Mario Trigo y Paty Godoy

Taiye Selasi con el libro en el que aparece el poema de su padre

¿Cómo se pueden mapear las identidades, los afectos y las pertenencias en un mundo de movimiento, de confluencias, de migraciones? En el 360º sobre Cartografías incluimos una entrevista con la novelista «afropolita» (explicaciones más adelante) Taiye Selasi, realizada en el marco del pasado festival Kosmópolis del CCCB de Barcelona, en la que nos habla de la suerte del término que contribuyó a popularizar y de su primera novela, Lejos de Ghana.


Cuando, en marzo de 2005, Taiye Selasi compartió en un artículo lo que para ella era un afropolita, la escena por la que iniciaba su descripción no podía ser más específica: medianoche en el Medicine Bar de Londres, suena un remix de Fela Kuti y la pisa de baile está llena de chicas con enormes afros; se viste kente ghanés y jeans caídos, un sampleado de Sweet Mother —inolvidable hit de Prince Nico Mbarga— hace bailar a una concurrencia en la que Londres se encuentra con Lagos, con Durban y con Dakar.

El nivel de detalle no era casualidad. Bye Bye Babar (referencia al edulcorado elefantito de Jean de Brunhoff) era un ejemplo del esfuerzo de una joven Selasi por describir un fenómeno que la incluía en primera persona. Nacida en Londres, criada en Massachussets, de origen mixto ghanés y nigeriano, ella era esa afropolita que «no pertenece a una única geografía» y lleva en su crianza vagabunda una voluntad de «complicar África» y «redefinir lo que quiere decir ser africano». Se trataba, como señala en la entrevista con Altaïr Magazine, de afirmar lo que sí era (afropolita) después de haber soportado muchas veces que le dijeran qué no era (ni inglesa, ni americana, ni ghanesa ni nigeriana).

Por aquel entonces, Selasi estudiaba un máster en Relaciones Internacionales en Oxford. Poco después, un encuentro memorable con la premio Nobel Toni Morrison le daría el combustible de moral necesaria para lanzarse de cabeza a algo que siempre había querido hacer: escribir. Pero, mientras todo esto ocurría, la fortuna del término que había rescatado/propuesto en Bye Bye Babar, ese afropolitismo empoderador, iba creciendo en relevancia y dimensiones hasta convertirse en una suerte de palabra de moda, utilizada, defendida, revisada y criticada.

De revistas de tendencias a ensayos filosóficos, de propuestas comerciales a reflexiones históricas, el término «afropolita» ha inspirado, entusiasmado y generado debate. Ha habido una época en que (como sustantivo o adjetivo) ha estado presente en muchísimas reflexiones sobre el África contemporánea. Era el antídoto perfecto, en ánimos y esperanzas, al «afropesimismo» que ve sólo las desgracias del continente. Para el filósofo camerunés Achille Mbembe, representa la oportunidad de repensar la fluidez de las identidades africanas, un enfoque de la pertenencia y la identidad que antecede con mucho la época colonial, y ofrece también un posible sustituto a un panafricanismo en cierto modo osificado. Para otros, como el escritor keniata Binyavanga Wainaina, pasada una década, se podría decir que el término poseía un gran potencial subversivo —la posibilidad de rechazar cualquier forma de identidad victimista— pero se ha vaciado y comercializado en multitud de usos banales.

Más allá de usos y potenciales, la descripción (que no definición, como ella señala) de Selasi sigue siendo una instantánea precisa de un grupo humano: los hijos de una diáspora africana que dejó su tierra de origen alrededor de los años 60 y 70 para formarse en el extranjero, tanto en Occidente como en los países del bloque soviético.

Los padres de la propia Selasi se conocieron en Zambia, formándose como médicos, aunque después se separasen y la madre llevase a Taiye y su gemela a vivir a EE.UU. Selasi no conoció en persona a su padre, Lade Wosornu —con quien mantiene una buena relación— hasta los 15 años de edad; la fluidez identitaria del afropolitismo se puede traducir a una familia múltiple, de padres, madres, exmaridos y nuevos hermanos y hermanas, dispersa por todo el globo.

Lade Wosornu, además de cirujano, es uno de los poetas más prominentes de Ghana. De su poema Desert Rivers: «También los desiertos tienen ríos / sepultados desde su nacimiento bajo la tierra / (…) / Que no puedas ver nuestras lágrimas / no quiere decir que no lloremos». La metáfora del río escondido da de lleno en los que quizás sean los temas fundamentales del afropolitismo: la fluidez (de la identidad) y la visibilidad (de un grupo humano). Y explica su éxito: con independencia de la utilidad sociológica o la precisión del término, la palabra «afropolita» ayudó a enriquecer el ecosistema del imaginario, permitiendo pensar Áfricas más amplias.

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