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Una isla en movimiento

«Si yo no pensase que puedo cambiar el mundo, no haría este trabajo», dice el escritor sardo Marcello Fois en la larga conversación que incluimos en nuestra vuelta al papel con Cerdeña, una isla en movimiento. Modestamente, también nosotros creemos que podemos cambiar un poco el mundo con nuestro trabajo. Descubriendo, sorprendiendo, ayudando a profundizar, como hace Fois cuando nos explica qué significo la Iª Guerra Mundial para la isla o cómo son los habitantes de Nuoro, su ciudad natal.

Este ha sido uno de los principales objetivos con el número sobre Cerdeña: dar la vuelta a una visión turística que, con su reduccionismo habitual, ha simplificado a veces la segunda isla más grande del Mediterráneo en la fórmula «sol y playa», añadiendo —en el mejor de los casos— algunas ruinas arqueológicas y algo de gastronomía.

Y es cierto: Cerdeña tiene un mar casi perfecto (junto al que viven pastores como Luisa y Eros, a quienes entrevistamos: testigos inmejorables de los cambios que trae el turismo masivo). Sus nuraghi son fascinantes (casi tanto como la lengua sarda, recuperada por autores modernos, como nos cuenta el poeta Omar Ghiani). Su comida es suculenta (pero es mucho mejor que una experta gastrónoma nos explique por qué en la isla la hospitalidad es sagrada). La Cerdeña que a nosotros nos cuentan y contamos es también una isla que reelabora su pasado y discute con su presente y futuro. El mejor ejemplo son las Sardinian Postcards del fotógrafo Alessandro Toscano, que nos muestran el reverso del tópico. Otro de los beneficios de trabajar con colaboradores locales: nos descubren el territorio y, a la vez, su panorama cultural.

Porque las historias de viaje son ante todo historias de personas. La de Simona Manna, que nos lleva de la mano al archipiélago de La Maddalena. La de Enrico Lixia paseando sin rumbo por Cagliari, la capital de la isla. La de Maria Lai, entrevistada por Elena Ledda: una artista contemporánea que fue capaz de atar un pueblo a una montaña.

Bienvenidos a Cerdeña, una isla que es un continente, una isla que no tiene playa, una isla a la vez contemporánea y antigua. Una isla en movimiento.

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En toda España: Casa del Libro, el Corte Inglés, FNAC / En Catalunya: Abacus / En Euskadi: Elkar

A Coruña: 7 mares / Badalona: Saltamarti Llibres /Banyoles: Llibreria Forum / Barberà del Vallès: LLar del Llibre – Baricentro / Barcelona: Al Peu de la Lletra, La Central del Raval, Llibreria Guia, Llibreria Horitzons, Laie, Nollegiu, Llibreria Pau Bosch, Santos Ochoa /Berga: Llibreria Huch / Bilbao: Librería Tintas / Burgos: Música y Deportes, Sedano / Calella: Llibreria La Llopa /Cambrils: Galatea / Cardedeu: Badallibres (Bestiari) /Castellón: Argot / Cerdanyola del Vallès: Llibreria Aranya / Figueres: Viñolas, Llibres & Viatges / Girona: Llibreria Geli, Ulyssus / Granollers: La Gralla (Bestiari) /Hospitalet de Llobregat: Perutxo (Rambla Just Oliveras) / Igualada: Llibreria Aqualata (Bestiari), Llibreria Cal Rabell / La Seu d’Urgell: Fiord Llibreria de Viatges /León: Librería Iguazú / Les Franqueses del Vallès: L’Espolsada Llibres / Lleida: Llibreria Caselles / Madrid: Desnivel, Deviaje, Tierra de Fuego / Málaga: Mapas y Compañía, Librerías Prometeo y Proteo / Manresa: Parcir / Mataró: El Tramvia de Mataró (Bestiari) / Mollerussa: Llibreria Dalmases (Bestiari) / Mollet del Vallès: Llibreria L’Illa (Bestiari) / Palma de Mallorca: Born de Llibres, Embat / Pamplona: Librería Muga / Reus: Galatea, Llibreria Gaudí / Rubí: Llibreria L’Ombra, Racó del Llibre (Bestiari) / Sabadell: Llar del Llibre /Salamanca: Victor Jara / San Sebastián: Librería Hontza / Sant Celoni: Llibreria Alguer Set, Els Quatre Gats /Sevilla: La Extra·Vagante, Ultramar / Sant Cugat del Vallès: Alexandria Llibres (Bestiari) / Santa Coloma de Gramanet: Llibreria Carrer Major (Bestiari) /Tarragona: La Capona (Bestiari) / Tortosa: Llibreria La 2 de Viladrich / Valencia: Librería Patagonia / Valladolid: Librería Beagle / Vic: Muntanya de Llibres / Vilafranca del Penedès: Llibreria Cusco, Odissea Llibres y Música (Bestiari), Llibreria Rafols / Vilanova i la Geltrú: Llorens Llibres, La Mulassa Vilanova (Bestiari) / Vilassar de Mar: Llibreria Index / Zaragoza: Librería Cálamo

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#VolvemosalPapel

Podemos decirlo ya: promesa cumplida. Dos años después de la aparición digital de Altaïr Magazine, volvemos a renacer también en papel. Dejad que os presentemos la primera monografía en formato libro/revista que traslada al mundo impreso la filosofía editorial y de contenidos de los especiales 360˚ online de Altaïr Magazine: Cerdeña, una isla en movimiento.

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Tras unos años muy difíciles, somos ambiciosos: nos reinventamos manteniendo el rigor periodístico y el sello de independencia que definen Altaïr, nos enriquecemos con la mirada de colaboradores locales que nos transmiten puntos de vista muy variados sobre las realidades de sus lugares de origen. Buscamos formular preguntas complejas; apostamos por el trabajo lento, artesanal y cuidado, ambicioso intelectual y estéticamente. Asumimos que, como escribe Leila Guerriero: «Una crónica de viajes no es un folleto turístico, pero más largo; ni una publicidad de hotel, pero mejor escrita; ni un puñado de adjetivos previsibles —encantador, mágico, asombroso— apiñados en torno a las montañas, la puesta de sol, el mar, el puente, el río».

Tendremos el placer de presentar esta nueva etapa en la librería Altaïr de Barcelona (Gran Via 616) el jueves 21 de julio a las 19:30. Una fiesta para celebrar el viaje y celebrar a los lectores; y para brindar y disfrutar la comida de Cerdeña de la mano de Estrella Damm y el restaurante sardo Terra Mia. ¡Estáis invitados! Y si estáis fuera de Barcelona o no podéis asistir, atentos a esta página y nuestras redes sociales, porque retransmitiremos la presentación a través de Periscope.

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Un año de 360º

«Monografías de viajes desde otros ángulos»
La obsesión constante que ha guiado nuestra andadura por este primer año de Altaïr Magazine ha sido la de observar la realidad siempre desde un prisma diferente al habitual, desde otro punto de vista. Para ello hemos tirado siempre de una de nuestras bases más firmes ideológicamente, en nuestro periodismo: para poder contar primero es necesario escuchar. No se trata de que nosotros, occidentales, vayamos a «descubrir» otros lugares del mundo a nuestros lectores. Se trata de que los habitantes de esos otros lugares sean los que nos cuenten cómo es el sitio en el que viven. Periodismo de viajes de dentro hacia fuera, y no al contrario.
Han sido cinco monográficos 360º durante este año que nos han llevado por México, Cerdeña, Dakar —donde además todos los artículos han sido hechos por senegaleses, habitantes de la capital—, Paraguay y, finalmente, ese triple salto mortal sin red que hemos dado con nuestro último monográfico sobre Cartografías.
Es difícil para nosotros, la Redacción, no mirar con especial orgullo las entrevistas que hemos incluido en nuestros monográficos. Cómo olvidar aquella conversación con Juan Villoro donde se preguntaba sobre qué sería de México si fuese un país normal; o la fascinante entrevista con la afropolita Taiye Selasi, novelista oriunda de muchos sitios a la vez; o la charla enérgica y a ratos delirantemente divertida, a ratos dolorosamente seria, con el gran Jon Lee Anderson; o esa conversación pausada e inolvidable con el escritor senegalés Boubacar Boris Diop, que además hizo para el monográfico sobre Dakar un formidable artículo político-lingüístico que, como dice Mario Trigo, nuestro redactor jefe, «hablando de dos figuras clave habla de toda la descolonización, de su propia generación africana y permite ver varias dimensiones extra de Senegal».
Belén Herrera, responsable de administración editorial, se queda con esa «caja que cambió el mundo», el texto sobre los contenedores de carga que escribió Jaime López para el monográfico sobre Cartografías. «Me leí el artículo con la boca abierta como una niña flipando con la historia de la cajita culpable de la globalización, y de cómo el aburrimiento dio origen a un invento tan simple como trascendental», confiesa Belén.
No podemos despedirnos de este repaso por los 360º sin volver al texto preferido de muchos en la redacción. Ese en el que Simon Sellars habla de Google Earth y nos muestra exactamente el tipo de reflexión que  buscamos cuando pensamos en el viaje y sus alrededores:
[Google Earth] Es la expresión definitiva de lo que los cartógrafos llaman el punto de vista de Dios: el deseo de una objetividad visual absoluta en los mapas, presentando cada región del globo en su lugar correcto.
Esos son nuestros 360º: un deseo de objetividad que se componga de la suma de las subjetividades de los habitantes de los lugares a los que vamos. Un relato sobre qué significa SER de un lugar, mucho más que simplemente visitarlo.
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Vagabundos por Cagliari, por Enrico Lixia

Las ciudades nunca son exactamente como el turista o el viajero cree que son, y Cagliari no es una excepción. Más allá de la gastronomía, del clima o del mar, la capital sarda tiene otro aspecto diferente cuando nos la muestra Enrico Lixia, periodista cagliaritano y creador de la Cagliari Unofficial Guide, un proyecto dinámico para ofrecer a los viajeros una nueva visión de la ciudad. Aquí dejamos un fragmento de este domingo por la ciudad incluido en nuestro monográfico 360º sobre Cerdeña.


Al igual que otra ciudad de no poca fama, Cagliari se extiende sobre siete colinas. Para desenmascarar la convicción según la cual por su morfología es una ciudad hostil a los ciclistas, para contarla y apreciarla mejor, nos lanzamos a un vagabundeo urbano sobre el sillín de nuestras bicicletas, dispuestos a dejarnos capturar por la «ciudad blanca», como amaba definirla el escritor sardo Sergio Atzeni. Y como diligentes viajeros o flâneurs cualquiera, con los ojos bien abiertos, nos hemos dejado guiar por el benévolo sol que de enero a diciembre tiñe de sal —en la mañana— y de naranja y rosa —en la ociosa tarde— esta ciudad nacida entre dos lagunas y abrazada por un mar infinito.

El reloj marca las diez, empieza el viaje. Nos encontramos frente a la escalinata de la iglesia de Sant’Anna, en la parte baja de la ciudad antigua. Metemos una marcha corta para emprender la inevitable subida —dura pero satisfactoria— hacia Castello (Castedd’e Susu, en sardo).  Del vocerío de las casas coloradas y vivaces de Stampace (Stampaxi), pedaleando por la escarpada Via Manno —la calle comercial por antonomasia— y la aún más exigente Via Spano, alcanzamos la Puerta del León, paso meridional que nos conduce al silencio del antiguo barrio tras las impactantes murallas pisanas, enormes y longevas pero no inexpugnables.

Al contrario que los célebres intelectuales, políticos y escritores encantados por unas vistas que «bendicen la imaginación», a la cara oeste de la antigua fortaleza, dominada por el Bastión de Santa Croce, preferimos la sur —donde inicia Via La Marmora— por su carácter más democrático.

Nos detenemos en un café al pie del Palacio Boyl, del siglo XVII. El negro de las cortinas y decoraciones, señal distintiva del local, devuelve su intensidad al rosa pálido y suave color crema de esta mansión neoclásica recientemente restaurada, en cuya fachada se pueden observar tres balas de cañón, testigos de la centenaria resistencia de la pisana Torre del León, incorporada en la estructura del palacio.

Como si estuviera encajado a la fuerza, la entrada del bar se encuentra justo al lado de la breve escalinata que lleva a la terraza piamontesa del Bastión de St. Remy. Hasta hace sólo quince años, este monumento, uno de los más representativos de Cagliari, era lugar de encuentro de toxicómanos, alcohólicos y suicidas; se animaba sólo los domingos por la mañana, en ocasión del rastro (que ahora ha migrado a Sant’Avendrace, como veremos más adelante).

Hace poco más de una década las descuidadas baldosas rojas y grises dejaron su sitio a un precioso granito interrumpido por parterres cuidados con olivos y palmeras. También desaparecieron los grafitis de los muros, más que nada vulgaridades, insultos y amenazas.

Ahora, durante la semana pasean las familias y las parejitas; los fines de semana quedan allí los habituales de los nuevos locales, con sus camisas de estampados excéntricos. A pocos metros de distancia de los sofás de cuero de los clubs de moda, en el suelo o sobre los bancos oxidados, se sientan melenudos «rebeldes»; adolescentes en sus primeras experiencias de transgresión o estudiantes fogueados. Guitarra en mano, comparten botellas de vino barato probablemente comprado en la tienda más antigua del barrio, Alimentari Befiori (en Via dei Genovesi), que merece una visita aunque sólo sea por su rótulo.

Necesitados de azúcar y cafeína, nos preparamos a celebrar el sagrado rito del desayuno justo aquí, inmersos en un ambiente casi literario; tranquilo y reflexivo durante las primeras horas de la jornada, un enjambre de gente por las noches.

Y así acompañamos nuestro capuccino con una pizzeta sfoglia, plato típico de la tradición culinaria cagliaritana —se encuentra en todos los bares pero sólo en esta provincia, no en otras zonas de Cerdeña—. Una receta pobre, para algunos dulce y para otros salada, de hojaldre y salsa de tomate (con fortuna, dentro se halla la sorpresa: una alcaparra y una anchoa). Tan suculenta en su autenticidad que el sueño prohibido de todo cagliaritano es hacerse millonario exportándola en las metrópolis más ricas del mundo… Hasta ahora, aunque nos pese, no se han tenido noticias de nadie que lo haya conseguido.

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El archipiélago de la Maddalena, por Simona Manna

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Fotografía de Bruno Cordioli (CC)

Refugio de exiliados, tierra de presos, lugar donde huir o donde terminar tus días, como hizo el gran actor Gian Maria Volonté. La periodista sarda Simona Manna nos lleva, en nuestro monográfico 360º sobre Cerdeña, al archipiélago de la Maddalena, esas «islas dentro de la isla» tan singulares y únicas, y nos presenta a sus habitantes, ni corsos ni sardos sino todo lo contrario. Aquí os dejamos un fragmento de este texto excepcional.


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Los maddaleninos no son miedosos: durmieron durante treinta y cinco años a pocos metros de las armas, municiones y submarinos nucleares estacionados en la base militar estadounidense de la isla de Santo Stefano. Y a los americanos, al final, les cogieron incluso cariño: en 2008, cuando se desmanteló la base militar, los despidieron con una pancarta: «Os echaremos de menos». Es cierto, esa pancarta la quisieron sobre todo los comerciantes, cuyas actividades estaban muy alimentadas por la presencia de los dos mil militares y sus respectivas familias, y también aquellos isleños que les alquilaban casas o que habían encontrado trabajo justamente en la base. Pero la verdad es que todos los habitantes de la isla, a pesar de las polémicas por el riesgo de radioactividad y las batallas para echar a los militares de las barras y estrellas, los sintieron más como amigos que como intrusos.

(…)

La Maddalena es el corazón de un archipiélago que incluye alrededor de sesenta islas e islotes, con un total de 180 kilómetros de costas. Es la única habitada, aparte del pequeño pueblo de Stagnali, en Caprera, y las pocas casas de Santa Maria que se ocupan en verano. El mar que las separa —o une, según el punto de vista— no es como las inquietas aguas de las cercanas Bocas de Bonifacio, que en sus fondos esconden aún restos de antiguos naufragios. Es, al contrario, un mar generoso en colores que hace querer aún cuando se encrespa por el viento y deja a los pescadores en tierra. Es un mar que ha mantenido su pureza a pesar de un turismo cada vez más invasivo.

«De niño, la Maddalena era una isla llena de mar, sol y libertad. Y todavía es así. Son las mismas aguas en las que me zambullía cuando era un chaval. Cruzábamos el monte bajo a pie y siguiendo el maestral íbamos a bañarnos a Bassa Trinità, con esas maravillosas dunas de arena blanca. El agua era cristalina, espléndida, igual que ahora. Cierto, entonces me zambullía también en el puerto, desde un banco, en Cala Gavina o frente al Almirantazgo. Pero ahora hay demasiado tráfico de barcas y trasbordadores». Estamos hablando de los años 40, cuando para divertirse «se iba a recoger higos chumbos por los caminos de campo, los cogíamos con cañas en cuya punta atábamos latas, y después los pelábamos y nos los comíamos en la playa». En aquellos años, cuenta Bruno, se hacían escapadas «en barca, con la familia, para ir a Santo Stefano, justo en la calita donde ahora hay un resort turístico», o bien «se iba a Caprera, a tomar el fresco en el pinar». Incluso el pueblo continúa como antaño: Corso Garibaldi sigue siendo la calle para pasear, Piazza Comando se prolonga como el lugar de la élite local, Piazza Rossa —así llamada por el antiguo color de su pavimento, ya reformado; a veces los nombres sobreviven a su origen— y sus bares son el punto de encuentro de los isleños. «Por suerte esta isla se ha conservado como era, ha mantenido su identidad y sus bellezas. Este mar no tiene un tráfico excesivo, a pesar del flujo de turistas, hasta el punto de que todavía tiene buena pesca», comenta Bruno. Y lo dice con conocimiento de causa, puesto que desde los tiempos de las zambullidas en el puerto, para él, volver a La Maddalena significa pescar. Una costumbre que se ha convertido en ritual: preparar el cebo, salir cuando aún está oscuro y alejarse lentamente de la isla, escoger una cala en la que detenerse para echar el anzuelo y mirar más allá del horizonte.

Hay que decir que, si aún hoy en día se puede disfrutar de tanta belleza natural, es también porque desde hace exactamente veinte años el archipiélago de la Maddalena se convirtió en Parque Nacional: esto, obviamente, garantizó la protección y salvaguardia del territorio. Quizás para hacer que fuesen más atractivas para los turistas, a algunas playas les pusieron nombres evocativos que los maddaleninos no acaban de digerir bien. «¿Pero qué necesidad hay de llamar “Tahití” a una playa? ¡Su nombre es Cala Coticcio, y no tiene nada que envidar a la Polinesia!», dice Bruno refiriéndose a una encantadora calita de Caprera, difícil de alcanzar a pie —veinte minutos de verdadero trekking— pero realmente única.

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Altaïr Magazine: estamos en todas partes

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De lo que se trata es de llegar a cuantos más sitios mejor. Que nos puedas leer en cualquier parte, en tu ordenador, en la tableta, en el móvil, de tapadillo en el trabajo, en casa, de vacaciones, en el parque sin zapatos, en la terraza de un bar, en casa de tus padres, en —ejem— el baño. Donde sea. Por eso intentamos estar disponibles para todas las plataformas, en todos los formatos y desde todas las opciones de lectura.

Desde esta semana ya se pueden comprar números sueltos de los 360º de ALTAÏR MAGAZINE tanto en la Apple Store —para los móviles y tabletas con sistema operativo IOS— como en Google Play —para los sistemas Android—. Ahora puedes escoger el contenido monográfico que más te interese (el de Dakar, el de México, el de Cerdeña, el de Paraguay…) y descargarlo separadamente en nuestra propia app por solo tres euros y medio.

Además, los monográficos de ALTAÏR MAGAZINE están también dentro de la plataforma Ztory, una aplicación para móviles y tabletas que ofrece una «tarifa plana» de revistas para leer sin límites más de 100 cabeceras diferentes, y de la que ya hablamos aquí. Por 90€ tienes ALTAÏR MAGAZINE + ZTORY todo un año.

Y por supuesto está nuestra suscripción de siempre, que te permite tener por 60€ un año de monográficos cada dos meses y tres Pasos mensuales, además de nuestras Voces abiertas para todo el mundo, claro está. Y además, con 5 meses gratis de Ztory, para que pruebes también la plataforma.

En resumen: intentamos estar en todas partes, para que leer ALTAÏR MAGAZINE sea lo más sencillo, intuitivo y cómodo del mundo. Para que nos leas, que es lo que más nos importa.

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Cerrando el año entre viajes y crónicas

Ya llevábamos algunas semanas apareciendo en las redes, haciendo Voces, creando Pasos, avisando de que llegábamos. Anunciando que empezaríamos por irnos a México pero que eso solo era el principio. Entonces, un 3 de julio, nos presentamos en sociedad, en la librería de siempre —nobleza obliga— para no olvidarnos de donde venimos, pero con el propósito firme de salir de sus muros y trasladarnos al resto de lugares de habla hispana. Nacía ALTAÏR MAGAZINE y nuestra nueva casa era la Red.

Lo dijimos desde el principio, como base inamovible: el nuestro es periodismo de largo aliento y de gran recorrido, «cada historia es repasada, leída, editada, y puesta en duda varias veces antes de ver la luz. Lo mismo con cada fotografía, con el orden en el que van colocadas para fortalecer la narración; con el audiovisual ocurre del mismo modo. No precipitarnos es una decisión tomada a conciencia: si no trabajamos duro para entregaros las mejores historias, ¿por qué habríais de acompañarnos?».

Y a pesar de ello, en apenas medio año hemos producido tres monográficos completos y complejos sobre tres puntos muy diferentes del globo (México, Cerdeña y Dakar); numerosos Pasos reinventando los géneros, donde mezclamos crónica y reseña, ficción y ensayo, ilustración y prosa; y decenas de Voces de todo el mundo contando sus realidades, publicadas en abierto y gratuitas para todos los lectores. Esto es un pequeño resumen de todo ello, de lo que ALTAÏR MAGAZINE quiere ser y ha ofrecido a sus lectores:

–       En nuestros monográficos hemos ensayado nuevas formas de contar los lugares, usando nuevos formatos, como el mapa interactivo de contenidos sobre Dakar que presentamos en su 360º. También hemos dado la relevancia que se merece a la fotografía, buscando que no sea una simple ilustración sino un modo más de narrar, como la sorprendente historia de los Luchadores del polvo de Lizeth Arauz en nuestro especial sobre México. Y por supuesto no olvidamos a nuestros autores, que cuentan la realidad desde dentro y no como meros visitantes: desde Ana Claudia Rodríguez haciendo una crónica tanto personal como histórica de la emigración sarda en Argentina, hasta Simona Manna, ilustrando todo un territorio a partir de una conversación íntima y familiar. Por no hablar de nuestra apuesta por la producción local en nuestro 360º sobre Dakar, donde por una vez África no está contada desde Europa, sino desde dentro, con las voces de intelectuales como Boubacar Boris Diop, Oumar Ndao, Ken Bugul y muchos otros.

–       En nuestros Pasos hemos tenido el privilegio de contar, entre muchos otros, con dos de las mejores plumas en español a la hora de hablar y reflexionar sobre la literatura de viajes. Jorge Carrión y su serie de «La tradición inquieta», con grandes escritores y viajeros como Juan Goytisolo o Jan Morris; y Gabi Martínez y sus artículos a medio camino entre la narración y la crónica, como aquel texto espectacular sobre el zoólogo Vicente Uríos y la «resurrección» de algunas especies extintas. Eso son los Pasos en ALTAÏR, una revisión de los modos de contar, que tan bien ejemplifica el reportaje que dedicó Ralph Zapata Ruiz a la pobreza en el valle peruano de Lares: directo, preciso y sin melodrama.

–       Y nuestras Voces, nuestra cara más visible, textos en abierto y gratuitos para todos los lectores donde caben desde reseñas, como la de Belén Herrera sobre Un dragón latente de Norman Lewis, hasta crónicas de eventos relacionados con Altaïr, como la que dibujó —sí, dibujóPedro Strukelj cuando nos visitó el escritor Marcello Fois. Un espacio para voces del periodismo viajero latinoamericano, como Carolina Reymúndez y su «fin de la veranada» en Chile. Un espacio también para la producción propia de ALTAÏR MAGAZINE, como ese viaje mágico, literario y árido que hicieron nuestras redactoras por la soledad de Sobrepuerto, en el Pirineo aragonés.

Medio año. Seis meses que nos han parecido una vida, la primera de la que vamos a vivir con nuestros lectores y nuestros autores. Porque ALTAÏR MAGAZINE no es solo «una revista de viajes»: es una manera de entender el viaje, el periodismo y la vida.

¡Feliz 2015 a todas y todos!