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LA ALARGADA SOMBRA DEL CHE, UN PASO DE FRAN GARCÍA

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En esta ocasión Fran García nos habla de la vida del Che Guevara, esa que Jon Lee Anderson y José Hernández han llevado a la novela gráfica. En «La alargada sombra del Che» este nuevo Paso de Altaïr Magazine descubrimos otra biografía y una nueva perspectiva del Comandante: «Che. Una vida revolucionaria». 


Muy pocas personas en el mundo han deseado accionar un ataque nuclear. Tocar un botón rojo. En 1966, en plena Crisis de los Misiles de Cuba, estas personas con poder, apasionadas de lo suyo —anticapitalistas y/o anticomunistas acérrimos— estuvieron a punto de provocar una hecatombe nuclear de proporciones apocalípticas. Entre ellas, un grupo de halcones del Pentágono comandados por el General Le May —jefe de la Fuerza Aérea— o George Anderson —jefe de la Marina— y, en el otro bando, los mismísimos Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, los padres de la Revolución cubana. Es una de las declaraciones más estremecedoras de Fred McNamara, por entonces Secretario de Estado de la Administración Kennedy, en el imprescindible documentalRumores de Guerra (The Fog of War, 2003) de Errol Morris. Los soviéticos, con su presidente Kruschev al frente, sólo aspiraban a que el ejército americano retirase sus misiles de Turquía y que la cosa no se enmarañase de facto. Pero sus socios cubanos iban muy en serio y tenían la posibilidad de darle al Tío Sam una buena dosis de su medicina. Ya sabemos que el temor nuclear nunca llegó a materializarse, por fortuna para una Cuba que hubiera desaparecido y, en definitiva, para todo nuestro planeta.

Para Fidel y el Che, el Imperio yanqui siempre estará detrás de buena parte de las desgracias que en forma de nube tóxica capitalista y dictaduras chuscas han caído sobre el inmenso espacio ocupado por América del Sur y Centroamérica. La Doctrina Monroe, que en resumen viene a proclamar que todo lo concerniente a América compete a Washington, es una prueba estratégica y muy real de la influencia estadounidense en todo el continente. El Che descubrió esta realidad de primera mano, viajando con su motocicleta Norton por medio continente sudamericano, acompañado por su amigo Alberto Granado.

Vagaron por campos y montañas. Visitaron ciudades y aldeas. Se empaparon de historias sobre indígenas. Colmaron sus alforjas de vivencias. Llenaron sus corazones encontrándose con sus vecinos y la pobreza que imperaba en países como Chile, Perú o Venezuela. El Che adquirió la semilla revolucionaria de su propia historia. Fue su encuentro con el pensamiento marxista. Estableció las circunstancias de la trampa abismal del capitalismo. Entendió que los factores primarios del mismo —como la deuda o la plusvalía— sólo conducen a la desigualdad. Le vio las orejas al lobo, lo que desembocó en un furibundo anticapitalismo y en un firme defensor del latinoamericanismo y el humanismo.

Tuvo tal explosión de conciencia que le pegó una patada a su incipiente profesión de médico y se dedicó con toda su alma a la revolución. Su relevancia social, política y humana es historia desde entonces. Jon Lee Anderson y José Hernández nos invitan a conocerla desde el terreno del cómic.

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Toda la bibliografía sobre el Che podría inundar la mente del más pintado. Habida cuenta que somos mortales y que tempus fugit, la mejor recomendación respecto al Che, si sólo pudiéramos elegir una, sería el trabajo de Jon Lee Anderson: Che Guevara. Una vida revolucionaria (Anagrama, 2006). Anderson —léase la entrevista en el 360º Cartografías, El Gringo más raro del mundo— fue el primer periodista occidental en acceder a la documentación de Ernesto Guevara. Entre ella, su correspondencia familiar, la que mantuvo siempre con su madre. Cuba dejó trabajar a Anderson y la malicia habla de un trabajo oficialista. Sea como fuere, esta biografía de Anderson es el mejor retrato —así como la mejor fotografía del Che pertenece a Korda— de la esencia del hombre, del revolucionario por convicción. El Che siempre fue un reto. Tuvo y tiene chicha a todos los niveles. El escritor y periodista mexicano Juan Villoro —autor en Altaïr de Palmeras de la brisa rápida, para la colección Heterodoxos— se rinde ante esta biografía sobre el Che: «Uno de los méritos de Anderson es que reproduce los asombros en tiempo presente, como si se ignorara el desenlace. No escribe un historiador que busca el orden retroactivo del caos, sino un cronista en la indecisa línea de fuego».

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Jan Morris, el viaje y el esfuerzo

Trieste, uno de los lugares esenciales en la bibliografía de Jan Morris, fotografiada por Ludovico Sinz.

 

Viajar es esforzarse, dice Jorge Carrión en su último texto de «La tradición inquieta» para los Pasos de Altaïr, dedicado a la historiadora y viajera Jan Morris. «Lo dice la propia etimología: “travel” procede del francés “travail”; la palabra “journey” lleva en su genética “journée”, jornada, día de trabajo». Viajar como algo opuesto a «vacaciones», viajar como acción, como esfuerzo.

A los treinta y siete años, esto es, en 1963, publicó Cities (1963), un ensayo con las setenta ciudades más importantes del globo como escenario del yo. Por tanto, a los treinta y siete años ya había dado, de un modo u otro, la vuelta al mundo. Varias veces.

A los 37 años Jan Morris ya había cubierto la expedición de Hunt al Everest, había conocido al Che Guevara o al sultán de Omán, había cubierto el juicio al nazi Eichmann en 1961. A los 37 años Jan Morris ya llevaba casada catorce años, había tenido cinco hijos y todavía se llamaba James Morris. Poco después empezó su proceso de transformación en mujer, culminado con su operación de cambio de sexo en 1972.

Jorge Carrión explica en su Paso de ALTAÏR MAGAZINE que nadie mejor que ella supo describir aquel proceso en una de las piezas claves de Un mundo escrito (1950-2000). Y continúa Carrión:

A ese proceso, que demuestra que tanto la identidad (altamente inestable) como el cuerpo (dos tercios de agua) son líquidos, que sólo nuestros esfuerzos múltiples solidifican para hacerla soportable, dedicó el volumen Conundrum (1974; El enigma, en su traducción en español), que se centra en su propia metamorfosis, que —como toda—, no fue instantánea, sino el resultado de una década de tratamiento hormonal. Que la operación final se hiciera en Casablanca no deja de ser revelador.  Marruecos es la tierra de todos y de nadie para algunos de los miembros de la tradición inquieta. Y Morris tuvo que dejar, también, su huella personal y literaria sobre ella.

En los últimos cuarenta años Morris ha sido una cronista del mundo y de lo global, aparte de otras muchas cosas (por ejemplo novelista). Sigue junto a la misma persona con la que se casó hace más de sesenta años y, como dice Carrión, su vida es el mundo:

Un mundo escrito amplía el campo de acción y de batalla y de esfuerzo. La vida de Morris es el mundo. Lo real interactúa con lo íntimo, pero es analizado desde una perspectiva profesional: «Pocas veces me impliqué a fondo en los asuntos que describe este libro. Me mantengo al margen por naturaleza, observo por profesión, me atrae la soledad y me he pasado la vida mirando cosas y hechos y analizando su efecto en mi sensibilidad concreta». 

«Jan Morris. Cambios de género» (sólo para suscriptores), segundo capítulo de la serie «La tradición inquieta» de Jorge Carrión.