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BOGOTÁ, UN PASO DE MARC CAELLAS

El escritor barcelonés Marc Caellas nos acerca a la capital de Colombia, una ciudad donde llueve tanto que algunos de sus habitantes han decidido tomar medidas al respecto. Un nuevo artículo de nuestra sección Pasos.


Dicen los que saben que hace casi 300 años hubo una reunión de capos en Madrid para decidir cuál sería la capital del virreinato de Nueva Granada. Unos defendían la idoneidad de Cartagena, un puerto importante en una época en la que las comunicaciones con la metrópoli eran marítimas, y otros la de Bogotá, alejada de ese mismo mar por el que llegaban piratas, ingleses o saqueadores (¿deberíamos eliminar la coma y la «o»?). Ganó Bogotá y se sentó un precedente que con la futura independencia y creación del Estado de Colombia se mantendría hasta hoy: Bogotá es la capital de un país que vive de espaldas al mar.

Me dirán que es lógico que así sea cuando el mar queda a más de 700 kilómetros por tierra, se mire por el lado donde se mire, pero sorprende más que ni los poetas más insignes como León de Greiff puedan verlo. Así empieza su Balada del mar no visto:

No he visto el mar. Mis ojos

—vigías horadantes, fantásticas luciérnagas;

mis ojos avizores entre la noche; dueños

de la estrellada comba;

de los astrales mundos;

mis ojos errabundos

familiares del hórrido vértigo del abismo;

mis ojos acerados de vikingo, oteantes;

mis ojos vagabundos

no han visto el mar…

Otro poeta, W.H. Auden, quién seguramente nunca conoció Bogotá, comparó en uno de sus ensayos la tierra y el mar. Escribe Auden que la tierra es el lugar donde nacemos, donde el paso de las estaciones crea una serie de deberes y sentimientos. En cambio, el mar es el lugar donde no hay vínculos de hogar ni de sexo, donde sólo hay obligaciones relativas al barco y las razones del viaje.

Leo en la prensa colombiana que el árbol más antiguo de Bogotá es un nogal localizado en la calle 77 con la carrera 9ª. Pronto cumplirá 200 años. Puede considerarse el ser vivo más longevo de la ciudad. Cuentan que la ruta Bogotá-Tunja estaba repleta de estos árboles. Los indígenas los adoraban. Los españoles, considerando que esto era contrario a los preceptos católicos, la emprendieron con los indefensos árboles. Quedaron muy pocos en pie. Desde hace unos años, casi todos los árboles de la ciudad tienen un número. Están censados. Un departamento de la alcaldía los protege de la voracidad de las excavadoras.

Pienso en un texto del arquitecto y narrador venezolano Federico Vegas en el que reclamaba una legislación urbana que declarara a los árboles actores principales en el diseño de la ciudad. En Túnez una ley establece que ningún edificio será más alto que la palmera más alta, asegura Vegas. Habría que exigir que ningún edificio impida el desarrollo de un nogal y «que frente a todas las fachadas los árboles tengan un lugar para formar junto a otros compañeros la fresca y digna continuidad que ya no sabe ofrecer nuestra arquitectura».

En Bogotá, 2.600 metros más cerca de las estrellas, no hay playa. Al menos no como la pensamos intuitivamente, con arena y palmeras, pero sí en cambio hay una de asfalto, con humo y alambres. Es el barrio La Playa, en el centro de la ciudad, a donde llegaron los últimos diez años jóvenes de raza negra, huyendo del conflicto armado que asola su tierra natal, el Pacífico colombiano.

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La Playa es también la ópera primera del director de cine bogotano Juan Andrés Arango. El cineasta muestra al resto de la ciudad la positiva influencia de toda esta juventud que llega a Bogotá para quedarse, para inocular a la fría capital toda su música, energía y vitalismo. El protagonista de la película se gana la vida cortando el pelo, aunque más que cortar lo que hace es usar las cabezas afros como lienzos, siguiendo una tradición que se remonta a la época de la esclavitud, cuando las madres convertían los peinados de sus niñas en mapas que permitían a sus hombres escapar de las minas en las que los habían encerrado los explotadores. Ahora la esclavitud es otra y los peinados son una especie de blog personal que estos tipos cargan orgullosos, como signo de identidad.

(…)


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Un paseo a la playa: un Paso de José Guarnizo Álvarez

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Unos 12.000 cubanos pasan al año por Colombia rumbo a EE.UU. El punto de partida es Ecuador, pero su destino está en la frontera de Colombia con Panamá, en La Miel, el pueblo fronterizo que se intuye en esta fotografía. Los cubanos —y los asiáticos, y los africanos— que esperan alcanzar el «paraíso» estadounidense tienen que pasar por varios infiernos antes de llegar, y en los ríos y selvas del Darién está uno de ellos. Nos lo cuenta el cronsita José Guarnizo Álvarez, que recibió en 2011 el Premio Internacional Rey de España de Periodismo por su trabajo en el terreno.


Se llama Jairo Junior. Tiene tres años. Y, como nunca lo entendería, sus padres no le han dicho que los ilegales como él no se pueden dejar ver por la policía. Le han contado, mientras pasan horas encerrados en un hotel barato del irrespirable y ruidoso puerto de Turbo, en el caribe colombiano, que están en la mitad de unas vacaciones al mar.

Había visto el rostro de Jairo días antes en una fotografía que me mostró un médico cubano llamado Johan Michel García, al que conocí en el mismo momento en que era capturado.

Aquella vez y antes de que lo subieran a una camioneta de la Policía, junto con más de veinte compatriotas suyos que llevaban para los calabozos, Johan Michel me extendió su teléfono celular para que viera la pantalla.

—Mira, mira esta foto. Hay niños, mujeres embarazadas… Necesitamos ayuda y la policía lo único que hace es quitarnos el dinero— alcanzó a decir.

La foto, esa imagen de Jairo con las piernas embarradas, sudoroso, jugando con un barquito de papel que le armó su papá con hojas de cuaderno, fue como un aviso descarnado de la realidad. El telón de fondo de la foto era lo más parecido a un campo de concentración: cubanos arremolinados, uno al lado del otro como en una caja de fósforos, dentro de una casa hecha con troncos de madera y sin piso. Allí pasaron la noche, durmiendo parados, con la expectativa de poder embarcarse con un coyote al día siguiente.

Pero el viaje se frustró. Una llamada anónima advirtió a los policías que en aquella casa insalubre del barrio Las Flores, una de las zonas más pobres de Turbo, los coyotes escondían migrantes ilegales para llevarlos en una lancha hasta Acandí, un pueblo rodeado de selva húmeda a orillas del Caribe a pocos kilómetros de Panamá.

Se trata de un trayecto de cuatro horas que sólo se hace de noche, un viaje flanqueado por el mar picado, las tormentas y la negrura de un cielo que hace que los buques de la Armada colombiana se estrellen de cuando en cuando con las embarcaciones ilegales. El año pasado había escrito una noticia sobre un ahogamiento en la mitad de ese mismo recorrido: un africano se cayó de una lancha. Se lo tragó el mar que rodea al pequeño islote de La Virgencita, cercano a las playas de Acandí, allí donde al día siguiente apareció el cuerpo boca abajo, golpeado por las rocas de los arrecifes. Los africanos que iban con él en la lancha tardaron varias horas en acercarse a la Policía para proporcionar la identidad del amigo fallecido, pues temían ser capturados y devueltos a comenzar de cero la travesía.

Pero esta vez no hubo viaje. Todos los cubanos, incluyendo a Jairo y sus padres, fueron a dar entonces a la estación de policía, luego a la oficina de Migración Colombia. Finalmente, como suele suceder, los dejaron libres bajo una advertencia: que se regresaran para Ecuador, el país por donde habían ingresado.

Pero los padres de Jairo no estuvieron dispuestos a devolverse. Desviaron su camino y se escondieron en este hotel de pocas ventanas, mientras esperan a que alguien les consiga un nuevo contacto para montarse en una lancha que viajará atiborrada de cubanos sin documentos al albedrío de la noche. Comparten una diminuta habitación con dos viajeros más: Sandy González Tamayo, informático de profesión; y su esposa, Margarita Bousa Pérez, de 22, una chica con tres meses de embarazo.

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Jairo Junior duerme ahora arropado con el fresco del aire acondicionado. Pese a creer que está en la mitad de unas vacaciones al mar, Javier Otero Same, su papá, dice que percibe cosas y hace preguntas. «Por qué dejamos a la abuela en Cuba? ¿Por qué estamos encerrados? ¿Por qué no me puedo estrenar el salvavidas?» Su madre, Vidalis Rodríguez González, sale al paso con un argumento que considera infalible:

—Tiene 3 años; sabe que algo anda mal, pero aún así ha demostrado más fortaleza que todos nosotros.


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Una mapa de voces

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«¿Habremos recorrido ya todo el mundo?»

La pregunta se formula en la redacción de ALTAÏR MAGAZINE casi por casualidad, pero es pertinente: llevamos diez meses en marcha en esta nueva andadura digital del magazine y tenemos la sensación de haber estado en casi todas partes. Vamos al ordenador y abrimos nuestra sección de Voces y un mapa del mundo al lado y nos ponemos, como se hacía antes, a clavar chinchetas en él.

«Lo que más ha sido Sudamérica, ¿no?»

Esa sensación da, aunque hemos prestado especial atención a México, que después de todo fue el material de nuestro primer 360º monográfico. Pero también hemos recorrido lugares como El Salvador, a veces para hablar de feminismo, a veces para hablar de cementerios habitados; o Colombia, asistiendo a la ceremonia de los espíritus, o Bolivia, aprendiendo medicina indígena. «¿Y Norteamérica?» La hemos visto menos, pero nos ha dado tiempo de recorrer las llanuras de Utah o de buscar oro en Klondike, por ejemplo.

«¿Estás apuntando los países africanos?»

Siempre nos ha importado mucho conocer el continente más desconocido, dejar de acercarnos a él con paternalismo o desde un punto de vista pesimista, o colonial, y tratar de conocer a sus gentes y sus ciudades tal y como son, no como las dibujamos desde los prejuicios. Y para ello hemos buscado los temas de los que nunca se habla cuando se mira hacia el sur desde Europa. De la literatura de las mujeres del norte de África hasta la situación de la comunidad LGTB en el continente; desde la comida y la cocina en Senegal hasta los sonidos y las músicas que vienen de Mali.

«Lo más difícil ha sido siempre llegar a Asia.»

Todos decimos que sí con la cabeza, porque Asia está lejos geográfica y culturalmente, porque no tenemos el agarre del idioma ni los pasados comunes. Y a lo mejor por eso nos resultan fascinantes de un modo particular Japón o Indonesia, o Birmania. Para llegar a ellas tenemos las extensiones infinitas de Siberia —y hay quien hace escala viviendo tres días en la URSS—. Y aún más lejos nos queda Oceanía, donde nos hemos acercado a conocer la lengua de signos de los aborígenes de Australia.

«El problema de Europa es que todos creemos ya conocerla.»

Uno de nosotros dice que de eso nada, que aún nos queda muchísimo por conocer. ¿O es que acaso todo el mundo cree conocer los volcanes de Islandia y cada barrio de París? Si ni siquiera en España podemos decir eso, donde nos hemos recorrido la meseta con los pastores trashumantes, la marina gallega más salvaje o los pirineos en mulas, como se hacía antes.

Y sí. Echando un vistazo al mapa lleno de chinchetas nos damos cuenta de que hemos estado incluso en el profundo océano. Entonces, ¿habremos recorrido ya todo el mundo?

Nos reímos. No. Apenas acabamos de empezar.