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El archipiélago de la Maddalena, por Simona Manna

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Fotografía de Bruno Cordioli (CC)

Refugio de exiliados, tierra de presos, lugar donde huir o donde terminar tus días, como hizo el gran actor Gian Maria Volonté. La periodista sarda Simona Manna nos lleva, en nuestro monográfico 360º sobre Cerdeña, al archipiélago de la Maddalena, esas «islas dentro de la isla» tan singulares y únicas, y nos presenta a sus habitantes, ni corsos ni sardos sino todo lo contrario. Aquí os dejamos un fragmento de este texto excepcional.


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Los maddaleninos no son miedosos: durmieron durante treinta y cinco años a pocos metros de las armas, municiones y submarinos nucleares estacionados en la base militar estadounidense de la isla de Santo Stefano. Y a los americanos, al final, les cogieron incluso cariño: en 2008, cuando se desmanteló la base militar, los despidieron con una pancarta: «Os echaremos de menos». Es cierto, esa pancarta la quisieron sobre todo los comerciantes, cuyas actividades estaban muy alimentadas por la presencia de los dos mil militares y sus respectivas familias, y también aquellos isleños que les alquilaban casas o que habían encontrado trabajo justamente en la base. Pero la verdad es que todos los habitantes de la isla, a pesar de las polémicas por el riesgo de radioactividad y las batallas para echar a los militares de las barras y estrellas, los sintieron más como amigos que como intrusos.

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La Maddalena es el corazón de un archipiélago que incluye alrededor de sesenta islas e islotes, con un total de 180 kilómetros de costas. Es la única habitada, aparte del pequeño pueblo de Stagnali, en Caprera, y las pocas casas de Santa Maria que se ocupan en verano. El mar que las separa —o une, según el punto de vista— no es como las inquietas aguas de las cercanas Bocas de Bonifacio, que en sus fondos esconden aún restos de antiguos naufragios. Es, al contrario, un mar generoso en colores que hace querer aún cuando se encrespa por el viento y deja a los pescadores en tierra. Es un mar que ha mantenido su pureza a pesar de un turismo cada vez más invasivo.

«De niño, la Maddalena era una isla llena de mar, sol y libertad. Y todavía es así. Son las mismas aguas en las que me zambullía cuando era un chaval. Cruzábamos el monte bajo a pie y siguiendo el maestral íbamos a bañarnos a Bassa Trinità, con esas maravillosas dunas de arena blanca. El agua era cristalina, espléndida, igual que ahora. Cierto, entonces me zambullía también en el puerto, desde un banco, en Cala Gavina o frente al Almirantazgo. Pero ahora hay demasiado tráfico de barcas y trasbordadores». Estamos hablando de los años 40, cuando para divertirse «se iba a recoger higos chumbos por los caminos de campo, los cogíamos con cañas en cuya punta atábamos latas, y después los pelábamos y nos los comíamos en la playa». En aquellos años, cuenta Bruno, se hacían escapadas «en barca, con la familia, para ir a Santo Stefano, justo en la calita donde ahora hay un resort turístico», o bien «se iba a Caprera, a tomar el fresco en el pinar». Incluso el pueblo continúa como antaño: Corso Garibaldi sigue siendo la calle para pasear, Piazza Comando se prolonga como el lugar de la élite local, Piazza Rossa —así llamada por el antiguo color de su pavimento, ya reformado; a veces los nombres sobreviven a su origen— y sus bares son el punto de encuentro de los isleños. «Por suerte esta isla se ha conservado como era, ha mantenido su identidad y sus bellezas. Este mar no tiene un tráfico excesivo, a pesar del flujo de turistas, hasta el punto de que todavía tiene buena pesca», comenta Bruno. Y lo dice con conocimiento de causa, puesto que desde los tiempos de las zambullidas en el puerto, para él, volver a La Maddalena significa pescar. Una costumbre que se ha convertido en ritual: preparar el cebo, salir cuando aún está oscuro y alejarse lentamente de la isla, escoger una cala en la que detenerse para echar el anzuelo y mirar más allá del horizonte.

Hay que decir que, si aún hoy en día se puede disfrutar de tanta belleza natural, es también porque desde hace exactamente veinte años el archipiélago de la Maddalena se convirtió en Parque Nacional: esto, obviamente, garantizó la protección y salvaguardia del territorio. Quizás para hacer que fuesen más atractivas para los turistas, a algunas playas les pusieron nombres evocativos que los maddaleninos no acaban de digerir bien. «¿Pero qué necesidad hay de llamar “Tahití” a una playa? ¡Su nombre es Cala Coticcio, y no tiene nada que envidar a la Polinesia!», dice Bruno refiriéndose a una encantadora calita de Caprera, difícil de alcanzar a pie —veinte minutos de verdadero trekking— pero realmente única.

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