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El último británico en pie

Por Cristian Segura

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El Reino Unido se prepara para encerrarse en sus islas. Medio siglo de fraternidad europea se desvanecen en un día de referéndum. La gloria que le espera al Reino Unido no es el sol eterno de la Commonwealth sino el sol de tinta roja del tabloide The Sun. Entre tanta mediocridad, hay un británico que continúa cultivando su huerto y cocinando su pan en un cortijo de Las Alpujarras: es un verdadero Sir, un George Orwell en Birmania, Sean Connery cuando pudo ser rey. Su nombre es Chris Stewart y debería ser catalogado como Patrimonio de la Humanidad.

Stewart nació en 1951 en el condado de Sussex. En una vida anterior fue batería de Genesis –sí, la banda de Phil Collins; nadie es perfecto–, trabajó en un circo, esquiló ovejas en Suecia y se sacó el título de piloto de avión en California, entre otras peripecias que destaca la editorial Salamandra en la solapa del libro de Stewart Los últimos tiempos del club del autobús. El último trabajo de Stewart hará las delicias de sus incondicionales; para los que no lo somos –o no lo éramos–, Los últimos tiempos del club del autobús es una lectura que sirve de reflexión y de entretenimiento de calidad. El Club del autobús no es otra cosa que el encuentro de los vecinos del Valle de Guadalfeo que llevan a sus hijos al punto de la pista de montaña en el que el autocar escolar les recoge cada mañana. Stewart se enfrenta a un fin de ciclo, puesto que su hija abdona nido familiar para estudiar en Granada. El acontecimiento sirve al escritor para recopilar historias vividas en familia o con los otros miembros del club del autobús. La melancolía domina quizá incluso más que el humor característico de Stewart, y que puede llegar a cargar por excesivo. Es la añoranza de lo que se fue y solo vive en la memoria, incluso un detalle tan sencillo como preparar el bocadillo a la niña:

«Abría el panecillo con un cuchillo afiladísimo, dejando una bisagra infinitesimal de corteza. Luego le ponía el chorrito de aceite de oliva virgen doble extra, prensado en frío, sin refinar, obtenido de una única variedad de aceituna, de los picuales cultivados en nuestra propia finca, y añadía una capa de tomate cortado muy fino (ya salado para realzar el sabor), un pellizco de azúcar para contrarrestar la acidez, un par de rodajitas de ajo fresco, casi transparentes de tan finas, un poquito de albahaca genovesa y, como remate una buena cucharada de mayonesa para ligarlo todo y que pasara mejor… ah, y unos cebollinos asomando en el extremo como los bigotes de un langostino.»

Entre esto y las rebanadas de pan Bimbo con mortadela Campofrío que me preparaban en casa, está claro con cuál me hubiera quedado siendo niño.

Los lectores de Stewart en inglés celebran sus habilidades gastronómicas y la autosuficiencia, el ecologismo, que desempeñan él y su mujer, Ana. Uno de los capítulos iniciales del Club del autobús es la visita accidentada de un programa de televisión para filmar su destreza en la cocina. La primera Navidad que su hija, Chloé, volvía de Granada, fue un desastre climatológico, de fuertes lluvias y de operaciones de rescate de las ovejas de toda la comunidad. Pese a ello, los Stewart se las apañaron para preparar este almuerzo divino:

«Uno no puede pensar en la sopa de ortigas para un menú de celebración pero, créanme, si baten las urticantes hojas junto con un poco de patata para mejorar la textura, añaden ajo y cebolla y una guindilla muy picante para darles un poco de tono, y las sirven en un cuenco bonito con un chorrito de nata agria y un puñado de picatostes dorados, y acompañadas de un vino intenso y con cuerpo y de color rubí… bueno, pues van a quedarse sin habla, como me pasó a mí. Luego vino el cordero. En Navidad siempre toca cordero. Si uno tiene ovejas, come cordero. Aquel resplandecía con su picante glaseado de jarabe de granadas y guindillas, y tenía un ramillete de hierbas de la montaña. Como guarnición llevaba un mojón picón, a base de perejil, aceite y sal molida en el mortero con una pizca de ajo y chili verde; y patatas asadas y crujientes. Y para acabar, una tarta de limón».

Todo está bien atado en la narración de Stewart. Hablar de granadas le lleva, por ejemplo, a explicar cómo utiliza los arbustos de esta fruta, característicos por sus afiladas ramas, para evitar que los jabalíes –«esos agentes del caos», como los definía en un reportaje de 2015 en El País– entren en sus campos. Si tiene que tratar de la delicada carne del bonito, dedica un capítulo magistral a un concurso de platos de atún que presidió en Conil junto a Michael Jacobs, amigo y también empedernido viajero. Jacobs es un habitual en las correrías de escritores enamorados de España, desde Stewart a Cees Nooteboom. El campeonato de gastronomía a base de atún le sirve para presentarnos a un matrimonio amigo suyo, urbanitas que se enamoraron de la Alpujarra y que se quedaron a vivir allí, dedicándose al diseño de acuarios para instituciones y grandes patrimonios. Al leer el libro es inevitable vincular a este matrimonio, Simon y Victoria, con el programa del canal Discovery en el que dos manitas también construyen acuarios para nuevos ricos de Las Vegas o Los Ángeles. La fauna de amistades de Stewart es inagotable y la utiliza también para compensar sus excesos o para nutrir sus interesantes lecciones de naturaleza y sostenibilidad:

«Fue también Simon quien me dijo que no deberíamos comer pulpo, y no porque esté en peligro de extinción, sino por el hecho de que se encuentran tan arriba en la escala evolutiva que aprecian sobremanera la belleza. Por lo visto, crean verdaderos jardines en el lecho marino ante sus cuevas y  se entretienen con bonitas composiciones a base de conchas, espinas de pez, corchos de botella y cosas así. «¿Cómo puedes comerte un animal capaz de apreciar la belleza?».

Lo que de verdad ha convertido a Stewart en un escritor  celebrado es su convivencia con el mundo rural granadino. Su observación desde fuera y desde dentro, al mismo tiempo, le convierte en un testimonio ideal de lo bueno y lo malo de su sociedad. Hay un capítulo extraordinario en el que Stewart, recomendado por un vecino holandés –un expatriado como él–, decide peregrinar valle arriba hasta la casa de una curandera para solucionar de una vez por todas una enfermedad venérea que reaparecía de tanto en cuanto:

«Poco a poco fui dejando atrás los sonidos del valle, el bramar de los ríos henchidos por las lluvias de invierno, los cacareos de los gallos y los ladridos de los perros. Cuando llegué al aljibe, la cisterna de piedra abovedada que se alza entre nuestro valle y el siguiente, no se oía otra cosa que el gemido del viento entre la retama. Se trata de un sonido tenebroso y de mal agüero, un sonido que toca la fibra más sombría de nuestro ser colectivo».

El libro combina espacios románticos con la magia de lo mundano y se compensan bellamente, como en el pasaje en el que conoce a la curandera:

«La puerta se abría sin más a una salita, en cuyo centro se sentaba una mujer increíblemente vieja en una silla sin brazos.

–Esta es América –dijo la curandera señalando a la anciana–. Y esta es Carmen.

De pie junto a América, una joven peluquera hacía una serie de ajustes en los escasos mechones de cabello gris azulado que quedaban en la arrugada cabeza de la vieja dama. Complementaban aquel retablo un variopinto surtido de niños y bebés, que correteaban o gateaban por la habitación, y un chaval adolescente que, sentado en una butaca, fruncía el ceño con aire taciturno.

Mi entrada parecía haber interrumpido el espectáculo: las tijeras pendían inmóviles en el aire mientras la peluquera me observaba con una sonrisa divertida; los bebés babeaban; el adolescente me ofreció una mueca del más frío desdén; América me miró de arriba abajo con expresión de absoluta perplejidad y creciente desagrado, hasta que de pronto se incorporó tambaleante de la silla, abrió la vieja boca sin labios y vomitó copiosamente en el frío suelo de baldosas».

Los últimos tiempos del club del autobús te convencen de la bondad del ser humano. Solo por esto es una lectura que vale la pena, pero hay más: es una lectura rica, y lo prueba el hecho de que mientras devoras sus páginas, buscas en Internet dónde se encuentra ese pueblo o aquel cortijo, quién es el famoso forastero que irrumpe en la vida de Órgiva o por qué la pobreza y la riqueza, los gitanos y la Alhambra en La biblia en España, del filólogo George Borrow, hay que seguir leyéndola 150 años después.

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Cómo ser grosero e influir en los demás

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Muerte en el césped

Por Cristian Segura

Las memorias de Lenny Bruce nos advierten del peligro de lo políticamente correcto

Lenny Bruce las pasaría canutas en el siglo XXI. Lo políticamente correcto está encorsetando la libertad. Cualquier comentario puede ser nuestra tumba pública, acusados de racistas, violentos, machistas o maltratadores de mascotas. Lenny Bruce fue cómico y alterador del orden hace cincuenta años. Su personaje le arrastró de tribunal en tribunal; hoy sería marginado, arrinconado en un blog o en una cuenta de youtube. Pero durante su turbulenta vida por lo menos –casi– siempre tuvo algún antro que se la jugaba contratándole para dar rienda suelta a su sátira. Bruce (Mineola, 1925-Los Ángeles, 1966) fue el extremo del humor corrosivo, liberal y judío del siglo XX. Cómo ser grosero e influir en los demás (Malpaso, 2016) son las memorias de Bruce escritas entre 1963 y 1965, poco antes de morir de una sobredosis. El libro es demencial no solo por lo que cuenta sino porque todo ello sucedió de verdad.

Una muerte en el césped es la última parábola que subrayo de las memorias de Bruce. Es un pasaje del último capítulo y es la esencia de sus peripecias, su humor y sus miserias: “Mi jefe era productor. Tenía una plantilla de escritores, ganaba mucho dinero y salía con una bonita aspirante a estrella. Tenía un comedor privado en el estudio que parecía un barco. Decía: «Quédate en la oficina, escribe veinte páginas en un día y, si te aburres, mira por la ventana de mi oficina el césped donde se desploman los jardineros y sé feliz de poder escribir». Un día miré por la ventana, solo para verlo morir de un ataque al corazón que había empezado en su comedor y duró todo el descenso de las escaleras de Darryl F. Zanuck. Murió en el césped. Y supe que estaba acabado porque no me invitaron al funeral. En realidad, todos los que él había contratado fueron despedidos a su muerte”.

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Lenny Bruce no tuvo una vida alegre. Se crió durante la Gran Depresión, en una familia pobre. El libro apunta sus trapicheos infantiles para robar dinero a la Cruz Roja, recoger chatarra, botellas y revenderlas, sus trucos para colarse en el cine y su huida de casa con 16 años para ganarse la vida como mano de obra en una granja de Long Island. Luego vinieron tres años de servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, a bordo del crucero USS Brooklyn, destinado en el norte de África. El momento ideal para dar rienda suelta a su existencialismo de sonrisa amarga:

“La sangre mezclada con sal marina parece azul. Ocho hombres, seguidos por doce y otros cuarenta después, flotaban lánguidamente cerca de la proa del USS Brooklyn. Apenas unos meses antes esos aviadores muertos estaban diciendo:

—¿Qué quiere, normal o súper?

—¿Me has recogido los pantalones de la tintorería, cariño?

—No me pillarán, mi tío es concejal.

—Mira, Vera, voy a poner todas mis cosas en esas cajas de cartón y voy a guardarlas bajo llave en el armario del gabinete. Por favor, que nadie las toque; no me digas que sí como a los tontos, no quiero que nadie, ¿me entiendes?, absolutamente nadie, toquetee mis cosas…

Sus cosas, mis cosas. Todo el mundo preocupado por sus cosas… Sus papeles… Sus posesiones. Los cadáveres seguían flotando, las cabezas chocaban contra estribor.”

En la Armada, al acabar la guerra, dio inicio la carrera de tribunales de Bruce. Tenía que demostrar que no estaba bien del coco para salir del ejército, por lo que decidió desfilar por la cubierta del crucero disfrazado de mujer. Lo echaron sin honores, pero la Cruz Roja defendió su caso y le devolvieron el honor. Me quedo con este fragmento de la descripción del testimonio que tuvo que dar Bruce ante un tribunal sanitario militar:

“—¿Te gusta practicar el coito con mujeres?

—Sí, señor.

—¿Te gusta vestirte con ropa de mujer?

—A veces.

—¿Cuándo?

—Cuando me queda bien.”

 

Lenny Bruce

 

Bruce fue un granuja sin igual. Se casó con la stripper Honey Harlowe y juntos perpetraron fechorías que debieron haber sido llevadas al cine por Billy Wilder. Bruce se hizo pasar por un cura para esquilmar a viejas millonarias de Florida, o amañaba concursos televisivos. Todo salía mal, en comisaría o perseguido por legiones de abogados. No fue Wilder sino Bob Fosse quien llevó su vida al cine, con el biopic ‘Lenny’, protagonizado por Dustin Hoffman en 1974. “Esta película es la historia real de un hombre que pasó a ser conocido como ‘la conciencia de América’”. Con estas palabras comienzan los créditos de ‘Lenny’. La película retrata su lado monologuista –que es lo que le hizo famoso, también por la censura que sufría– y su caos familiar con Honey Harlowe. Precisamente, lo más tedioso de sus memorias es cuando escribe improvisando alrededor de un tema; se pierde, va y viene, busca el ingenio porque por el camino por el se ha metido, no lo encuentra. En la vida real tuvo también momentos decadentes, en los que más que un sátiro era un profeta con los sesos achicharrados por el sol del desierto.

Cómo ser grosero e influir en los demás cuenta con un sinfín de historias de vodevil de los Hermanos Marx, pero también incluye relatos más tranquilos que retratan los defectos de los periodistas, del mundo rural, de Hollywood y también de sus raíces judías. La obra cuenta con transcripciones de sus declaraciones ante la policía y de los numerosos juicios por obscenidad que sufrió:

“Pregunta del fiscal: ¿Puede reproducirnos las palabras exactas o su recuerdo de cuáles fueron sus palabras [las de Bruce]?

Respuesta del testigo [el agente James Ryan, que arrestó a Bruce durante un show en 1962]: Sí. Durante el canto usó las palabras «me corro, me corro, me corro», y…

Pregunta: ¿Lo dijo solo dos o tres veces, el «me corro, me corro, me corro»?

Respuesta: Bueno, esta parte del espectáculo duró unos minutos.

Pregunta: ¿Dijo el acusado algo más?

Respuesta: Después dijo: «No te corras dentro. No te corras dentro».

Pregunta: ¿Esto lo dijo solo un par de veces?

Respuesta: No. Como ya he dicho, esto duró unos minutos.

Pregunta: Y, mientras lo decía, ¿usaba la misma voz con la que estaba cantando?

Respuesta: Bueno, en el momento en concreto en que decía «me corro, me corro», habló con un tono de voz relativamente normal. Y cuando lo del «no te corras dentro, no te corras dentro», usó un tono un poco más agudo.”

Leído con la perspectiva que da el tiempo, causa sonrojo pensar que aquello podía escandalizar a alguien. Aunque quizá no hemos progresado tanto si tenemos en cuenta que muchos se escandalizan hoy por un cartel en el que aparecen las vírgenes de Montserrat y la ‘Geperudeta’ besándose o, mucho peor, cuando alguien es capaz de entrar en un club y masacrar a tantos por su condición sexual.

 

Cómo ser grosero e influir en los demás. Memorias de un bocazas

Lenny Bruce

Malpaso, 2016. 302 páginas

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LIBROS: Mis años grizzly, de Doug Peacock

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El auténtico ‘Grizzly Man’

Doug Peacock llegó antes al mundo de los osos que Timothy Treadwell, y lo hizo para sobrevivir, no para morir

Por Cristian Segura

La historia de Doug Peacock es ideal para un guión de Hollywood. Un veterano de Vietnam cae en el pozo de la depresión tras volver de la guerra, pero encuentra la salvación en la naturaleza, conviviendo con uno de los animales más feroces, el oso grizzly. El título de Grizzly Man fue concedido por Werner Herzog a Timothy Treadwell, un urbanita de Nueva York que tras excesos con la heroína, el alcohol y el mundo new age decidió largarse a Alaska a vivir en una cabaña, rodeado de osos grizzly. Treadwell murió en 2003 devorado por uno de ellos. Herzog documentó su vida en la película Grizzly Man, y como tal se recuerda a Treadwell. Pero los honores son injustos, porque Treadwell era un botarate inconsciente. Peacock, en cambio, se crió de niño trotando por los bosques y los grandes lagos de Michigan, lleva desde la década de los 70 estudiando a los osos de toda América y es suficientemente listo como para no acabar siendo engullido por sus obsesiones.

Mis años grizzly son las memorias de Peacock que Errata Naturae ha publicado en castellano en una excelente traducción de Miguel Ros. El libro tiene cuatro líneas argumentales: las pesadillas de la guerra, las expediciones de Peacock por los desiertos del Sur de Estados Unidos, su lucha antisistema contra las autoridades y su vida con los osos. Esta última temática abarca la gran mayoría de las 388 páginas del libro. Si el lector no es un fan de Peacock —en Estados Unidos es un icono de la lucha animalista—, o si no es un biólogo especializado en los parques nacionales de EE.UU., los encuentros y detalles de cada oso que estudia su autor acabarán resultándole un coñazo. No es que el relato sea aburrido, la cuestión es que puede resultar repetitivo para alguien que no siente los hechos como si fuera el propio Peacock.

Peacock se crió de niño trotando por los bosques y los grandes lagos de Michigan, y lleva desde la década de los 70 estudiando a los osos de toda América.

Por suerte, Mis años Grizzly va más allá de enumerar patrones de identificación de tal osezno o las variaciones en el estado de ánimo de tal macho dominante. Va más allá porque Peacok es un personaje entre un millón. Sus exploraciones han sido casi siempre en solitario, conviviendo consigo mismo durante meses con una equipación que haría sonrojar a los ultratecnologizados y esponsorizados aventureros de hoy en día:

«Uso unas botas de goma Marine K, excedentes de la Guerra de Corea. Las raquetas de nieve son heredadas. Mi saco de dormir está hecho a mano y calienta sólo hasta temperaturas por encima de cero. Lo complemento con una manta impermeable militar. También llevo uno de esos finísimos cobertores estilo era espacial, y cuando hace frío de verdad me acuesto con toda la ropa de lana puesta: calcetines, gorro, todo. Llegados a los doce o quince grados bajo cero, suelo pasar un frío de mil demonios. La tienda es barata, de estilo alpino, con varas y vientos. Como no se pueden clavar piquetas en la nieve, ato los vientos de la tienda a ramas gruesas y planas de dos pies de largo, que entierro en perpendicular a los vientos, y bajo un pie de nieve que luego pisoteo con fuerza para mantener bien tirantes los vientos. No me preocupo de llevar hornillo. No cocino cuando estoy en la naturaleza, y tampoco hay necesidad de derretir la nieve en las zonas termales. Ato la tienda, el saco de dormir y la almohadilla en la mochila. El trípode de madera de veintidós libras con cabezal móvil va amarrado a la estructura de la mochila. Cuando no las uso, ato las raquetas en la parte superior. Todo el paquete pesa unas cien libras (45 kilos)

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En Youtube se puede ver un documental fascinante —por surrealista— sobre los grizzly, de los años 80, protagonizado por Peacock y Arnold Schwarzenegger. Peacock aparece con la equipación antes descrita; parece el jefe de una tribu de cazadores del Paleolítico; Schwarzenegger, a su lado, es el ideal de la civilización. Peacock es el mejor actor de los dos porque su personaje es genuino. Su adaptación al entorno entorno natural es la de un animal más, sobre todo en su hogar, el Parque Nacional de Yellowstone. Sus memorias están repletas de pasajes de gran belleza:

«Dos horas después del amanecer empecé a inspeccionar el valle: tres manadas de búfalos hembras con un total de ocho crías de tres semanas —como terneros de juguete de color naranja con patas larguiruchas y que no se separaban del costado oscuro de sus madres— pastaban junto al arroyo; cerca de la lejana línea de árboles media docena de uapitíes hembra observaban el bosque. Los uapitíes deberían empezar a parir en cuestión de días. Nuevas hierbas y ciperáceas brotaban junto al arroyo. La ‘claytonia lanceolata’, un lirio de tallo tuberculoso, completamente comestible, despuntaba del terreno húmedo cubierto por lomas de nieve en retirada. Los días de frío y muerte habían tocado a su fin, dejando paso a la época de los nacimientos. Los búfalos parían aquí durante las dos primeras semanas de mayo. Los uapitíes daban luz a sus crías casi un mes más tarde, al igual que el alce.

Desvié mis prismáticos desde los uapitíes hasta una estrecha pradera cercana, hacia donde los animales parecían estar mirando. Una bandada de cuervos bullía en el borde de la pradera. ¿Cuervos? Los cuervos eran mensajeros, y su idioma el lenguaje universal de los bosques.

Entre la artemisa, un enorme grizzly marrón y su osezno de un año, algo más oscuro, excavaban y olfateaban el terreno baldío. La hembra retrocedió y embistió la nube de cuervos, agitando el aire con sus zarpas. Los pájaros eran una provocación, y su presencia allí estaba justificada por las larvas desenterradas por los osos en busca de pequeños roedores, o de sus reservas de semillas, o quizá de las madrigueras de topillos diminutos, los ‘microtus’. Un coyote acechaba en las sombras, a la espera de cualquier roedor fugitivo que pasase desapercibido para los grizzlies.»

La emboscada del oso

DougPeacockEl conocimiento de Peacock sobre los hábitos de los osos es extensísimo, difícilmente igualado por otro experto en el mundo. Sus actos pueden ser temerarios, pero porque se lo puede permitir, aunque el relato siempre va envuelto por un halo de miedo:

«La cosa estaba clara: la noche anterior, el Grizzly del arroyo Amargo había seguido mis huellas; luego giró en círculo y se tumbó a esperar detrás de unos troncos, a diez pies del lugar por donde yo pasaría. De haberme adentrado más en el bosque esa noche, el grizzly habría estado justo ahí. El lecho helado me decía que permaneció tumbado, a la espera, largo rato.

Era la segunda vez que me pasaba algo así: un grizzly me tendía lo que, a todas luces, era una emboscada deliberada. No sé lo que significa. A lo mejor sólo es curiosidad. No obstante, por unos momentos imaginé una inteligencia malévola acechándome tras esos troncos».

Autosabotaje

Peacock reniega de cualquier forma de sedentarismo. Dimite de su puesto como guarda forestal del gobierno de los Estados Unidos, un empleo funcionarial que le permite pasar largas temporadas vigilando en solitario refugios en parques nacionales, con todo el tiempo para perderse por bosques y cerros. Lo que para muchos sería el paraíso —un servidor sería el primero en la lista—, el hecho de volver cada noche al mismo lecho, aunque sea en una cabaña perdida en las Rocosas, es superior a él. Peacock llega a sabotear su papel en la sociedad:

«Así fue como empezó mi carrera en el servicio de Parques Nacionales, siguiendo una trayectoria descendente: cada año o así procuraba degradarme un grado GS, solicitando y aceptando trabajos peor pagados y con menos responsabilidades. Al final toqué fondo como trabajador GS-0, vigilante antiincendios en el Parque Nacional de los Glaciares.

Los anarquistas son unos pésimos agentes de orden público, y yo no era una excepción. Lo más cerca que estuve del placer policial de trincar a alguien fue ponerle una multa a una autocaravana Winnebago mal aparcada. Al final del verano de 1975 destrocé una camioneta del gobierno en circunstancias sospechosas, me lié a mamporros con un ayudante del sheriff del condado de Watcom y me marché para siempre.»

Para entender a Peacock hay que leer sus experiencias de guerra. Traumatizado de por vida, el autor del libro detesta todo lo que sea gubernamental porque fue su gobierno quien lo mandó al infierno. Mis años Grizzly recoge episodios de Vietnam que hielan la sangre. Peacock deja claro ya en el primer capítulo el porqué de su conducta:

«El niño seguía en el arrozal, a unos treinta metros, observándonos a mí y a los veinte soldados irregulares mientras pasábamos de largo. Pero luego, cuando el niño vio a los americanos echó a correr. Nunca sabré por qué decidió correr, pero cuando los hizo los americanos abrieron fuego contra él, al principio uno o dos, luego toda la sección, despedazando su cuerpecito con las balas de los M-16. Mis hombres observaban la escena en silencio y con una mirada torva.

[…] Fui incapaz de reintegrarme en la sociedad. Otras personas de mi generación siguieron avanzando y fueron capaces de expandir sus conciencias más allá de aquella experiencia brutal; yo me retiré a los bosques y obligué a mi cabeza a adormecerse con vino barato.»

Vino y ataúdes

Hay aspectos de la narrativa de Peacok que recuerdan al italiano Mauro Corona, sobre todo por cómo consigue combinar la belleza y el horror pese a su lenguaje y personalidad tosca. Peacock evoca un episodio de calma en Vietnam. Su voluntad de absorber conocimiento y aprender de nuevas culturas, pero sin dejar de subrayar la presencia de la muerte, es anterior a los grizzly; es su manera de ser:

«La ceremonia del vino de arroz entre los hrê comprende siete etapas, y empieza con el anfitrión limpiando las largas pajitas, juncos huecos llamados ‘triengs’, escupiendo su contenido para demostrar que no están llenas de veneno. Los hrê se tomaban muy en serio el asunto: acababas bebiendo una enorme copa tras otra, vertidas desde una urna funeraria de barro de un metro de altura, por turnos, hasta que sólo quedaban las hojas de plátano que cubrían el arroz fermentado. Lo considerado como buenos modales variaba según las diferentes tribus de montañeses: al sur de allí, por ejemplo, entre los montañeses jarai, lo educado era embriagarse ligeramente. Sin embargo, con los hrê, el mayor cumplido que podías hacerle a tu anfitrión era emborracharte como una cuba.

Yo era el invitado perfecto. Long me ayudó a montarme en el jeep y condujo por el puente de vuelta a Bato. Al límite de la aldea Tan An le dije a Long que parase a un lado para mear. Nos dirigimos tras unas chozas, entre los árboles. Allí, varios hombres ancianos estaban construyendo cajas de madera: apilados contra la pared de las chozas había treinta ataúdes recién construidos. De todos los tamaños.»

Peacock tiene por costumbre abandonar las montañas en invierno, durante los meses de letargo de los osos. Su refugio favorito son los desiertos de Arizona. Para el lector de ‘Mis años Grizzly’, sus aventuras al sur de este Estado y de Nuevo México también son un descanso después de tantos capítulos entre osos y travesías en el bosque. Peacock cuenta, como si fuera lo más normal, que sus expediciones en el desierto abarcan lugares tan remotos que es habitual encontrar antiguas aldeas indias, o reliquias de siglos ha. Sus descripciones de la naturaleza árida son tan brillantes como la de los parques nacionales de los Glaciares o Yellowstone.

«El plumas aún desprendía un ligero aroma a humo de pícea y pino, de una hoguera que encendí durante una tormenta de nieve, cerca de la guarida de un oso grizzly en Yellowstone, seis años antes. Me recosté y me quedé escuchando el viento que soplaba desde México. Oía el tintineo de fondo de mis propios oídos; fuera, el silencio era absoluto, hasta que al fin se vio roto por el aullido de un coyote lejano.

Cinco horas después la luna ya casi estaba sobre mi cabeza, y yo iba en busca de un lugar donde acampar durante la noche. Me dolía el cuerpo en una docena de partes distintas, pero estaba tan empapado en sudor y agotado que ya ni me importaba. Me arrastraba bajo el peso de la mochila por un sendero que usaban los hohokam hace cientos de años en sus viajes de regreso desde el mar de Cortés, cargados de conchas. Bajo la luz de la luna podía ver los fragmentos blancos en el suelo. También había trozos oscuros de cerámica del tamaño de mi mano: al agacharme, vi los casquetes de una vasija.»

Peacock ha conseguido algo que sus queridos osos no han podido alcanzar: convertirse en el animal más completo, superviviente en cualquier entorno natural, incluso en el infierno.

Mis años grizzly
Doug Peacock
Errata Naturae, 2015. 392 páginas.

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LIBROS: Tumulto, de Hans Magnus Enzensberger

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El camembert de Fidel Castro

Tumulto, de Enzensberger, es un antídoto para desconfiar de fórmulas políticas milagrosas

Por Cristian Segura

Tumulto, de Hans Magnus Enzensberger, es un libro imprescindible para cínicos, para aquellos que observan el presente con un «ya decía yo» siempre a punto. Si el lector no es un cínico, Tumulto es un libro para disfrutar de una buena narrativa y de las suculentas anécdotas de un viejo (Enzensberger nació en 1929) que, además de ser un intelectual de referencia, ha sido un granuja de padre y señor mío.

Tumulto ayuda a cuestionar la fe en los salvapatrias y en revoluciones. Enzensberger fue testigo no activo de la rebelión generacional que simbolizó el mayo del 68 y todo lo que sucedió antes y después. Fue testigo no activo porque jaleó a la juventud europea para que se levantará ante el sistema burgués de postguerra, pero sin implicarse en la batalla. Tumulto es un diálogo entre un joven y un viejo Enzensberger que intentan ponerse de acuerdo en las experiencias que relata el libro. Su vida conyugal en Noruega, misiones académicas en la Unión Soviética, en la Alemania Oriental, sus aventuras en Estados Unidos y su año a cuerpo de rey en Cuba mientras sus acólitos de Berlín le esperan entre barricadas. Enzensberger siempre viajó financiado por el gobierno o la universidad de turno, siempre acompañado por un amor desdichado.

Aviso a Podemos, CUP y Syriza

Tumulto servirá para alimentar las tesis de aquellos que cuestionan el legado de la generación del 68. Y es injusto, porque Enzensberger ha explicado en más de una ocasión que el tumulto de los 60 sirvió, por lo menos en Alemania, para acabar con el ascendente del nazismo y dar paso al acercamiento entre Occidente y el bloque soviético que materializó el canciller Willy Brandt. Pero Tumulto, el libro, es un aviso para la nueva izquierda europea, de Podemos a la CUP pasando por Syriza: «La oposición extraparlamentaria y sus retoños ayudaron al triunfo de la socialdemocracia a la que quisieron combatir. Con su agitación los marxistas leninistas hicieron ver a los sindicatos los errores más peligrosos que estaban cometiendo en el proceso productivo. Las Células Rojas propulsaron las largo tiempo pendientes reformas estructurales en las universidades. Las guarderías alternativas ensayaron nuevas formas de las que los pedagogos no querían saber nada. De ese modo, la oposición al sistema devino en mera correa transmisora de la modernización. Impulsó el proceso de aprendizaje de la sociedad capitalista de manera más decisiva que los mismos defensores de esta. La izquierda militante reaccionó con una mayor radicalización. Así, a largo plazo ayudó al régimen, al que creía combatir, a adaptarse cada vez mejor a las condiciones de la globalización. La ceguera ante las más elementales reglas básicas de la mecánica política es, al igual que la fe milagrera en las doctrinas ideológicas, indicio del carácter cuasi religioso de un movimiento que tiene algún paralelo en el primer socialismo del siglo XIX.»

Enzensberger nos advierte que el sistema se alimenta de estos conatos de rebelión, que el cambio nunca sucede de verdad.

Incluso se permite la ironía de parafrasear a Karl Marx:

«La tradición de todas las generaciones muertas lastra como una pesadilla los cerebros de los vivos. Y cuando parecen entregados a la tarea de convulsionar las cosas, de crear lo que todavía no existe, en esas mismas épocas de crisis revolucionarias evocan con miedo a los espíritus del pasado a fin de ponerlos a su servicio, adoptando de ellos nombres, disfraz y consigna, para representar una nueva escena con ese lenguaje prestado.»

Es lo que el diplomático Carles Casajuana explica en su libro Las Leyes del Castillo: da igual qué fuerza política llegue al poder, se acabará acostumbrando a su inercia.

Las vacas cubanas

En Tumulto hay ejemplos extraordihans-magnus-enzensbergernarios de esta moraleja, casos que harán las delicias de los cínicos y de los historiadores. Fidel Castro, por ejemplo, voluntarioso en agasajar a sus camaradas extranjeros, se obsesiona en demostrar a Enzensberger que las vacas cubanas producen una leche excelente: «Recibí una invitación sorprendente. El máximo líder en persona me invitaba a su particular finca modelo. Allí, algunos de los citados dispensadores de leche poblaban un establo climatizado y asépticamente limpio. Los había hecho aerotransportar desde Europa, al tiempo que compraba las mejores ordeñadoras y centrifugadoras y contrataba a un competente equipo de expertos suizos: técnicos lácteos, genéticos y veterinarios. Un proyecto de altos vuelos. Al cabo de unos días dos uniformados llamaron a la puerta de nuestra habitación para entregarme un paquete que suministraba la prueba de calidad de las vacas: un camembert en forma de tarta.»

Sartre y Jruschov

Enzensberger también se muestra severo con Sartre. Ambos formaron parte de una delegación de escritores que se reunieron un fin de semana de 1963 con Nikita Jruschov en su dacha. El filósofo francés presidía la comitiva. Enzenzberger critica su dualismo: «Sartre, con sus treinta palabras, no asume ningún riesgo, se mantiene a la expectativa, por no decir manso como un cordero, una actitud que contrasta por completo con la que adopta en Francia, donde de buen grado ofrece ante el poder pruebas de valentía exentas de riesgo. El único en mostrar un ápice de bravura es el polaco Jerzy Putrament. Reclama mayor espacio de maniobra para los autores soviéticos». Enzensberger describe otros momentos incómodos para Sartre durante el encuentro con el líder de la URSS, como cuando Jruschov defiende la intervención militar soviética en Praga en 1957. El ridículo llega al límite cuando Jruschov asegura que en la URSS se producen muy pocos suicidios, a diferencia de los países occidentales: «»En nuestro país esto ocurre muy rara vez. Investigamos cada caso a fondo, buscamos los motivos y tratamos de mejorar las condiciones.» Sartre escucha el análisis con gesto pétreo». En la URSS se suicidaba tanta o más gente que en los países capitalistas, como demostró la revista de investigación «Ogonyok» en un reportaje legendario de 1989.

Enzensberger ofrece una imagen de alguien que conoce a todos los agentes del cambio, pero que desaparece cuando llega el momento del jaleo. En Tumulto aparecen multitud de personajes fascinantes que el sistema —y la historia— acaba devorando. Desde Rudi Dutschke a los miembros de la RAF, o el opositor al Sha de Persia Bahman Nirumand, con quien entabló amistad durante una estancia en el Instituto Goethe de Teherán: «Bahman montó un golpe en Múnich. Acompañado por 65 de sus seguidores, que llevaban capuchas negras, ocupó el consulado general de Irán. Iniciaron una huelga de hambre y requisaron los expedientes de los servicios secretos». Ocho grupos de izquierdas se solidarizaron con esta rebelión contra el Sha. Cuando la revolución islámica acabó con la monarquía persa, Nirumand tuvo que exiliarse: «Toda acción política engendra consecuencias imprevisibles. A veces provoca lo contrario de lo que pretendía», escribe Enzensberger.

Tumulto es un bordado de consejos desde la experiencia que nos ayudan a desconfiar de ídolos y de curas milagrosas. «Los únicos que invocan la moral en los dramas de Shakespeare son los criminales», escribió Boris Pasternak. Enzensberger nos lo recuerda.

Tumulto
Hans Magnus Enzensberger
Malpaso, 2015. 249 páginas.