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Mentiras de mentira

Por Alberto Haj-Saleh

Tantas-Mentiras

 

¿Alguien lee la solapa biográfica de los libros? Habrá quien lo haga, que quiera saber algo más del autor o autora antes de empezar la lectura, pero en general diría que no, que uno acude a ese breve resumen vital una vez que ha terminado de leer. A lo mejor para saber qué otras cosas ha escrito, si hay publicado algo más en español, si sigue vivo. Sin embargo yo la solapa de Tantas mentiras (Jekyll & Jill, 2015) la he consultado varias veces, buscando asegurarme de que lo que cuenta Paco Inclán en estas doce actas de viaje tiene un correspondiente en la realidad. En la realidad tangible, digo.

 Después de todo el libro se llama Tantas mentiras, que es un modo de sembrar la duda desde el principio. Además, por un lapsus de lectura (¿tiene algún nombre en latín ese tipo de lapsus?) desde el principio entendí que el libro se llamaba Todo mentiras y, aunque me di cuenta del error enseguida, mi cerebro se empeñó en recordar mal una y otra vez. Así que afronté la primera acta de viaje, el encierro del autor con otro grupo de personas en la Dirección General de Extranjería de Ecuador, como si fuera un relato de ficción. Y tuve que recordarme que, en realidad, no sabía si era ficción o no. Y además parecía real.

 Ah, pero la duda…

 El maldito Paco Inclán se sienta con el lector y te dice: ¿no te conté aquella vez que hice un proyecto psicogeográfico en una parroquia gallega de Vigo? Y a continuación se marca un relato de espionaje rural que podría haber firmado Graham Greene, con el paisaje de coprotagonista, y tú lo miras creyéndolo a pies juntillas, entre la desconfianza y la fascinación. Y a continuación te cuenta la larga espera de los periodistas (él entre ellos) en el Festival de Cine del Sahara, aguardando la aparición de Javier Bardem, padrino del festival y, paradójicamente, lo único que parece importar de ese encuentro en el desierto. Y luego vuelves a fruncir el ceño cuando te relata su odisea en Bogotá, atrapado en su propio chubasquero, incapaz de sacárselo por la cabeza y a punto de organizar un conflicto militar por culpa de algo tan ridículo. Pero, claro, cada una de las historias que te cuenta Inclán, la de Bogotá, la del Sahara, la de Vigo, la de Guatemala en busca de una historia que no aparece, la de Lago Agrio, en la Amazonia ecuatoriana… todas ellas tienen un mapa que te sitúa en el mundo tridimensional (voy a dejar de llamarlo «mundo real». No me gusta) y además se coloca a sí mismo en el ojo del huracán. Se autopresenta como pusilánime, apocado, torpe, equivocado y entonces, ¿cómo no creerlo, si es lo contrario del héroe? Y, sobre todo, ¿cómo no quererlo?

Todo mentiras… cuando el autor empieza a contar la historia de Argote, el hombre que estaba creando una enciclopedia imposible de la pelota vasca, cuando nos dice que lo conoce en Barcelona, donde ha viajado con una beca para terminar una investigación sobre pelotaris en Catalunya… ahí es donde sí que el lector dice, yo digo, «no, Paco, por ahí no, esto te lo estás inventando», ahí es donde vuelvo a la solapa (¿recordáis la solapa?) y busco su biografía. Y ahí está. Dice literalmente: «Ha investigado la época dorada (1924-1952) de la pelota vasca en Catalunya (Institut d’Estudis Catalans-Eusko Ikaskuntza, 2003)» y entonces vuelvo perplejo al relato de Argote tragándome mis dudas.

Y luego pienso que tal vez los editores han jugado con el autor y con el lector y han incluido literatura también en la solapa. Porque no todo serán mentiras, pero sí son dudas.

El último intento y lo dejo. Inclán baja a lo personal y cuenta la historia de sus hemorroides y de una doctora, madre de una amiga, con la que mantiene una amistad de años basada en preguntar que qué tal van esas malditas inflamaciones. Leo que eso sucede en Godella, su pueblo, el pueblo de mi amiga Elisabeth, y tal que lo leo la llamo por teléfono. «¿Conoces a un tal Paco Inclán?» «¡Sí! Es mi vecino, un tío encantador. Viaja mucho. ¡Estuvo en Guatemala!». Le doy las gracias, cuelgo y me rindo.

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Paco (lo llamo por el nombre de pila, como si lo conociera) utiliza todos los registros posibles en Tantas mentiras, y todos los usa como si fuese el único modo posible de hacerlo. Habla del Subcomandante Marcos como una estrella del rock en decadencia, habla de la historia de dos amigos de clases sociales diferentes en Bogotá, historia de la que solo es testigo como oyente casual en un bar, crea un thriller asfixiante con jubilados guerrilleros en México, y con él mismo infiltrado en su grupo a base de mentiras (más mentiras, otras nuevas). Ciento sesenta y pico páginas de ironía, mapas, viajes, de una visión asombrada y confusa del mundo que le rodea, de conocimiento del otro, a veces a su propio pesar.

 Hay un intento de novela al final, editada deliciosamente por Jekyll & Jill, un cuadernito con la primera novela de Paco Inclán. El autor nos cuenta su proceso de destilación, de corte, de edición, hasta llegar a ese resultado final minimalista. No sé si me está contando la verdad y no me importa. Estoy dispuesto a leerme todas y cada una de las mentiras de Paco Inclán, por muy verdad que sean.

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DESDE LA MESA, UN PASO DE MARTA FERNÁNDEZ

Propuesta cabecera Jaime 1La periodista y presentadora de televisión Marta Fernández nos cuenta un viaje por los eventos informativos más importantes desde la perspectiva de un plató. Un nuevo artículo en nuestra sección Pasos (para suscriptores).


En aquellos días de la infancia, Londres siempre quedaba eclipsado por una señora con un bolso. Decían que la dama era de hierro. Y parecía posible. Aquella mujer tenía la carne gris y la mirada de plomo. Y por mucho que lleváramos años pintando con la mente el blanco y negro de las pantallas de televisión, ella era inmune al color. Aunque más allá de su contorno macilento, más allá del uniforme negro de los policías que siempre corrían detrás de los manifestantes, se adivinaban los rojos de la ciudad. Las cabinas. Los autobuses de dos plantas que parecían seres quiméricos de un universo superior. «Allí van por el otro carril», decía tu padre. Y confirmabas con asombro que el mundo reservaba muchas sorpresas fuera del hormigón de tu suburbio particular.

En aquellos días de los incipientes colores televisivos, los informativos —que entonces se llamaban telediarios— te brindaban la ilusión de viajar. De acercarte al otro lado del planeta a lomos de un reportero que se aferraba al micrófono como el aventurero a la brújula. Allí estaba la Casa Blanca que nunca era lo suficientemente blanca en la nebulosa del betacam. Y la gomina de Ronald Reagan frente al Capitolio, con las mejillas sonrosadas y la gravedad impostada de falso barítono en su voz. Allí estaba la mancha sobre la frente de Gorbachov. Y la Plaza Roja que más tarde sería noticia porque el rojo de MacDonalds le había quitado el brillo al rojo de la Revolución. Allí estaba esa otra plaza que veíamos una y otra vez en el corazón de la cristiandad: la explanada de San Pedro conmocionada por el disparo de Alí Agca. Aunque las cámaras nos escamotearon la escena del atentado: apenas alcanzamos a ver gentes arremolinadas tras el coche de un Papa que parecía agonizar.

En el mundo siempre pasaba algo. Bueno o malo. Pero algo. Y querías estar ahí. Llorando en Central Park frente a los que amaban a Lennon. Celebrando en Los Ángeles que un hombre llamado Carl Lewis parecía tener el don de volar. Temblando de miedo ante la nube de muerte de Chernóbil. Esperando el destino incierto del último vuelo que acababan de secuestrar. Algún día tú también viajarías en avión. Algún día pasarías al otro lado de la pantalla para ver cómo la historia se elevaba a tu alrededor. O como caía. Como cayó el muro de Berlín.

En aquellos días descubrimos que no sólo queríamos ver el mundo. Lo queríamos comprender. Queríamos preguntar. No nos bastaba la belleza de una postal. Necesitábamos sentir que el globo se movía bajo nuestros pies. Temblar. Y buscando el movimiento, acabamos atrapados en una mole de hormigón: eso que se llamaba Facultad de Ciencias de la Información. Un barco varado que nunca zarpaba. Entonces no sabíamos que aquella era la primera lección. Que nos hacíamos periodistas para ir, pero que muchas veces nos tocaría quedarnos. Convertirnos en eso que con cierta gracia amarga llamamos «quedado especial».

Y nos quedamos. En nuestras mesas. En nuestras redacciones. En nuestros platós. Y aprendimos que el mundo también se podía mirar desde las cámaras de otros. Como cuando éramos pequeños. Para que los nuevos pequeños que estaban al otro lado de la pantalla, tuvieran aquella ilusión lejana de viajar.

Frente a las pantallas multiplicadas hasta el infinito de los controles de televisión, empezamos a sospechar que la realidad era como el fútbol: que se veía mejor con su cadena de cámaras y sus planos ralentizados, que la mirada más enfocada para comprender el mundo era la del gran hermano de la información.

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El control de realización de CNN parecía el refugio de un mago de Oz voyeur. Desde aquel útero hermético, oscuro y recóndito, nos dejábamos iluminar por la realidad convertida en un mosaico de pantallas. Con su rompecabezas de señales en directo. Que no siempre cuadraba. Había que hacerlo coincidir. Darle un sentido. Desde Rusia hasta Chile. Desde Haití a Japón. La vida convertida en hercios incandescentes. Al alcance de un botón. Bastaba con pinchar una cámara o pinchar otra para cruzar de la bolsa de Nueva York a un reportero empotrado en el desierto. Era la película de la Historia desplegándose ante nuestros ojos. Ni en los mejores sueños de aquellos días de la Dama de Hierro podíamos haber imaginado algo así. Y sin embargo, ahí estaba: viajábamos de una conmoción a otra, de una revolución a la siguiente, de una guerra a una tregua, pasando de pantalla en pantalla. Sin salir de aquel agujero que llamábamos redacción. Ya que estábamos condenados a ser quedados especiales, al menos miraríamos el mundo desde nuestras falsas ventanitas tecnológicas. Y saldríamos ganando con el truco: porque lo veíamos todo a la vez.


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EL MUNDO RECIÉN HECHO, UN PASO DE ANDER IZAGIRRE

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Continúan las caminatas por la isla de Tenerife. Tercer artículo de esta serie en la que Ander Izagirre quiere hacernos creer un poco Alexander von Humboldt: Puerto de La Cruz, La Orotava, El Teide…Un nuevo artículo en nuestra sección Pasos.


Humboldt empezaba a mosquearse. Es el único momento de sus diarios en el que aparece molesto: «Los guías locales eran de una pachorra desesperante. Se sentaban a descansar cada diez minutos, arrojaban a escondidas las muestras de obsidiana y piedra pómez que íbamos recogiendo con cuidado, y pronto descubrimos que ninguno de ellos había subido nunca a la cima del volcán». A partir de cierta altitud, los guías intentaron convencer a Humboldt de que no subiera hasta la cumbre del Teide. Tenían sus razones: unos años antes se había producido una erupción y sabían que la montaña podía convertirse en una trampa hirviente.

En cualquier caso, la emoción se impuso pronto al enfado: era el primer volcán activo que pisaba Humboldt y todo le parecía insólito. Había salido el 21 de junio de 1799 desde Puerto de la Cruz, acompañado por dos franceses, un inglés y unos guías que los llevaban a lomos de mulas —no he conseguido saber cuántos guías: como eran locales, parece que nadie se molestó en contarlos—. Subieron por el camino de La Orotava y Aguamansa.

Yo subo por la Montaña Blanca, un bulto pálido en el regazo negro del Teide. Durante miles de años la lava brotó de las grietas laterales del volcán, se acumuló hasta formar una montaña de quinientos metros de altura, y hace dos mil años hubo una explosión: una lluvia de piroclastos —de rocas incendiadas— cubrió esa montaña con una capa de piedra pómez amarilla. Ahora las laderas son de color canela, mostaza, turrón.

Oigo voces en la ladera. Son cuatro cazadores, junto a dos todoterrenos, que están llamando a un perro. Al acercarme veo que las partes traseras de los todoterrenos están preparadas como jaulas. Han encerrado ya a media docena de podencos, les falta meter al último, que ya viene.

Me saluda uno de los cazadores: Jesús, cincuenta y tantos, regordete, pelo gris alborotado bajo la gorra de camuflaje. Viste botas, pantalones de cazador y una camisa clara, abierta en los botones inferiores, por la que asoma una barriga con un ombligo prominente y carnoso, como otra erupción piroclástica. Le señalo un conejo que han amarrado en el exterior de la jaula, colgando boca abajo, y le pregunto si han cazado muchos.

 —Están mal los conejos, están enfermos —dice—. Tienen la mixomatosis. Los perros se los encuentran ya muertos, están secos, con unos tumores así en la cabeza. Ya no cazamos con escopeta, la dejamos hace tres años, porque hay pocos conejos.

—¿Y cómo los cazan?

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Jesús lleva, colgado del hombro, un cilindro de madera. Es curvado, de unos sesenta centímetros de largo y veinte de diámetro. Abre la tapa y se asoma un hurón: morro blanco, cara parda, ojos de sorpresa como dos canicas negras, orejitas nerviosas. Jesús lo saca, lo agarra del lomo y me lo muestra. El hurón queda con las patas colgando en el aire, está tranquilo.

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Libros: La España vacía, de Sergio del Molino

Por Silvia Cruz Lapeña

«Escribo desde la ignorancia feliz del diletante», dice Sergio del Molino y parece excusarse. Viene de escribir La hora violeta, una carta de despedida a su hijo antes de que éste muriera a causa de la leucemia; No habrá más enemigo, donde se inauguró con la novela; y Lo que a nadie le importa, su primer coqueteo con el ensayo. Ahora vuelve con La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, un libro que a ratos es ensayo, a ratos informe y, en otros, una crónica cálida de una España inexistente.

Del Molino se documenta con la Historia y las hemerotecas pero también bebe de su propia experiencia como periodista y habitante de esa España fantasma. El resultado es una mezcla de impresiones, emociones y datos donde hay muchas referencias al cine, al arte y a la literatura que han retratado el campo español, sus gentes y sus espectros. Y el resultado es tan bueno que no hace falta que nadie pida disculpas.

«La España vacía es, sobre todo, un mapa imaginario, un territorio literario, un estado (no siempre alterado) de la conciencia.»

El libro se divide en tres partes y lo que propone el autor es un viaje por el tiempo y el espacio a un lugar dentro de otro. La España vacía es la de los pueblos de la Meseta que abarcan las comunidades de Castilla La Mancha, Castilla León, La Rioja, y Extremadura con un Madrid omnipotente en el centro.

En la primera parte, Del Molino habla del Gran Trauma: el éxodo del campo a la ciudad que se produjo entre las décadas de 1950 y 1960. La mayoría se fueron a Madrid, pero Barcelona y Vizcaya también recibieron a buena parte de una población que dejó aún más peladas las tierras del interior. Habla de un territorio que ocupa el 53% del suelo español, aunque algunos de esos lugares apenas alcanzan las tasas de población del Polo Norte. Y no rememora un pasado mejor porque no lo hubo: esos pueblos de postal siempre estuvieron mal atendidos. El dictador Francisco Franco prometió dignificarlos, pero su política de construir pantanos arrasando pueblos para abastecer a las ciudades en los años del desarrollismo contradijo sus promesas.

Los alcaldes de la democracia no han hecho mucho más por esas tierras, dice el autor. La diferencia es que ahora el dinero para intentar mejorarlos se le pide a Europa, no al Gobierno español.

«Cuando las aldeas vacías de la España vacía salen en los periódicos nacionales siempre es en la sección de sucesos.»

En la segunda parte, el esfuerzo se centra en romper los mitos que pesan sobre la España vacía. Como nunca se ha explicado a sí misma, dice el periodista, lo han hecho los de fuera con ojos extranjeros. Porque esa España nada tiene que ver con la urbana, apenas se conocen. En esa mirada lejana y fría se gesta el lugar común, las alabanzas sin sentido a la vida del campo, los sambenitos que pesan sobre sus habitantes. Y, por supuesto, el desprecio.

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Del Molino intenta reescribir el relato con la mirada del cronista que no está ni dando las noticias, ni pontificando. Sólo enfoca y emplea su bagaje para explicarle a una gente lo que le pasa a otra que tiene cerca pero no conoce. Eso es un periodista.

Su mirada, ni dura ni condescendiente, es amorosa. Conoce las particularidades del suelo que explica porque ha vivido en él. Y desbarata los tópicos sobre la no tan buena gente del campo, como diría Flannery O’Connor, a la vez que le quita morbo a los crímenes rurales, porque no dicen nada peor del ser humano que un navajazo de ciudad.

«La construcción romántica del paisaje es uno de los ejemplos más bellos y acabados de profecía autocumplida que tenemos en España.»

Hay otro maleficio sobre estas tierras: el romanticismo de algunos autores como Gustavo Adolfo Bécquer, de quien dice que construyó un paisaje plagado de señales que convirtieron la España vacía en un lugar tenebroso. Dice el autor que, a fuerza de leerse de ese modo, los habitantes se acabaron creyendo que así era su tierra y así eran ellos.

Un día decidieron usar ese retrato para atraer a los turistas. El periodista zarandea a los políticos pero también al viajero que contribuye a la visión morbosa del lugar que visita como si no quisiera ver la realidad y prefiriera el cuento. «Hay que tomar con precaución las estadísticas de los países que tienen muchos problemas», dice el autor a modo de advertencia.

La parte mala de llamar la atención es que no siempre se acerca quien uno espera. Y a estos lugares, explica el periodista, se han acercado muchas veces lobos disfrazados de empresario chino o británico que les prometen casinos y parques temáticos, proyectos que mueren antes de nacer. Espectro sobre espectro para esas tierras.

«El barrio periférico sustituye al pueblo como fuente de identidad.»

En la tercera parte, «El orgullo», Sergio del Molino habla de quienes quieren recuperar las formas y la cultura del lugar donde nacieron sus abuelos. Los llama «viejóvenes» y él se incluye en ese grupo. Es gente que escribe, pinta, canta. Artistas de más de treinta años que ya no se avergüenzan del origen de sus abuelos. Presumen y lo reclaman. Jenn Díaz o Lara Moreno son algunos nombres, gente que nunca vivió en las tierras de sus antepasados pero conocen los barrios a donde emigraron y a donde se llevaron parte de sus pueblos en forma de recuerdos, palabras y canciones.

Pero no todos los rescatadores tienen buenas intenciones. Del Molino explica como el más querido de los alcaldes de Madrid, Enrique Tierno Galván, se inventó una infancia en Soria para atraer al electorado de la capital, hijo de mil leches. También apunta a una parte de los neorrurales que se compran casa en la montaña bajo el tópico del beatus ille y al nuevo provincianismo, que sitúa en los jóvenes que conocen Ámsterdam, Nueva York o São Paulo sin saber poner en el mapa Zamora o Burgos.

El libro pone nombre a males y defectos de los españoles pero no es agrio, ni triste. Tampoco es nostálgico. Le da voz a una parte silenciada y desconocida de España que supone más de la mitad del territorio. Más que un ajuste de cuentas parece una compensación. Y al hacérsela a una parte, Del Molino alivia al todo, a una España «incluso valiente» que «ha aprendido a no matarse».


La España vacía
Sergio del Molino
Turner, 2016. 296 páginas.

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Villa Factoría. Averly, el tedio y sus flores del mal, un Paso de Berta Jiménez

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En las ruinas crecen las flores como el tedio. Hasta que una sociedad no decide qué hacer con su patrimonio, los recuerdos y los trabajos del pasado son la maleza de esas islas que la revolución industrial fue dejando en nuestras ciudades. En este nuevo Paso de Altaïr Magazine, Berta Jiménez nos describe el limbo particular de la Fundición Averly de Zaragoza, «historia de la industria en Aragón», esperando que se resuelva su incierto futuro.


El paseo María Agustín de Zaragoza es aburrido; una calle más, larga y llena de tráfico que no se sitúa ni en el centro ni en el extrarradio. Jalonada por edificios que parecen tragarse la calzada, es un paseo monótono y gris. «¡Es el tedio! ese delicado monstruo que tú, lector, conoces.» A pesar de todo, el paseo María Agustín es una calle importante. Cuenta con el Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos Pablo Serrano, un edificio que evoca a la película Transformers y ante el que los zaragozanos se polarizan: amor-odio. También se encuentra en esta larga calle la Puerta del Carmen, uno de los ocho accesos de la Zaragoza de antaño, la que sirvió como fortaleza a la resistencia aragonesa durante los Sitios de Zaragoza, por la que entró el ejército en la Primera Guerra Carlista, y contra la que, ya en los noventa, colisionó un autobús urbano. Además está el colegio Joaquín Costa, el centro de especialidades médicas Ramón y Cajal, la plaza de toros; y muy cerca, el nuevo edificio Caixa Forum, la estación de trenes antigua y la salida a la carretera de Logroño. Lo que pocos asociarán a esta calle larga y llena de tráfico es a la Fundición Averly, porque a pesar de ser una industria centenaria y la más antigua de Aragón, las instituciones públicas —tanto regionales como autonómicas— se han esforzado por borrarla del mapa patrimonial.

¡Qué débil y qué inútil ahora el viajero alado!

Él, antes tan hermoso, ¡qué grotesco en el suelo!

Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,

otro imita, renqueando, del inválido el vuelo. 

Los recuerdos que la dueña —ahora propietaria en precario del inmueble— Carmen Hauke guarda de su infancia en Averly tienen como escenario el jardín. Tras 70 años de vida en la fundición no olvida aquel tiempo ni aquel espacio que configuran el germen, el comienzo: se acuerda de los paseos en bicicleta entre las acacias, y de la búsqueda de los huevos de Pascua; y aún le duele cuando recuerda cómo se rompía la piel con las escorias, sorprendida mientras jugaba por el escozor de los restos del hierro martilleado que, camuflados entre la hierba, se clavaban en sus tobillos. Una imagen que no puede compartir cualquier patrón, porque el diseño de Averly es diferente al de otras industrias; la fábrica para los trabajadores y la vivienda de los dueños están unidas, forman parte del mismo complejo de edificios. Es decir, a la villa burguesa de Carmen, formada por su vivienda de ladrillos roji-blancos y su rincón verde de retiro, hay que sumarle otros 8.000 metros de talleres, entre la carpintería, la fundición, la sala de moldes y las oficinas. Por eso Averly ha sido denominado «villa-factoría», porque aúna los espacios de la bourgeoisie con los de los obreros. Ambas clases convivían; vivían pared con pared, aunque no codo con codo. Es el valor histórico-cultural de un entorno donde los jardines, los huertos y las alfombras de césped y flores silvestres, que tan bella hicieron la vida a los propietarios, se prolongaban hasta la grava sobre la que se fatigaban los obreros. Desde las ventanas de la vivienda a los señores les era posible presenciar la llegada de los trabajadores, que en comparsa atravesaban el portón. Esta unidad de espacios en la fundición guarda un formato similar al de una granja en la que siempre conviven el tipo de villa campestre o vivienda personal con el tipo de villa fabril, o lugar de trabajo. Algo nada habitual en una fundición, por lo que parece que se trata de un modelo importado de Francia que incorporó el fundador Antonio Averly. (Jiménez, F. J.,La industrialización en Aragón. La fundición Averly de Zaragoza, 1987)

Una riqueza exaltada por muchos que hoy exalta a otros.

En 1999 la asociación Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés (APUDEPA) solicitó, según el Plan de Ordenación Urbana, la protección de Averly como Bien de Interés Cultural. «La respuesta fue que como la industria estaba en uso, la mayor protección de ese bien era la actividad que en él se desarrollaba», recuerda el presidente de APUDEPA, Carlos Bitrián. Un planteamiento que APUDEPA no compartía. Ellos defienden que la Ley de Patrimonio debe proteger el valor de un edificio como Averly, que conforma la base de la historia de la industria en Aragón, independientemente de que continúe o no su actividad, ya que la relevancia de la industria es la misma. Aún así aceptaron la respuesta institucional porque «parecía tener cierta lógica».

Pero a comienzos del 2013 la historia del edificio dio un giro inesperado. Dos noticias, dos titulares: Averly cesaba su actividad y una inmobiliaria, Brial, tenía la intención de adquirir los suelos. De pronto, se quebraron los argumentos que hasta el momento habían asegurado la protección de la fundición. «Alarmados por la situación que parecía avecinarse solicitamos, de nuevo, la catalogación de la industria como bien de interés cultural», cuenta Carlos Bitrián. Una acción de denuncia a la que se sumó la filial española del Comité Internacional para la Conservación y Defensa del Patrimonio Industrial (TICCIH), que también reclamaba la conservación de la centenaria industria y su reconocimiento como patrimonio cultural. Y así comenzó la batalla —burocrática— entre la inmobiliaria y las asociaciones en defensa del patrimonio.


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Viajar para contarnos. Dando vueltas a España. Un Paso de María Angulo Egea

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«NO EXISTE EL PLACER DE VER COSAS NUEVAS SI NO SE TIENE LA ESPERANZA DE PODER HABLAR DE ELLAS CON OTROS.» ASÍ SE PRONUNCIA MARÍA ANGULO EGEA EN LAS PRIMERAS LÍNEAS DE ESTE NUEVO PASO DE ALTAÏR MAGAZINE, PRIMERA PARTE DE UNA SERIE. A TRAVÉS DE ÉL, LA PERIODISTA HACE UN RECORRIDO POR LOS Y LAS CRONISTAS Y ESCRITORES QUE HAN CONTADO, PERIODÍSTICA PERO TAMBIÉN SENTIMENTALMENTE, ESTE PAÍS QUE TANTO CAMBIA DE REGIÓN EN REGIÓN. AQUÍ DEJAMOS UN FRAGMENTO DE ESTE TEXTO DE LECTURA PAUSADA Y DELICIOSA.


[…]

El cambio de mentalidad entre el viajero ilustrado y el romántico dio un giro a la imagen que se tenía de España. Viajar se convirtió para los románticos europeos en una experiencia y lo que repudiaba el ilustrado resultó atractivo para el romántico. Un mundo, el del siglo XIX, que se ponía literalmente en movimiento, y un viaje que pasaba de tener características educativas y culturales, como ha señalado Luís Méndez Rodríguez (2010) en Patrimonio y turismo. Del Cicerone a la profesión de guía turístico (1830-1929), a ser asociado con la diversión y el ocio, con el mundo del turista. «La introducción de los ferrocarriles y de los barcos de vapor transformaron las oportunidades de viajar, de manera más rápida y cómoda. A partir de los años 40 hubo una explosión en el número de viajes hasta convertirse en un hábito social, que transformó el viaje de recreo en una actividad de ocio relativamente nueva».

La Península se pobló de viajeros que encontraban ruinas, castillos, vestigios del pasado, naturaleza ingobernable, tradiciones populares, diversidad y variedad de pueblos. Y lo cierto es que tras la guerra contra Napoleón, España representaba aún mejor esas ruinas y ciudades devastadas. Los extranjeros se sentían atraídos por el exotismo de Oriente y encontraron en España, en concreto en Andalucía, todos los elementos para desarrollar su idea de Oriente al sur de Europa. A lo largo del siglo XIX se sucedieron los viajeros, y la literatura de viajes por España se disparó: Hans Cristian Andersen, George Borrow, Lord Byron, el Vizconde de Chateaubriand, Charles Davillier, Eugene Delacroix, Charles Didier, Alexandre Dumas, Richard Ford, Théophile Gautier, Víctor Hugo, Guillermo de Humboldt, Washington Irving, Alexandre de Laborde, Antoine de Latour, Prosper Merimée, Antoine Fréderic Ozanam, J. Potocki, David Roberts, George Sand, Stendal, Baron de Taylord, Josep Townsend. Las imágenes románticas y lo denominado «pintoresco» pasó a ser atractivo y reclamo para muchos.

Esther Ortas Durand en Viajeros ante el paisaje aragonés (1759-1850) se ha ocupado de reconocer y trabajar muchos de estos «viajes pintorescos» que se originan en el siglo XIX. Denominados así por considerarse paisajes y figuras dignas de ser pintados, retratados. El marbete «pintoresco» era término repetido en numerosos títulos para aludir a las ilustraciones que poseía la obra. «El atractivo fundamental de estos volúmenes reside en su profusión de grabados o litografías, merced a los cuales el público dispone de una reproducción visual de los aspectos paisajísticos, arquitectónicos o curiosos más notables de cada lugar; los»viajes pintorescos»constituyen así un doble vehículo descriptivo, donde la fuerza de la palabra se combina con la rotundidad de una imagen que, en principio y aunque no siempre lo pretende o resulta, se presenta como fiel a la realidad original que representa.» (1999: 312)

En ocasiones estas pinturas nada tenían que ver con el original o eran realizadas como meros bocetos, como es el caso de los dibujos y acuarelas del hispanista inglés Richard Ford para su Manual para viajeros por España y lectores en casa. Pero los dibujos eran tan realistas como las descripciones y narraciones que sirvieron para la construcción y extensión de los tópicos de lo que se supone que es España y los españoles, y que puso en circulación el Romanticismo.

Este manual de Ford tuvo un éxito total en la época y se reimprimió varias veces. Esther Ortas nos habla también del itinerario que emprendió Thomas Roscoe en el otoño de 1835, que le  sirvió al autor para redactar la serie The Tourist in Spain (1835-1838), que cosechó un amplio éxito comercial, una vasta difusión entre el público interesado por nuestro país y un importante prestigio en el plano artístico. «Dicho reconocimiento se debió en gran parte a los espléndidos grabados de David Roberts que aderezaban la obra» (321). Apuntes, bosquejos y dibujos de los enclaves más llamativos de la Península y, en definitiva, en un repertorio de vistas y escenas de nuestro país cuyo éxito convirtió a Roberts en uno de los más destacados, y también plagiados, difusores de la imagen romántica de España.

Esto nos lleva a un asunto crucial ya señalado por Jesús Rubio en El viaje artístico-literario: una modalidad literaria romántica (1992): el viajero romántico, aunque siente una inquietud por conocer de primera mano la realidad para descubrir los restos y las huellas del pasado, en realidad busca conocer ese mundo exterior para conocerse a sí mismo. «Y cuando se dirige al mundo exterior lo hace interesado tanto en su superficie como en su historia, tanto a su estado presente como a la reconstrucción del pasado que lo explica. Busca su alma y su esencia» (24). La historia se construye y reconstruye siguiendo un ideal. Se falseará y tipificará la imagen de España en función de los nuevos patrones románticos y esto, al contrario de lo sucedido anteriormente, servirá para que los extranjeros comiencen a ver a España como reclamo turístico.

Ana Mª Freire en España y la literatura de viajes del siglo XIX habla de Teofilo Gautier como el viajero francés más denostado porque a él se le culpa de la «imagen deformada de nuestro país que, gracias a Voyage en Espagne (1845), tan lleno de color local y de tipismo, tuvieron muchos» (2012: 71). Esta manipulación de la «España real» no fue inocente ni puntual, sino una constante incluso con el desarrollo de la fotografía. Un ejemplo singularísimo lo aporta Jesusa Vega en Viajar a España en la primera mitad del siglo XIX: Una aventura lejos de la civilización (2004): se trata de «la sesión fotográfica que organizó Clifford entre el 10 y el 13 de octubre de 1862 en Granada con motivo del viaje oficial de la reina Isabel II. Contrató a una familia de gitanos y la hizo posar en el Patio de los Leones de la Alhambra. Evidentemente todo esto se hizo con el beneplácito de la reina, ya que el destino era el álbum fotográfico oficial de las jornadas reales. Testigo de los hechos fue Christian Andersen» (101). Los españoles aprendimos a mirar, a querer y valorar España también desde estos tópicos e imágenes pintorescas que nos alimentaban y que nos daban de comer. Aún siguen dándonos de comer en esta tierra dedicada al turismo. Compramos esa imagen de España y de los españoles, y la hemos exprimido y vendido tanto que hasta estamos convencidos de su existencia.

(…)


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