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Tintín no viaja. Un Paso de Rodrigo Fresán

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Cohete lunar de Tintín en Objetivo: La luna (CC Antonin)

La relación entre el relato de ficción y la cultura viajera se remonta a la antigüedad, donde los grandes viajeros mezclaban mito y realidad en sus crónicas, que perseguían, más allá de contar la realidad, atraer a lectores y oyentes para que siempre quisiesen saber «qué pasará después». ¿Puede la ficción llevarnos a un viaje que vaya más allá del mero desplazamiento físico? ¿No es acaso la literatura un método de viajar casi tan antiguo como el ser humano?

El cuento corto de ficción y la cultura viajera se unen en esta nueva serie de Pasos titulada Ficciones cortas, viajes largos. Relatos viajeros escritos por las mejores plumas de las letras en español que publicaremos mensualmente en Altaïr Magazine. Iniciamos a lo grande con el escritor argentino Rodrigo Fresán y una historia crepuscular protagonizada por el periodista más famoso del mundo: Tintín. Dejamos aquí el principio del relato para todos nuestros lectores.


Tintín no viaja. Tintín no se mueve. Tintín no sale de casa y hasta le cuesta, cada mañana, levantarse de la cama para emprender expedición hasta el baño y después llegar a ese otro continente que es la cocina a pedirle al mayordomo Néstor que le prepare el desayuno.

Superadas semejantes aventuras —Tintín y las frazadas asfixiantes, Tintín y el espejo de botiquín, Tintín y los croissants malditos— el joven periodista se derrumba en un sillón de la sala y, sí, Tintín y la odisea del día interminable. No pasa nada. No hace nada. No mira ningún mapa ni recibe ninguna visita inesperada con un encargo peligroso. Ningún bailecito de los suyos ni ningún «tra-la-lá» producto del alcohol ocasional o de respirar el tóxico aliento a whisky Loch Lomond del Capitán Haddock, porque Tintín no tiene fuerzas para descorchar botella o llamar a su compañero de camarote. Después, las sombras entrando lentas pero firmes por la ventana de su recámara en el ahora silencioso castillo de Moulinsart —Haddock, aburrido, se ha marchado quién sabe a dónde— y arrastrar los pies en pantuflas y el cuerpo en pijama y saltar sobre el colchón y, si hay suerte, volver a soñar en cómo todo era antes. Volver a soñar —a pesar de lo que dicen— en colores y sin olvidar un solo detalle de todo eso.

Un profesional del psicoanálisis (alguien recomendado por el Profesor Tornasol luego de que le resultase imposible aliviarlo con su jodido péndulo) diagnosticaría que la maladie que ahora aqueja a Tintín venía incubándose desde hace años; probablemente desde su complicada relación competitiva con su padre, a quien se le atribuyeron rasgos antisemitas y poca generosidad para con quienes contribuyeron a dibujar sus idas y vueltas y… Pero Tintín —siempre práctico y obsesivo en los detalles— tiene perfectamente claro cuando empezó a ser cubierto por esta depresión deprimida que lo deprime. Tintín conoce el día exacto y la hora justa del principio del huracán de su cafard.

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Fue el 20 de julio de 1969 a las 20:18, hora central.

Tintín se sentó frente a su televisor con una copa de vino, se frotó las manos y, uno entre seiscientos millones de televidentes, se dispuso a contemplar en vivo y en directo la llegada del hombre a la Luna.

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