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LA SELVA HUMILLADA, UN PASO DE GABI MARTÍNEZ

Gabi Martínez nos habla en este nuevo Paso de la obra La selva humillada, de Bartolomé Soler, un libro de viajes que Martínez considera «imprescindible». Aquí el adelanto en abierto para los lectores del blog.


«Una de mis devociones ha sido andar», escribió Bartolomé Soler (Sabadell, 1894 – Palau de Plegamans, Barcelona, 1975). Es lo que hizo en la selva guineana durante tres meses. «Ver, ver y andar, y apresar en la retina y en la palma de mi mano toda esta naturaleza que me restalla en los oídos y en los ojos y humilla la altivez de mis antiguos paisajes». Luego, firmó La selva humillada, un imprescindible libro de viajes en lengua española que sin embargo se conoce fatal por dos motivos: Soler practicó la libertad de un modo molestamente radical; y el libro es, como se ha dicho, de viajes.

También es verdad que, en las últimas páginas, Soler es muy incorrecto. En ese tramo, rompe la especie de ensoñación buenrollista del occidental-que-se-ha-ido-embriagando-de-naturaleza-salvaje-y-negritud, del español que casi ha «entendido» una primitiva forma de vivir feliz. Y la rompe como si se sacudiera un sueño improcedente, soltando una reivindicación de superioridad racial blanca extemporánea; como si de repente pretendiera borrar todos esos días de placer sensual y aprendizaje con un arrebato que hace pensar en sacerdotes que despiertan jadeando a medianoche con los calzoncillos pringosos y la imagen aún fresca de la «pesadilla» de carne joven que les llevó hasta ahí. Puede que ese racista Arrebato Final también haya penalizado a la divulgación de la obra pero si se tienen en cuenta las afirmaciones, sugerencias y reflexiones que acumula el total de la lectura, si consideramos la capacidad de Soler para contradecirse y rebatir sus propias creencias, más bien habría que utilizar La selva humillada como validísimo paradigma de cómo el viaje puede matizar una mirada.

El cosmopolita frente a lo insólito

En cualquier caso, hay que ponerse en situación. 1951. Hace solo tres años que Johnny Weissmüller cedió su mítico alarido a Lex Barker después de tres lustros saltando de liana en liana demostrando que un solo blanco es más capaz de reinar en la selva que todos los negros y los leones juntos. La selva se proyecta como territorio a colonizar. John Hunter continúa degustando las mieles de figurar como el Gran Cazador Blanco. El mundo atraviesa una tensa posguerra que ha desencadenado un nuevo enfrentamiento armado en Corea. En resumen: el Otro, sea humano o animal, se observa desde Occidente como un ser inferior o como un enemigo a batir. Y Bartolomé Soler es español. Es decir, pertenece a un país que, desde que perdió las últimas colonias en 1898, prácticamente ha renunciado a sondear las realidades ajenas, aún más en este período en manos de una dictadura que se desgañita por recomponer lo que ha quedado tras la guerra civil mientras afronta un bloqueo económico internacional.

Se apela sobre todo a sensaciones, a la atmósfera, a los estímulos que el entorno desencadena en el yo más profundo del narrador viajero

De todos modos, Soler es un español peculiar. De chaval se escapó de casa varias veces hasta que desembarcó en Argentina. Allí sobrevivió durmiendo en bancos, vendiendo fiambres, también llegó a dirigir una plantación. Fan del teatro, se hizo actor, siguió viajando. Volvió a España, escribió una novela de éxito, y de nuevo a América. Cuba, Estados Unidos, Colombia, Perú, Chile… Al volver al terruño, le pasmó ver a la gente enardecida con la «odisea» de un caminante que cubría el trayecto Zaragoza-Madrid a pie mientras a él nadie le preguntaba por el mundo inmenso que había conocido. Escribió más libros, uno de ellos evidenciando la patética política de ese país entre corrupto, cateto y ofuscado que poco después empezó a matarse a tiros. Salió vivo de una checa. Cuando los franquistas ganaron, aceptó ser alcalde de su pueblo, Palau-solità, para evitar los ajusticiamientos vengativos, con la pretensión de imponer cordura. Y después de todo eso, y de triunfos y desengaños en los escenarios teatrales, y de varias novelas con frecuencia basadas en experiencias viajeras que subrayaron su carácter cosmopolita —todo un exotismo por entonces—, Soler llegó a la Guinea que le inspiraría el que se considera su único libro exclusivamente «de viajes».

La profesora de literatura en la universidad de Florida Montserrat Alás-Brun, una de las pocas que se han interesado por este libro de Soler, afirma que el catalán debía tener El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad en la cabeza al viajar a África, y que por eso le salió un libro tan literariamente intimista que recuerda más que ninguno en España a la mítica novela de Conrad.

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Un libro en el que no se mencionan muchos nombres geográficos porque se apela sobre todo a sensaciones, a la atmósfera, a los estímulos que el entorno desencadena en el yo más profundo del narrador viajero. Bartolomé Soler. El cosmopolita, enfrentado a unas personas, a un pensamiento lo bastante insólitos para sumirle en un memorable tour de force ideológico en el que se desnuda como los mejores.


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CAMPEONES EN HAITÍ, un Paso de Gabi Martínez

Cabecera Gabi Martínez - Tyto Alba1Gabi Martínez nos habla en este nuevo Paso de la visita de dos cineastas al Haití azotado por el terremoto y de cómo la mirada de los niños y sus manos permiten narrar lo que los demás no alcanzamos a ver. El poder de la animación puesto en manos de quien mejor la puede entender. Aquí el adelanto en abierto para los lectores del blog.

Cuando J.A. Bayona y Mario Torrecillas entraron el aula de la escuela Corail-Cesselesse de Haití quedaron impresionados. «No había nada. Nada —dice Mario—. Unas cuantas sillas y una pizarra. Nada menos. Porque en aquel vacío, la pizarra se extendía como un lienzo». Los dos directores se miraron. Enseguida desenfundarían las cámaras. Era hora de filmar Haití.J.A. Bayona, director de películas como El orfanato o Lo imposible, preparaba un par de superproducciones cinematográficas cuando la ONG Oxfam le propuso que les ayudara a concienciar a la gente sobre la importancia de la colaboración para el desarrollo, sobre todo ahora que el gobierno español había reducido en un 92% la ayuda exterior. A Bayona le interesó. Y al imaginar un hilo para su historia, pensó en Mario, su amigo desde hacía casi veinte años.

En 2008, Mario había impulsado Pequeños Dibujos Animados (PDA), un proyecto para acercar la animación a los niños permitiendo que ellos mismos diseñaran y ejecutaran cortometrajes con el asesoramiento de animadores profesionales. Pero, ¿qué tipo de pelis iban a hacer unos mocosos? Resultó que muy buenas. Tanto, que PDA saltó de los talleres municipales de Barcelona al circuito del Instituto Cervantes y el Ministerio de Educación español. De ese modo, el equipo viajó desde Polonia a Pekín; de Santo Domingo a Albuquerque, donde el propio Bayona se había animado a intervenir en un taller.

Como Bayona es un hombre convencido de las saludables propiedades de la creación artística, creyó que un terremoto de 7,3 en la escala Richter que había dejado 220.000 muertos y 300.000 heridos — además de un millón y medio de personas sin hogar— podía servirle para comunicar de manera muy gráfica algunas ideas fundamentales. Entonces pidió a Mario que ahora fuera él quien se sumara a su proyecto. «Tú haces tu pieza y yo la mía», le dijo Bayona. Es decir, PDA realizaría un corto con niños de entre nueve y trece años mientras el cineasta filmaba el trabajo de los animadores con la intención de contar la coyuntura en Haití desde una perspectiva original.

Al ver que el aula de clases estaba formada sólo por unas cuantas sillas y una pizarra, los directores decidieron que ya era hora de filmar Haití

De modo que ahí estaban, julio de 2015, con nueve días por delante, una enorme pizarra y quince   chavales voluntarios esperando olvidarse un rato del campamento donde la mayoría se hacinaba, una especie de campo de desplazados diseñado para acoger a cinco mil personas y que ya concentraba a cien mil.

El pigmento zanahoria

El primer día, Mario observó unos papelitos hechos por los propios niños. «Era su carnet de identidad —dice—. Si no tenías identificación no podías salir a la calle y como allí no había instituciones que se encargaran de producirlos, la gente se hacía sus propios carnets». La primera jornada, Mario pidió a los chicos que continuaran dibujándose a sí mismos. Por la noche, los extranjeros volvieron a su hotel en Puerto Príncipe.

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La mañana siguiente, a las puertas del colegio aguardaba una cincuentena de niños. Había corrido la noticia de que daban de comer a los alumnos del taller. «Pedí que se abriera la escuela a todos —dice Mario—. Dejarlos fuera era como negarles la comida». Así que unos cincuenta niños, los tres componentes de PDA (los animadores Emilio Martí y Abel del Castillo, porque Unai se quedó en España) y los siete del equipo Bayona empezaron a buscar historias.

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Los bosques de Julius. Un paso de Gabi Martínez

Cabecera Gabi Martínez - Tyto Alba1Regresa Gabi Martínez a los Pasos en Altaïr Magazine, y en esta ocasión lo hace acompañando al psiquiatra Julius, protagonista de la novela Ciudad abierta de Teju Cole, una especie de flâneur del siglo xxi, cuyo entorno paseante natural es, en realidad, la metrópolis, esos bosques de cemento y metal. Dejamos aquí un adelanto para los lectores del blog.


De vez en cuando, los revulsivos se presentan de una forma muy tranquila, sin ni siquiera parecer que lo son. En realidad, hay bastantes cosas que son lo que no parecen. La novela Ciudad abierta de Teju Cole, por ejemplo, no parece ser uno de los libros de viaje más interesantes que se han escrito en los últimos años y sin embargo…

Es cierto que la obra del afroamericano (Kalamazoo, Michigan, 1975) no responde a varias claves básicas del género. De hecho, Cole no focaliza su relato sobre un territorio muy determinado —aunque recorra Nueva York y Bruselas—, y viaja por una especie de iconosfera tan global como, por eso, imprecisa. Pero también es verdad que Julius, el psiquiatra residente en un hospital de Manhattan que protagoniza la historia, no deja de desplazarse y de descubrir y revelar matices del mundo que va emergiendo ante él. Y que lo hace al estilo del wanderer purasangre, recogiendo el testigo de Henry David Thoreau para perfilar a un paseante del nuevo milenio capaz de embriagarse mientras camina metrópolis.

Ciudad abierta es dispersa. Lo necesario para definir el alma del lugar del que se habla: la Tierra

Los «bosques» de Julius proponen un tipo de sombras, estímulos, hallazgos muy diferentes a los de Thoreau. Su naturaleza es de hormigón, asfalto y cristal, y la sobreinformación sopla en ellos como un viento de fondo que casi parece arrullar a ese hombre que avanza tranquilo sabiéndose un punto más de la inmensidad, nada más y nada menos que un punto, permitiendo que el entorno le penetre, le enseñe, le integre en su sustancia. Da gusto ver a Julius pasear, siempre con las orejas altas, la mirada presta, creciendo a cada paso como los caballeros de La dolce vita o La grande bellezza, esos virtuosos de la passegiatta urbana que tan fácil contagian el deseo de perderse civilizadamente.

Como pasear es un verbo de difícil traducción literaria, un libro basado en ese acto puede hoy intimidar, porque amenaza aburrimiento. Por eso, al principio de la lectura uno teme haber topado con el clásico batiburrillo de anécdotas sin dirección sólo mantenido a flote por —eso sí— la brillantez expositiva de un joven americano muy culto. Pronto, empiezas a percibir que, línea a línea, se va desplegando una atmósfera tan dispersa como familiar, y que el texto cobra sentido justamente gracias a esa dispersión, fundamental para definir el alma del lugar del que se habla, y que resulta ser la Tierra (o buena parte de ella). Cada paso es un detalle, una acción, una sugerencia que se suma a las demás conformando un universo homogéneo.

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Cuando ya no haya barrera

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Hoy debería comunicarse al mundo el primer acuerdo internacional vinculante contra el cambio climático, fruto de las dos semanas de reuniones en París de la COP21, la gran conferencia de Naciones Unidas que incluye —con más o menos voluntad de llegar a un acuerdo— a representantes de los países presentes en el Protocolo de Kioto de 1997. Hoy debería comenzar, de algún modo, por fin, una reacción ante el calentamiento global, la forma más específica de fin del mundo que tenemos aquí y ahora, en nuestras manos. También porque somos la especie responsable de provocarlo.

El calentamiento global no sólo nos sitúa frente a la posibilidad de nuestra extinción (lenta, dolorosa, injusta, cuajada de frustración). También nos obliga a reflexionar sin utilitarismos sobre nuestra relación, como simples organismos vivos, con el planeta que nos acoge. Con los otros seres que lo comparten. Con nuestra finitud individual, el futuro y sus posibilidades, sus barreras y sus esperanzas. Altaïr se enorgullece de haber publicado un libro que, desde la perspectiva del viaje heterodoxo y amplio, se enfrascaba hace ya unos años en estas cuestiones. Un libro con el que Gabi Martínez caminaba en paralelo a la Gran Barrera de Coral australiana, termómetro de la salud de nuestro planeta y de nuestra propia fiebre suicida.

«¿Dónde hay, en el mundo entero, un solo gobierno, siquiera un comité, por muy selecto que sea, capaz de conceder la debida importancia a los orígenes de los acontecimientos?»

Laurens van der Post

No resulta difícil averiguar cuál era el objetivo inicial de Gabi Martínez cuando empezó a planear su viaje a Australia. Lo contó él mismo en su blog, pocos días antes de que saliese a la venta el fruto literario de ese viaje, En la barrera (Altaïr, 2012), un libro de viajes sobre la Gran Barrera de Coral australiana. ¿Es de eso de lo que habla el libro?

Dice Gabi: «Todo empezó en el Aquarium de Barcelona, cuando mi hijo de dos años se detuvo ante una pecera donde se alertaba sobre el estado de la Barrera. Me hice varias preguntas y una de ellas fue qué mundo le quedaría a él después de mí. De modo que viajé y escribí mirando, esta vez sin duda, al futuro».

Sin embargo, apenas avanzamos por las páginas del libro nos encontramos con una crónica poco usual, un viaje tan interior como exterior por el continente australiano donde se entremezclan las voces del propio Gabi Martínez como narrador, pero también la de los nativos que se encuentra por el camino, vivos o muertos; y también las voces de otros viajeros que estuvieron allí antes de él, incluso al mismo tiempo que él, y que nos sumerge a nosotros, lectores, en el mismo estado de confusión, de abrumada superación, que sintió el autor al enfrentarse a tan vasto, inabarcable e inaprensible territorio.

«Pero lo que Australia es, según los científicos, es el laboratorio del planeta. Este continente anuncia los cambios socioclimáticos que afectarán a buena parte del resto del globo y de momento las noticias son terribles, hasta el punto de que los australianos han hecho de la preservación de la Gran Barrera un desafío.»

Hay un cierto aire de fatalismo, de inevitabilidad, cuando Gabi se acerca a la ecología y a los aspectos que van a condicionar el futuro del planeta. Especies en peligro de extinción, nativos con una profunda conciencia ecológica pero que sin embargo no pueden prescindir de los ingresos que reciben esquilmando la Gran Barrera, cazadores selectivos, guías para turistas… El libro no puede dejar de reflejar cómo para combatir una plaga se pone en peligro todo el ecosistema; cómo la protección de una zona concreta puede acarrear consecuencias por la superpoblación de las especies que la habitan; cómo, en fin, parece que la humanidad estuviese atrapada en un callejón sin salida del que no hay manera de salir para revertir el crack definitivo de la bioesfera.

En la barrera es un relato a ratos optimista y a ratos nihilista sobre la relación del ser humano con su entorno, sobre ecología y sobre el futuro que le espera al planeta. Pero también es un relato sobre la soledad y sobre el extrañamiento que sigue produciéndonos nuestra propia existencia y nuestro lugar en el mundo. Cuando la Barrera de Coral se vuelva completamente blanca, como una tumba de más de dos mil kilómetros, tal vez comencemos a comprender si no de dónde venimos, al menos sí hacia dónde vamos.

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Un año de Pasos

«Reflexiones creativas sobre el hecho de viajar»

Una de las obsesiones más frecuentes del periodismo contemporáneo es la fijación por el «aquí y ahora». La actualidad ha pasado de elemento importante a único factor a tener en cuenta por los medios de comunicación, un fenómeno que además se ha visto acentuado por la aparición de Internet primero y de las redes sociales a continuación. Los medios corren desaforadamente en busca de ser los primeros en poner un tuit que dé una noticia, aunque para ello sea irrelevante si es una noticia real o no, si está verificada, si tiene alguna importancia. Se olvida, pues, una máxima que una vez marcó la diferencia entre el periodismo de calidad y el tabloide: No me lo cuentes primero, cuéntamelo bien.

En Altaïr Magazine estamos en contra del «aquí» casi por principios. Nuestras Voces lo demuestran, que son siempre «allí», es decir, siempre un lugar diferente al que estamos, siempre con la intención de mirar más allá de las cuatro paredes a las que llamamos «casa». Y no estamos en contra del «ahora», pero sí sabemos y defendemos que no es el único momento temporal posible. Nuestros Pasos, esas «reflexiones creativas sobre el hecho de viajar», huyen del aquí y ahora para rastrear otros caminos físicos y temporales del viaje. La historia, la antropología, las huellas de los primeros viajeros, las reflexiones sobre el mismo acto de viajar… También un vistazo a aquellos y aquellas que han viajado desde la literatura, o la música, o el cine, o el cómic. Viajar a través de los sonidos, de los ruidos de cada lugar, de las melodías cantadas por otros hombres y mujeres. Más que ninguna otra sección de Altaïr Magazine, los Pasos son una reflexión que deja de lado el dónde viajar por el cómo hacer ese viaje.

A Pere Ortín, nuestro director, en seguida le viene a la cabeza el viaje por los sonidos del océano que hace Pedro Montesinos, usando el oído como otro modo de narrar. «Es el atrevimiento de hacer lo que nadie más hace con mirada y oído propio», dice Pere, y es verdad, porque el autor consigue hacernos entender de forma cristalina cómo se oye el mar embravecido del Perú.

En la redacción, al preguntar por los Pasos favoritos, hay quien rápidamente se muestra fan de la serie «La tradición inquieta» de Jorge Carrión, ese recorrido tan peculiar que hace por los grandes viajeros literarios. El nombre que más se repite es el de Burton Holmes y sus travelogues, porque en el fondo todos añoramos un poco un pasado en el que los viajeros contaban sus hazañas en teatros abarrotados, sacando objetos increíbles de un baúl. Otros apuntan más a los textos de Gabi Martínez, como esa defensa suya tan peculiar de la aventura, como palabra, como concepto y casi como ideología. «Yo soy friki», se confiesa, y nos sentimos identificados con él.

Mario Trigo, redactor jefe de Altaïr Magazine, interviene para recordar uno de los Pasos más impactantes que hemos tenido: «Un imperio pobre», de Ralph Zapata Ruiz, un reportaje sobre la vida dura en el valle peruano de Lares. Periodismo de sensaciones, más de sangre y carne que de epidermis. Dice Mario: «Me gusta porque consigue transmitir el cansancio físico sin que sudemos una gota y la situación de lucha y pobreza de la región sin que sintamos la mínima condescendencia o dramatismo».

Sin embargo todos recuerdan con especial cariño el texto de Carolina Reymúndez sobre la primera vez que se atraviesa una frontera. Es uno de los Pasos más recordados y del que más hablamos a menudo porque apela directamente a las primeras sensaciones viajeras, irrepetibles, la primera carretera larga, el primer avión, el primer tren, el primer lugar donde al llegar la gente hablaba una lengua extraña. La esencia de los Pasos, la sección de Altaïr Magazine que más que hablar del viaje, piensa el viaje.

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Mapamundi de ficciones, por Gabi Martínez

Utopia.orteliusDe la Atlántida a Macondo, de Utopía a la Tierra Media: a lo largo de la historia los escritores y creadores han imaginado mundos diferentes al nuestro, ciudades inventadas, océanos inexplorados, tierras por descubrir. Por cada mundo imaginado por las ficciones, hay una cartografía susceptible de ser hecha, unos mapas que dibujar para trazar los caminos del héroe y para ubicar en el espacio (imaginado) dónde transcurren las aventuras y los sucesos. En el 360º sobre Cartografías el escritor Gabi Martínez investiga sobre esos mapas inventados y ese urbanismo que dibuja otros mundos posibles. Aquí podéis empezar a leer gratis su texto.

Imaginar lugares que no existen es más difícil de lo que parece. «He encontrado un mundo en el que ya no osaba creer», escribió Sophia de Mello Breyner al recalar en Grecia, resumiendo el sentimiento de numerosos escritores y personas con tendencia a soñar. Yo mismo descubrí en el Sudd un espacio natural que hasta entonces sólo había asociado al mundo de los videojuegos. El Sudd, situado al sur de Sudán, es un pantano grande como Gran Bretaña y repleto de islas flotantes. En su interior han perecido cientos de marineros y tripulaciones enteras de los barcos que quedaron atrapados en ese laberinto móvil, tan acorde con los escurridizos tiempos «líquidos» que vivimos. Se trata de una metáfora tan perfecta que se me antojó exclusiva de un sueño. Y entonces, la realidad.

De todos modos, como a ese otro laberinto de neuronas que nos mueve le encantan los desafíos, el empeño de superar al mundo físico a fuerza de fantasías va procurando un mapamundi alternativo que se funde de un modo apasionantemente raro con nuestra normalidad. Desde nuestros orígenes hemos necesitado un espacio para contar y, como aún no conocemos la medida de nuestra imaginación, el mundo siempre se nos queda pequeño. De vez en cuando, a alguien le da por ampliarlo inaugurando paisajes o ciudades de lo más mentales, y nos lleva a plantearnos espacios más allá de cualquier galaxia.

El primer lugar alevosamente imaginado para la literatura del que se tiene noticia fue la Atlántida, el continente que Platón ideó para rivalizar con Atenas. Sofisticado ejemplo de civilización, el mito de la Atlántida perdura por ser el primero de esta clase y porque, al haberla engullido el mar, aún invita a ser un poco Platón, imaginando el diseño de los canales que regaban la descomunal llanura oblonga, las vías abiertas para extraer el preciado cobre, el emplazamiento de las Columnas de Hércules.

La Atlántida, sobre todo, descorcha la posibilidad de una cartografía nacida directamente de la imaginación. Más adelante llegarían los relatos de maravillas de Benedeit, Mandeville o Marco Polo, si bien sus unicornios y gigantes y lotófagos, así como los territorios que describieron, guardan una correspondencia real con seres vivos y lugares que, si los autores no vieron, al menos creyeron ver. Sus relatos intentan apegarse a lo visto más que a lo imaginado, y por eso los pasaremos de largo. Aquí preferimos hablar de la Babel con Biblioteca; de la borgiana Babilonia donde se jugaba a la lotería; la Utopía de Tomás Moro, isla famosa por proscribir tiranías, penas de muerte y guerras; o de las ciudades invisibles con las que Italo Calvino recordó hasta qué punto «un paisaje invisible condiciona el visible».

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Cartografías: un mapa para leer el 360º de Altaïr Magazine (I)

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Collage de Mario Trigo para el artículo sobre cartografía imaginaria de Gabi Martínez

 

Cuenta Pep Bernadas en el editorial con el que se abre nuestro 360º monográfico sobre Cartografías:

«En 1375, cuando Abraham y Jafudá Cresques dibujaron el primer Atlas conocido, sacudieron en un pispás gran parte de las convenciones de su época. Los innumerables relatos de marineros y comerciantes, cartas, informes, pesquisas y trabajos acumulados durante años se condensaban allí, en minuciosas ilustraciones que mostraban a simple vista la superficie y el contorno de tierras y mares. Era una revelación al alcance de todos, fuesen letrados, iletrados, o hablaran otros idiomas, venía en un lenguaje cartográfico diáfano, en imágenes, cuya asimilación y retención eran inmediatas.»

Ahí empezó todo. El mundo entero metido en un pequeño espacio, reconocible de un vistazo, aprehensible. El mapa como instrumento para comprender lo que nos rodea, pero no sólo las distancias o los espacios, sino también el pensamiento o al propio ser humano. Decidimos hacer un monográfico sobre cartografía para hablar de nosotros mismos, para entendernos mejor. Y estos son algunos de los temas que tratamos:

VIAJE AL CENTRO DE GOOGLE EARTHSimon Sellars hace un recorrido filosófico y hasta melancólico por la herramienta cartográfica más popular del mundo, Google Earth, una aplicación que nos coloca en la perspectiva divina (miramos la Tierra desde 11.000 kilómetros de altura) para luego hacernos descender a los pequeños detalles que nos enseñan un mundo que es extremadamente parecido al nuestro, pero que en realidad es otro.

CARTÓGRAFOS DEL CIELO – Un paseo por la historia del mapeado de las estrellas contada por Natalia Ruiz Zelmanovitch, desde los griegos antiguos hasta los instrumentos que hoy nos permiten buscar exoplanetas donde soñar con una futura Tierra-2 poblada por seres humanos. La obsesión por la cartografía de la realidad llevada a cada extremo del universo.

MAPAMUNDI DE FICCIONESGabi Martínez transita por los territorios de las ficciones ideadas por escritores, cineastas, artistas y filósofos. Espacios imaginarios tan delimitados como los reales, con sus accidentes, su geografía política y sus zonas oscuras donde, tal vez, habiten dragones.

LOS AFGANOS AMAN LAS FLORES – No digas que crees conocer Afganistán si no la has vivido como Jon Lee Anderson, quien detalla con profusión la personalidad, psicología, relaciones, sociedad y espacialidad de una región del mundo fascinante y aterradora para Occidente a partes iguales.

EL GRINGO MÁS RARO DEL MUNDO – Y para conocer al gringo Jon Lee Anderson, reportero de The New Yorker y persona que habla todos los idiomas con acento, no queda más remedio que hacer lo que hicieron Paty Godoy y Pere Ortín: hablar con él durante horas y, sobre todo, escucharle sin perder ni un solo detalle. Y luego contarlo.

UN PASEO POR TURÍN – Buscando el breve recorrido que hizo Nietzsche desde su casa hasta el encuentro con aquel caballo de Turín que lo conmovió hasta enmudecerlo, Agustín Fernández Mallo viaja a la capital del Piamonte para tratar de unir los puntos que van desde el suicido de Cesare Pavese hasta el silencio de una década del filósofo alemán.

LOS EXPULSADOS DE LA TIERRASaskia Sassen, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2013, dibuja la destrucción de la condición natural de las tierras compradas por capitales extranjeros y de la expulsión de los habitantes tradicionales de su lugar en el mapa.

Y esto es solo una parte de todo lo que ofrece nuestro 360º sobre Cartografía. Pero no se queda aquí. Los mapas y las cartografías, en fin, tienen siempre la misma extensión que tiene la imaginación de los seres humanos…

360º de ALTAÏR MAGAZINE, monográfico sobre Cartografías.

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Cartografías: mapas con perspectivas novedosas

Editorial cartografías
(Editorial del 360º monográfico de Altaïr Magazine sobre Cartografías, por nuestro editor, Pep Bernadas)
¿Nos sirven los mapas habituales para mostrar las nuevas geografías que conforman el mundo de hoy? Tal vez no. O, por lo menos, no suficientemente.
En 1375, cuando Abraham y Jafudá Cresques dibujaron el primer Atlas conocido, sacudieron en un pispás gran parte de las convenciones de su época. Los innumerables relatos de marineros y comerciantes, cartas, informes, pesquisas y trabajos acumulados durante años se condensaban allí, en minuciosas ilustraciones que mostraban a simple vista la superficie y el contorno de tierras y mares. Era una revelación al alcance de todos, fuesen letrados, iletrados, o hablaran otros idiomas, venía en un lenguaje cartográfico diáfano, en imágenes, cuya asimilación y retención eran inmediatas.  Sus mapas reproducían  el escenario completo del orbe entonces conocido, observado desde su isla de Mallorca, en el corazón del Mediterráneo, para ellos el centro de la humanidad.

Siglos más tarde reencontramos el espíritu innovador de los Cresques en el esfuerzo de otros creadores que pugnan por entender y explicar con eficacia la complejidad de nuestro mundo, zarandeando conciencias y mostrando a quien quiera percatarse de ello que todo está cambiando a velocidad de vértigo y como nunca antes en la historia y requiere, hoy más que nunca y como reclama el gran ensayista mexicano Sergio González, de un esfuerzo por (re)humanizar los mapas desde un cosmopolitismo de la diferencia. Es lo que hace con sus historias uno de los más grandes reporteros de la actualidad, El gringo más raro del mundo, Jon Lee Anderson que, entre pausas de su ajetreada vida para The new Yorker, inicia sus colaboraciones con Altaïr Magazine y también es entrevistado por nuestro director Pere Ortín y Paty Godoy.

El experto en comercio internacional Jaime López, amparado en su dilatada experiencia en transportes marítimos, traza en La caja que cambió el mundo un mapa expresivo de los puertos y las rutas comerciales consagrados al intenso tráfico de contenedores, reflejando fielmente el croquis de la ordenación económica global; muestra un nuevo equilibrio cuyo centro ya no está, ni mucho menos, en aquel Mare Nostrum que un día fue el ombligo de la antigüedad. Y ni siquiera gravita sobre una Europa desposeída del que fue su rol dirigente. De nuevo la crudeza de la imagen supera la eficacia de la palabra y esculpe la evidencia: el Viejo Continente ya es periferia, Mediterráneo – El sexto continente – es una valla que separa el Norte del Sur, tal y como lo retrata el fotógrafo italiano Mattia Insolera

¿Nos damos cuenta de lo que significa?

Podemos pergeñar otras muchas cartografías que nos inyecten visualmente realidades nada abstractas con mayor contundencia que la lectura de un texto, sobran las posibilidades de elección: la socióloga estadounidense Saskia Sassen nos regala un texto exclusivo basado en su reciente libro Expulsiones (Ed. Katz) en el que reflexiona sobre la mecánica de los cambios globales asociados a las adquisiciones de tierras de cultivo en zonas empobrecidas; en Mapamundi de ficciones el escritor Gabi Martínez rescata lugares, imaginarios o no, inseparables de la literatura universal: de la Atlántida y Utopía a las andanzas de Marco Polo o las narraciones de Faulkner y Macondo; la periodista Natalia Ruiz, en Cartógrafos del cielo, transita por el firmamento estrellado apoyada en los últimos avances que nos dan a entender la posición del punto azul que es la tierra en el cosmos interminable; o el también periodista australiano Simon Sellars, en Viaje al centro de Google Earth, nos lleva a visitar los fantasmas escondidos en la herramienta cartográfica más usada de nuestro tiempo, tanto que parece, por momentos, sustituir a la realidad. Esa misma realidad a la que se enfrenta, de manera deslocalizada, Taiye Selasi, la inspirada inventora del exitoso término «afropolita» y que en Lejos de Ghana, cerca del mundo conversa con Mario Trigo y Paty Godoy sobre las nuevas (ya no tan nuevas) áfricas. Todo un número de cartografías en las que también nos acercamos a la ficción basada en hechos reales de Agustín Fernández Mallo, en su Paseo por Turín siguiendo la historia de Nietzsche, una frase susurrada y un caballo maltratado.

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Un número muy completo, con perspectivas novedosas, que también contiene las historias viajeras de Eva Cid -que nos lleva a las tierras ignotas de los videojuegos-, Bárbara M. Díez – que nos acerca a Las islas Diómedes, en el estrecho de Bering, a partir del trabajo documental de la mexicana Lourdes Grobet, y que supone un nuevo refuerzo en la apuesta vital de Altaïr Magazine: aprehender la realidad del mundo desde una mirada propia, nos empuja a hacerlo desde estas perspectivas novedosas, sobre el terreno y mochila al hombro o maleta en ristre, en complicidad  con nuestros autores que, juntos, nos ofrecen un nuevo 360º dedicado a visualizar las cartografías que necesitamos para tratar de entender algo de lo que nos sucede en este complejo y convulso s. xxi.

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La ilustración del viaje y los lugares

Tlatelolco-seismo baja

Las imágenes que van con los textos de ALTAÏR MAGAZINE nunca son superfluas, nunca son redundantes, nunca son meras píldoras gráficas para ayudar a descansar al cerebro de tanta lectura. En las Voces, en los Pasos, en cada artículo de los 360º, las fotografías y la ilustración tiene entidad por sí misma, tanta como para poder hacer un ALTAÏR MAGAZINE completamente gráfico.

La ilustración acompaña los textos con estrategias muy diferentes: en el caso de la Voz que Pedro Strukelj dedicó a la presencia del escritor sardo Marcello Fois en la librería Altaïr, es narrativa. Palabras e imágenes se funden en un todo orgánico, igual que el público y el autor en la conversación. En el de Tyto Alba, que dibujó para nosotros la cabecera de los Pasos publicados por Gabi Martínez, supone una marca de familiaridad con el lector: un nuevo artículo de Gabi nos remite a los temas de la mirada, el paisaje y el viaje resumidos por las acuarelas de Alba.

Mario Linhares, en los Pasos, nos dió un ejemplo clásico de cuaderno de viaje con sus apreciaciones del paisaje y el paisanaje portugués, mientras que en el 360º de México, Esteban Azuela traducía los conceptos de la marca criminal y la necropolítica que azota México con su combinación de armas y logotipos y el gigantesco Ak-47 en el que los carniceros desarrollan su trabajo. El dibujo nos acompaña al delirio de una violencia difícil de asumir con palabras.

Mario Trigo ha ilustrado el Paso de Arturo Páramo que publicamos la semana pasada, sobre el quincuagésimo aniversario del barrio de Tlatelolco, en México DF. Para él, hacer estas ilustraciones no pasan por un mero «eh, sácate un dibujo del barrio de Tlatelolco». Él lee el texto y trata de comprender antes de dibujar:

«Una de las claves de Tlatelolco, en la realidad y en el artículo de Arturo, es la superposición de tiempos arquitectónicos: en el espacio de la unidad habitacional se unen y mezclan los edificios prehispánicos, coloniales y contemporáneos… Muchas emociones y ecos acumulados: el esplendor del mercado tlatelolca, la violencia de la conquista, la proyección moderna de los grandes edificios y sobre todo los traumas de la matanza del 68 y el terremoto del 85. Son todos fantasmas contra el decorado de las grandes construcciones. El perfil de la ciudad es tanto el de sus edificios como el de sus protagonistas trágicos o heroícos».

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Panorama de Tlatelolco.

Una vez que se tiene una visión global y completa del tema que se está tratando, hay que hacer un trabajo similar al que hizo Arturo para componer el texto, que no es otro que tratar de transmitir una realidad a traves de la imagen, como Arturo hizo con palabras:

«El tema y el tono siempre conllevan decisiones en la ejecución. En la composición, en este caso: igualar personas y rascacielos, mezclar las perspectivas y plantar donde no se debería. Es otro modo de hacer paisaje, intentando teñir literalmente los edificios con la memoria pública del lugar. Y así una voluntaria puede ser tan alta como un edificio, una planta de elote puede crecer del pavimento y el logotipo de las olimpiadas del 68 es un faro siniestro. Habría miles de combinaciones posibles, también porque en Tlatelolco hay ya una reserva fotográfica en la que bucear como inspiración. En las instantáneas de la noche del 2 de octubre del 68, por ejemplo, podemos descubrir un gesto definitorio: la desnudez de los detenidos, manos contra la pared, contra los muros. Un gesto que resume un evento y los sentimientos que le acompañan en la memoria política».

Una ilustración en ALTAÏR MAGAZINE es también una toma de posición sobre el contenido del artículo que ilustra. Las ilustraciones son otro modo de hacer periodismo de largo aliento, de defender una manera muy concreta de contar el mundo.

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Cerrando el año entre viajes y crónicas

Ya llevábamos algunas semanas apareciendo en las redes, haciendo Voces, creando Pasos, avisando de que llegábamos. Anunciando que empezaríamos por irnos a México pero que eso solo era el principio. Entonces, un 3 de julio, nos presentamos en sociedad, en la librería de siempre —nobleza obliga— para no olvidarnos de donde venimos, pero con el propósito firme de salir de sus muros y trasladarnos al resto de lugares de habla hispana. Nacía ALTAÏR MAGAZINE y nuestra nueva casa era la Red.

Lo dijimos desde el principio, como base inamovible: el nuestro es periodismo de largo aliento y de gran recorrido, «cada historia es repasada, leída, editada, y puesta en duda varias veces antes de ver la luz. Lo mismo con cada fotografía, con el orden en el que van colocadas para fortalecer la narración; con el audiovisual ocurre del mismo modo. No precipitarnos es una decisión tomada a conciencia: si no trabajamos duro para entregaros las mejores historias, ¿por qué habríais de acompañarnos?».

Y a pesar de ello, en apenas medio año hemos producido tres monográficos completos y complejos sobre tres puntos muy diferentes del globo (México, Cerdeña y Dakar); numerosos Pasos reinventando los géneros, donde mezclamos crónica y reseña, ficción y ensayo, ilustración y prosa; y decenas de Voces de todo el mundo contando sus realidades, publicadas en abierto y gratuitas para todos los lectores. Esto es un pequeño resumen de todo ello, de lo que ALTAÏR MAGAZINE quiere ser y ha ofrecido a sus lectores:

–       En nuestros monográficos hemos ensayado nuevas formas de contar los lugares, usando nuevos formatos, como el mapa interactivo de contenidos sobre Dakar que presentamos en su 360º. También hemos dado la relevancia que se merece a la fotografía, buscando que no sea una simple ilustración sino un modo más de narrar, como la sorprendente historia de los Luchadores del polvo de Lizeth Arauz en nuestro especial sobre México. Y por supuesto no olvidamos a nuestros autores, que cuentan la realidad desde dentro y no como meros visitantes: desde Ana Claudia Rodríguez haciendo una crónica tanto personal como histórica de la emigración sarda en Argentina, hasta Simona Manna, ilustrando todo un territorio a partir de una conversación íntima y familiar. Por no hablar de nuestra apuesta por la producción local en nuestro 360º sobre Dakar, donde por una vez África no está contada desde Europa, sino desde dentro, con las voces de intelectuales como Boubacar Boris Diop, Oumar Ndao, Ken Bugul y muchos otros.

–       En nuestros Pasos hemos tenido el privilegio de contar, entre muchos otros, con dos de las mejores plumas en español a la hora de hablar y reflexionar sobre la literatura de viajes. Jorge Carrión y su serie de «La tradición inquieta», con grandes escritores y viajeros como Juan Goytisolo o Jan Morris; y Gabi Martínez y sus artículos a medio camino entre la narración y la crónica, como aquel texto espectacular sobre el zoólogo Vicente Uríos y la «resurrección» de algunas especies extintas. Eso son los Pasos en ALTAÏR, una revisión de los modos de contar, que tan bien ejemplifica el reportaje que dedicó Ralph Zapata Ruiz a la pobreza en el valle peruano de Lares: directo, preciso y sin melodrama.

–       Y nuestras Voces, nuestra cara más visible, textos en abierto y gratuitos para todos los lectores donde caben desde reseñas, como la de Belén Herrera sobre Un dragón latente de Norman Lewis, hasta crónicas de eventos relacionados con Altaïr, como la que dibujó —sí, dibujóPedro Strukelj cuando nos visitó el escritor Marcello Fois. Un espacio para voces del periodismo viajero latinoamericano, como Carolina Reymúndez y su «fin de la veranada» en Chile. Un espacio también para la producción propia de ALTAÏR MAGAZINE, como ese viaje mágico, literario y árido que hicieron nuestras redactoras por la soledad de Sobrepuerto, en el Pirineo aragonés.

Medio año. Seis meses que nos han parecido una vida, la primera de la que vamos a vivir con nuestros lectores y nuestros autores. Porque ALTAÏR MAGAZINE no es solo «una revista de viajes»: es una manera de entender el viaje, el periodismo y la vida.

¡Feliz 2015 a todas y todos!