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A bordo del género: algunas lecturas imprescindibles

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Nuestro nuevo libro-revista A bordo del género. Cruzando fronteras cuenta con muchas referencias a autoras tanto pioneras como contemporáneas. Aquí os recomendamos algunas lecturas imprescindibles que nos han acompañado en la elaboración de este número y que podréis encontrar entre sus páginas.


 

Gellhorn

 

Cinco viajes al infierno
Martha Gellhorn (Heterodoxos Altaïr, 2011)

La periodista Martha Gellhorn es una de las grandes figuras femeninas invisibilizadas, en este caso, por haber estado casada con Ernest Hemingway. Pero Gellhorn no quería ser la nota al pie de página de la vida de nadie. En esta obra la periodista narra cinco de sus mejores viajes horribles.

 

 

Viajes.Europa

 

Mis viajes por Europa: Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega, Alemania, Inglaterra y Portugal
Carmen de Burgos (Los libros de la Catarata, 2012)

Este libro reúne muchos de los artículos que Carmen de Burgos escribió durante su viaje por Europa en 1917. En el libro destaca la forma que tiene de ver el mundo, muy avanzada para la época, así como su gran conocimiento sobre la cultura, especialmente, de los países escandinavos.

 

 

Mi montaña

 

Mi montaña
Eider Elizegi (Desnivel, 2010)

Galardonada con el Premio Desnivel 2010, la escaladora Eider Elizegi cuenta cómo se desarrollaron los cuatro meses en los que vivió en el refugio de Goûter del Mont Blanc. ¿Qué se siente al estar completamente aislada a 3.817 metros de altura?

 

 

mali blues

 

Malí Blues
Lieve Joris (Heterodoxos Altaïr, 2011)

Lieve Joris recorre un África donde nada es blanco. En la capital o en la más pequeña aldea de Senegal, Mauritania o Malí, conoce a personajes únicos, singulares. Combinan la tradición, el pensamiento mágico y la modernidad, a pesar de los embates de la sequía, los ataques rebeldes, la incompetencia administrativa.

 

 

Yo-mate-a-Sherezade

 

Yo maté a Sherezade. Confesiones de una mujer árabe furiosa
Joumana Haddad (Debate, 2011)

En este ensayo, la autora crea un diálogo entre las mujeres orientales y las occidentales poniendo sobre la mesa algunos de los pilares que sustentan el patriarcado. Haddad arma su discurso desde la ironía y la provocación.

 

 

 

 

Camino Cruel

 

El camino cruel
Ella Maillart (La línea del horizonte, 2015)

La periodista cuenta un viaje memorable junto a Annemarie Schwarzenbach desde Suiza, dispuestas a conocer otra parte del mundo en un Ford Roadster de 18 caballos. Su relato, a pesar de contar un mismo viaje, desprende otra energía casi antagónica a la de Todos los caminos están abiertos, obra de Schwarzenbach.

 

 

 

todos los caminos

 

Todos los caminos están abiertos
Annemarie Schwarzenbach (Minúscula, 2008)

Este roadtrip en el que Schwarzenbach se adentra en Los Balcanes, Turquía, Irán y Afganistán junto a Ella Maillart no sólo representa un excelente ejemplo de crónica de viajes, sino también una carta de confesión de la autora.

 

 

Viajera Asia central

 

Una viajera por Asia Central
Patricia Almarcegui (Universitat Barcelona, 2016)

En este libro Almarcegui plasma su experiencia recorriendo sola su propio Oriente, vivo, dinámico, pero también imaginario: Uzbekistán, Kirguistán, Líbano, Yemen, Irán….

 

 

10-ingobernables

 

10 ingobernables
June Fernández (Libros del K.O., 2016)

June Fernández recoge diez historias de insumisión: «¿Ser mujer y no depilarte la barba? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Salir del armario a los 40 años? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Poner tu vida en riesgo por defender los derechos de otras personas? Qué ganas de complicarte la vida…»

 

 

Una historia sencilla

 

Una historia sencilla
Leila Guerriero (Anagrama, 2013)

Guerriero se dedica a narrar la historia de Rodolfo González Alcántara, un bailarín de malambo residente en un pequeño pueblo argentino; así aborda una historia que podríamos denominar como una épica de la vida cotidiana.

 

 

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Nadie me verá llorar
Cristina Rivera Garza (Tusquets Editores, 2003)

Joaquín Buitrago, fotógrafo de internos en el manicomio La Castañeda, se obsesiona con la identidad de una de las personas en tratamiento: Matilda Burgos. Poco a poco el protagonista irá descubriendo más y más información sobre esta mujer a la que ya cree conocer

 

 

mexico

 

La ira de México. Siete voces contra la impunidad
VV.AA. (Debate, 2016)

Siete de los periodistas más destacados de México denuncian en este libro la situación del narcotráfico en su país. Alzan la voz ante una violencia que se cobra decenas de miles de víctimas al año. Marcela Turati, Lydia Cacho, Sergio González Rodríguez, Anabel Hernández, Diego Enrique Osorno, Emiliano Ruiz Parra y Juan Villoro unen fuerzas contra el terror.

 

 

 

 

¿Cómo conseguir el magazine en papel? Desde ya, en la librería Altaïr y en otras librerías especializadas de toda España*; online, en nuestra tienda virtual, o con una de nuestras suscripciones, creadas a medida de tus necesidades y tus viajes: papel, web magazine y premium.

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En toda España: Casa del Libro, el Corte Inglés, FNAC / En Catalunya: Abacus / En Euskadi: Elkar

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La guerra me hizo feminista, por Marcela Turati

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Marcela Turati habla en nuestro 360º monográfico sobre Viajes y Perspectiva de género de la «narcoguerra», de sus víctimas; no sólo de los levantados, también de las que siguen aquí: las que perdieron a su hijo, a su hermano, a su padre, a su esposo. Ellas no cesan en su lucha por la justicia y por la paz (también la suya interna). Aquí dejamos un adelanto de este sobrecogedor texto.


Es difícil ubicar un momento preciso en que me volví feminista, pero sé que mi transformación comenzó a partir de que reporteé una guerra, la guerra que desde hace más de una década ocurre en mi país. Me atrevo a esbozar dos referencias: Ciudad Juárez, año 2010.

Entonces era freelance con 12 años en el periodismo y me había ofrecido a cubrir la que llamamos «guerra contra el narco» desde esa ciudad considerada epicentro de la violencia mexicana y en competencia con Bagdad por el título de la más mortífera del planeta. Aunque esos datos al principio los desconocía. En ese momento sólo sabía que Juárez me era familiar, una frontera donde había reporteado antes ubicada a tres horas de la ciudad donde me crié.

No hubo un momento epifánico de conversión. En la memoria tengo un caleidoscopio de instantes significativos. Me recuerdo siguiéndole los pasos a la muerte en esa ciudad plana, desértica, con la zona centro arruinada, dispersa y extendida hasta lo absurdo por una mala planeación urbana, en la que conviven fábricas maquiladoras, fraccionamientos cerrados, deshuesaderos de autos y lotes baldíos, donde las tolvaneras levantan dunas, los árboles y las banquetas escasean, y los climas son extremos.

Para entonces Ciudad Juárez ya se había convertido en la maquiladora nacional de muertos y los periódicos llevaban un conteo diario de asesinatos, conocido como «el ejecutómetro», que registraba número de cadáveres cual si fueran goles de un partido de fútbol.

Escribía notas como esta:

«La violencia en esta ciudad ha incubado todo tipo de relatos sórdidos, pero todos verídicos. Está la historia del hombre de la colonia Champotón que, cansado de encontrar por las mañanas muertos arrojados afuera de su negocio, colocó un letrero: «Se prohíbe tirar cadáveres o basura». En noviembre, uno de los cadáveres encontrados en el mismo terreno fue el de su hija. El hombre no lo vio porque él mismo ya había sido asesinado. Está la de una mujer del Valle de Juárez que vio pasar un perro que, con el hocico, jugueteaba con una especie de pelota; la maraña redonda, pegajosa, color carne, resultó ser la cabeza de un hombre. Está la de los bachilleres que descubrieron un cadáver con máscara de cerdo, colgado de una reja de su escuela. O la de los puentes en los que amanecen hombres sin cabeza. O la de los policías que huyeron porque se sienten inseguros. O la de la niña que fue sacrificada cuando un hombre en fuga la utilizó como escudo contra los balazos».

Recorría la ciudad junto a agentes funerarios conocidos como buitres o hacía guardias nocturnas con reporteros de nota roja que enseñaban los lugares donde habían ocurrido masacres; entrevistaba a policías, empresarios, sacerdotes, académicos o políticos en sus lugares de trabajo; sólo de vez en cuanto me llevaban a donde se desarrollaba la acción.

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Fue en las colonias devastadas por la tragedia, las zonas peligrosas donde «la plaza se había calentado», donde comencé a notar a una cofradía de mujeres que parecían que trabajaban solas, pero después descubrí que se organizaban con otras, y eran decenas, laborando sin alarde en aquellos frentes de nuestra guerra doméstica.

Las seguí un par de veces y ya nunca pude quitarles de encima la mirada.

A su lado me encontré con el mundo secreto que despliegan las mujeres cuando les toca enfrentar una guerra. Vi con una intensidad nunca antes tan bien perfilada lo que significa la ética del cuidado por los otros, la manera femenina de enfrentar la emergencia social (no sabía entonces que el suyo sería también mi destino).

(…)


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¿Demasiado peligroso?, por June Fernández y Cristina E. Lozano

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«Viajo sola, no busco sexo.» La cultura de la violación, representada por el acoso sexual y las agresiones verbales o físicas entre otras, te acompañará allá donde vayas. Pero ¿debe esto frenar a las viajeras? Un texto de June Fernández y Cristina E. Lozano para el 360° «A bordo del género», del que dejamos aquí un adelanto.


 

Mar (nombre ficticio) decidió ir a ver a una amiga durante sus vacaciones. Viajaba sola. Durante el trayecto necesitó dejar la maleta unas horas en la estación de autobuses. Preguntó en consigna y el empleado, un hombre de mediana edad, la miró de arriba a abajo y le dijo: «Puedo ser bueno». «¿Cómo?», contestó ella desconcertada. «Si tú eres buena conmigo, yo puedo ser bueno contigo». Mar advirtió al empleado que denunciaría su insinuación sexual y le sacó una foto que difundió por las redes sociales para que el incidente no quedase impune: la empresa de autobuses se negó a identificarle y a tomar medidas contra él, amenazando a Mar con denunciarla por difamación.

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Este episodio no ocurrió en un destino turístico remoto, sino en Granada, España. Las mujeres topan con el marcaje y el acoso machista en viajes nacionales e internacionales, pero también lidian con él en su día a día en el trabajo, en la discoteca, en el transporte público. En cada país toma formas diferentes, se expresa de forma apabullante o sutil, e implica que las mujeres se muevan, por sus ciudades y por el mundo, en un estado de alerta más o menos consciente.

Eider Elizegi es escaladora, escritora y «vagamontañas». Vivió cuatro meses en el refugio de Goûter del Mont Blanc, a 3.817 metros de altura. Lo cuenta en el libro Mi montaña. Después se perdió por los Andes, y pasó una temporada de montañera nómada viviendo en una furgoneta. No recuerda haber hecho renuncias concretas en sus viajes por el hecho de ser mujer, pero tiene «cierta sensación de vulnerabilidad que luego se va disipando». «No tengo muchos miedos, pero sí una conciencia racional de que mi cuerpo puede ser leído como violable», explica.

La periodista feminista Susan Brownmiller fue una de las primeras autoras en hablar de la cultura de la violación. Ella entiende las agresiones sexuales no como conductas aisladas de individuos inadaptados, sino como una amenaza sobre la que se articula un mecanismo de control de las mujeres: el miedo a ser violadas limita su autonomía y libertad sexual. «Desde pequeña te están diciendo “no pases sola por este parque, no vayas sola, porque te va a pasar algo”», explica Miriam Lucas Arranz, psicóloga especializada en violencia de género. A veces se explicitará más, otras no hará falta: todo el mundo sabe que ese «te va a pasar algo» se refiere a situaciones de abuso o de acoso sexual. No extraña, por ello, que la red social para compartir vehículos BlaBlaCar ofrezca a las usuarias la opción de que sus anuncios sólo sean visibles para las mujeres, alegando que «puede ocurrir que algunas mujeres todavía no se sientan cómodas si viajan con un hombre desconocido». No utiliza palabras como violación o acoso, pero pueden leerse entre líneas.

Las familias intentan proteger a sus niñas de esas amenazas, limitando más sus movimientos que en el caso de sus niños. La psicóloga explica que confluyen un mayor paternalismo hacia las chicas con el imaginario de la violación por parte de un delincuente sexual en un descampado. En realidad, «es más probable que tu novio o tu marido te fuercen a tener sexo no deseado a que te viole un desconocido», expone. Aunque los abusos en el contexto de la familia son más habituales, resulta más sencillo alertar de los riesgos en la calle o en un viaje que los que puede representar un pariente.

Pero en muchas jóvenes, las ganas de explorar el mundo son más fuertes que las advertencias fraternas. A los 17 años, Aitziber le dijo a sus padres que quería irse a Escocia, sola. Tenía toda la pinta de que no la iban a dejar, porque el año anterior le habían puesto pegas a irse de fin de semana a Jaca con sus amigas. Efectivamente, no la dejaron. Ahorró y dijo a su familia que viajaría con o sin su permiso. «Aquella ruptura me permitió seguir viajando, eso sí, sin el apoyo ni económico, ni moral de mi familia». Desde entonces, ha pasado largas estancias en países como Brasil o Mozambique.

En otros casos, las viajeras no han tenido que ser rebeldes, mamaron el espíritu aventurero en su propia casa. Es el caso de Carmen Pérez: «Viajo desde que tengo uso de razón. Mis padres me metían en la maleta cada vez que salían de casa». A los 24 años inició un viaje de un año que volcó en el blog Trajinando por el Mundo. Ganó los Premios Bitácoras 2010 en la categoría de Viajes.

La periodista argentina Florencia Goldsman creció en una familia de emigrantes; de hecho, la llamaron Florencia porque sus padres se exiliaron de la dictadura argentina en Italia. Sus tíos marcharon a España, Grecia e Israel, y sus amigas del colegio también salieron del país a edades tempranas. Para ella ha sido natural moverse por el mundo, primero con la excusa de visitar a familiares y ahora para hacer reporterismo freelance en países como Guatemala o Brasil. «Mi entorno me animó bastante, mi mamá y mi papá han sido socios capitalistas de mis viajes», agradece.

(…)


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Frases para un 360˚ alrededor del género

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Un puñado de frases de nuestro 360˚ sobre viajes y perspectiva de género. Sólo un aperitivo de lo que podéis encontrar en nuestro nuevo monográfico en Altaïr Magazine.


«La educación sexista anima más a los hombres que a las mujeres a viajar, es cierto, pero en todas las épocas ha habido mujeres que han desobedecido el mandato de quedarse en casa, de limitarse al rol de buenas esposas y madres abnegadas. Sin embargo no han sido reconocidas y recordadas de igual manera que los hombres.»

«El lenguaje no es inofensivo ni neutro. Cuando decimos «el viajero», nos imaginamos un arquetipo: varón, occidental, blanco, sin discapacidades visibles, presumiblemente heterosexual. Y con unas actitudes determinadas por adjetivos como: aventurero, intrépido, osado, atlético…»

«Para la mentalidad machista, «una mujer que viaja sola transmite una invitación a los hombres, parece que está buscando algo», explica la psicóloga Miriam Lucas Arranz.»

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«Cuando viajo, no me siento ni mujer ni hombre ni frasco de mayonesa. Me siento una persona. Una persona que está, la mayor parte del tiempo, sola. Y esa soledad no es ni macho ni hembra, ni lesbia mía ni travesti: es la soledad más radical. La soledad en tremenda compañía.»

«Me costaba asumirme como feminista. Pero sé que no soy la misma. Que desde 2010 veo con una mirada distinta. Desde que vi lo innegable: la presencia de las mujeres reparadoras que construyen hasta desde debajo de las cenizas, de manera sutil, silenciosa, casi hormiga.»

«Podemos hacer usos sexistas de la lengua de la misma forma que podemos elaborar un discurso racista, androcéntrico o heteronormativo.»

«La presunción de heterosexualidad es una de las imágenes más recurrentes en la vida de cualquier gay o lesbiana. Si una mujer reserva por teléfono una habitación doble para su pareja siempre deducen que es un hombre. Las caras de sorpresa en las recepciones de los hoteles lo demuestran.»

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«No somos héroes como los grandes viajeros, pero los aficionados seguimos siendo una raza bastante dura. Por muy horrible que haya sido el último viaje, nunca perdemos la esperanza con el próximo, a saber por qué.»

«Crecimiento personal y beneficios para la sociedad. Los proyectos de turismo sostenible con enfoque de género suelen combinar las dos líneas de actuación: aprovechar las ventajas de un mundo globalizado para potenciar lo local y lo diferente. Con gafas moradas

«Viajar en grupo no es fácil, si vives sola aún menos. ¿Y por qué habría que elegir una mujer viajar en grupo cuando el día a día se hace en soledad?


Imagen de cabecera de Bárbara M. Díez y Mario Trigo.

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Nuevo 360˚: cruzando las fronteras de los géneros

Editorial

(Editorial del 360º monográfico de Altaïr Magazine sobre viajes y género, por June Fernández, directora de Píkara Magazine, y Pere Ortín, director de Altaïr Magazine)

Cuando la artista estadounidense Judy Chicago estaba en la universidad, un profesor dijo que las mujeres no habían contribuido de forma significativa a la Historia. Su indignación le sirvió como motor para buscar referentes y constatar que esas mujeres no sólo existieron sino que su legado fue borrado del relato histórico patriarcal. Años después inauguró su instalación más emblemática, The dinner party, una gigantesca mesa triangular que convoca a 39 mujeres esenciales de la Historia: literatas como Virginia Woolf, gobernadoras como Teodora, emperatriz de Bizancio, o activistas por los derechos humanos como Sojourner Truth, afroamericana que luchó por la abolición de la esclavitud y que se preguntó qué es ser mujer.

En la cultura viajera ocurre otro tanto: la educación sexista anima más a los hombres que a las mujeres a viajar, es cierto, pero en todas las épocas ha habido mujeres que han desobedecido el mandato de quedarse en casa, de limitarse al rol de buenas esposas y madres abnegadas. Sin embargo, no han sido reconocidas y recordadas de igual manera que los hombres. Cuando sus compañeros sentimentales eran también compañeros de viaje, ellos eran los célebres y ellas las acompañantes, como en el caso de Marta Gellhorn y Ernest Hemingway.

El lenguaje no es inofensivo ni neutro. Cuando decimos «el viajero», nos imaginamos un arquetipo: varón, occidental, blanco, sin discapacidades visibles, presumiblemente heterosexual. Y con unas actitudes determinadas por adjetivos como: aventurero, intrépido, osado, atlético… Esto es, en parte, un reflejo de la realidad, pero también es un imaginario, una narración que se refuerza y que invisibiliza otras realidades, otros cuerpos.

Así, las jóvenes siguen creciendo con menos referentes de viajeras, y con mensajes como el famoso «No vayas sola, te puede pasar algo». Es cierto que puede pasar algo. Es cierto que muchas toparán con el acoso machista e incluso con agresiones sexuales. Y es cierto también porque a un nivel profundo, como dice el filósofo Paul B. Preciado, «el género mismo es la violencia (…) las normas de masculinidad y feminidad, tal y como las conocemos, producen violencia». Así, si ser una mujer libre en una sociedad patriarcal sigue pasando factura, las personas transgénero afrontan también las violencias normalizadas, la precariedad y la patologización con las que se castiga a quienes incumplen esa norma binaria.

Pero las viajeras afirman sin titubeos que compensa. Y que ellas entran en espacios vedados a los hombres y pueden relacionarse con toda la población local, y también que se pueden permitir libertades que a las mujeres locales se les niegan. Frente a ese vago «te puede pasar algo», ellas pueden contar cuáles son los riesgos, cómo se previenen, cuáles son sus herramientas y estrategias para moverse. Y, sobre todo, contagian su entusiasmo a otras mujeres para que viajar no sea un privilegio masculino.

Al mismo tiempo, el viaje, entendido a la manera en que lo hacemos en Altaïr Magazine y Píkara, puede ser un espacio de transgresión para modificar imaginarios y subvertir ideologías. Al igual que emigrar —el viaje más importante de todos— viajar ha sido una estrategia para que las personas que se salen de la norma puedan expresarse y respirar fuera de entornos opresivos que niegan sus cuerpos, deseos e identidades. Viajeras lesbianas y/o de aspecto andrógino como Annemarie Schwarzenbach, amparadas en el exotismo de la extranjera, encontraban mayor permisividad social en culturas supuestamente más rígidas respecto a los roles de género que en su propia familia de origen. Como la población autóctona te ve, de todas formas, como una extraterrestre, importa menos cuál es tu estado civil, el largo de tu cabello o si vistes falda o pantalón.

Las autoridades, claro está, no son tan permisivas. Cruzar una frontera no es cosa fácil cuando tu aspecto no coincide con el sexo que afirma tu pasaporte, bien lo saben las personas trans. Y la policía no siempre lleva uniforme: también ejerce como policía de género la encargada de un hotel que se niega a alojar o a ofrecer una habitación con cama doble a una pareja del mismo sexo. Para las personas LGTB, viajar puede ser tomarse un respiro del control social de su entorno o, al contrario, volver al armario para evitar agresiones, o bien las dos cosas al mismo tiempo o a ratos. Las normas que construyen los géneros no siempre nos limitan —hay momentos de ruptura, viajes libres— pero siempre nos condicionan, como recuerda en su obra la teórica Judith Butler.

En ese balance del riesgo y el atrevimiento entran en juego los privilegios. Viajar por placer tiene mucho que ver con en qué parte del mundo has nacido, de qué poder adquisitivo dispones, si tu país es de los que vive en guerra o de los que se enriquece con la venta de armas, cuántas semanas de vacaciones pagadas tienes, si tu piel es blanca o de una tonalidad que llamará la atención de la policía de extranjería…

A ese respecto, hablar de la disolución de los géneros como los hemos entendido hasta ahora implica reconocer muchas otras relaciones de poder y privilegio. Siguiendo a la investigadora colombiana Ochy Curiel, hay que ver otras historias de lucha feminista más allá de la occidental blanca y romper con una historia lineal para aterrizar la expresión del género incorporando las variables de clase y raza, por ejemplo.

Esos privilegios también determinarán tu relación con la población local, y a veces las dudas y contradicciones son interesantes: si yo, mujer, me beso con mi novia en Uganda o en Rusia, ¿estoy haciendo activismo o estoy valiéndome de mi privilegio de europea al ejercer un derecho negado para la población LGTB local? Si me pongo a beber cervezas con los hombres del pueblo indio por el que paso como mochilera, ¿qué supone eso para las mujeres del pueblo? ¿Es mi papel intervenir ante una agresión machista que no sorprende a nadie porque se encuentra normalizada? ¿Qué siente una chica indígena casada a los 15 años por acuerdo de sus padres si le cuento que yo decido si me emparejo o no, si tengo hijos o no? ¿En qué lugar me sitúo? ¿En qué lugar la sitúo?

Si en la visión clásica, en cierto modo, viajar es plantar banderas más alto que tu competidor mientras te atusas el mostacho… ¿existe una forma femenina de viajar? Siguiendo con la propuesta de los feminismos latinoamericanos, tal vez no se trata de feminizar la cultura viajera, sino de despatriarcalizarla. Despojarla de estereotipos, nutrirla con narrativas distintas a la que se nos ha vendido como heroica. La montañera y escritora Eider Elizegi nos lo explica así: «Ahora que lo pienso… puede que en la manera lenta e improvisada de viajar, como permitiendo que el viaje se teja a sí mismo sin dirigirlo demasiado, haya una actitud que tenga que ver con el género, y que huye del viaje como conquista, como marca de “aquí he estado yo”, como consumo capitalista de destinos y lugares y monumentos y… personas».

Se trata, más que de genitales, de actitudes. Algunas espontáneas, otras reflexionadas o aprendidas: observar cómo me relaciono con las ciudades, con las montañas, con las fronteras, y sobre todo, lo más importante, con los otros seres humanos que me encuentro cuando viajo. Observar qué riesgos y qué ventajas entraña cómo el otro y la otra leen mi cuerpo, cómo me perciben. Observar cuál es mi mirada, cuál es el diálogo que establezco con cada lugar y con sus gentes, y qué poso queda en mí cuando parto, si es que tiene que quedar alguno.

Para volver de los viajes, como nos enseñan varios de los textos de este 360˚, con más preguntas que certezas. Habiéndonos puesto en duda. Dejando que se diluyan las categorías o redefiniéndolas. Aprovechando —también para nuestros géneros— la novedad llena de posibilidades que sentimos al contemplar un paisaje nuevo y una ciudad extranjera. Conscientes, coincidiendo con las palabras de Preciado, de que «de la nación, como del género, hay que empezar por dimitir» y que esa renuncia, esa posibilidad del experimento, nos ayudará a «proponer otros mapas» y llenar nuestras maletas con «ficciones que nos permitan fabricar la libertad».